Parte 2: EL HOMBRE QUE LA ENTERRÓ VIVA

Mauricio miró el nombre de Beto parpadeando en la pantalla.

Sofía le agarró la muñeca.

—No contestes.

Su voz apenas era un hilo.

—Si descubre que me encontraste, va a venir por Leo.

Aquello cambió algo dentro de Mauricio.

Hasta ese momento había sentido confusión, dolor, rabia.

Pero al escuchar el nombre de su hijo, todo se volvió frío.

Calculado.

—Entonces no va a enterarse.

Contestó.

—¿Qué pasó, compadre?

Beto rio al otro lado.

—Nomás quería confirmar lo de mañana. El notario llega a las diez. Firmamos los poderes y después nos echamos una carne asada.

Mauricio miró a Sofía.

Ella temblaba.

—Claro —respondió—. Mañana firmamos.

—¿Todo bien? Te escucho raro.

—Leo se sintió mal. Estamos en urgencias.

Hubo un silencio demasiado largo.

—¿En cuál hospital?

Mauricio sintió un escalofrío.

—Nada grave. Ya vamos saliendo.

—Bueno. Dale un abrazo al campeón.

Colgó.

Sofía comenzó a llorar.

—Así hablaba conmigo.

—¿Qué?

—Como si nada pasara.

Mauricio acercó una silla.

—Cuéntamelo todo.


Tres años atrás, Sofía había descubierto movimientos extraños en una empresa subsidiaria de los Garza.

Millones de pesos desaparecían mediante contratos falsos.

Al principio creyó que era un error contable.

Hasta que encontró la firma de Beto.

—Quería decírtelo esa noche —susurró—. Pero antes de llegar a casa, Jimena me llamó.

Su hermana gemela tenía problemas.

Otra vez.

Beto había pagado algunas de sus deudas y utilizaba aquello para controlarla.

—Jimena me pidió que fuera sola.

Sofía cerró los ojos.

—Cuando llegué, Beto estaba ahí.

Mauricio apretó los puños.

—¿Qué te hizo?

—Quería los documentos.

Sofía no entró en detalles.

Solo explicó que hubo una pelea, que perdió el conocimiento y despertó encerrada lejos de la ciudad.

—¿Y Jimena?

Las lágrimas aparecieron.

—Intentó ayudarme.

La respuesta bastó.

Jimena había conseguido escapar usando el automóvil de Sofía.

Pero aquella noche el vehículo sufrió el accidente que todos atribuyeron a Sofía.

Las hermanas eran idénticas.

El cuerpo quedó irreconocible.

Beto aprovechó la confusión.

Jimena fue enterrada con el nombre de Sofía.

—¿Y tú estuviste encerrada tres años?

—Me cambiaron de lugar varias veces.

Mauricio sintió náuseas.

—¿Por qué mantenerte viva?

Sofía lo miró.

—Porque faltaba algo.

—¿Qué?

—Los documentos originales.

—¿Dónde están?

Sofía volvió la cabeza hacia Leo, dormido en un sillón.

—Donde nadie buscaría.

Mauricio siguió su mirada.

Y comprendió.

—No.

Sofía asintió.

—Antes de ir a ver a Jimena escondí una memoria dentro del viejo dinosaurio de peluche de Leo.

Mauricio recordó aquel juguete.

Leo dormía abrazándolo desde pequeño.

Durante tres años, la prueba que podía destruir a Beto había estado en la habitación de su hijo.


Mauricio llamó a su jefe de seguridad.

No mencionó a Sofía.

Solo ordenó duplicar la vigilancia de Leo y recuperar el dinosaurio.

Después llamó a un abogado externo.

Uno que Beto no conocía.

A medianoche, la memoria estaba sobre la mesa del hospital.

Contratos.

Transferencias.

Empresas fantasma.

Firmas.

Fotografías.

Y un archivo de audio.

Mauricio lo reprodujo.

La voz de Beto llenó la habitación.

“Cuando Mauricio firme los poderes tendremos acceso completo. Después ya no necesitaremos seguir sosteniendo esta mentira.”

Mauricio detuvo la grabación.

Mañana.

Los poderes.

Todo encajó.

Beto no quería simplemente robar dinero.

Quería quedarse con el control de las empresas Garza.

Y había esperado tres años para hacerlo.

Sofía señaló otro archivo.

—Abre ese.

Era una fotografía tomada desde lejos.

Beto estaba reunido con un hombre.

Mauricio amplió la imagen.

Se quedó inmóvil.

—No puede ser.

Sofía lo observó.

—¿Lo conoces?

Claro que lo conocía.

Era Federico Salas.

El abogado familiar.

El hombre que había gestionado el funeral de Sofía.

El mismo que había preparado los poderes que Mauricio debía firmar al día siguiente.

—Beto no trabajaba solo.


A las nueve de la mañana, Mauricio llegó a las oficinas centrales.

Traje oscuro.

Corbata.

Rostro tranquilo.

Beto ya estaba allí.

—¡Compadre!

Lo abrazó.

Mauricio tuvo que contenerse para no apartarlo.

Federico esperaba junto al notario.

Sobre la mesa estaban los documentos.

—En cuanto firmemos —dijo Beto—, podemos comenzar la reestructuración.

Mauricio tomó la pluma.

—Antes quiero brindar.

Beto rio.

—¿A esta hora?

—Por la familia.

Levantó una copa de agua.

—Por la gente que permanece contigo cuando todo se derrumba.

Beto sonrió.

—Eso siempre.

Mauricio sostuvo su mirada.

—Incluso en los funerales.

La sonrisa de Beto desapareció apenas.

Mauricio dejó la copa.

—Tengo una pregunta.

—Dime.

—¿A quién enterramos hace tres años?

Federico dejó caer una carpeta.

Silencio.

Beto no se movió.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una muy sencilla.

Mauricio sacó el teléfono.

Puso sobre la pantalla una fotografía tomada aquella misma mañana.

Sofía estaba en una habitación segura, abrazando a Leo.

Beto palideció.

No fue sorpresa.

Fue terror.

Y esa reacción confirmó todo.

—¿Dónde la encontraste? —susurró.

Mauricio sonrió sin alegría.

—Gracias.

Beto comprendió su error.

Se levantó.

La puerta se abrió.

Entraron dos agentes acompañados del abogado externo de Mauricio.

Federico retrocedió.

—Esto es un malentendido.

—Perfecto —respondió Mauricio—. Podrán explicarlo.

Beto miró hacia la ventana.

Luego hacia la puerta.

No tenía salida.

Pero antes de que los agentes se acercaran, soltó una carcajada.

—¿De verdad crees que ganaste?

Mauricio no respondió.

—Sofía nunca te contó todo.

Aquella frase lo detuvo.

—Cállate —ordenó Federico.

Beto sonrió.

—¿Ves? Hasta él tiene miedo.

Mauricio avanzó.

—¿Qué no me contó?

—Pregúntale por qué conocía esas cuentas antes que nadie.

—Porque descubrió tus robos.

—No.

Beto negó lentamente.

—Ella ya conocía esas empresas.

Federico intentó acercarse.

—No diga una palabra más.

Beto levantó la voz.

—¡Pregúntale quién las creó!

Mauricio sintió un frío profundo.

Su teléfono vibró.

Era el jefe de seguridad.

Contestó.

—Señor, tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Revisamos la memoria completa, como ordenó.

Mauricio miró a Beto.

—Continúe.

—Encontramos documentos anteriores a las transferencias del señor Villarreal.

—¿Y?

El hombre dudó.

—La primera empresa fantasma no fue registrada por Beto.

Mauricio dejó de respirar.

—¿Por quién?

La respuesta llegó mientras Beto sonreía frente a él.

—Por la señora Sofía Garza.

Mauricio sintió que todo el edificio se inclinaba.

—Eso es imposible.

—Hay más, señor.

Escuchó movimiento al otro lado.

—Encontramos un video grabado por Jimena dos días antes del accidente.

Mauricio cerró los ojos.

—Envíemelo.

El archivo llegó inmediatamente.

Lo abrió.

Jimena apareció en pantalla, llorando.

“Si alguien encuentra esto, tiene que saber la verdad. Beto es peligroso… pero esta historia no empezó con él.”

Mauricio levantó lentamente la mirada.

Beto ya no sonreía.

La grabación continuó:

“Sofía descubrió quién lleva años robando a los Garza. Y por eso todos estamos en peligro.”

Jimena miró directamente a la cámara.

Entonces pronunció un nombre.

Mauricio sintió que se le paralizaba el cuerpo.

Porque no era Beto.

Era alguien que había tenido acceso a su casa, a sus cuentas y a Leo durante los últimos tres años.

Su propio padre.

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