Gu Yan era muy diferente de lo que yo había imaginado.
Cuando la señora Gu me llevó a conocerlo cinco años atrás, pensé que encontraría a un joven arrogante, acostumbrado a conseguir todo lo que quería.
Pero el hombre que vi estaba sentado junto a una ventana, demasiado delgado y pálido, con una expresión fría que parecía mantener al mundo entero a distancia.
La señora Gu me había explicado lo esencial.
Su hijo había sufrido una enfermedad grave y un tratamiento prolongado. La familia quería desesperadamente un heredero y estaba dispuesta a pagar una suma suficiente para cubrir la operación de mi madre.
Yo necesitaba el dinero.
Ellos necesitaban mi cooperación.
Parecía un acuerdo sencillo.
Hasta que Gu Yan me miró por primera vez.
—¿Cuánto te ofreció mi madre? —preguntó.
Le dije la cantidad.
Él soltó una risa breve.
—¿Y aceptaste?
—Sí.
—¿Por dinero?
Apreté las manos.
—Sí.
Esperaba desprecio.
En cambio, permaneció callado durante unos segundos.
—Al menos eres sincera.
Aquellos dos meses fueron extraños.
Al principio apenas hablábamos.
Después comenzó a preguntarme si había comido.
A dejarme una manta cuando me quedaba dormida.
A acompañarme al hospital cuando mi madre empeoró.
Y, sin darme cuenta, el acuerdo comenzó a parecerse demasiado a algo que ninguno de los dos debía sentir.
Por eso, cuando terminó, desaparecí.
Recibí el dinero.
La operación de mi madre fue un éxito.
Y jamás volví a buscarlo.
Hasta hoy.
Sacudí la cabeza para expulsar los recuerdos y continué trabajando.
A las seis de la tarde apagué el ordenador.
Solo quería regresar a casa y olvidar que Gu Yan se encontraba unos pisos por encima de mí.
Pero cuando llegué al estacionamiento, alguien pronunció mi nombre.
—Tiantian.
Me giré.
Gu Yan estaba junto a un automóvil negro.
Solo.
Mi corazón dio un salto.
—Director Gu.
Su expresión no cambió.
—¿Así me llamas ahora?
Lo miré sorprendida.
Entonces recordé la indiferencia con la que me había tratado aquella mañana.
—Pensé que no me recordabas.
—Tengo buena memoria.
—Pues lo disimulaste perfectamente.
Sus ojos se oscurecieron ligeramente.
—Estábamos trabajando.
—Entiendo.
Intenté marcharme.
—Tiantian.
Me detuve.
—¿Qué?
Gu Yan guardó silencio durante unos segundos.
Parecía querer preguntar algo.
Finalmente solo dijo:
—Nada.
Aquello me irritó más de lo que debería.
—Entonces hasta mañana, director Gu.
Me fui sin mirar atrás.
No sabía que esa misma noche volvería a verlo de una manera que jamás habría podido imaginar.
Aproximadamente a las nueve, estaba preparando fruta cuando sonó el timbre.
Pensé que sería un repartidor.
Abrí la puerta.
Y me quedé paralizada.
Gu Yan estaba frente a mí.
Pero no estaba solo.
A su lado había un niño de unos cinco años.
Llevaba una pequeña mochila azul y sostenía un dinosaurio de juguete.
El pequeño levantó el rostro.
Tenía grandes ojos negros, pestañas largas y una expresión seria que resultaba extrañamente familiar.

Me miró.
Yo lo miré.
Después miré a Gu Yan.
—¿Qué haces aquí?
Gu Yan señaló al niño.
—Te traje a alguien.
—Ya veo que es un niño.
—Es mi hijo.
Sentí un alivio absurdo.
Así que se había casado.
Por supuesto.
Cinco años eran mucho tiempo.
—Felicidades —dije—. Pero no entiendo por qué me lo presentas.
Gu Yan frunció ligeramente el ceño.
Entonces miró al pequeño.
—Oye.
El niño levantó la cabeza.
Gu Yan me señaló con una naturalidad escandalosa.
—Ella es tu madre. No saliste de una grieta en una roca.
Mi cerebro dejó de funcionar.
—¿Qué?
El niño abrió todavía más los ojos.
—¿Tú eres mi mamá?
Retrocedí un paso.
—¡Espera!
Miré a Gu Yan.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo escuchaste.
—¡Eso es imposible!
Su rostro se volvió serio.
—¿Por qué?
—Porque yo nunca tuve un hijo.
Gu Yan me observó durante varios segundos.
—Lo tuviste.
—¡Creo que recordaría haber dado a luz!
El niño nos miraba alternativamente.
Gu Yan se masajeó el entrecejo.
—Mi madre realmente no te explicó nada.
Aquella frase me heló.
—¿Explicarme qué?
Él miró al niño.
—Chenchen, espera un momento.
—Bien.
Gu Yan dio un paso hacia mí y bajó la voz.
—Hace cinco años, después de que te marcharas, mi madre te dijo que el procedimiento no había funcionado, ¿verdad?
Asentí lentamente.
Eso era exactamente lo que había sucedido.
La señora Gu me había llamado semanas después.
Me dijo que todo había fracasado.
Que el acuerdo había terminado.
Yo nunca hice preguntas.
Mi madre acababa de salir de una operación y mi única preocupación era cuidarla.
Gu Yan continuó:
—Te mintió.
Sentí que las piernas me fallaban.
—No.
—El procedimiento funcionó.
—No puede ser.
—Nueve meses después nació Chenchen.
Miré al pequeño.
Él abrazaba su dinosaurio mientras esperaba pacientemente.
De pronto empecé a encontrar detalles.
La forma de sus cejas.
La pequeña curva de su nariz.
Incluso aquel gesto de apretar los labios cuando estaba nervioso.
Se parecía a mí.
—¿Por qué? —susurré.
Gu Yan entendió inmediatamente.
—Yo tampoco sabía que te habían mentido.
—¿Cinco años?
Mi voz comenzó a temblar.
—¿Durante cinco años tu familia tuvo un hijo mío y nadie pensó que yo merecía saberlo?
Gu Yan no respondió.
Eso fue suficiente.
Me volví hacia el niño.
Chenchen bajó la mirada.
—Papá dijo que mamá estaba lejos.
Sentí algo romperse dentro de mí.
Me agaché lentamente frente a él.
—¿Siempre quisiste conocerla?
Asintió.
—Los otros niños tienen mamá.
Sus pequeños dedos apretaron el dinosaurio.
—Yo preguntaba dónde estaba la mía.
Tuve que contener las lágrimas.
Gu Yan habló detrás de nosotros.
—Mi madre le decía que estabas en el extranjero.
Me levanté de golpe.
—¿Y tú permitiste eso?
—Yo creía que habías recibido dinero adicional para renunciar a cualquier contacto.
Lo miré horrorizada.
—¿Qué dinero adicional?
Ahora fue Gu Yan quien se quedó inmóvil.
—¿No lo recibiste?
—No.
El silencio cambió completamente.
Ya no era incomodidad.
Era algo mucho peor.
Gu Yan sacó su teléfono.
Buscó rápidamente entre unos archivos y me mostró una fotografía de un documento.
Había una firma debajo de mi nombre.
Según aquel contrato, yo había aceptado una suma enorme a cambio de renunciar voluntariamente a cualquier relación futura con el niño.
Sentí náuseas.
—Esa no es mi firma.
Los ojos de Gu Yan se volvieron helados.
—¿Estás segura?
—Sé cómo firmo.
Amplié la imagen.
—Yo jamás vi este documento.
Por primera vez desde que había reaparecido en mi vida, la tranquilidad de Gu Yan desapareció por completo.
Marcó un número.
La llamada fue respondida casi inmediatamente.
—Madre.
Pausa.
—Voy a preguntarte una sola vez.
Su voz se volvió aterradoramente fría.
—¿Quién falsificó la firma de Tiantian?
No pude escuchar la respuesta.
Pero vi cómo cambiaba su rostro.
Gu Yan colgó.
—¿Qué dijo?
No respondió.
—Gu Yan.
Me miró.
Había rabia en sus ojos.
Pero también algo parecido al miedo.
—Tenemos que irnos.
—¿Adónde?
—A casa de mi madre.
—¿Ahora?
—Ahora.
Entonces Chenchen tiró suavemente de mi manga.
—Mamá.
Aquella única palabra hizo que los dos guardáramos silencio.
Me agaché.
—¿Qué pasa?
El niño sacó algo de su mochila.
Era un sobre pequeño y viejo.
—La abuela me dijo que nunca debía enseñárselo a papá.
Gu Yan frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Chenchen me entregó el sobre.
—Dijo que debía dártelo si algún día venías a buscarme.
Mis manos comenzaron a temblar.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía de hacía cinco años.
En ella aparecía yo saliendo del hospital donde habían operado a mi madre.
En el reverso había una frase escrita a mano.
“SI ELLA DESCUBRE QUE EL NIÑO SOBREVIVIÓ, TODO LO QUE HICIMOS QUEDARÁ AL DESCUBIERTO.”
Debajo aparecía una fecha.
Y un nombre.
Al leerlo, sentí que el sobre casi se escapaba de mis manos.
Porque aquella persona no pertenecía a la familia Gu.