PARTE 2: EL JUEVES QUE SERGIO PERDIÓ EL CONTROL.

El jueves llegué al barrio a la una y veinte de la tarde.

No fui directo al piso de Laura.

Treinta años entrando en edificios en llamas me habían enseñado algo: cuando alguien está atrapado, correr sin pensar puede empeorarlo todo.

Dos antiguos compañeros del Parque 7 esperaban conmigo en una cafetería cercana. Los demás sabían lo que ocurría, pero les había pedido que no aparecieran.

No quería doce hombres frente a la casa de Sergio.

Quería sacar a mi hija y a mi nieta de allí sin darle ninguna excusa para convertir aquello en un enfrentamiento.

A la una y cuarenta y cinco recibí una llamada.

Número desconocido.

—¿Sí?

Nadie respondió.

Entonces escuché una respiración pequeña.

—Abuelo.

Se me heló la sangre.

—¿Lucía?

—Mamá está llorando.

Me levanté tan rápido que la silla cayó detrás de mí.

—¿Dónde está Sergio?

La niña tardó unos segundos en contestar.

—Se fue.

—Escúchame, cariño. Quédate con mamá. Voy para allá.

—Abuelo…

—¿Sí?

Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—Sergio dijo que, si tú venías, la policía se llevaría a mamá.

La llamada terminó.

Salí corriendo.

Cuando llegué al edificio eran las dos menos cinco.

La puerta principal estaba abierta.

Subí los tres pisos sin esperar el ascensor y golpeé dos veces.

—Laura.

Silencio.

—Soy papá.

Escuché pasos.

Después varios cerrojos.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Mi hija apareció detrás.

Tenía el labio hinchado.

Sentí que toda la rabia acumulada durante aquella semana me subía hasta la garganta.

Pero no grité.

—¿Podemos entrar?

Laura miró detrás de mí.

—¿Quiénes?

—Miguel y Andrés. Nadie más.

Reconoció los nombres.

Habían sido mis compañeros desde antes de que ella naciera.

Laura abrió la puerta.

Lucía salió corriendo desde el salón.

—¡Abuelo!

La levanté entre mis brazos.

La pequeña me rodeó el cuello con tanta fuerza que tuve que cerrar los ojos.

—Te he echado de menos.

—Yo también, pequeña.

Laura cerró la puerta.

—Tenemos que irnos rápido.

—Entonces vámonos.

—No es tan fácil.

Me señaló la mesa.

Había una carpeta abierta.

Dentro vi varias hojas impresas.

—¿Qué es eso?

—Lo que preparó Sergio antes de marcharse.

Cogí la primera.

Era una denuncia.

Según aquel documento, Laura sufría episodios emocionales graves y yo ejercía una influencia peligrosa sobre ella y sobre Lucía.

Había fotografías de mi moto.

Capturas de publicaciones antiguas.

Incluso imágenes mías tomando cerveza con compañeros del parque.

Todo estaba organizado para construir una historia.

Yo era el abuelo irresponsable. Laura, la madre inestable. Y Sergio, el hombre que intentaba proteger a una niña.

—Lleva meses preparándolo —susurró Laura.

—¿Meses?

Asintió.

—Me hacía ir a médicos distintos. Siempre entraba conmigo. Contestaba preguntas por mí. Decía que estaba deprimida, que tenía ataques, que olvidaba cosas.

Miguel dejó escapar una maldición en voz baja.

—¿Y los médicos le creyeron?

Laura se abrazó a sí misma.

—Algunos sí.

Entonces comprendí.

Sergio no solo estaba aislándola.

Estaba construyendo una versión de Laura que pudiera utilizar contra ella si intentaba escapar.

—Por eso no podía simplemente irme contigo —dijo—. Me repetía que tenía suficientes informes para quitarme a Lucía.

Mi nieta jugaba con la cremallera de mi chaqueta, sin entender del todo aquella conversación.

Me agaché frente a Laura.

—Mírame.

Lo hizo.

—Nos vamos ahora.

—Papá…

—No voy a discutir con Sergio. No voy a amenazarlo. No voy a darle lo que quiere.

Señalé la carpeta.

—Nos llevaremos esto y buscaremos ayuda de la manera correcta.

Laura comenzó a llorar.

—Tengo tanto miedo.

—Puedes tener miedo y marcharte igualmente.

Aquellas palabras parecieron atravesarla.

Miró a Lucía.

Después respiró profundamente.

—De acuerdo.

No necesitábamos mucho.

Una mochila para la niña.

Documentos.

Medicamentos.

Algo de ropa.

Mientras Laura preparaba las cosas, Andrés fotografió los papeles que había sobre la mesa.

Yo entré en la habitación de Lucía para ayudarla.

Fue allí donde vi algo extraño.

Una maleta rosa estaba preparada debajo de la cama.

—¿Eso lo preparaste tú? —pregunté.

Lucía negó.

—Sergio.

Me quedé quieto.

—¿Cuándo?

—Ayer.

Abrí la maleta.

Había ropa infantil suficiente para varios días.

Un cepillo de dientes.

El conejo de peluche favorito de Lucía.

Y un sobre.

Lo abrí.

Dentro había dos billetes de avión impresos.

Madrid-Lisboa.

Salida aquella misma tarde.

Los pasajeros eran Sergio Vidal y Lucía Vidal.

Sentí un vacío en el estómago.

—Laura.

Ella entró corriendo.

Le entregué los billetes.

Los leyó.

Su rostro perdió todo el color.

—No…

—¿Sabías algo de esto?

—No.

Volvió a mirar la hora.

—El vuelo sale a las seis.

Entonces todo empezó a encajar.

El juicio de aquella tarde.

La documentación contra Laura.

La maleta preparada.

Sergio no había pensado pasar el jueves simplemente defendiendo una acusación por conducir ebrio.

Había preparado algo para después.

—Tenemos que salir —dije.

Laura tomó a Lucía de la mano.

Bajamos rápidamente.

Miguel salió primero para comprobar la calle.

Se detuvo en el portal.

—Tenemos un problema.

Miré hacia fuera.

Mi moto seguía aparcada.

Pero detrás había un coche negro que no reconocía.

Un hombre estaba sentado al volante.

Nos observaba.

Cuando vio a Laura con la maleta, levantó el teléfono.

—Volvemos arriba —dijo Andrés.

—No.

Laura estaba temblando otra vez.

—Ese hombre trabaja para Sergio.

—¿Estás segura?

—Lo he visto antes.

El conductor arrancó.

Durante un instante pensé que se marcharía.

Entonces el coche se detuvo atravesado frente al portal.

Miguel sacó su teléfono.

—Llamaré a la policía.

Pero antes de que pudiera hacerlo, mi móvil empezó a sonar.

Número desconocido.

Laura miró la pantalla.

—Es él.

Contesté.

—¿Sergio?

Una risa tranquila llegó desde el otro lado.

—Sabía que vendrías, bombero.

Apreté el teléfono.

—Laura y Lucía se van conmigo.

—No creo.

—Eso no lo decides tú.

Hubo un breve silencio.

Después su voz cambió.

—Pregúntale a tu hija qué firmó el martes.

Miré a Laura.

Ella negó rápidamente.

—No sé de qué habla.

—¿Qué le hiciste firmar?

Sergio soltó otra pequeña carcajada.

—Yo no le hice nada. Laura firmó voluntariamente una declaración sobre la persona que considera peligrosa para su hija.

Sentí que algo se cerraba alrededor de mi pecho.

—Estás mintiendo.

—Entonces espera treinta segundos.

La llamada terminó.

Casi exactamente medio minuto después, dos coches aparecieron al final de la calle.

No eran de Sergio.

Eran vehículos policiales.

Laura comenzó a retroceder.

—Papá…

Los agentes se detuvieron frente al edificio.

Uno de ellos bajó con varios documentos en la mano.

Miró primero a Laura.

Después a Lucía.

Finalmente me miró a mí.

—¿Es usted el señor Manuel Ortega?

—Sí.

El agente se acercó.

—Tenemos una orden relacionada con la menor.

Laura se puso delante de su hija.

—¿Qué orden?

El policía abrió el documento.

Y entonces dijo las palabras que hicieron que Laura me agarrara del brazo con desesperación.

—La solicitud afirma que el señor Ortega intentaba llevarse a la niña contra la voluntad de su madre. Y aquí hay una declaración firmada por usted, señora, que confirma exactamente eso.

Laura miró la firma.

Se quedó blanca.

—Esa es mi firma… pero yo nunca firmé esa declaración.

Y desde el coche negro, el hombre de Sergio seguía grabándonos.

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