PARTE 2: EL PRECIO DE HUMILLAR A LIN XI.

—No… no es así, Xi Xi. Escúchame, déjame explicarte.

Volvió a llamarme por aquel apodo que solo utilizaba cuando todavía fingía recordar que yo era su esposa.

Cerré los ojos durante un instante.

—Ya te escuché durante cinco años, Jiang Chen.

—Esta vez me vas a escuchar tú.

Su respiración se detuvo.

—¿Qué quieres?

Sonreí.

Finalmente había hecho la pregunta correcta.

—Quiero que dejes de llamarme.

Colgué.

El taxi continuó avanzando bajo las luces de la ciudad mientras mi teléfono volvía a vibrar.

No respondí.

Cinco minutos después apareció un mensaje.

“Xi Xi, vuelve al hotel. Podemos arreglarlo.”

Después otro.

“El presidente Chen se niega a hablar conmigo.”

Y otro.

“Los demás inversores están preguntando qué ocurrió.”

Guardé el teléfono.

Aquella noche, Jiang Chen finalmente descubriría algo que durante años se había negado a comprender.

Yo nunca había necesitado su empresa.

Era su empresa la que había necesitado de mí.

Cuando llegué a la villa Yunding, la señora Zhou abrió la puerta.

Había trabajado para mi familia desde que yo era adolescente.

Al verme sola, no hizo preguntas.

—Señorita, su habitación está preparada.

Hacía cinco años que nadie me llamaba así.

Para todos los demás me había convertido en “la esposa del director Jiang”.

Casi había olvidado quién era antes de ese matrimonio.

Subí las escaleras.

Sobre el escritorio de mi antiguo dormitorio había una fotografía familiar.

Mi madre.

Mi abuelo.

Mi primo mayor, Lin Zhen.

Y yo.

Lin Zhen vivía en Europa desde hacía más de diez años y rara vez aparecía públicamente en Asia.

Jiang Chen nunca lo había conocido.

Tampoco sabía que el fondo encabezado por el presidente Chen administraba parte del capital de nuestra familia.

Mucho menos sabía que los 50 mil millones que celebraba aquella noche habían llegado a su empresa después de una sola llamada de Lin Zhen.

Mi teléfono volvió a sonar.

Esta vez era un número diferente.

Contesté.

—Señorita Lin.

Reconocí inmediatamente la voz del presidente Chen.

—Lamento lo ocurrido esta noche.

—Usted no tiene nada que lamentar.

—Su primo fue muy claro.

Miré por la ventana.

—¿Qué dijo?

Hubo una breve pausa.

—Que una empresa dirigida por un hombre incapaz de respetar a la persona que lo sostuvo durante sus peores años no merece administrar el dinero de la familia Lin.

No pude evitar sonreír.

Eso sonaba exactamente como Lin Zhen.

—¿La retirada es definitiva?

—El proceso ya comenzó.

Mi expresión se volvió seria.

—Presidente Chen, no quiero que haga nada ilegal ni que incumpla ningún contrato.

—Por supuesto.

—Simplemente aplique cada cláusula tal como fue firmada.

El hombre entendió inmediatamente.

—Eso será suficiente.

Colgamos.

Y tenía razón.

Sería más que suficiente.

Porque Jiang Chen había firmado personalmente condiciones que permitían al grupo inversor suspender el desembolso si existían riesgos graves relacionados con la dirección de la empresa.

Él había aceptado aquellas condiciones convencido de que jamás serían utilizadas.

A las once y veinte de la noche recibí un video enviado por una antigua conocida.

La fiesta había terminado.

No oficialmente.

Pero los invitados estaban marchándose.

La enorme pantalla que anunciaba la financiación seguía encendida mientras ejecutivos y socios abandonaban el salón hablando por teléfono.

Jiang Chen aparecía rodeado por sus tres vicepresidentes.

Bai Vivi ya no sonreía.

Y todavía llevaba mi vestido.

Entonces sonó el timbre de la villa.

La señora Zhou apareció en la puerta de mi habitación.

—Señorita.

—¿Qué ocurre?

—El señor Jiang está abajo.

Miré el reloj.

Habían pasado apenas cuarenta minutos desde nuestra llamada.

—Dígale que se vaya.

La señora Zhou asintió.

Pero antes de que pudiera marcharse, escuché una voz desde el vestíbulo.

—¡Lin Xi!

Me levanté.

Jiang Chen había entrado.

Tenía el cabello desordenado y la corbata torcida.

Nada quedaba del orgulloso director general que me había expulsado de su celebración.

—¿Cómo entraste?

—La puerta estaba abierta.

La señora Zhou lo miró fríamente.

—No lo estaba.

Jiang Chen la ignoró.

—Xi Xi, tenemos que hablar.

—Habla.

—A solas.

—No.

Apretó los puños.

—¿De verdad vas a comportarte así después de cinco años de matrimonio?

Lo miré sorprendida.

—¿Yo?

Di un paso hacia él.

—Hace una hora impediste que tu esposa entrara en una fiesta organizada para celebrar una inversión conseguida gracias a su propia familia.

—Yo no sabía…

—Exactamente.

—Nunca te molestaste en saber quién era yo.

Su rostro se endureció.

—¿Todo esto es por Vivi?

—No.

Aquella respuesta pareció desconcertarlo.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque finalmente entendí que ella no destruyó nuestro matrimonio.

Lo miré directamente.

—Tú lo hiciste.

Jiang Chen guardó silencio.

Después cambió de estrategia.

Su voz se volvió suave.

—Xi Xi, cometí un error.

—Muchos.

—Puedo arreglarlo.

—No puedes.

—Mañana despediré a Vivi.

Me reí.

—No quiero que la despidas.

Parpadeó.

—¿Qué?

—Puedes quedártela.

Su rostro perdió el color.

—Yo ya no quiero ninguna de las dos cosas.

—¿Qué dos cosas?

—Ni a Bai Vivi.

Hice una pausa.

—Ni este matrimonio.

Jiang Chen me miró como si acabara de golpearlo.

—¿Quieres divorciarte?

—Sí.

—No puedes hablar en serio.

—Nunca he hablado tan en serio.

Entonces su expresión cambió.

El arrepentimiento desapareció.

Y apareció algo mucho más familiar.

Orgullo.

—Bien.

Soltó una risa seca.

—Divórciate.

Se acercó un paso.

—Pero recuerda que la casa está a mi nombre. Los coches están a mi nombre. Las cuentas principales también.

Lo observé en silencio.

—Si crees que tu primo va a mantenerte toda la vida, adelante.

La señora Zhou bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

Jiang Chen lo notó.

—¿Qué te parece tan gracioso?

Ella no respondió.

Yo sí.

—Que todavía no lo entiendes.

—¿Entender qué?

Caminé hasta el escritorio.

Abrí el cajón y saqué una carpeta.

La coloqué delante de él.

—Cuando fundaste Jiang Technology hace siete años, necesitabas veinte millones de yuanes para sobrevivir los primeros seis meses.

Su expresión se tensó.

—Conseguí inversores.

—No.

Abrí la carpeta.

—Conseguiste una sociedad intermediaria.

Empujé el documento hacia él.

—¿Alguna vez investigaste quién era el propietario real?

Jiang Chen miró la primera página.

Luego la segunda.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Esto…

Levantó la vista.

—Esto no puede ser auténtico.

—Lo es.

—¿Tú?

No respondí.

No hacía falta.

En aquel instante sonó mi teléfono.

Era Lin Zhen.

Contesté.

—Primo.

—Xi Xi.

Su voz era tranquila.

—Ya revisé todo.

Miré a Jiang Chen.

—¿Todo?

—Sí.

Entonces Lin Zhen pronunció una frase que hizo que mi sonrisa desapareciera.

—Hay un problema. Los 50 mil millones no son lo más grave. Alguien dentro de la empresa lleva tres años utilizando tu firma para transferir participaciones que todavía te pertenecen.

Me quedé inmóvil.

—¿Mi firma?

Jiang Chen levantó bruscamente la cabeza.

Y en ese instante vi algo en sus ojos.

No sorpresa.

Miedo.

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