PARTE 2: LA VERDAD QUE ÉL JAMÁS IMAGINÓ.

Zhanzhan guardó silencio durante unos segundos al otro lado de la línea.

—Bihan, ¿te sientes mal?

Miré el desayuno intacto frente a mí.

—No lo sé. Últimamente estoy demasiado cansada.

—Ven ahora mismo. Yo me encargo de todo.

—Gracias.

Colgué y subí a cambiarme.

Al pasar frente al dormitorio matrimonial, me detuve.

Sobre la mesita todavía estaba nuestra fotografía de boda.

Zhou Ziyan me abrazaba desde atrás mientras yo sonreía hacia la cámara.

Éramos jóvenes.

Creíamos que diez años de amor significaban que nada podría separarnos.

Pero algunas relaciones no terminan cuando desaparece el amor. Terminan cuando desaparece la confianza.

Guardé la fotografía dentro de un cajón.

Después fui al hospital.

Zhanzhan me esperaba personalmente.

—Estás muy pálida.

—Dormí poco.

—¿Zhou Ziyan otra vez trabajando hasta tarde?

Sonreí.

—Algo así.

No le conté lo ocurrido.

Todavía no.

Pasé toda la mañana entre análisis, pruebas y consultas.

Cuando terminé el último examen, Zhanzhan recibió los resultados preliminares y frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Hay algunos valores que quiero revisar.

Mi corazón se aceleró.

—¿Es grave?

—No necesariamente. Esperemos los resultados completos.

Intentó tranquilizarme, pero conocía demasiado bien a mi amiga.

Cuando estaba preocupada, mordía ligeramente el interior de la mejilla.

Lo estaba haciendo ahora.

Antes de poder preguntarle más, mi teléfono vibró.

Zhou Ziyan.

—¿Dónde estás?

Su voz sonaba apresurada.

Miré el pasillo blanco del hospital.

—Fuera.

—¿Comprando?

—Sí.

Mentí por primera vez en muchos años.

Hubo un breve silencio.

—Cariño, probablemente tampoco pueda almorzar contigo.

Cerré los ojos.

—Está bien.

—Te compensaré esta noche.

—No hace falta.

Pareció notar algo extraño.

—Bihan, ¿realmente estás bien?

—Perfectamente.

Al fondo del pasillo, una enfermera llamó mi nombre.

Colgué antes de que Zhou Ziyan pudiera escucharla.

Zhanzhan me observó.

—¿Por qué no le dijiste que estás aquí?

Guardé el teléfono.

—Porque pronto dejará de importarle dónde estoy.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué ocurrió?

Esta vez se lo conté.

No todo.

Solo lo suficiente.

Cuando terminé, Zhanzhan tenía los ojos llenos de furia.

—¡Voy a matarlo!

Le sujeté la muñeca.

—No.

—¡Ese desgraciado lleva seis meses engañándote y todavía vuelve a casa fingiendo que te ama!

—Por eso me marcharé.

Se quedó inmóvil.

—¿De verdad?

Asentí.

—Ya compré el billete.

—¿Adónde?

—A Suzhou. Pasado mañana.

Mi padre me había dejado allí una pequeña propiedad antes de morir.

Zhou Ziyan nunca se interesó por ella porque siempre creyó que jamás abandonaría esta ciudad.

Precisamente por eso era el único lugar al que quería ir.

Zhanzhan me abrazó.

—Ven a vivir conmigo si quieres.

Negué suavemente.

—Necesito empezar sola.

En ese momento apareció una enfermera.

—Señora Lin, la doctora quiere verla nuevamente.

Sentí un escalofrío.

Entré al consultorio.

La doctora colocó varios resultados frente a mí.

—Señora Lin, hemos encontrado una anomalía.

Mis dedos se enfriaron.

—¿Qué significa?

—Necesitamos realizar más pruebas para determinar exactamente qué ocurre.

Zhanzhan preguntó inmediatamente:

—¿Puede ser algo serio?

La doctora guardó silencio unos segundos.

Demasiados.

—Todavía no podemos afirmarlo.

Me entregó una orden.

—Quiero que regrese mañana en ayunas.

Salí del consultorio con aquella hoja entre las manos.

Curiosamente, no sentía miedo.

Solo una especie de cansancio profundo.

Durante diez años había construido toda mi vida alrededor de Zhou Ziyan.

Si algo estaba ocurriendo dentro de mi cuerpo, quería enfrentarlo siendo nuevamente Lin Bihan.

No simplemente la esposa de alguien.

Esa tarde regresé a casa.

Comencé a ordenar mis pertenencias.

No necesitaba mucho.

Documentos.

Ropa.

Los objetos que habían pertenecido a mis padres.

Y algunas fotografías.

Cuando abrí el último cajón del escritorio encontré una pequeña caja roja.

Dentro estaban todas las cartas que Zhou Ziyan me había escrito desde los diecisiete años.

Tomé una al azar.

«Bihan, cuando tengamos treinta años, seguiré llevándote de la mano.»

Sonreí.

Luego cerré la caja.

No me la llevé.

A las siete de la tarde, Zhou Ziyan todavía no había regresado.

A las ocho recibí un mensaje.

«Cariño, surgió otra reunión. Cena sin mí.»

No respondí.

A las nueve, mientras terminaba de preparar una maleta, Zhanzhan me envió una fotografía.

«Bihan, ¿esa no es Lin Yue?»

Abrí la imagen.

Era ella.

La joven cuya voz había escuchado la noche anterior.

Estaba entrando en una clínica privada.

Pero no iba sola.

Zhou Ziyan caminaba a su lado.

Una mano protegía cuidadosamente su cintura.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

Llamé a Zhanzhan.

—¿Dónde tomaste esto?

—Una compañera trabaja allí. Me la envió porque reconoció a Zhou Ziyan.

—¿Sabes qué especialidad tiene esa clínica?

Zhanzhan guardó silencio.

Después respondió:

—Obstetricia.

Miré la fotografía nuevamente.

Mi respiración se volvió lenta.

—Entiendo.

—Bihan, quizá deberíamos averiguar…

—No.

Apagué la pantalla.

Ya no necesitaba saber más.

Aquella noche Zhou Ziyan regresó pasada la medianoche.

Yo fingí dormir.

Entró cuidadosamente, se duchó y se acostó a mi lado.

Minutos después me abrazó por detrás.

—Cariño…

No respondí.

Besó suavemente mi cabello.

—Te quiero.

Abrí los ojos en la oscuridad.

El mismo hombre podía decirle aquellas palabras a dos mujeres y dormir tranquilamente después.

A la mañana siguiente preparé su desayuno como siempre.

También planché su camisa favorita.

Zhou Ziyan parecía especialmente feliz.

Mientras terminaba el café, se acercó por detrás y me rodeó la cintura.

—Cariño, espérame en casa. Esta noche saldremos a cenar juntos.

Su teléfono comenzó a sonar.

Una vez.

Otra.

Otra más.

Vi aparecer un nombre en la pantalla.

Lin Yue.

Lo aparté suavemente.

—Ve. No hagas esperar a quien te está esperando.

Zhou Ziyan me miró extrañado.

Por un instante creí que había comprendido.

Pero finalmente sonrió.

—Entonces volveré temprano.

Lo acompañé hasta la puerta.

Antes de marcharse, me besó la frente.

Yo sonreí.

Esperé hasta que su coche desapareció.

Después subí al dormitorio.

Abrí el armario.

Saqué mi maleta.

Dentro estaban todas las cosas que todavía consideraba mías.

Sobre la cama dejé mi anillo matrimonial.

Debajo coloqué una sola hoja.

No escribí reproches.

Ni siquiera mencioné a Lin Yue.

Solo una frase.

«Zhou Ziyan, desde hoy eres libre.»

Tomé mi maleta y bajé.

La empleada doméstica me preguntó si volvería para cenar.

Sonreí.

—No.

Salí de aquella casa sin mirar atrás.

Pero justo cuando el taxi comenzó a alejarse, mi teléfono sonó.

Era Zhanzhan.

Contesté.

Su voz temblaba.

—Bihan, ya llegaron los resultados definitivos.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—Dímelo.

Hubo un largo silencio.

Entonces escuché las palabras que cambiaron completamente mis planes.

—No puedes marcharte todavía. Necesitamos que vengas al hospital inmediatamente. Hay algo en tus resultados que la doctora quiere confirmar hoy mismo.

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