Parte 2: LA MENTIRA DEL EMBARAZO

Llegué al pueblo de la familia Zhou la mañana del banquete.

No fui directamente a la casa.

Reservé una habitación en el único hotel decente del centro, dejé mi maleta y llamé al doctor Li.

—Tío Li, necesito confirmar algo.

—Dime.

—¿El informe de Luna sigue siendo válido?

Hubo un breve silencio.

—Sofía, ese diagnóstico es real. Pero recuerda que ningún informe médico debería usarse para humillar a una paciente.

—No quiero humillarla.

Miré la fotografía de la ecografía que Martín me había enseñado.

—Quiero saber por qué está mintiendo.

La celebración comenzaba a las seis.

Cuando llegué, había más de cien invitados.

Faroles rojos cubrían el patio de la antigua casa Zhou. Sobre las mesas había pescado, pato asado, frutas y botellas de licor.

Nadie esperaba verme.

La primera en reconocerme fue mi excuñada, Mei.

—¿Sofía?

Varias conversaciones se apagaron.

Sonreí.

—Vine a entregar unas cosas que todavía pertenecen a Martín.

No era mentira.

Llevaba una pequeña caja con documentos que él había dejado en mi apartamento.

Entonces apareció Luna.

Vestía de rojo.

Tenía una mano apoyada cuidadosamente sobre el vientre.

—Tingting…

Intentó abrazarme.

Retrocedí.

—No hace falta.

Martín llegó detrás de ella.

—¿Qué haces aquí?

—Tranquilo. Ya estás divorciado.

Su madre apareció inmediatamente.

—¿Viniste a causar problemas?

—No.

Coloqué la caja sobre una mesa.

—Solo vine a cerrar asuntos pendientes.

Eso pareció tranquilizarlos.

Durante la siguiente hora me ignoraron deliberadamente.

Después comenzó el brindis.

La señora Zhou levantó una copa.

—Este año nuestra familia recibió dos bendiciones. Mi hijo encontró finalmente a la mujer correcta…

Algunos invitados aplaudieron.

—…y pronto tendremos un nieto.

Luna bajó la mirada con una sonrisa tímida.

La señora Zhou sacó entonces un enorme sobre rojo y lo puso en sus manos.

—Son ochocientos ochenta mil yuanes. Para mi nieto.

Luna fingió sorpresa.

—Mamá, no puedo aceptarlo.

—Claro que puedes.

Martín la rodeó con el brazo.

—Mamá, por fin tendrás el nieto que siempre quisiste.

Fue entonces cuando Mei habló.

—Hermano…

Martín la miró.

—¿Qué?

Mei fruncía el ceño.

—Hay algo que no entiendo.

Luna dejó de sonreír.

—Hace unos meses acompañé a Sofía y a Luna al hospital.

Martín endureció el rostro.

—¿Y?

—Recuerdo perfectamente lo que dijo el médico.

Mei miró a Luna.

—Dijo que su condición hacía extremadamente improbable que pudiera gestar.

La señora Zhou bajó lentamente su copa.

—¿Qué estás diciendo?

Luna se puso blanca.

—Mei entendió mal.

Entonces abrí mi bolso.

Saqué la copia del informe que Luna me había dado voluntariamente meses atrás.

La puse sobre la mesa.

—No entendió mal.

Martín me fulminó con la mirada.

—Sofía, basta.

—Tú me mostraste una ecografía y dijiste que era de Luna.

Saqué mi teléfono.

—Así que quizá ella pueda explicar algo muy sencillo.

Miré a Luna.

—¿En qué hospital confirmaron tu embarazo?

—En… en una clínica privada.

—¿Cuál?

—No tengo que responderte.

—A mí no.

Señalé a Martín.

—A tu marido quizá sí.

La señora Zhou arrancó el informe de la mesa.

—Luna, explícame esto.

—Ese diagnóstico era antiguo. Los médicos pueden equivocarse.

—Entonces enséñanos tus estudios recientes —dijo Mei.

Luna apretó el sobre rojo contra su cuerpo.

—No traje documentos médicos a mi boda.

Parecía una respuesta razonable.

Hasta que una mujer sentada tres mesas más atrás se levantó.

La reconocí.

Era Chen Yu.

Una antigua compañera universitaria nuestra.

—Yo conozco esa ecografía.

El patio quedó en silencio.

Martín giró.

—¿Qué?

Chen Yu abrió su teléfono.

—Mi hermana quedó embarazada hace dos meses. Subió su primera ecografía a nuestro grupo familiar.

Me mostró la fotografía.

Sentí un escalofrío.

Era idéntica.

Misma posición.

Misma fecha parcialmente recortada.

Mismo número en una esquina.

Luna no solo había mentido sobre el embarazo. Había utilizado la ecografía de otra mujer.

Martín agarró el teléfono.

—No puede ser.

Chen Yu amplió la imagen.

—Mírala.

Luna retrocedió.

—Martín, puedo explicarlo.

Él levantó la cabeza.

—¿Estás embarazada?

Ella comenzó a llorar.

—Yo…

—¡¿Estás embarazada?!

—No.

La señora Zhou dejó caer el sobre rojo.

Nadie se movió.

Martín parecía incapaz de respirar.

—Entonces ¿por qué?

Luna me miró.

Y ocurrió el primer giro que yo tampoco esperaba.

—Porque él iba a dejarme.

Señaló a Martín.

—Me prometió que se divorciaría de Sofía durante meses. Después empezó a echarse atrás.

Martín negó rápidamente.

—Está mintiendo.

—¡Tengo tus mensajes!

Luna sacó el teléfono.

—Me dijiste que tu madre jamás aceptaría nuestro matrimonio si yo no podía darte un hijo. Me dijiste que inventara un embarazo hasta después de la boda.

La señora Zhou miró a su hijo.

—¿Tú lo sabías?

—¡No!

Luna comenzó a desplazarse frenéticamente por sus conversaciones.

—Aquí.

Mei tomó el teléfono y leyó.

Su expresión cambió.

—Hermano…

—Dámelo.

Ella retrocedió.

—Aquí escribiste: “Solo necesitamos mantener la historia unos meses. Después diremos que hubo una pérdida y nadie preguntará más”.

La madre de Martín se tambaleó.

—¿Planeaban engañarme?

Martín intentó quitarle importancia.

—Mamá, escucha…

—¡Me hiciste entregar ochocientos ochenta mil yuanes!

Luna soltó una carcajada amarga.

—¿Ahora te preocupa el dinero?

Martín se volvió hacia ella.

—Cállate.

—No.

Por primera vez desapareció la mujer dulce que yo había conocido durante diez años.

—Cuéntales también por qué necesitabas divorciarte tan rápido.

Lo miré.

Martín palideció.

—Luna.

—Cuéntales lo del apartamento de Sofía.

Me quedé quieta.

—¿Qué apartamento?

Luna sonrió sin alegría.

—Él pensaba que conseguiría convencerte para vender tu propiedad prematrimonial después del divorcio.

Martín golpeó la mesa.

—¡Basta!

Pero Luna ya había perdido todo motivo para protegerlo.

Martín no me había dejado únicamente por otra mujer. Había intentado convertir el divorcio en un negocio.

Durante meses había revisado mis documentos financieros.

Sabía que el apartamento donde habíamos vivido había aumentado enormemente de valor.

Su plan era conseguir un divorcio rápido, mantener una relación aparentemente amistosa conmigo y después convencerme de invertir en una empresa que él controlaba.

—¿Y el millón que me pagaste? —pregunté.

Luna respondió por él.

—Pensaba recuperarlo multiplicado.

Saqué el teléfono.

—Gracias.

Martín me miró.

—¿Qué?

—Mi abogado quería saber si había razones para revisar ciertos movimientos y documentos del matrimonio.

Su expresión se transformó.

—Sofía, esto es un asunto privado.

—También lo era nuestro matrimonio hasta que anunciaste públicamente que yo era la mujer que “no podía darte hijos”.

Su madre lo miró sorprendida.

—¿Qué significa eso?

Respiré lentamente.

Había guardado aquella parte hasta el final.

—Mis estudios de fertilidad eran normales.

Miré a Martín.

—El único que nunca quiso hacerse pruebas fue tu hijo.

Mei abrió los ojos.

—Hermano, ¿nunca te examinaste?

Martín guardó silencio.

Luna dejó escapar una risa incrédula.

—¿Qué?

La miré.

—Él nunca confirmó que pudiera tener hijos.

La ironía cayó sobre la mesa como una piedra.

Durante años habían convertido mi cuerpo en el culpable de todo.

Y Martín jamás había tenido el valor de comprobar si el problema podía estar en él.

Me di vuelta para marcharme.

—Sofía —dijo Luna.

Me detuve.

—Perdóname.

La miré.

Durante diez años había sido mi amiga.

La mujer a quien había acompañado al hospital.

La persona que había llorado sobre mi hombro.

—Te perdoné en el momento en que firmé el divorcio.

Sus ojos se iluminaron.

Pero terminé:

—Perdonar no significa volver a confiar.

Salí.

No necesitaba presenciar el resto.

Después supe por Mei que el banquete terminó antes de servir el plato principal.

La señora Zhou recuperó el sobre rojo.

Martín y Luna discutieron durante horas.

Su matrimonio duró menos de tres meses.

Las conversaciones que Luna entregó permitieron a mi abogado detectar varias actuaciones financieras de Martín que necesitaban ser aclaradas. Recuperé lo que legalmente me correspondía y corté cualquier vínculo económico restante.

Nunca regresé con él.

Tampoco reconstruí mi amistad con Luna.

Un año después recibí una fotografía de Mei.

La antigua casa Zhou estaba celebrando otra reunión familiar.

Martín aparecía al fondo.

Solo.

No sentí satisfacción.

Tampoco tristeza.

Simplemente cerré la fotografía.

Aquella tarde estaba esperando mis propios resultados médicos.

No porque necesitara demostrarle nada a nadie.

Había decidido intentar ser madre por mi cuenta cuando estuviera preparada.

El doctor me recibió sonriendo.

—Sofía, todo está perfectamente bien.

Salí del hospital y me quedé unos minutos bajo el sol.

Durante tres años me habían hecho sentir incompleta.

Después Martín intentó reemplazarme utilizando precisamente aquello que más me habían reprochado.

Al final descubrí que nunca necesité ganar aquella competencia.

Porque Luna había inventado un embarazo para quedarse con un hombre que mentía.

Y yo había firmado un divorcio para recuperarme a mí misma.

Meses después compré flores y las puse en la ventana de mi nuevo apartamento.

No había fotografías de Martín.

No había mensajes de Luna.

No había una suegra preguntándome cuándo tendría hijos.

Solo silencio.

Pero esta vez el silencio no significaba soledad.

Significaba paz.

Miré la ciudad desde la ventana y recordé el momento en que Martín arrojó aquella falsa ecografía frente a mí, esperando verme destruida.

Si hubiera sabido entonces todo lo que sé ahora, habría hecho exactamente lo mismo.

Habría tomado el bolígrafo.

Habría firmado.

Y habría abierto la puerta.

Porque algunas traiciones no llegan para quitarte una vida perfecta.

Llegan para mostrarte que la vida perfecta nunca estuvo detrás de ti.

La verdadera estaba esperando al otro lado de esa puerta.

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