PARTE 2: CUANDO VOLVIÓ, YO YA ERA LA ESPOSA DE OTRO.

Adrian tardó varios segundos en comprender mis palabras.

—¿Qué quieres decir con que pertenece a tu familia?

Cerré la carpeta que llevaba en las manos.

—Exactamente lo que escuchaste.

Diana dejó de apoyarse en él.

Su mirada recorrió el apartamento con una rapidez casi cómica.

—Pero Adrian dijo que esta era su casa.

—Adrian dice muchas cosas.

Él apretó la mandíbula.

—Claire, deja de comportarte como una niña.

Sonreí.

Antes, esa frase habría bastado para hacerme dudar de mí misma.

Ahora solo me parecía ridícula.

—El apartamento pertenece a una sociedad inmobiliaria de mi padre. Nos lo prestó para que viviéramos aquí después de casarnos.

Saqué un documento.

—Como la boda fue cancelada, el permiso también.

Diana palideció.

—¿Quieres echar a una mujer embarazada?

—Quiero recuperar una propiedad de mi familia.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Diana no puede mudarse en su estado.

—Entonces llévala a una de tus propiedades.

No respondió.

Ahí estaba el verdadero problema.

Adrian pertenecía a una familia prestigiosa, pero gran parte de la vida lujosa que había disfrutado durante nuestro compromiso había sido facilitada por mis conexiones.

El apartamento.

El automóvil que utilizaba para eventos.

Incluso varias inversiones que la familia Whitmore presumía públicamente habían llegado mediante contactos de mi padre.

Adrian había confundido durante demasiado tiempo mi generosidad con algo que le pertenecía.

Sonó el timbre.

Tres empleados de una empresa de mudanzas entraron acompañados por el administrador del edificio.

—Señorita Claire —saludó este.

Levanté una ceja.

—Señora Cross.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

Mi corazón dio un pequeño salto, pero mantuve la expresión tranquila.

—Nada que te interese.

Ordené retirar únicamente mis pertenencias personales y los muebles registrados a mi nombre.

La mesa del comedor.

Las obras de arte.

La vajilla.

Los sillones auxiliares.

Hasta la máquina de café que Adrian utilizaba cada mañana.

Diana observaba cómo el apartamento se vaciaba.

—Adrian…

—Déjala —respondió él—. Cuando termine su berrinche, compramos todo de nuevo.

No pude evitar sonreír.

—Claro. Háganlo.

Tomé mi bolso.

—Tienen hasta mañana para abandonar la propiedad.

Cuando pasé junto a Adrian, me sujetó de la muñeca.

—Claire.

Miré su mano.

La soltó.

—Mañana hablaremos cuando estés más tranquila.

—Mañana estaré ocupada.

—¿Haciendo qué?

Pensé en Nathan.

En el certificado matrimonial.

En la forma absurda en que había comprado flores después de casarnos porque, según él, “había hecho las cosas en el orden equivocado”.

—Comenzando mi nueva vida.

Me marché.

Adrian no me siguió.

Todavía estaba convencido de que volvería.

Pero esa misma noche, alguien llamó a la puerta de mi casa.

Era Nathan.

Traía dos maletas.

—¿Qué haces?

—Mudándome.

—Nathan, nos casamos ayer.

—Precisamente.

Levantó una de las maletas.

—Sería raro que mi esposa viviera sola mientras yo sigo en un hotel.

—Tienes una casa.

—Ahora tengo esposa. Mis prioridades cambiaron.

Solté una carcajada.

Nathan sonrió, pero después su expresión se volvió seria.

—Claire, quiero dejar algo claro.

—¿Qué?

—Sé por qué te casaste conmigo.

Mi sonrisa desapareció.

—Nathan…

—No necesito que me ames mañana.

Dejó las maletas en el suelo.

—Ni la próxima semana.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Solo necesito que nunca vuelvas con alguien que te haga sentir que debes competir para que te elijan.

Aquellas palabras me golpearon más profundamente de lo que esperaba.

Durante años había esperado que Adrian me eligiera primero.

Antes que su familia.

Antes que sus obligaciones.

Antes que Diana.

Nathan nunca me había pedido competir.

—Gracias —susurré.

Él sonrió.

—Perfecto. Ahora dime dónde duermo.

Señalé el dormitorio de invitados.

Nathan puso una mano sobre el corazón.

—Qué cruel es el matrimonio.

Volví a reír.

Por primera vez en mucho tiempo, dormí sin esperar ningún mensaje de Adrian.

Tres días después, mi padre organizó una cena familiar.

Nathan llegó temprano.

Demasiado temprano.

Cuando bajé las escaleras, lo encontré conversando con mi padre como si llevaran años siendo familia.

—¿Qué está pasando?

Mi padre levantó una copa.

—Estoy celebrando que finalmente elegiste un yerno que me cae bien.

—Papá.

Nathan parecía encantado.

—Ya somos mejores amigos.

—No lo somos —respondió mi padre.

—Está aprendiendo a expresar sus emociones.

Antes de que pudiera contestar, el mayordomo entró apresuradamente.

—Señor, la familia Whitmore está afuera.

El ambiente cambió.

Mi padre dejó la copa.

—¿Quién?

—El señor y la señora Whitmore. El señor Adrian Whitmore también está con ellos.

Suspiré.

—Déjalos entrar.

Adrian apareció primero.

Detrás venían sus padres.

Y Diana.

Ella llevaba un vestido claro y una mano cuidadosamente colocada sobre el vientre.

La madre de Adrian habló inmediatamente.

—Claire, esto ha llegado demasiado lejos.

Nathan dejó lentamente su copa.

Adrian todavía no lo había visto.

—Mi madre tiene razón —dijo—. Ya devolvimos el apartamento. Diana se quedará temporalmente en otra propiedad.

Me miró con esa seguridad familiar.

—Ahora podemos dejar de actuar impulsivamente.

—No estoy actuando impulsivamente.

—Cancelaste nuestra boda por una discusión.

—La cancelé porque embarazaste a otra mujer.

Su madre intervino.

—Diana era esposa de nuestro hijo. Ese bebé llevará sangre Whitmore. La situación es complicada.

—Para mí es bastante sencilla.

Adrian respiró profundamente.

Después sacó algo del bolsillo.

Una pequeña caja.

Mi antiguo anillo.

Lo había encontrado.

—Claire, basta.

Abrió la caja.

—Vuelve a ponértelo.

Nathan apareció entonces detrás de mí.

—Creo que eso sería bastante incómodo.

Adrian giró.

Su rostro cambió.

—Nathan Cross.

Nathan sonrió.

—Adrian.

—¿Qué haces aquí?

—Cenando con mi familia.

—Esta no es tu familia.

Nathan miró hacia mí.

Después levantó mi mano.

La alianza matrimonial brilló bajo las luces del comedor.

El silencio fue absoluto.

Diana abrió los ojos.

La madre de Adrian palideció.

Pero fue Adrian quien pareció dejar de respirar.

—¿Qué es eso?

Respondí con calma.

—Mi alianza.

—¿Alianza de qué?

Nathan soltó una pequeña risa.

—Normalmente solo existe una clase importante.

Adrian me miró.

—Claire.

No respondí.

—Dime que no hiciste lo que estoy pensando.

—Me casé.

La caja con mi antiguo anillo cayó de su mano.

—Nathan Cross es mi esposo.

La expresión de Adrian se quebró.

—¡Eso es imposible! Hace cuatro días ibas a casarte conmigo.

—Y hace cuatro días descubrí que mi prometido había embarazado a su cuñada.

Nathan rodeó suavemente mi cintura.

Adrian dio un paso hacia nosotros.

—Te casaste con él para castigarme.

—No todo gira alrededor de ti.

—Vas a arrepentirte.

Nathan dejó de sonreír.

—Cuida cómo le hablas a mi esposa.

Adrian apretó los puños.

Pero antes de que pudiera responder, Diana soltó un gemido.

Todos giraron hacia ella.

Se llevó una mano al abdomen.

—Adrian…

Él corrió inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Diana comenzó a llorar.

—El bebé.

Adrian la sostuvo.

Otra vez.

Sin pensarlo.

Sin mirar siquiera hacia mí.

Y aquella escena confirmó definitivamente que había tomado la decisión correcta.

—Llévala al hospital —dije.

Adrian levantó la vista.

Parecía esperar celos.

Encontró indiferencia.

Dos semanas después, Nathan y yo comenzábamos a acostumbrarnos a nuestra extraña vida matrimonial.

Él nunca entraba en mi habitación sin permiso.

Nunca preguntaba cuándo estaría preparada para algo más.

Simplemente estaba allí.

Y poco a poco empecé a comprender que la tranquilidad podía sentirse mucho más íntima que las grandes promesas.

Hasta que una mañana mi padre me llamó a su despacho.

Había una carpeta sobre la mesa.

—Claire, tenemos un problema.

—¿Adrian?

Negó.

—Diana.

Me entregó los documentos.

Eran informes médicos.

—¿Qué es esto?

—Tu madre todavía conoce a varias personas del hospital. Ayer escuchó algo extraño y pidió verificarlo legalmente antes de decirte nada.

Leí la primera página.

Después la segunda.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Esto no puede ser.

Nathan, que acababa de entrar, se acercó.

—¿Qué ocurre?

Le entregué el informe.

Sus ojos recorrieron las líneas.

Entonces su expresión cambió.

La fecha estimada de concepción del bebé de Diana no coincidía con la noche que Adrian aseguraba haberla confundido conmigo.

Había una diferencia de varias semanas.

—Claire —murmuró Nathan—. Si estas fechas son correctas…

Levanté la vista.

—Adrian no pudo embarazarla aquella noche.

Mi padre asintió.

—Exactamente.

—Entonces, ¿por qué ambos inventarían esa historia?

Mi padre abrió una segunda carpeta.

Dentro había una fotografía.

Diana aparecía entrando en un hotel.

Pero el hombre que caminaba detrás de ella no era Adrian.

Reconocí aquel rostro.

Y cuando comprendí quién era, sentí que toda la historia que nos habían contado acababa de desmoronarse.

Porque el hombre de la fotografía era alguien cuya existencia podía destruir no solo la mentira de Diana, sino a toda la familia Whitmore.

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