PARTE 2: LA NOCHE EN QUE DEJÉ DE PROTEGERLO.

La fiesta ocupaba la planta superior de un hotel de lujo, con ventanales enormes, música suave y camareros que parecían aparecer antes incluso de que alguien levantara una copa vacía.

Javier cambió en cuanto cruzamos la puerta.

Su mano se apoyó en mi cintura.

Su sonrisa apareció.

De repente volvía a ser el marido atento.

—Ahí están los Vega —susurró—. Sonríe.

Sonreí.

Durante la primera hora hice exactamente lo que esperaba de mí.

Hablé de viajes.

Del restaurante nuevo del centro.

Incluso del tiempo.

Cuando Beatriz me preguntó cómo iba mi trabajo, respondí:

—Trabajo en el hospital.

Javier sonrió satisfecho.

—Ella siempre ha sido muy dedicada —añadió.

Muy dedicada.

Como si mi profesión fuera un pasatiempo.

Poco después, uno de sus compañeros, Mauricio, levantó su copa.

—Javier, tienes suerte. Tu mujer aguanta todas estas fiestas financieras sin quedarse dormida.

Todos rieron.

Javier aprovechó la oportunidad.

—Después de escuchar pacientes todo el día, cualquier conversación le parece emocionante.

Más risas.

Yo también sonreí.

Había aprendido que, cuando alguien te humilla durante suficiente tiempo, desarrollas una habilidad extraña: puedes sonreír mientras algo dentro de ti se rompe.

Pasaron las horas.

Javier bebió más de lo habitual.

Y cuanto más bebía, más necesitaba convertirse en el centro de atención.

Cuando empezó una canción lenta, varias parejas fueron hacia la pista.

Mauricio nos señaló.

—Vamos, ustedes también.

Javier intentó negarse, pero todos insistieron.

Así que me tomó de la mano.

Bailamos.

Durante unos segundos recordé al hombre del que me había enamorado.

El que esperaba fuera del hospital.

El que decía sentirse orgulloso de mí.

Quizá por eso cometí el error.

Me acerqué para besarlo.

Javier apartó la cara.

—¿Qué haces?

Algunas personas nos miraron.

—Nada —respondí.

Intenté alejarme.

Pero él había visto la oportunidad de conseguir otra carcajada.

Y Javier nunca desperdiciaba una audiencia.

—Prefiero besar a mi perro antes que besarte a ti.

Las risas estallaron alrededor.

Sentí cómo me ardía el rostro.

Mauricio casi derramó su bebida.

Beatriz no se rio.

Javier sí.

Después me observó de arriba abajo.

—Ni siquiera estás a la altura de mis estándares. Aléjate de mí.

Esta vez las carcajadas fueron todavía más fuertes.

Yo permanecí inmóvil.

Cinco años de comentarios.

Cinco años haciéndome más pequeña para que él pudiera sentirse más grande.

Cinco años escondiendo logros, evitando corregirlo y fingiendo que no me dolía cuando convertía nuestro matrimonio en material para entretener a sus amigos.

Y algo dentro de mí simplemente se apagó.

No lloré.

Sonreí.

—Tienes razón, Javier.

Él levantó las cejas.

—¿Ves? Hasta ella lo admite.

Algunos volvieron a reír.

Entonces terminé la frase.

—No estoy a la altura de tus estándares.

Hice una pausa.

—Estoy muy por encima de ellos.

Las risas murieron.

Javier dejó de sonreír.

—¿Perdón?

Lo miré directamente.

—Dije que tienes razón. Llevo años fingiendo ser menos para que tú puedas parecer más.

Nadie habló.

—Amor, has bebido —dijo él entre dientes.

—Yo no he bebido nada.

Eso empeoró las cosas.

Dejé mi copa sobre una mesa.

—¿Quieres que hablemos de estándares?

—No hagas una escena.

—Tú comenzaste la escena.

Mauricio miró al suelo.

Beatriz cruzó los brazos.

—Durante cinco años —continué— me has pedido que no diga qué hago porque temes que alguien descubra que tu esposa tiene una carrera que no depende de tu apellido.

Javier palideció.

—Cállate.

Aquella palabra habría funcionado el día anterior.

Quizá incluso una hora antes.

Ya no.

—Esta mañana dirigí una operación que salvó la vida de un niño de doce años.

Beatriz abrió los ojos.

—¿Eres cirujana?

—Cirujana cardíaca.

El silencio se volvió absoluto.

—Dirijo la unidad de cirugía cardíaca.

Mauricio dejó lentamente su copa sobre la mesa.

—Espera… ¿la doctora Moore?

Asentí.

Su expresión cambió.

—Mi padre habló de usted. Usted participó en su cirugía hace dos años.

Javier intervino inmediatamente.

—Bueno, tampoco exageremos. Trabaja con un equipo entero.

Lo miré.

Incluso entonces necesitaba reducirme.

Sonreí.

—Sí, Javier. Trabajo con un equipo extraordinario.

Di un paso hacia él.

—Eso hacen los buenos líderes. Construyen equipos en lugar de pisotear personas para sentirse importantes.

Alguien ahogó una risa.

Esta vez no era contra mí.

Javier lo notó.

—Nos vamos.

—Tú puedes irte.

—He dicho que nos vamos.

—Y yo he dicho que tú puedes irte.

Su rostro se endureció.

—¿Cómo piensas volver a casa?

Saqué las llaves de mi bolso.

—En mi coche.

—Ese coche lo pagamos entre los dos.

—No.

Lo miré fijamente.

—Lo pagué yo.

Otra vez silencio.

Javier apretó la mandíbula.

Entonces decidí decir aquello que llevaba meses guardando.

—Y ya que hablamos de dinero, deberías explicarles lo de los cincuenta mil euros.

Su expresión cambió.

—No.

Solo una palabra.

Pero esta vez había miedo.

—¿Qué cincuenta mil? —preguntó Mauricio.

—La mesa para la cena benéfica —respondí—. Javier dijo que necesitábamos pagar cincuenta mil euros por visibilidad.

Mauricio frunció el ceño.

—Javier, la mesa corporativa cuesta diez mil.

Lo miré.

Él no respondió.

Sentí que algo encajaba.

—¿Diez mil?

—Sí.

Mauricio parecía confundido.

—Nuestra firma compró dos.

Volví lentamente la cabeza hacia mi marido.

—Entonces, ¿para qué necesitabas los otros cuarenta mil?

—Esto no es asunto de nadie.

—Es asunto mío cuando sale de nuestra cuenta.

Javier se acercó.

—Hablaremos en casa.

—No.

—¿Qué?

—No habrá conversación en casa.

Saqué mi teléfono.

—Esta tarde recibí una notificación del banco. Intentaste transferir cincuenta mil euros de nuestra cuenta conjunta.

Su cara perdió el color.

—¿Revisas mis movimientos?

—Reviso los míos.

Beatriz habló desde detrás de nosotros.

—Javier…

Su voz sonó extraña.

Él se volvió.

—No te metas.

Pero ella ya estaba mirándolo con una expresión que no pude interpretar.

—¿Cincuenta mil exactamente?

Javier no respondió.

Beatriz palideció.

Entonces sacó su teléfono.

—Hace tres días, alguien ingresó cuarenta mil euros en una empresa vinculada a mi marido.

Mauricio dejó de respirar.

Javier retrocedió.

Yo miré a Beatriz.

—¿Qué empresa?

Ella pronunció el nombre.

No lo reconocí.

Mauricio sí.

—Eso es imposible.

—¿Por qué? —pregunté.

Él miró a Javier.

—Porque esa empresa está siendo investigada internamente por desviar dinero de clientes.

Javier tomó su chaqueta.

—Se acabó.

Intentó marcharse.

Dos hombres vestidos de traje acababan de entrar al salón.

Mauricio los reconoció inmediatamente.

—Son del departamento de cumplimiento de la firma.

Javier se detuvo.

Uno de ellos caminó directamente hacia nosotros.

—Señor Javier Torres.

Mi marido tragó saliva.

—¿Qué ocurre?

El hombre mostró una identificación.

—Necesitamos hablar con usted sobre varias transferencias realizadas durante los últimos seis meses.

Javier me miró.

Y por primera vez aquella noche, ya no había desprecio en sus ojos.

Había miedo.

Me acerqué lo suficiente para que solo él pudiera escucharme.

—Hace unos minutos dijiste que no estaba a la altura de tus estándares.

Tomé mi bolso.

—Mañana, cuando alguien te pregunte a qué te dedicas, quizá seas tú quien necesite preparar muy bien la respuesta.

Me marché.

Javier no regresó a casa aquella noche.

Yo tampoco.

Dormí en el apartamento de guardia del hospital.

A las seis de la mañana, mientras tomaba café antes de entrar al quirófano, recibí un mensaje suyo.

«Por favor, no hagas nada hasta que podamos hablar.»

Lo eliminé.

Después llegó otro.

Esta vez era de mi abogado.

Lo había contactado semanas antes, cuando comprendí que nuestro matrimonio ya estaba muerto aunque todavía compartiéramos dormitorio.

«Los documentos están preparados. Solo necesito tu autorización.»

Miré aquellas palabras durante varios segundos.

Luego escribí:

«Preséntalos hoy.»

Y pulsé enviar.

Tres horas después salí del quirófano.

Tenía diecisiete llamadas perdidas de Javier.

Pero había otro mensaje.

Uno que no esperaba.

Era de Beatriz.

«Necesitamos hablar. Lo de anoche es mucho peor de lo que crees. Encontramos tu nombre en varios documentos.»

Debajo adjuntó una fotografía.

La amplié.

Era una hoja bancaria.

Había transferencias, firmas y números de cuenta.

Entonces vi mi nombre.

DOCTORA ELENA MOORE.

Debajo aparecía una firma casi idéntica a la mía.

Solo había un problema.

Yo jamás había firmado aquel documento.

Y la cantidad autorizada bajo mi nombre era de 2,4 millones de euros.

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