PARTE 2: LA VERDAD QUE VALERIA OCULTÓ DURANTE CUATRO AÑOS.

Durante todo el camino no pregunté adónde íbamos.

Reconocí las calles antes de que Gabriel girara hacia el antiguo vecindario.

Las casas parecían más pequeñas de lo que recordaba. La panadería donde Valeria y yo comprábamos dulces después de la escuela había desaparecido. Incluso el parque donde Gabriel nos enseñó a montar bicicleta tenía ahora juegos nuevos.

Pero la casa de su madre seguía igual.

Cuando Gabriel estacionó frente a ella, sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—No puedo entrar.

Él apagó el motor.

—No tienes que hacer nada que no quieras.

—¿Por qué me trajiste aquí?

Gabriel mantuvo las manos sobre el volante.

—Porque hay algo que necesitas saber.

Lo miré.

Entonces comprendí.

—Valeria está aquí.

Su silencio fue suficiente.

Abrí la puerta del automóvil.

—Llévame a otro sitio.

—Sofía.

—¡Ahora!

Gabriel no intentó detenerme.

—Si después de verla quieres marcharte, te llevaré donde quieras.

Me reí sin humor.

—¿Después de verla?

—Ella pidió estar aquí hoy.

Aquello me dejó inmóvil.

—¿Sabía que salía?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace meses.

Sentí una presión insoportable en el pecho.

Había imaginado muchas veces volver a encontrarme con Valeria.

En mis pesadillas me insultaba.

En otras llamaba a la policía.

Nunca había imaginado que pudiera estar esperándome voluntariamente.

Finalmente bajé del automóvil.

Gabriel tomó mi bolsa.

Esta vez se la permití.

La puerta de la casa se abrió antes de que llegáramos.

La madre de Gabriel apareció.

Había envejecido.

Su cabello era casi completamente gris.

Me observó durante varios segundos.

Yo bajé la cabeza.

—Señora Torres…

No sabía qué decir.

¿Perdón?

Había pedido perdón durante el juicio.

Las palabras no habían cambiado nada.

Ella se acercó.

Pensé que me pediría marcharme.

En cambio, abrió la puerta.

—Está en la sala.

No hubo abrazo.

Tampoco rechazo.

Solo aquella frase.

Entré.

Y la vi.

Valeria estaba junto a la ventana.

El tiempo se detuvo.

Mi cuerpo recordó aquella noche antes que mi mente.

Retrocedí instintivamente.

Gabriel permaneció detrás de mí.

—Puedo sacarte de aquí.

Negué.

Había pasado tres años y ocho meses aprendiendo a no huir de lo que había hecho.

No empezaría ahora.

Valeria giró hacia mí.

Su rostro también había cambiado.

Ya no era la mujer que recordaba.

Pero sus ojos eran exactamente los mismos.

—Hola, Sofía.

No pude responder.

Ella señaló una silla frente a sí.

—Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie.

—Como quieras.

Gabriel comenzó a retirarse.

—Quédate —dije inmediatamente.

Valeria soltó una risa amarga.

—Sigues confiando más en mi hermano que en mí.

La miré.

—Eso no debería sorprenderte.

Su expresión cambió.

—No.

Guardó silencio.

—Supongo que no.

Esperé el reproche.

La acusación.

Pero Valeria hizo algo inesperado.

Sacó un sobre de una mesa.

—Adrián volvió.

Sentí un escalofrío.

No había escuchado su nombre pronunciado frente a mí desde el juicio.

—No me interesa.

—Debería.

—Lo que haga con su vida dejó de importarme hace años.

—No volvió por mí.

La miré.

Valeria sostuvo mi mirada.

—Volvió preguntando por ti.

Gabriel dio un paso adelante.

—Valeria.

—Ella tiene derecho a saberlo.

—¿Saber qué?

Valeria apretó el sobre.

—Que mentí durante el juicio.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Sobre qué?

—Sobre muchas cosas.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Cuando Adrián declaró que eras celosa, inestable y posesiva, yo confirmé su versión.

Lo recordaba.

Cada palabra.

Cada mirada del jurado.

—Lo sé.

—Pero no era verdad.

—Eso también lo sé.

Valeria negó lentamente.

—No entiendes.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Adrián necesitaba que todos creyeran que eras inestable antes de aquella noche.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Por qué?

Valeria miró a su hermano.

—Porque llevaba meses sacando dinero de las cuentas de Sofía.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué?

—No era solamente una aventura.

Valeria dejó el sobre sobre la mesa.

—Adrián había abierto créditos utilizando información de Sofía. También falsificó documentos relacionados con el apartamento.

Me acerqué.

—Ese apartamento estaba a mi nombre.

—Precisamente.

Abrí el sobre.

Había copias de documentos bancarios.

Fechas.

Firmas.

Cantidades.

Algunas operaciones se habían realizado mientras yo viajaba por trabajo.

—¿Tú sabías esto?

Valeria comenzó a llorar.

—Descubrí una parte después.

—¿Después de qué?

—Después de tu arresto.

Sentí rabia.

Una rabia distinta.

Fría.

—Y permaneciste callada.

—Sí.

Gabriel miró a su hermana con incredulidad.

—¿Durante cuatro años?

Valeria cerró los ojos.

—Tenía miedo.

—¿Miedo de Adrián?

Ella tardó demasiado en responder.

—Al principio.

Aquellas palabras hicieron que Gabriel se tensara.

—¿Y después?

Valeria respiró profundamente.

—Después entendí que Adrián no había empezado todo aquello solo.

Nadie habló.

Yo miré nuevamente los documentos.

Había una empresa cuyo nombre aparecía repetido en varias transferencias.

No la reconocía.

—¿Qué es Meridian Holdings?

Valeria palideció.

Gabriel se acercó a la mesa.

—Nunca había oído ese nombre.

—Yo sí —dijo Valeria.

Levantó la vista hacia mí.

—Y tú también.

—No.

—No con ese nombre.

Sacó una fotografía del sobre.

La dejó frente a mí.

Era antigua.

Adrián aparecía entrando en un restaurante.

A su lado caminaba un hombre.

Cuando reconocí aquel rostro, mis piernas dejaron de responder.

Tuve que sujetarme de la mesa.

—No puede ser.

Gabriel tomó la fotografía.

—¿Quién es?

No pude contestar.

Valeria lo hizo por mí.

—El hombre que ayudó a Adrián a quedarse con el dinero de Sofía.

Levanté la mirada.

—Está muerto.

—Eso creías.

Entonces escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa.

Valeria perdió completamente el color.

Gabriel caminó hacia la ventana.

—¿Esperabas a alguien?

—No.

Una puerta de automóvil se cerró afuera.

Después otra.

Valeria comenzó a respirar rápidamente.

—Gabriel, cierra la puerta.

Él reaccionó inmediatamente.

Pero antes de llegar al pasillo, alguien llamó tres veces.

Nadie se movió.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

“BIENVENIDA A CASA, SOFÍA.”

Debajo apareció una segunda línea.

“VALERIA YA TE CONTÓ DEMASIADO.”

Levanté la vista hacia ella.

—¿Quién tiene mi número?

Valeria empezó a llorar.

—Sofía…

Volvieron a llamar.

Esta vez con más fuerza.

Gabriel se colocó delante de nosotras.

—¿Quién está ahí?

Una voz masculina respondió desde el otro lado.

Una voz que yo no había escuchado desde mucho antes de entrar en prisión.

Una voz que pertenecía a alguien cuyo funeral recordaba perfectamente.

—ABRE LA PUERTA, SOFÍA. TENEMOS QUE HABLAR DE TU PADRE.

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