PARTE 2: ESTA VEZ, NADIE ROBARÁ MI VIDA.

Gabriel miró la carta de ruptura como si no entendiera las palabras escritas frente a él.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—Elena, deja de comportarte como una niña.

En mi vida anterior, aquella frase siempre funcionaba.

Me hacía sentir culpable.

Me obligaba a preguntarme si estaba siendo egoísta, inmadura o cruel.

Esta vez no.

—Tengo dieciocho años, Gabriel. Y precisamente porque ya no soy una niña puedo decidir con quién no quiero pasar el resto de mi vida.

Intentó agarrarme de la muñeca.

Retrocedí antes de que pudiera tocarme.

Los periodistas seguían observándonos.

Gabriel lo notó y bajó inmediatamente la mano.

Incluso furioso, seguía preocupado por parecer un hombre honorable.

—Hablaremos cuando estés más tranquila.

—No tenemos nada que hablar.

Me marché sin volver la cabeza.

Sabía que aquello apenas era el comienzo.

Porque impedir la primera extracción no bastaba.

Todavía quedaba algo mucho más importante.

Mi universidad.

En mi vida anterior, tres semanas después de aquel día, Gabriel llegó a mi casa con expresión seria.

Me dijo que no había conseguido plaza.

Que quizá mi puntuación no había sido suficiente.

Que debía aceptar la realidad.

Yo lloré durante días.

Meses después vi a Victoria usando una camisa de la universidad que había sido mi primera opción.

Gabriel explicó que una organización benéfica había conseguido una plaza especial para ella.

Le creí.

Ahora sabía la verdad.

Mi carta nunca se había perdido.

Gabriel la había interceptado y entregado a Victoria.

A la mañana siguiente fui directamente a la oficina de correos.

La empleada revisó el registro.

—Señorita Morgan, tenemos instrucciones para entregar su correspondencia universitaria a una dirección distinta.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién dio esas instrucciones?

La mujer buscó una ficha.

Después me la entregó.

Reconocí inmediatamente la letra.

Gabriel Reed.

Había firmado como mi futuro esposo.

—Quiero cancelar esa autorización.

—Por supuesto.

—Y necesito una copia certificada.

La empleada me miró sorprendida.

—¿Para qué?

—Porque alguien está intentando robar mi correspondencia.

Dos horas después estaba frente a la oficina de admisiones.

Entregué mi identificación, mi tarjeta de examen y los documentos de registro.

El funcionario buscó mi nombre.

Su expresión cambió.

—Elena Morgan.

—Sí.

—Su expediente tiene una observación.

Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.

—¿Qué observación?

Giró la carpeta hacia sí.

—Existe una solicitud para modificar los datos personales de la candidata.

Exactamente como recordaba.

—¿Quién la presentó?

—No puedo revelar información sin verificar primero su identidad.

Coloqué sobre la mesa mi certificado de nacimiento.

—Verifíquela.

Quince minutos después regresó acompañado por una supervisora.

Ella llevaba una carpeta.

—Señorita Morgan, alguien presentó documentación indicando que usted renunciaba voluntariamente a su plaza por motivos de salud.

Apreté las manos debajo de la mesa.

—Nunca firmé ninguna renuncia.

La supervisora sacó una hoja.

—Entonces tenemos un problema.

La firma parecía mía.

Pero no lo era.

Gabriel había falsificado mi nombre.

Respiré lentamente.

—Quiero presentar una denuncia formal y dejar constancia de que nadie, absolutamente nadie, está autorizado a modificar mi solicitud.

La supervisora asintió.

—Lo haremos inmediatamente.

Cuando salí del edificio, sentí por primera vez que el futuro volvía a pertenecerme.

Pero Gabriel todavía no había terminado.

Aquella tarde apareció frente a mi casa.

Victoria estaba con él.

Mi madre abrió la puerta.

—¿Qué quieren?

Gabriel levantó una bolsa de medicamentos.

—Necesito hablar con Elena.

Salí al patio.

Victoria tenía los ojos hinchados.

—Elena, sé que estás enfadada conmigo.

—No estoy enfadada contigo.

Ella pareció sorprendida.

—Entonces…

—Simplemente ya no voy a sacrificar nada por ti.

Gabriel dio un paso adelante.

—Victoria necesita tratamiento.

—Entonces trátala. Eres médico.

—Su grupo sanguíneo es difícil de encontrar.

—Eso tampoco es mi responsabilidad.

Su rostro se endureció.

—¿Cómo puedes ser tan cruel?

Casi me reí.

El hombre que me había vaciado durante nueve años estaba preguntándome cómo podía ser cruel.

Victoria bajó la cabeza.

—Gabriel, vámonos. Elena tiene razón. Quizá debería aceptar mi destino.

Él la tomó inmediatamente del hombro.

—No digas eso.

Después me miró.

—Mañana repetirán tu análisis. Cuando demuestren que ese informe es falso, todos sabrán lo que hiciste.

Eso era precisamente lo que esperaba.

—Perfecto.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Perfecto?

—Nos vemos mañana.

Cerré la puerta.

Mi madre me miró preocupada.

—Elena, ese informe…

—Lo sé.

Aquella noche casi no dormí.

A la mañana siguiente, el hospital estaba nuevamente lleno de periodistas.

La historia de la joven presionada públicamente para donar sangre había comenzado a circular por el distrito.

Gabriel quería limpiar su reputación.

Yo quería algo diferente.

Quería una prueba oficial.

La enfermera tomó una pequeña muestra.

Esperamos.

Gabriel caminaba de un lado a otro.

Victoria permanecía sentada junto a él.

Finalmente apareció el jefe del laboratorio.

—El resultado es negativo.

Varias personas comenzaron a murmurar.

Gabriel sonrió.

—Lo sabía.

Se volvió hacia los periodistas.

—La señorita Morgan presentó deliberadamente un informe falso para evitar ayudar a una paciente.

Después me miró.

—Ahora donarás.

—No.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Un resultado negativo significa que puedo donar.

Hice una pausa.

—No significa que esté obligada a hacerlo.

La funcionaria del barrio asintió.

—Eso es correcto.

Gabriel palideció.

Pero yo todavía no había terminado.

Saqué de mi bolso la copia certificada obtenida en correos.

Después coloqué sobre la mesa la copia de la supuesta renuncia universitaria.

—Y ya que están aquí los periodistas, quiero denunciar otra cosa.

Gabriel miró los documentos.

El miedo apareció inmediatamente en sus ojos.

—Elena.

—Alguien redirigió mi correspondencia universitaria sin mi autorización.

Levanté la segunda hoja.

—Y alguien falsificó mi firma para hacerme renunciar a mi plaza.

Victoria se puso de pie.

—¿Qué?

La miré.

—Qué extraño, ¿verdad?

Su rostro perdió el color.

—No sé de qué estás hablando.

—Entonces no tendrás problema en acompañarnos cuando investiguen quién debía beneficiarse de mi renuncia.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡Basta!

Todos quedaron en silencio.

Había cometido un error.

El hombre tranquilo y respetable acababa de perder los nervios frente a las cámaras.

Uno de los periodistas preguntó:

—Doctor Reed, ¿usted solicitó que la correspondencia de la señorita Morgan fuera enviada a otra dirección?

Gabriel no respondió.

Otro periodista levantó la voz.

—¿Sabía que existía una renuncia universitaria firmada en nombre de su prometida?

Victoria comenzó a retroceder.

Entonces comprendí que ella sabía más de lo que fingía.

Me acerqué.

—Victoria.

Se detuvo.

—¿Ya sabías que ibas a estudiar en mi lugar?

Sus labios comenzaron a temblar.

Gabriel se interpuso.

—No responderá ninguna pregunta.

Sonreí.

—No importa.

Saqué el último documento de mi bolso.

Era la copia de la solicitud presentada para modificar mis datos universitarios.

En la parte inferior aparecía el nombre de la persona que había entregado personalmente los documentos.

DOCTOR GABRIEL REED.

Los flashes estallaron.

Gabriel miró la página.

Y comprendió que ya no podía esconderse.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo ante la universidad.

Guardé mis documentos.

—Y ante tus superiores.

Tres días después, el hospital militar abrió una investigación interna.

Mi compromiso con Gabriel quedó oficialmente cancelado.

La universidad anuló la renuncia fraudulenta y confirmó mi admisión.

Victoria nunca recibió mi plaza.

Y cuando las autoridades revisaron las irregularidades cometidas por Gabriel, su prestigiosa carrera comenzó a desmoronarse antes siquiera de alcanzar la posición que había tenido en mi primera vida.

El día que recibí mi verdadera carta de admisión, mi madre lloró mientras la sostenía.

Yo no.

Solo acaricié el sobre.

En mi primera vida había entregado mi sangre, mis estudios y nueve años a un hombre que nunca me había elegido realmente.

Esta vez elegí yo.

Meses después, mientras subía al tren que me llevaría a la universidad, vi a Gabriel esperando al otro lado del andén.

Ya no llevaba uniforme.

Victoria tampoco estaba con él.

Me llamó.

—¡Elena!

No me detuve.

—¡Elena, podemos empezar de nuevo!

Giré únicamente una vez.

—Tú puedes empezar de nuevo, Gabriel.

Apreté mi carta de admisión contra el pecho.

—Pero será sin mi sangre, sin mis sueños y sin mi vida.

Las puertas del tren se cerraron.

Gabriel quedó atrás.

Y mientras la estación desaparecía lentamente por la ventana, comprendí que aquella era la verdadera diferencia entre mis dos vidas.

La primera vez morí intentando salvarlos a todos.

La segunda decidí salvarme a mí misma.

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