PARTE 2: ESTA VEZ, ÉL LLEGÓ DEMASIADO TARDE.

Alexander Bennett permaneció en la entrada con una mano dentro del bolsillo de su abrigo.

La habitación entera quedó en silencio.

Yo conocía aquel rostro.

Pero no de aquella vida.

Lo conocía de mis últimos minutos antes de morir.

En mi vida anterior, había desperdiciado años persiguiendo a Adrian. Había soportado sus desprecios, sus ausencias y su relación con Chloe porque seguía convencida de que algún día recordaría que yo era la mujer que siempre había estado a su lado.

Nunca ocurrió.

Cuando finalmente comprendí cuánto tiempo había perdido, ya era demasiado tarde.

Y Alexander había sido quien permaneció conmigo al final.

Todavía recordaba su voz quebrada.

Recordaba su mano sosteniendo la mía.

Y aquellas palabras que jamás había esperado escuchar.

—Si hubiera llegado antes… jamás habría permitido que te hicieran tanto daño.

Después desperté años atrás.

Con Adrian todavía como mi prometido.

Y con una segunda oportunidad entre las manos.

Por eso, cuando Alexander apareció frente a mí aquella mañana, tuve que recordarme que para él nada de aquello había ocurrido todavía.

—Te pregunté algo, Elena.

Su voz me devolvió al presente.

—¿Estás segura?

Lo miré directamente.

—Completamente.

La madre de Adrian se levantó de golpe.

—¡Esto es absurdo!

Alexander ni siquiera la miró.

Sus ojos permanecieron sobre mí.

—No conviertas una humillación en una decisión que pueda cambiar toda tu vida.

—Precisamente porque puede cambiarla estoy haciéndolo.

Su expresión se endureció ligeramente.

—¿Quieres casarte conmigo para castigar a Adrian?

Aquella pregunta dolió porque era justa.

Me puse de pie.

—No.

—Entonces dime por qué.

No podía responder con la verdad.

¿Cómo explicarle que ya había vivido una vida entera?

¿Cómo decirle que sabía cuánto me había amado después de perderme?

Respiré lentamente.

—Porque estoy cansada de elegir a alguien que nunca me elegiría a mí.

Alexander guardó silencio.

—Y porque esta vez quiero elegir a alguien que sepa lo que significa respetar una promesa.

Algo cambió en sus ojos.

Antes de que pudiera contestar, la puerta se abrió violentamente.

Adrian entró.

Chloe venía detrás de él.

Aún llevaba la misma chaqueta de la fotografía de la noche anterior.

Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en el anillo sobre la mesa.

—¿Qué significa esto?

Nadie respondió.

Adrian me miró.

—Elena.

—Buenos días.

—Mi padre me dijo que convocaste esta reunión.

—Así es.

—¿Por la fiesta?

Soltó una risa.

—Sabía que montarías un drama.

La Elena de antes habría intentado explicarse.

Aquella mujer ya no existía.

—No estoy enfadada.

Adrian frunció el ceño.

—Entonces ponte el anillo y terminemos con esto.

—No.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

Tomé el anillo.

Caminé hacia él.

Por un segundo pareció satisfecho.

Entonces abrí su mano y deposité la joya sobre su palma.

—Nuestro compromiso terminó.

Adrian me observó como si hubiera hablado en otro idioma.

—No puedes terminarlo.

—Acabo de hacerlo.

Chloe tocó suavemente su brazo.

—Adrian, quizá deberías escucharla.

Él retiró el brazo.

—No te metas.

Aquello me sorprendió.

Chloe también pareció desconcertada.

Adrian volvió hacia mí.

—¿Todo esto porque fui a buscar unos pasteles?

—No.

—Entonces ¿por qué?

—Porque finalmente comprendí que tenías razón.

—¿Sobre qué?

Sonreí.

—Sobre nosotros.

Me acerqué un poco.

—Durante años dijiste que odiabas nuestro compromiso. Que yo te asfixiaba. Que querías libertad.

Señalé el anillo.

—Ya la tienes.

Adrian apretó la joya dentro del puño.

—¿Y qué estupidez escuché sobre mi tío?

Alexander habló antes que yo.

—Cuida tus palabras.

Adrian giró hacia él.

—¿Tú qué haces aquí?

—Me llamaron.

—¿Quién?

—Elena.

Adrian volvió la cabeza tan rápido que casi pareció recibir un golpe.

—¿Tú lo llamaste?

—Sí.

—¿Para qué?

Lo miré fijamente.

—Para preguntarle si consideraría casarse conmigo.

La expresión de Adrian desapareció.

Chloe abrió los ojos.

Su madre se llevó una mano al pecho.

—Elena —dijo Adrian lentamente—. Basta.

—No estoy bromeando.

—Es mi tío.

—Lo sé.

—Tiene doce años más que tú.

—También sé contar.

—¡Ni siquiera estás enamorada de él!

Alexander tensó la mandíbula.

Yo, en cambio, permanecí tranquila.

—Curioso.

—¿Qué?

—Nunca te preocupó de quién estaba enamorada mientras eras tú el beneficiado.

Adrian se quedó sin palabras.

Entonces Alexander caminó hacia mí.

Se detuvo a pocos pasos.

—Elena.

Lo miré.

—No aceptaré una decisión tomada por despecho.

Mi corazón se hundió ligeramente.

Pero asentí.

—Lo entiendo.

—Sin embargo…

Alexander sacó lentamente una pequeña caja negra del bolsillo interior de su abrigo.

Todos dejaron de respirar.

Adrian palideció.

Yo también.

Alexander abrió la caja.

Dentro había un anillo.

No era improvisado.

No podía serlo.

—¿Desde cuándo tienes eso? —preguntó la madre de Adrian.

Alexander no respondió.

Solo me miró.

—No aceptaré ser utilizado para vengarte de mi sobrino.

Hizo una pausa.

—Pero si me preguntas si alguna vez consideré casarme contigo…

Sus ojos se suavizaron.

—La respuesta es que compré este anillo hace tres años.

Sentí que el mundo se detenía.

Tres años.

Incluso antes de aquella otra vida.

Alexander ya me amaba.

Adrian soltó una carcajada seca.

—Esto es una locura.

Nadie le prestó atención.

Alexander cerró la caja.

—Tienes siete días.

—¿Para qué?

—Para pensar sin Adrian, sin nuestras familias y sin mí presionándote.

Su voz se volvió más baja.

—Si dentro de siete días sigues queriendo casarte conmigo, volveré a preguntártelo.

Mi pecho se llenó de una emoción que casi había olvidado.

—No necesito siete días.

—Yo sí necesito saber que no te arrepentirás.

Entonces Adrian se interpuso entre nosotros.

—¡Esto no va a ocurrir!

Alexander levantó lentamente la mirada.

—Ya no es decisión tuya.

—¡Ella es mi prometida!

Miré el anillo encerrado en su puño.

—Era.

Adrian se volvió hacia mí.

Y entonces vi algo que jamás había visto en todos nuestros años juntos.

Pánico.

No rabia.

No desprecio.

Miedo auténtico.

Como si solo ahora comprendiera que podía perderme.

—Elena —dijo—. Hablemos solos.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos.

—Entonces dilo aquí.

Adrian miró a Chloe.

Después a Alexander.

Finalmente bajó la voz.

—Anoche no fui a buscar esos pasteles porque quisiera estar con Chloe.

Ella palideció.

—Adrian…

Él la ignoró.

—Hay algo que no sabes.

—No me interesa.

—Te interesará.

Sacó su teléfono.

Abrió una fotografía y me mostró la pantalla.

Mi cuerpo se quedó helado.

Era una imagen tomada tres años atrás.

Alexander aparecía saliendo de un restaurante.

A su lado había una mujer.

Pero no fue ella quien llamó mi atención.

Fue el documento que sostenía.

Amplié la fotografía.

En la esquina superior podía distinguirse mi nombre.

ELENA HART.

Levanté lentamente los ojos hacia Alexander.

Por primera vez desde que había entrado, perdió su serenidad.

—¿Qué es esto?

Alexander no respondió.

Adrian sonrió.

Pero no había triunfo en aquella sonrisa.

Solo desesperación.

—Pregúntale a mi querido tío por qué llevaba años investigándote.

Sentí un escalofrío.

—Alexander.

Él cerró los ojos un instante.

—Puedo explicarlo.

Adrian soltó una risa amarga.

—Claro que puede.

Después me miró.

—Pero antes de casarte con él, Elena, quizá deberías preguntarle por qué sabía que tu accidente iba a ocurrir mucho antes de que sucediera.

El aire desapareció de mis pulmones.

Mi accidente.

El accidente en el que había muerto en mi vida anterior.

Miré a Alexander.

Y su silencio confirmó algo mucho más aterrador que cualquier respuesta.

Él también lo recordaba.

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