Terminé de limpiar la salsa mientras todos seguían consolando a Natalia.
No estaba enfadada.
Al menos, no sabía si aquello que sentía podía llamarse enfado.
Durante trece años había aprendido una regla sencilla: cuando alguien te culpa, explicar demasiado solo retrasa el trabajo.
Así que exprimí el trapo, limpié la última mancha y pregunté al gerente.
—¿Dónde puedo lavarlo?
El hombre me miró como si hubiera dicho algo terrible.
—Señorita Manuela, usted es la invitada de honor.
—Eso no responde mi pregunta.
Victoria se acercó rápidamente.
—Manuela, déjalo. Los empleados se encargarán.
Miré el trapo.
Luego a los empleados.
Después calculé mentalmente cuántos metros cuadrados tenía el salón.
—Pero ya lo empecé.
—¡Basta!
La voz de mi padre hizo que todos se callaran.
Era la primera vez que lo escuchaba levantarla.
Se acercó, me quitó suavemente el trapo y se volvió hacia Alejandro.
—¿Por qué sujetaste a tu hermana de esa manera?
Alejandro miró mi muñeca enrojecida.
—Pensé que había empujado a Natalia.
—Pensaste.
Mi padre señaló las cámaras.
—No preguntaste. No comprobaste. Pensaste y la condenaste.
Natalia comenzó a llorar otra vez.
—Papá, fue culpa mía.
—Natalia, ahora no.
Ella se quedó inmóvil.
Probablemente nunca le habían hablado así.
Yo tampoco entendía por qué todos parecían tan tensos.
Me acerqué a Alejandro.
—No te preocupes. La muñeca funciona.
La giré para demostrárselo.
—Puedo cargar unos veinte kilos sin problema.
Su rostro cambió.
—Manuela…
—Si quieres, hacemos una prueba.
—¡No quiero ninguna prueba!
Retrocedí inmediatamente.
—Entendido.
Saqué mi libreta.
“Al hermano no le gustan las demostraciones prácticas.”
Alejandro me arrancó la libreta de las manos.
—¿Qué demonios es esto?
Intenté recuperarla.
—Mi evaluación del puesto.
Abrió la primera página.
Allí había escrito.
“Señora Victoria: emocional, llora con frecuencia. Preparar pañuelos.”
“Señor Ernesto: parece serio, pero deja comida para los gatos del jardín. Posible debilidad por animales.”
“Natalia: método laboral desconocido. Investigar cómo conservar puesto sin producir.”
Algunas personas cercanas soltaron una risa.
Alejandro pasó otra página.
Entonces dejó de sonreír.
“Alejandro: no confía en mí. Evitar causarle problemas. Si mi presencia perjudica a la familia, buscar otro empleo antes de que me despidan.”
Cerró la libreta.
—¿Crees que vamos a echarte?
La pregunta me pareció extraña.
—Todos terminan haciéndolo.
Victoria se cubrió la boca.
Yo corregí rápidamente.
—Bueno, técnicamente algunos me vendieron antes.
El silencio fue inmediato.
Comprendí que había vuelto a decir algo incorrecto.
—¿Podemos regresar a la fiesta?
Pero mi padre negó con la cabeza.
—La fiesta terminó.
Aquella noche, de regreso a la mansión, nadie habló.
A las cuatro de la mañana sonó mi alarma.
Una mano apareció desde fuera de las mantas y apagó el teléfono.
Abrí los ojos.
Alejandro estaba sentado en una silla junto a mi cama.
Grité y salté al suelo.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Una hora.
—Eso es muy poco eficiente.
—Manuela.
Parecía agotado.
—Hoy no vas a trabajar.
Sentí un escalofrío.
—¿Me despidieron?
—No.
—¿Entonces estoy enferma?
—Tampoco.
—¿Morí?
Alejandro cerró los ojos.
—Vas a dormir.
—¿Gratis?
—Sí.
Aquello me pareció sospechoso.
Sin embargo, volvió a colocarme la manta encima.
Antes de salir, se detuvo.
—Lo de ayer…
Esperé.
—No debí agarrarte.
Asentí.
—Acepto la compensación.
Se volvió.
—¿Compensación?
—Diez yuanes parece justo.
Me miró durante cinco segundos.
Después dejó cien sobre la mesa.
—Quédate con el cambio.
Pensé que quizá mi hermano no era bueno negociando.
Durante las semanas siguientes, mis padres intentaron enseñarme a vivir como una hija rica.
Fue un desastre.
Me prohibieron limpiar.
Así que reparé las lámparas.
Me prohibieron reparar cosas.
Entonces organicé la despensa.
Me prohibieron organizar.
Así que empecé a ayudar al jardinero.
Finalmente Victoria contrató a una psicóloga para explicarme que no tenía que ganarme el derecho a permanecer en casa.
Yo escuché atentamente durante una hora.
Después le pregunté cuánto cobraba.
Cuando respondió, casi necesité otra sesión.
Natalia, mientras tanto, se volvió extraordinariamente amable conmigo.

Me regalaba ropa.
Me invitaba a comprar.
Me enseñaba fotografías familiares.
Pero siempre había algo extraño en su sonrisa cuando estábamos solas.
—Debes odiarme —me dijo una tarde.
—No.
—Ocupé tu lugar durante trece años.
Pensé un momento.
—No fue culpa tuya que me secuestraran.
Sus ojos se endurecieron apenas.
—Ahora todos quieren compensarte.
—Eso parece poco rentable.
—También Alejandro está cambiando.
Aquello sí me sorprendió.
—¿Tiene alguna enfermedad?
Natalia soltó una pequeña risa.
—Antes él era mi hermano.
—Sigue siéndolo.
—No entiendes.
Tenía razón.
No entendía.
Tres días después desapareció un collar de diamantes de Victoria.
La casa entera fue registrada.
El collar valía más de cuatro millones de yuanes.
Yo ayudé a buscarlo hasta que el mayordomo abrió mi armario.
Dentro de una caja de herramientas apareció el estuche.
Todos se quedaron paralizados.
Natalia fue la primera en hablar.
—No puede ser.
Alejandro miró el collar.
Después me miró a mí.
—Manuela, dime que no lo tomaste.
—No lo tomé.
—Estaba en tu habitación.
—Sí.
—Dentro de tus herramientas.
—También.
Natalia se acercó a mí.
—Quizá lo guardaste sin saber cuánto valía.
Negué con la cabeza.
—Sé reconocer diamantes.
Alejandro respiró profundamente.
—Entonces explícame cómo llegó ahí.
—No puedo.
Vi la decepción aparecer en su rostro.
La reconocí inmediatamente.
Había visto aquella expresión muchas veces en mis antiguos dueños justo antes de decidir que ya no me querían.
Así que hice lo que había aprendido.
Fui hasta mi habitación.
Saqué mi mochila.
Guardé dos mudas de ropa, mis certificados y la libreta.
Victoria apareció en la puerta.
—¿Qué haces?
—Liberando la habitación.
—¡Nadie te ha pedido que te marches!
Miré hacia el pasillo.
Alejandro estaba allí.
—¿Tú crees que robé el collar?
No respondió inmediatamente.
Eso bastó.
Asentí.
—Entendido.
Pasé junto a él.
Entonces Natalia corrió detrás de mí.
—¡Hermana, espera!
Tropezó.
Cayó contra una mesa.
Un pequeño objeto negro salió despedido del bolsillo de su vestido.
Lo recogí automáticamente.
Era una memoria USB.
Natalia palideció.
—Devuélvemela.
Nunca antes la había escuchado hablarme de aquella manera.
Alejandro también lo notó.
—¿Qué contiene?
—Nada.
Intentó quitármela.
Yo retrocedí.
En ese momento, el mayordomo apareció corriendo desde la oficina de seguridad.
—¡Señor Valdés!
Estaba completamente pálido.
—Encontramos algo extraño en las grabaciones.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Alguien borró diecisiete minutos de video la noche en que desapareció el collar.
Natalia dejó de respirar.
El mayordomo continuó.
—Pero el sistema conserva una copia automática en el servidor externo.
Miró directamente hacia ella.
—Y en esa copia aparece claramente quién entró en la habitación de la señorita Manuela con el collar en la mano.
Todos giraron hacia Natalia.
Ella comenzó a llorar.
Pero esta vez Alejandro no se acercó para abrazarla.
Yo miré la memoria USB que todavía sostenía.
Y entonces Natalia dejó de fingir.
Su expresión cambió por completo.
—Manuela —susurró—, puedes quedarte con todo lo demás.
Sus ojos estaban clavados en el dispositivo.
—Pero si abres esa memoria, vas a descubrir por qué realmente tardaron trece años en encontrarte.