PARTE 2: EL IMPERIO QUE NUNCA FUE SUYO.

Adrián permaneció mirando la primera página de la carpeta.

Sus dedos dejaron de moverse.

Isabella se inclinó hacia él.

—¿Qué pasa?

Él no respondió.

Yo sí.

—Pasa que Adrián acaba de recordar cómo empezó realmente su empresa.

Uno de nuestros socios se acercó a la mesa.

—¿Qué contienen esos documentos?

—Los acuerdos originales de constitución, las aportaciones de capital y la distribución real de participaciones.

Adrián levantó la mirada.

—Sofía, esto no es necesario.

Casi sonreí.

—Hace dos días tampoco era necesario abandonarme por Isabella. Pero tomaste una decisión.

Señalé la carpeta.

—Yo también.

Isabella dejó escapar una risa nerviosa.

—No entiendo. Adrián fundó Blake Technologies.

—Adrián tuvo la idea.

La miré directamente.

—Construirla fue otra cosa.

El silencio se hizo más pesado.

Cuando conocí a Adrián, su empresa tenía más deudas que clientes.

Ningún banco quería financiarlo.

Ningún inversionista confiaba en él.

Entonces vendí las joyas que había heredado de mi madre y aporté el capital que permitió mantener la compañía funcionando.

Pero aquello no había sido un regalo.

Mi abogado insistió en documentarlo.

A cambio de mi inversión, recibí participaciones y derechos especiales sobre ciertas decisiones estratégicas.

Después llegaron más crisis.

Y cada vez que Adrián necesitaba dinero, contactos o garantías, yo aparecía.

Al final, mientras él se convertía públicamente en el rostro del imperio, yo me convertía silenciosamente en una de las personas con mayor poder legal dentro de él.

Adrián siempre lo supo.

Simplemente había dejado de recordarlo.

Hasta ahora.

Pasó rápidamente las páginas.

—No puedes hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Retirar tu respaldo ahora.

—Claro que puedo.

—Destruirías años de trabajo.

Lo miré fijamente.

—¿Nuestro trabajo?

Su expresión cambió.

Había caído en su propia trampa.

—Sofía…

—Qué curioso. Ayer era tu imperio. Ahora que necesitas mi participación, vuelve a ser nuestro.

Alguien al fondo dejó escapar una risa incómoda.

Isabella se puso rígida.

—Adrián, ¿qué significa todo esto?

Él cerró la carpeta.

—Nada que no pueda solucionarse.

—Entonces explícamelo.

Adrián no pudo.

Yo tomé otra hoja.

—Mañana presentaré formalmente mi renuncia como directora de estrategia.

Varios rostros cambiaron.

Adrián se levantó.

—No.

—También retiraré mi garantía personal de la línea de crédito que vence este mes.

Ahora sí hubo murmullos.

Uno de nuestros inversionistas palideció.

—¿La línea principal está respaldada personalmente por Sofía?

Asentí.

Adrián golpeó la mesa con la palma.

—¡Esto es una venganza!

—No.

Mi voz permaneció tranquila.

—Venganza sería destruir algo que te pertenece.

Hice una pausa.

—Yo simplemente estoy dejando de sostener algo que llevas años fingiendo que construiste solo.

Isabella miró a Adrián.

Ya no parecía tan cómoda junto a él.

—Me dijiste que todo estaba a tu nombre.

—Lo está.

—No exactamente —intervine.

Saqué otro documento.

—La marca comercial sí. Algunas propiedades también. Pero las patentes principales pertenecen a una sociedad separada.

Adrián cerró los ojos.

Aquello era lo que más temía.

Isabella preguntó:

—¿Qué sociedad?

—Una creada durante la segunda ronda de financiación para proteger la propiedad intelectual.

Dejé el documento frente a ella.

—Yo controlo el cincuenta y uno por ciento.

Isabella apartó lentamente el brazo del de Adrián.

Fue un movimiento pequeño.

Pero él lo notó.

Yo también.

—¿Eso significa que ella puede quitarte la tecnología? —preguntó.

Adrián respondió rápidamente.

—No.

Lo miré.

—Significa que cualquier nuevo acuerdo de licencia necesita mi autorización.

Esta vez nadie habló.

Adrián caminó hacia mí.

—Hablemos en privado.

—No tenemos nada privado que discutir.

—Tres años juntos merecen al menos una conversación.

Aquello casi me hizo reír.

—Hace cuarenta y ocho horas decidiste que tres años juntos valían menos que seis días desde el regreso de Isabella.

Se quedó inmóvil.

Isabella se levantó.

—No voy a quedarme aquí mientras conviertes nuestra relación en una guerra empresarial.

La miré.

—Yo no estoy hablando de tu relación.

—Entonces ¿por qué haces esto justo ahora?

—Porque hasta ahora tenía una razón para sacrificarme por esta empresa.

Miré a Adrián.

—Creía que estábamos construyendo nuestro futuro.

Guardé silencio unos segundos.

—Ahora sé que estaba construyendo el suyo.

Recogí mi bolso.

Adrián me sujetó del brazo.

Me detuve.

Miré su mano.

Él la retiró inmediatamente.

—Si haces esto, cientos de empleados podrían verse afectados.

Aquello sí me dolió.

Porque conocía sus nombres.

Había contratado personalmente a muchos.

—Por eso no voy a destruir la compañía.

Adrián frunció el ceño.

—¿Entonces qué quieres?

—Que aprendas la diferencia entre la empresa y tú.

Salí de la reunión sin mirar atrás.

A la mañana siguiente comenzaron las llamadas.

Primero llamó el banco.

Después dos inversionistas.

Luego el presidente del consejo.

A mediodía, Adrián apareció en mi oficina.

—¿Qué les dijiste?

—La verdad.

—Tres inversionistas han solicitado una reunión extraordinaria.

—Cuatro.

Su rostro se tensó.

—¿Qué quieres de mí?

—Nada.

—Dinero.

—No.

—¿Mi participación?

—Tampoco.

Parecía desesperarse más con cada respuesta.

—Entonces dime qué demonios quieres.

Cerré el ordenador.

—Salir.

—¿Salir?

—Voy a vender parte de mis acciones.

Adrián palideció.

—¿A quién?

—Todavía estoy evaluando ofertas.

Era mentira.

Ya había elegido.

Solo necesitaba que él entendiera cuánto había cambiado nuestra relación.

Su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

No respondió.

Volvió a sonar.

Isabella.

—Deberías contestar —dije.

—Esto es más importante.

Aquellas palabras llegaron demasiado tarde.

—No para mí.

Se marchó furioso.

Durante las siguientes semanas, el castillo empezó a agrietarse.

Sin mi presencia en las negociaciones, Adrián perdió dos contratos importantes.

El banco exigió nuevas garantías.

El consejo comenzó a cuestionar decisiones que antes aprobaba automáticamente.

Y entonces ocurrió algo que yo no esperaba.

Isabella desapareció.

No literalmente.

Simplemente dejó de aparecer junto a Adrián.

Las fotografías románticas terminaron.

Las cenas terminaron.

Las publicaciones terminaron.

Tres meses después supe que se había marchado nuevamente al extranjero.

Adrián nunca me llamó para contármelo.

Yo tampoco pregunté.

Seguí adelante.

Creé mi propia firma de inversión.

Varios de los clientes que confiaban en mi trabajo decidieron acompañarme.

Dos años después, mi nueva empresa valía más de lo que Blake Technologies había valido cuando me marché.

Y cinco años después de aquella reunión, Adrián era apenas un recuerdo.

Hasta que una noche llamaron a mi puerta.

Eran casi las diez.

Abrí.

Y lo encontré allí.

Adrián Blake.

Su traje seguía siendo caro.

Pero ya no parecía el hombre que había dominado salas enteras con una mirada.

Tenía el rostro agotado.

Los ojos enrojecidos.

Y en las manos llevaba aquella misma carpeta negra.

—Sofía…

Su voz se quebró.

—Necesito hablar contigo.

—No tenemos nada que hablar.

Intenté cerrar.

Él puso la carpeta entre la puerta y el marco.

—Isabella nunca volvió por mí.

Me detuve.

Adrián respiraba con dificultad.

—Volvió por la empresa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Abrió la carpeta.

Dentro había documentos que nunca había visto.

Transferencias.

Correos impresos.

Contratos.

Y el nombre de Isabella aparecía una y otra vez.

—Hace cinco años pensé que había regresado porque todavía me amaba.

Una lágrima cayó por su mejilla.

—Pero estaba trabajando para alguien.

Sentí un escalofrío.

—¿Para quién?

Adrián sacó la última página.

—Para la persona que llevaba años intentando quedarse con nuestras patentes.

Miré el documento.

Entonces vi una firma.

Mi corazón dio un vuelco.

Conocía aquel nombre.

Era alguien que había estado con nosotros desde el principio.

Alguien en quien yo también había confiado.

—Sofía —susurró Adrián—, Isabella no regresó para recuperarme.

Levantó los ojos hacia mí.

—Regresó para separarnos porque juntos éramos el único obstáculo que no podían comprar.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo contenía una fotografía.

Había sido tomada hacía menos de una hora.

Yo saliendo de mi oficina.

Debajo aparecía una frase.

«Adrián cometió un error al contarte la verdad.»

Levanté la mirada.

—Adrián…

Pero él ya no estaba mirándome.

Miraba fijamente hacia el automóvil negro estacionado al otro lado de la calle.

La puerta trasera acababa de abrirse.

Y la persona que descendió del vehículo hizo que la carpeta se me cayera de las manos.

Porque era la última persona que esperaba volver a ver.

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