Dos horas después, Javier salió de la reunión con una victoria que, en cualquier otro momento de su vida, habría celebrado con champán.
Los inversores habían aceptado.
Su empresa acababa de cerrar el acuerdo más importante de su historia.
Pero Javier apenas escuchó las felicitaciones.
Mientras sus socios estrechaban manos y hablaban de cifras, él solo pensaba en una niña empapada esperando junto a una puerta trasera.
—Disculpadme —dijo mientras guardaba el teléfono—. Tengo un compromiso.
Bajó al vestíbulo.
Atravesó las puertas de cristal.
Y se detuvo.
Loli no estaba.
Miró hacia ambos lados.
—¿Loli?
Nada.
La lluvia había disminuido, pero la calle continuaba llena de gente.
Javier caminó hasta el lugar donde la había dejado.
Solo encontró el pequeño trozo de pan que ella había guardado para sí misma.
Estaba aplastado contra el suelo mojado.
Sintió un escalofrío.
Entró nuevamente al edificio y se dirigió al guardia de seguridad.
—Había una niña aquí. Ocho años aproximadamente. Pelo rizado. Ropa grande.
El hombre evitó mirarlo.
—No sé nada, señor.
—Estaba exactamente delante de esa puerta.
—No podemos permitir que personas sin autorización permanezcan en la entrada.
Javier entrecerró los ojos.
—¿La echaron?
—Yo no he dicho eso.
Algo en su tono le molestó.
Javier señaló las cámaras.
—Entonces revisemos las grabaciones.
El guardia levantó la cabeza.
—Eso requiere autorización.
Javier sacó su identificación corporativa.
—Este edificio pertenece al grupo que acaba de firmar un acuerdo con mi empresa por varios millones de euros. Consiga esa autorización.
Quince minutos después estaba frente a un monitor.
La grabación mostraba a Loli sentada bajo el pequeño techo lateral.
Durante casi cuarenta minutos no ocurrió nada.
Entonces apareció un coche negro.
No tenía distintivos.
Un hombre bajó.
Traje oscuro.
Paraguas.
Se acercó a la niña.
Loli retrocedió inmediatamente.
El hombre le mostró algo.
Después intentó tomarla del brazo.
Ella se resistió.
Javier se inclinó hacia la pantalla.
—Amplíelo.
El encargado obedeció.
La imagen perdió nitidez.
Pero se veía suficiente.
Loli estaba aterrorizada.
Un segundo hombre salió del vehículo.
La niña intentó correr.
Él le cerró el paso.
—¿Qué ocurrió después?
Nadie respondió.
La grabación mostraba a los hombres llevando a Loli hacia el coche.
Javier golpeó la mesa.
—¡Llamen a la policía!
El jefe de seguridad tragó saliva.
—Señor Roldán…
—¡Ahora!
—Hay algo más.
Rebobinó algunos segundos.
Detuvo la imagen cuando el primer hombre giró hacia una cámara.
Javier sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Conocía aquel rostro.
—No puede ser.
Lo había visto muchas veces.
Era Sergio Valdés, antiguo jefe de seguridad de su exmujer.

Javier se quedó mirando la pantalla.
—¿Está seguro? —preguntó el encargado.
—Completamente.
Sacó el teléfono y llamó a Marta.
Una vez.
Dos.
Tres.
No respondió.
Marcó nuevamente.
Nada.
Entonces recordó las palabras de Loli.
Su madre había desaparecido después de recibir unos bombones de una mujer muy arreglada.
Después aparecieron hombres con traje haciendo preguntas.
Y ahora uno de aquellos hombres podía estar relacionado con Marta.
La coincidencia era demasiado grande.
Javier llamó a su abogado.
—Necesito que averigües todo sobre una mujer llamada Ángela. No tengo apellido. Vivía en Madrid y desapareció aproximadamente hace…
Se detuvo.
No sabía cuándo.
—Busca denuncias relacionadas con una hija llamada Lola o Loli.
—Javier, eso puede llevar tiempo.
—Hazlo.
Colgó.
Luego llamó a la policía.
Mientras esperaba, volvió a observar la grabación.
Algo brillaba alrededor del cuello de Loli.
—Pare ahí.
El encargado congeló la imagen.
La niña llevaba un pequeño colgante.
Javier acercó el rostro.
Sintió un golpe en el pecho.
Había visto aquel objeto antes.
No exactamente ese.
Pero uno idéntico.
Un pequeño medallón plateado en forma de estrella.
Nico tenía uno.
Javier se lo había regalado cuando cumplió cinco años.
Había comprado dos porque Marta dijo que algún día podrían regalar el segundo.
Pero meses después, aquel otro medallón desapareció.
—Amplíelo.
—Ya está al máximo.
Javier fotografió la pantalla.
Su teléfono vibró.
Era su abogado.
Habían pasado menos de diez minutos.
—Encontré algo.
—Habla.
—Una denuncia por desaparición. Ángela Moreno, treinta y dos años.
Javier cerró los ojos.
—¿Cuándo desapareció?
—Hace once meses.
Casi exactamente después de que Marta se marchara a Valencia.
—¿Algo más?
Hubo silencio.
—Ángela trabajó durante cinco años para tu familia.
Javier abrió los ojos.
—¿Qué?
—Figura como empleada doméstica.
—Nunca tuvimos una empleada llamada Ángela.
—Sí la tuvisteis.
El abogado respiró hondo.
—Pero no trabajaba en Madrid.
Javier sintió frío.
—¿Dónde?
—En la casa de Valencia que Marta heredó de sus padres.
El mundo pareció detenerse.
—¿Por qué nunca supe de ella?
—No lo sé. Pero encontré algo todavía más extraño.
Javier esperó.
—Ángela dejó de recibir salario exactamente tres días antes de que Marta se mudara allí con Nico.
Javier miró nuevamente la imagen congelada de Loli.
El medallón.
Sergio.
Valencia.
Su hijo.
Todo parecía formar parte de algo que todavía no comprendía.
Entonces recibió un mensaje desde un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Javier la abrió.
Era Loli.
Estaba sentada dentro del coche negro.
Parecía asustada, pero estaba bien.
Debajo había una frase.
“DEJA DE BUSCAR A LA NIÑA SI QUIERES VOLVER A VER A NICO.”
Javier sintió que las piernas le fallaban.
Antes de poder reaccionar, llegó un segundo mensaje.
Esta vez era un vídeo de apenas cinco segundos.
Lo abrió.
La imagen mostraba una habitación que reconoció inmediatamente.
La antigua habitación de Nico en Valencia.
Y entonces apareció su hijo.
—Papá…
Javier dejó de respirar.
Hacía casi un año que no escuchaba aquella voz.
Nico miró hacia alguien fuera de cámara.
Después dijo algo que hizo que Javier sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Papá, Loli dice que su mamá conocía el secreto de mamá.
El vídeo terminó.
Javier intentó llamar al número.
No existía.
Entonces llegó un último mensaje.
Una ubicación.
Y cuatro palabras.
“VEN SOLO. TRAE LOS DOCUMENTOS.”