Rodrigo tardó varios segundos en reaccionar.
Sus ojos pasaron de Mariana a Esteban.
Después bajaron hacia la carpeta.
FISCALÍA GENERAL.
Verónica apareció detrás de él.
—¿Qué está pasando?
Rodrigo recuperó la sonrisa a la fuerza.
—Nada, amor. Mi ex siempre tuvo talento para hacer escenas.
Mariana lo miró con una tranquilidad que lo irritó más que cualquier grito.
—Felicidades por tu boda, Rodrigo.
—Gracias.
Él miró a Esteban.
—No sabía que ahora necesitabas escolta para asistir a una fiesta.
Esteban respondió:
—La escolta es mía.
Rodrigo apretó la mandíbula.
—Claro.
Uno de sus amigos soltó una risa.
—¿Y la Fiscalía también es tuya?
Nadie volvió a reír.
Mariana extendió la mano.
El guardaespaldas le entregó la carpeta.
—Esto sí es mío.
Rodrigo palideció.
—¿Qué hiciste?
—Nada que tú no hayas hecho primero.
Verónica lo miró.
—Rodrigo, ¿de qué habla?
—De tonterías.
Intentó tomar a Mariana del brazo.
Uno de los escoltas avanzó.
Rodrigo retiró inmediatamente la mano.
Mariana abrió la carpeta.
—Durante nuestro divorcio declaraste que Santillán Desarrollos atravesaba problemas financieros.
—¿Vienes a hablar de negocios a mi boda?
—Declaraste ingresos inferiores a los reales. Ocultaste participaciones en tres sociedades y presentaste documentos para reducir lo que correspondía a nuestros hijos.
Los invitados más cercanos comenzaron a guardar silencio.
—Cállate —murmuró Rodrigo.
—¿Por qué?
Mariana levantó la mirada.
—Tú me invitaste para que viera lo exitoso que eres. Pensé que sería justo que todos supieran cómo financiaste parte de ese éxito.
Verónica perdió el color.
—¿Qué sociedades?
Rodrigo se volvió hacia ella.
—No le hagas caso.
Esteban intervino.
—Yo sí le haría caso.
Rodrigo lo fulminó.
—Esto no es asunto tuyo.
—Se convirtió en asunto de mi grupo cuando descubrimos irregularidades durante la revisión de una posible inversión.
Aquello produjo un silencio diferente.
Rodrigo conocía perfectamente aquella inversión.
Llevaba meses intentando cerrar un acuerdo con Grupo Luján.
Un acuerdo que necesitaba desesperadamente para financiar su proyecto más ambicioso.
—¿Tú estabas detrás de la negociación? —preguntó.
Esteban negó.
—Mi equipo.
Rodrigo tragó saliva.
—Podemos hablar mañana.
—No habrá negociación mañana.
El rostro de Rodrigo se descompuso.
—Grupo Luján retiró esta mañana su oferta.
Verónica dio un paso atrás.
—Me dijiste que ese acuerdo estaba cerrado.
—Lo estaba.
—No —corrigió Esteban—. Estaba condicionado a una auditoría.
Mariana cerró la carpeta.
—Y la auditoría encontró demasiado.
Rodrigo intentó continuar la boda.
Fue inútil.
Los rumores se movieron entre las mesas más rápido que los meseros.
La exesposa humilde que él había invitado para humillarla acababa de llegar acompañada del empresario cuyo dinero podía salvar su proyecto.
Y ese empresario acababa de retirarse.
Pero la verdadera explosión ocurrió veinte minutos después.
Dos agentes llegaron a la hacienda.
No venían a arrestarlo.
Todavía.
Le entregaron una notificación relacionada con una investigación por posibles operaciones financieras irregulares y documentación presentada durante su divorcio.
Rodrigo arrugó el papel.
—¡Esto es ridículo!
Mariana estaba a punto de marcharse cuando Verónica la alcanzó.
—Espera.
Mariana se volvió.
—¿Sí?
La novia tenía los ojos húmedos.
—¿Todo esto es verdad?
Mariana observó su vestido, las flores, los cientos de invitados.
Por un instante sintió lástima.
Después recordó los mensajes.
“Ella no está a tu altura.”
—Pregunta por las empresas que tiene a nombre de terceros.
Verónica miró inmediatamente a Rodrigo.
—¿Qué empresas?
—¡Ya basta! —gritó él.
Todo el jardín quedó en silencio.
Rodrigo caminó hacia Mariana.
—Siempre fuiste una resentida.
Ella no se movió.
—Te di una casa.
—Te la quedaste.
—Te mantuve durante años.
—Porque me pediste dejar mi trabajo.
—¡Sin mí no eras nadie!
La frase resonó frente a todos.
Mariana lo miró.
Y sonrió.
—Ahí estás.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué?
—El verdadero tú.
Señaló discretamente las cámaras de los invitados.
—Justo el hombre que querías esconder detrás de esta boda perfecta.
Mariana y Esteban abandonaron la hacienda.
Dentro del vehículo, ella permaneció callada.
Esteban no intentó tocarla.
—¿Te arrepientes de haber venido?
—No.
Miró por la ventana.
—Pero tampoco me siento feliz.
—Eso es bueno.
Mariana lo observó.
—¿Bueno?
—Si disfrutaras destruyéndolo, todavía estaría controlando una parte de ti.
Ella respiró profundamente.
—Solo quiero que deje tranquilos a mis hijos.
Esteban la miró con seriedad.
—Entonces tienes que saber algo.
Sacó su teléfono.
—La auditoría encontró más que dinero oculto.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Qué encontraron?
—Pagos a una empresa de investigación privada.
—¿Para qué?
Esteban tardó en responder.
—Para seguirte.
Mariana se quedó helada.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes del divorcio.
—¿Me estaba vigilando?
—A ti y después a Casa Raíz.
El miedo sustituyó inmediatamente cualquier satisfacción.
—¿Por qué mi empresa?
—Eso todavía no lo sabemos.
Esa noche Mariana fue directamente por Mateo y Renata.
No quería asustarlos.

Solo quería tenerlos cerca.
Mateo estaba despierto cuando llegó.
—¿Cómo estuvo la boda?
Mariana besó su frente.
—Rara.
—¿Papá se casó?
Ella hizo una pausa.
—Supongo.
Mateo pareció preocupado.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
El niño miró hacia su habitación.
—Hoy vino un señor.
Mariana sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué señor?
—Dijo que trabajaba con papá.
—¿Entró?
—No. La señora del departamento de abajo no lo dejó subir.
Mariana tomó el teléfono.
—¿Qué quería?
Mateo sacó algo de su mochila.
Un sobre.
—Me pidió que te diera esto.
Mariana lo abrió.
Dentro había fotografías.
Ella entrando a reuniones.
Esteban saliendo de las oficinas de Casa Raíz.
Mateo y Renata entrando a la escuela.
Incluso fotografías de los niños en el parque.
Las manos comenzaron a temblarle.
En la última imagen había una fecha de hacía apenas tres días.
Al reverso alguien había escrito:
“DEJA DE INVESTIGAR LO QUE RODRIGO HIZO DURANTE EL DIVORCIO.”
Mariana llamó inmediatamente a Esteban.
Él llegó acompañado de seguridad.
Revisaron cámaras del edificio.
El hombre del sobre había ocultado bien el rostro.
Pero había cometido un error.
El automóvil aparecía en una grabación.
La placa condujo hasta una empresa de seguridad privada.
Esteban hizo varias llamadas.
A medianoche ya tenían un nombre.
—Mariana.
Ella levantó la mirada.
—El hombre trabajó durante años para Rodrigo.
—Entonces denúncialo.
—Lo haremos.
Esteban parecía inquieto.
—Pero hay algo que no encaja.
—¿Qué?
—Dejó de trabajar para Rodrigo hace seis meses.
Mariana frunció el ceño.
—¿Entonces quién le paga ahora?
Esteban colocó sobre la mesa la información societaria de la empresa.
—Eso estamos intentando averiguar.
Su teléfono sonó.
Respondió.
Escuchó durante casi un minuto.
Su expresión cambió.
—¿Estás seguro?
Colgó.
—¿Qué pasó?
Esteban se sentó frente a ella.
—Ya sabemos quién pagó la vigilancia de los últimos seis meses.
—¿Rodrigo?
—No.
Mariana sintió frío.
—Entonces ¿quién?
Esteban giró la pantalla.
Apareció una transferencia.
El nombre del ordenante hizo que Mariana dejara caer las fotografías.
Porque conocía perfectamente a aquella persona.
Había confiado en ella durante años.
Era su propia abogada del divorcio.
Mariana levantó lentamente la mirada.
—Eso no tiene sentido.
—Todavía hay más.
Esteban deslizó hacia ella otro documento.
—La misma abogada que supuestamente luchó para protegerte recibió, tres días antes de que firmaras el divorcio, una transferencia desde una de las empresas ocultas de Rodrigo.
Y entonces Mariana comprendió algo mucho peor.
Quizá Rodrigo no se había quedado con la casa y el dinero porque tuviera mejores abogados.
Quizá el divorcio había estado arreglado desde el principio.