PARTE 2: CUANDO VOLVIÓ A BUSCARME, YO YA ME HABÍA IDO.

Aquella tarde terminé de entregar al último paciente de mi lista.

Cuando cerré el expediente, sentí una extraña ligereza.

Había trabajado en aquel hospital durante siete años.

Conocía cada pasillo, cada enfermera de guardia y hasta el sonido de las ruedas defectuosas de algunas camillas.

Sin embargo, por primera vez, no sentía nostalgia.

Solo quería marcharme.

A la mañana siguiente, el equipo médico partiría hacia Xinjiang.

Mi maleta ya estaba preparada.

Mi billete estaba guardado.

Y mi relación con Zhou Zhe había terminado mucho antes de que él fuera capaz de comprenderlo.

Al salir del hospital, recibí una llamada de mi mejor amiga.

—Jingjing, ¿estás segura de que no quieres que vaya contigo al aeropuerto?

—Estoy segura.

—¿Y Zhou Zhe?

Sonreí.

—Probablemente sigue ocupado cuidando a Lin Dao.

—Cuando descubra que cancelaste la boda, se volverá loco.

Miré las luces de la ciudad encenderse una tras otra.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

Aquella noche dormí en casa de mis padres.

A las cinco de la mañana me despertó el sonido del teléfono vibrando.

Había diecisiete llamadas perdidas.

Todas de Zhou Zhe.

También había numerosos mensajes.

«Song Jing, ¿por qué el hotel me llamó diciendo que cancelaste el banquete?».

«¿Qué significa esto?».

«¿También cancelaste la ceremonia?».

«Contéstame».

«¿Dónde estás?».

El último mensaje había llegado hacía apenas dos minutos.

«Estoy en nuestro apartamento. Tus cosas no están aquí».

Lo leí sin emoción.

Después bloqueé la pantalla.

Mi madre apareció en la puerta.

—¿Es él?

—Sí.

—¿No vas a responder?

Negué.

—Ya le di demasiadas oportunidades para hablar.

A las seis y media subí al autobús del hospital que nos llevaría al aeropuerto.

Justo cuando estaba colocando mi maleta, escuché un automóvil frenar bruscamente detrás de nosotros.

La puerta se abrió.

Zhou Zhe bajó corriendo.

Todavía llevaba la camisa de ayer.

Tenía el cabello desordenado y el rostro lleno de ansiedad.

—¡Song Jing!

Todos se giraron.

Yo permanecí junto al autobús.

Zhou Zhe llegó hasta mí casi sin aliento.

—¿Qué estás haciendo?

—Voy a trabajar.

—¿A Xinjiang?

Su voz cambió.

—¿Estás loca?

Lo miré con calma.

—No.

—Entonces ¿por qué no me dijiste nada?

Aquella pregunta consiguió hacerme sonreír.

—¿Necesitaba tu permiso?

—¡Soy tu prometido!

—Eras mi prometido.

Su expresión se congeló.

—¿Qué quieres decir?

—La boda está cancelada.

—Eso ya lo sé. El hotel me llamó.

Apretó mi muñeca instintivamente.

Me liberé de inmediato.

—No me toques.

Zhou Zhe parecía no reconocerme.

—Jingjing, solo dije que aplazáramos el registro unos días. ¿Necesitabas reaccionar de esta manera?

—No estoy reaccionando.

—Estoy tomando una decisión.

—¡Por Lin Dao!

—No.

Lo miré directamente.

—Por mí.

Se quedó callado.

—Durante años, cada vez que Lin Dao te llamaba, tú corrías hacia ella.

—Cuando tenía fiebre, ibas.

—Cuando lloraba, ibas.

—Cuando discutía con alguien, ibas.

—Cuando nosotros teníamos una cita y ella decía que estaba triste, también ibas.

Mi voz permaneció tranquila.

—Anoche era la víspera de nuestro registro matrimonial.

—Y aun así elegiste acompañarla.

Zhou Zhe frunció el ceño.

—Ella estaba pasando por una crisis emocional.

—Siempre tiene una crisis cuando tú y yo damos un paso adelante.

No respondió.

Porque sabía que era verdad.

—Song Jing, estás exagerando.

—Puede ser.

Recogí mi bolso.

—Entonces encuentra una mujer menos exagerada.

Me giré hacia el autobús.

Zhou Zhe volvió a interponerse.

—No puedes simplemente marcharte.

—Ya lo hice.

—¿Y nuestros siete años?

Aquellas palabras me hicieron detenerme.

Siete años.

Durante siete años había pensado que el tiempo significaba amor.

Ahora comprendía que también podía significar costumbre.

—Precisamente porque fueron siete años tardé tanto en irme.

Su rostro perdió lentamente el color.

Entonces su teléfono empezó a sonar.

Miró la pantalla.

Vi el nombre.

Lin Dao.

Zhou Zhe dudó.

Solo un segundo.

Pero aquel segundo fue suficiente.

Solté una pequeña carcajada.

—Contesta.

—No es importante.

Silenció la llamada.

—Jingjing, escúchame. Daodao y yo no tenemos nada.

—Ya no necesito saber qué tienen.

—¡Pero yo te amo!

Por primera vez aquella mañana sentí dolor.

No porque quisiera regresar.

Sino porque durante demasiado tiempo había deseado escuchar esas palabras acompañadas de hechos.

—Zhou Zhe.

Di un paso hacia él.

—El amor que siempre necesita que una tercera persona sea comprendida no es el amor que quiero.

El conductor avisó que debíamos partir.

Subí al autobús.

Zhou Zhe golpeó la puerta.

—¡Song Jing!

Me senté junto a la ventana.

Él caminó al lado del vehículo mientras comenzábamos a avanzar.

—¡Volveré a buscarte!

No respondí.

El autobús salió del estacionamiento.

Y por primera vez en siete años, dejé a Zhou Zhe detrás de mí.

Tres meses después, mi vida en Xinjiang había cambiado por completo.

Trabajaba jornadas agotadoras.

Atendíamos pacientes que habían viajado durante horas desde zonas remotas.

Algunas cirugías duraban más de diez horas.

Terminaba exhausta.

Pero dormía en paz.

No esperaba llamadas.

No competía con nadie.

No necesitaba preguntarme quién ocupaba el primer lugar en el corazón de otra persona.

Una tarde, mientras salía del quirófano, la enfermera Xiao Liu corrió hacia mí.

—Doctora Song, alguien lleva horas esperándola afuera.

Pensé que sería algún familiar de un paciente.

Pero cuando llegué al vestíbulo, me detuve.

Zhou Zhe estaba allí.

Había adelgazado.

Su rostro estaba quemado por el sol del viaje.

Sostenía una bolsa con regalos que yo ni siquiera miré.

—Jingjing.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a buscarte.

—Te dije que no lo hicieras.

—No podía dejarlo así.

Respiró profundamente.

—Terminé toda relación con Lin Dao.

No sentí nada.

Ni alivio.

Ni alegría.

—Eso es asunto tuyo.

Zhou Zhe pareció herido.

—También cancelé su contacto. Le dije que no volviera a buscarme.

—Bien.

—Jingjing…

—¿Esperas que te felicite?

Apretó los puños.

—He venido hasta aquí para demostrarte que puedo cambiar.

Lo observé en silencio.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi madre.

Abrí la fotografía adjunta.

Era una invitación.

Lin Dao acababa de anunciar su compromiso.

Pero el nombre del novio no era Zhou Zhe.

Era otro hombre.

Debajo, mi madre había escrito:

«Jingjing, acaba de salir algo todavía más extraño. Lin Dao publicó que llevaba casi un año saliendo con este hombre».

Levanté lentamente la vista hacia Zhou Zhe.

Él seguía mirándome con esperanza.

—¿Qué pasa?

Le mostré la pantalla.

Su rostro cambió inmediatamente.

—Eso… eso es imposible.

—Parece que mientras tú abandonabas todo cada vez que ella lloraba, ella ya tenía novio.

Zhou Zhe tomó mi teléfono con manos temblorosas.

Leyó la publicación una y otra vez.

Entonces comprendió finalmente algo que yo había entendido demasiado tarde.

Lin Dao quizá nunca lo había amado.

Solo había disfrutado comprobando que podía arrebatármelo cada vez que quisiera.

Zhou Zhe se dejó caer lentamente en una silla.

—Entonces… perdí nuestra boda por nada.

Lo miré durante varios segundos.

Después negué.

—No.

Recogí mi teléfono.

—No perdiste nuestra boda por ella.

—La perdiste porque cada vez que debías elegirme, elegiste voluntariamente no hacerlo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Jingjing…

Me giré.

—Tengo pacientes.

—Espera.

—¿Qué?

Su voz tembló.

—Cuando regreses… ¿podemos empezar de nuevo?

Lo miré por última vez.

Había imaginado aquella escena cientos de veces.

Zhou Zhe arrepentido.

Zhou Zhe persiguiéndome.

Zhou Zhe comprendiendo finalmente cuánto me había herido.

Pero ahora que realmente estaba frente a mí, descubrí algo inesperado.

Ya no necesitaba su arrepentimiento para cerrar aquella historia.

Sonreí suavemente.

—Cuando vuelva, quiero comenzar de nuevo.

Sus ojos se iluminaron.

Entonces terminé la frase.

—Pero no contigo.

Me puse la bata y caminé hacia el quirófano.

Detrás de mí, Zhou Zhe no volvió a llamarme.

Seis meses después regresé a casa.

El hospital me ascendió por mi trabajo en el equipo médico.

Mis padres organizaron una pequeña cena.

Y aquella noche, mientras brindábamos juntos, recibí una notificación.

Zhou Zhe había eliminado todas nuestras antiguas fotografías.

No sentí tristeza.

Apagué el teléfono.

Mi madre tomó mi mano.

—¿Te arrepientes?

Miré por la ventana.

Recordé la boda cancelada.

El libro de familia.

El billete a Yunnan que nunca utilicé.

Y aquella mañana en que subí sola al autobús rumbo a Xinjiang.

Negué con una sonrisa.

—No.

Porque aquel día creí que estaba perdiendo siete años de mi vida.

En realidad, estaba recuperando todos los años que todavía me quedaban por vivir.

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