PARTE 2: CUANDO ELLA VOLVIÓ, ÉL YA NO QUERÍA DEJARME IR.

La verdadera madre de Mateo llegó exactamente siete días después.

Se llamaba Valeria Beaumont.

Y cuando la vi bajar del automóvil frente a la mansión Lancaster, comprendí inmediatamente por qué Adrián había pasado tantos años buscándola.

Era hermosa.

No de una manera delicada, sino de esa forma que obligaba a las personas a girar la cabeza cuando entraba en una habitación.

Mateo salió corriendo antes de que el mayordomo pudiera abrir completamente la puerta.

—¡Mamá!

Valeria cayó de rodillas y abrió los brazos.

Mateo se lanzó contra ella.

Adrián permaneció detrás del niño.

Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre siempre frío parecía incapaz de pronunciar una palabra.

Yo observaba desde las escaleras.

La escena era perfecta.

Padre, madre e hijo reunidos después de años de separación.

Exactamente lo que necesitaba para activar la cláusula diecisiete.

Sonreí.

Entonces Valeria levantó la vista y me vio.

Su expresión cambió.

—¿Quién es ella?

Adrián tardó demasiado en responder.

—Mi esposa.

Valeria se puso de pie.

—¿Tu esposa?

Me acerqué y extendí la mano.

—Elena.

Ella no la aceptó.

Sus ojos recorrieron mi rostro lentamente.

—Te pareces a mí.

Casi me reí.

—Tres partes de diez, según Adrián.

Mateo soltó una risita.

Adrián, en cambio, me lanzó una mirada extraña.

Valeria no pareció encontrarlo divertido.

Aquella noche organizamos una cena privada.

Mateo habló durante casi una hora.

Le contó a su madre sobre la escuela, sus amigos, sus clases de piano y hasta el pez que había muerto seis meses atrás.

Valeria asentía y sonreía.

Pero poco a poco comencé a notar algo.

No le hacía preguntas.

No sabía qué comida le gustaba.

No sabía que Mateo era alérgico a las nueces.

No sabía que dormía con una pequeña lámpara encendida cuando había tormenta.

Y cuando él intentó tomarle la mano, ella encontró una excusa para levantar su copa.

Adrián también lo notó.

Su expresión se volvió cada vez más seria.

Después de acostar a Mateo, regresé a mi habitación y saqué una maleta.

Había empezado a guardar ropa cuando Adrián apareció.

—¿Qué haces?

—Empacar.

—¿Por qué?

Lo miré sorprendida.

—Adrián, Valeria regresó.

—Lo sé.

—Entonces el contrato terminó.

Saqué una copia de nuestro acuerdo.

—Cláusula diecisiete.

Él ni siquiera miró el papel.

—Esa cláusula dice que el matrimonio termina si decido restablecer mi familia con Valeria.

—Exactamente.

—Yo no he decidido eso.

Me quedé inmóvil.

—¿Perdón?

Adrián entró y cerró la puerta.

—Valeria acaba de regresar después de ocho años. Ni siquiera sé por qué desapareció.

—Pero la buscaste durante años.

—Eso no significa que vaya a casarme con ella mañana.

Suspiré.

—Está bien. Tómate unos días.

Volví a doblar una blusa.

—Mientras tanto puedo adelantar el equipaje.

Adrián me quitó la prenda de las manos.

—Deja de empacar.

Lo miré.

—¿Por qué estás molesto?

Él pareció no saber qué responder.

—Porque actúas como si estuvieras deseando marcharte.

—Estoy deseando marcharme.

Su rostro se endureció.

Entonces cometí el error de sonreír.

—Tengo planes.

—¿Qué planes?

Abrí la carpeta de mi teléfono.

—Una librería.

Le mostré las fotografías.

—Encontré un local pequeño. Tiene un apartamento arriba y una ventana enorme. Siempre quise algo así.

Adrián observó las imágenes.

—Nunca me dijiste que querías abrir una librería.

—Nunca preguntaste.

Aquello lo silenció.

Durante tres años habíamos compartido una casa, comidas, viajes y fotografías familiares.

Pero Adrián apenas sabía quién era yo.

Porque nunca había necesitado conocer a la sustituta.

A la mañana siguiente, Valeria pidió hablar conmigo.

Nos encontramos en el jardín.

—Voy a ser directa —dijo—. Quiero recuperar a Adrián.

Sentí una alegría inmediata.

—Perfecto.

Parpadeó.

—¿Perfecto?

—Sí.

—¿No vas a luchar por tu esposo?

—No.

Valeria me estudió con sospecha.

—¿Lo amas?

Pensé unos segundos.

—Eso no forma parte de nuestro acuerdo.

Su expresión cambió.

Entonces sonrió.

—Ahora entiendo.

Se acercó ligeramente.

—Eres una empleada.

No me ofendió.

—Básicamente.

—Entonces deberías saber cuándo retirarte.

—Créeme. Estoy intentándolo.

Aquella tarde Valeria comenzó su campaña.

Se puso el perfume que Adrián recordaba.

Pidió que prepararan su comida favorita.

Colocó fotografías antiguas sobre el piano.

Incluso convenció a Mateo para que los tres salieran juntos.

Yo aproveché para llamar al agente inmobiliario del local de la librería.

Todo estaba funcionando perfectamente.

Hasta la cena del viernes.

Valeria apareció usando un vestido que, según explicó, había llevado en su primera cita con Adrián.

Mateo sonrió.

—Parecen una familia otra vez.

Yo levanté mi copa.

—Estoy de acuerdo.

Adrián me miró.

—¿Qué significa eso?

—Que deberían intentarlo.

Valeria sonrió triunfante.

—También lo creo.

Saqué tranquilamente una carpeta.

La había preparado aquella mañana.

—Entonces podemos hacer esto sencillo.

La puse frente a Adrián.

Documentos de divorcio.

El comedor quedó en silencio.

—Ya firmé mi parte —expliqué—. Solo necesitas firmar tú.

Adrián observó la carpeta.

No la tocó.

—Elena.

—¿Sí?

—Llévatela.

Pensé que no había escuchado bien.

—¿Qué?

—He dicho que la retires.

Valeria frunció el ceño.

—Adrián, ¿qué estás haciendo?

Él seguía mirándome.

—No voy a firmar.

Sentí que mi paciencia comenzaba a agotarse.

—Tú escribiste el contrato.

—Lo sé.

—Tú estableciste las condiciones.

—También lo sé.

—Y la mujer que amas está sentada frente a ti.

Adrián miró brevemente a Valeria.

Después volvió los ojos hacia mí.

—Eso era cierto hace ocho años.

Valeria palideció.

Yo también dejé de sonreír.

—¿Qué estás diciendo?

Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Estoy diciendo que todavía no sé qué quiero.

—Pues yo sí.

Me levanté.

—Quiero mi compensación y mi libertad.

Mateo dejó caer el tenedor.

—¿Te vas?

La pregunta me destrozó.

Me acerqué a él.

—Mateo…

—Dijiste que nunca me abandonarías.

—No voy a abandonarte.

—Entonces quédate.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Valeria observaba en silencio.

Y algo oscuro apareció en su expresión cuando Mateo tomó mi mano en lugar de la suya.

Aquella noche, después de acostarlo, encontré a Valeria esperándome en el pasillo.

Ya no sonreía.

—Tienes que irte.

—Eso intento.

—No me entiendes.

Su voz bajó.

—Mateo te quiere a ti.

No respondí.

—Y Adrián tampoco quiere soltarte.

—Eso es problema de Adrián.

Valeria dio un paso más.

—Puede convertirse en tu problema.

A la mañana siguiente recibí una llamada de mi abogado.

—Elena, necesito que vengas inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

Hubo un silencio.

—Adrián modificó el acuerdo matrimonial anoche.

Sentí un escalofrío.

—No puede hacerlo sin mi firma.

—No modificó el contrato original.

Mi abogado respiró profundamente.

—Activó una cláusula adicional que tú firmaste hace tres años.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué cláusula?

Escuché papeles al otro lado de la línea.

—La relacionada con Mateo.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—Explícate.

—Si abandonas voluntariamente el hogar mientras el menor manifiesta dependencia emocional hacia ti, puedes perder una parte importante de la compensación.

Cerré los ojos.

Entonces escuché pasos detrás de mí.

Adrián estaba al final del pasillo.

Vestido impecablemente.

Observándome.

Colgué.

—Lo hiciste tú.

—Sí.

—¿Para obligarme a quedarme?

Adrián caminó lentamente hacia mí.

—Para darte tiempo de entender algo.

—¿Qué cosa?

Se detuvo frente a mí.

—Que dejaste de ser una sustituta hace mucho tiempo.

Antes de que pudiera responder, una voz surgió detrás de nosotros.

—Entonces quizá sea momento de que tú también entiendas algo, Adrián.

Valeria estaba junto a las escaleras.

Sostenía un sobre amarillento.

Su rostro había perdido todo color.

Adrián se volvió.

—¿Qué es eso?

Valeria bajó lentamente los escalones.

—La verdadera razón por la que desaparecí hace ocho años.

Adrián quedó inmóvil.

Ella sacó un documento del sobre.

—Y hay algo sobre Mateo que nunca te conté.

Adrián miró el documento.

Y por primera vez desde que Valeria había regresado, fue él quien pareció tener miedo de conocer la verdad.

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