Xiao Ye miró mi hombro descubierto durante apenas un segundo.
Luego, para mi sorpresa, no se acercó.
Simplemente tomó la chaqueta que se había deslizado y volvió a cubrirme con ella hasta el cuello.
—Está lloviendo. No quiero que te enfermes.
Parpadeé.
—¿Eso es todo?
Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.
—¿Qué esperabas que hiciera?
Sentí que las mejillas me ardían.
—Nada.
Me giré rápidamente hacia la ventana.
Definitivamente, el alcohol estaba hablando por mí.
Cuando llegamos a su apartamento, Xiao Ye abrió la puerta y encendió las luces.
Esperaba encontrar el típico apartamento desordenado de un universitario.
Pero todo estaba impecable.
Sobre una estantería había libros, algunas fotografías y una pequeña colección de discos.
Nada parecía preparado para recibir a una chica.
Aquello me tranquilizó extrañamente.
Xiao Ye dejó el pastel sobre la mesa.
—Siéntate.
—¿Y las flores?
—Son tuyas.
—Ya sé, pero…
Me detuve al ver una pequeña tarjeta escondida entre los tallos.
La saqué.
Solo había cuatro palabras escritas.
FELIZ CUMPLEAÑOS, RUAN NUO.
Me quedé mirando la tarjeta.
—¿Cómo sabías que hoy era mi cumpleaños?
Xiao Ye estaba colocando una vela sobre el pastel.
Su mano se detuvo.
—Lo sabía.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tiempo.
Levanté la mirada.
—Lu Heng no lo recordaba.
—Yo no soy Lu Heng.
Aquella respuesta fue sencilla.
Pero hizo que algo dentro de mí se estremeciera.
Encendió la vela.
Después apagó las luces.
La pequeña llama iluminó su rostro.
—Pide un deseo.
Solté una risa amarga.
—Ya pedí uno en el bar.
—Ese lo pediste enfadada.
Se sentó frente a mí.
—Ahora pide uno para ti.
Miré la vela.
Durante un año había intentado convencerme de que pedir afecto era ser exigente.
Que querer celebrar aniversarios era infantil.
Que esperar un abrazo cuando estaba triste significaba depender demasiado de otra persona.
Lu Heng había convertido cada necesidad normal en un defecto mío.
Y yo había terminado creyéndole.
Cerré los ojos.
Esta vez no pedí que alguien me quisiera.
Pedí aprender a no quedarme donde me hacían sentir que querer era una vergüenza.
Soplé la vela.
Cuando las luces volvieron a encenderse, mi teléfono comenzó a vibrar.
LU HENG.
Lo rechacé.
Volvió a llamar.
Lo rechacé otra vez.
Entonces llegaron los mensajes.
“¿Dónde estás?”.
“Ruan Nuo, deja de comportarte como una niña.”.
“Song Ran está llorando por tu culpa.”.
El último consiguió que me riera.
Xiao Ye levantó una ceja.
—¿Qué ocurre?
Le mostré la pantalla.
Leyó los mensajes sin tocar el teléfono.
—Interesante.
—¿Qué?
—Besó a otra chica delante de ti y consiguió que ella terminara siendo la víctima.
No pude contener la carcajada.
Era tan absurdo que dolía.
Entonces llegó otro mensaje.
“Vuelve ahora y podemos fingir que esta noche nunca ocurrió.”.
Mi sonrisa desapareció.
Durante un instante sentí el viejo impulso de obedecer.
Xiao Ye lo notó.
—¿Quieres regresar?
—No.
—Entonces no regreses.
—No es tan fácil. Llevamos un año juntos.
—Un año no convierte una mala decisión en una obligación para toda la vida.
Lo miré fijamente.
—¿Siempre hablas así?
—No.
—¿Entonces?
Xiao Ye cortó una porción del pastel y la puso delante de mí.
—Contigo parece que tengo demasiadas cosas que decir.
Mi corazón volvió a acelerarse.
Bajé la mirada hacia el plato.
—Xiao Ye, sobre lo que dije en el bar…

—Lo sé.
—Estaba enfadada.
—También lo sé.
—Entonces no tienes que fingir que quieres ser mi novio.
Dejó el cuchillo sobre la mesa.
—¿Quién dijo que estoy fingiendo?
Levanté lentamente la cabeza.
Su expresión ya no tenía ni rastro de broma.
—Pero apenas hablamos.
—Tú apenas hablaste conmigo.
—¿Hay diferencia?
—Mucha.
Se apoyó en el respaldo de la silla.
—Durante el primer año, compartimos una clase optativa.
Intenté recordar.
De repente, una imagen apareció en mi memoria.
Un chico sentado siempre junto a la ventana.
—¿Eras tú?
—Sí.
—Pero nunca me hablaste.
—Tenías novio.
—Lu Heng todavía no era mi novio.
Xiao Ye guardó silencio.
Aquello me hizo entrecerrar los ojos.
—Espera.
—Come el pastel.
—Xiao Ye.
—Se está secando.
—¡Xiao Ye!
Por primera vez aquella noche, se rio de verdad.
Y descubrí algo peligroso.
Cuando aquel hombre frío sonreía, era todavía más atractivo.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Song Ran.
Había enviado una fotografía.
Ella estaba abrazada a Lu Heng.
Debajo escribió.
“Deja de hacer berrinches. El hermano Heng solo intenta enseñarte a ser más madura.”.
Sentí que se me revolvía el estómago.
Pero ya no lloré.
Abrí la conversación con Lu Heng.
Escribí lentamente.
“Terminamos.”.
Presioné enviar.
Tres segundos después apareció la llamada.
La rechacé.
Después lo bloqueé.
Un año de relación terminó con dos palabras.
Pensé que me sentiría destrozada.
En cambio, sentí alivio.
Xiao Ye acercó su vaso al mío.
—Feliz cumpleaños.
Choqué suavemente mi vaso con el suyo.
—Gracias.
—¿Por el pastel?
—Por no decirme que estoy exagerando.
Su mirada se suavizó.
—Ruan Nuo, escucha bien.
Esperó hasta que levanté los ojos.
—No tienes demasiadas necesidades solo porque quieres que la persona que está contigo te trate como alguien importante.
Tuve que apartar la mirada.
Aquella frase estuvo peligrosamente cerca de hacerme llorar.
Entonces sonó el timbre.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Xiao Ye miró hacia la puerta.
—¿Esperas a alguien? —pregunté.
—No.
El timbre volvió a sonar.
Esta vez acompañado por golpes.
Y entonces escuchamos una voz desde el pasillo.
—¡Xiao Ye, abre la puerta!
Mi cuerpo se tensó.
Era Lu Heng.
Me levanté.
—¿Cómo supo que estaba aquí?
Xiao Ye no respondió.
Caminó tranquilamente hasta la entrada.
Pero antes de abrir, su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa?
Me mostró el mensaje.
Era del grupo de compañeros de residencia.
Alguien había publicado una captura de pantalla de una conversación.
En ella, Song Ran preguntaba meses atrás.
“¿Cuánto tiempo crees que tardaré en conseguir que Lu Heng deje a Ruan Nuo?”.
Debajo había una respuesta.
Pero no pertenecía a Lu Heng.
Pertenecía a otra persona.
Y cuando vi el nombre, sentí que el corazón se me hundía.
Porque quien había estado ayudando a Song Ran desde el principio era alguien que jamás habría sospechado.
Los golpes contra la puerta se hicieron más fuertes.
—¡Ruan Nuo! —gritó Lu Heng—. ¡Antes de quedarte con Xiao Ye, pregúntale qué apostó sobre ti el día que empezamos a salir!
Lentamente giré la cabeza.
Xiao Ye ya no sonreía.