PARTE 2: EL APELLIDO QUE LOS DEJÓ SIN PALABRAS.

Patricia dejó de tocar su collar.

Durante unos segundos, pareció incapaz de comprender lo que acababa de escuchar.

—¿Arturo… Reyes? —repitió.

Mi padre sostuvo su mirada.

—El mismo.

El silencio que cayó sobre el salón fue absoluto.

Yo conocía aquella expresión en el rostro de Patricia. La había visto cuando hablaba de deudas, de proveedores que ya no querían esperar y del préstamo que el banco se negaba a renovar.

Durante meses, la familia de Daniel había depositado todas sus esperanzas en una sola negociación.

Una inversión de Arturo Reyes.

Mi padre.

Vanessa retrocedió un paso.

—Esto tiene que ser una broma.

—Ojalá lo fuera —respondió él.

Otra contracción me atravesó.

Esta vez fue tan intensa que tuve que sujetarme del borde de la mesa.

—Elena.

Mi padre llegó hasta mí antes que Daniel.

Eso fue lo que terminó de romper algo dentro de mí.

Mi esposo estaba a pocos metros.

Había visto cómo su madre me acusaba.

Había visto cómo su hermana vaciaba mi bolso.

Había visto cómo ambas me rompían el vestido.

Y aun así, cuando el dolor me dobló, fue mi padre quien corrió hacia mí.

—Estoy bien —mentí.

—No, no lo estás.

Daniel finalmente reaccionó.

—Elena, déjame ayudarte.

Levanté una mano.

—No me toques.

Se quedó inmóvil.

Vi dolor en sus ojos.

Pero ya era demasiado tarde.

Patricia pareció recordar de pronto lo que estaba en juego.

—Señor Reyes, esto ha sido un terrible malentendido.

Mi padre giró lentamente hacia ella.

—¿Un malentendido?

—Vanessa estaba nerviosa. El anillo desapareció y…

—Y decidieron acusar a mi hija.

—Las circunstancias parecían…

—Después vaciaron sus pertenencias.

Patricia tragó saliva.

—Nos dejamos llevar.

—Después le rompieron el vestido.

Nadie se atrevió a intervenir.

Mi padre señaló las cámaras del salón.

—Y todo ocurrió frente a decenas de testigos.

Vanessa comenzó a llorar.

—¡Yo pensé que ella lo había tomado!

Mi padre recogió nuevamente el anillo.

—Entonces explícame por qué estaba dentro de tu manga.

Vanessa palideció.

—No lo sé.

—Yo sí quiero saberlo.

Su voz seguía siendo tranquila.

Eso era peor que escucharlo gritar.

Uno de los hombres de traje que habían entrado con él se acercó y le entregó una tableta.

Mi padre observó la pantalla.

—Curioso.

Patricia frunció el ceño.

—¿Qué?

—Este salón tiene cámaras.

Vanessa dejó de llorar.

Mi padre levantó la vista.

—Y aparentemente una de ellas cubre la mesa donde estabas cuando anunciaste que el anillo había desaparecido.

El rostro de Vanessa cambió por completo.

—No pueden revisar las grabaciones sin autorización.

—Ya tenemos autorización del gerente.

Mi padre hizo un gesto.

El hombre de traje se alejó.

Vanessa miró desesperadamente a su madre.

Patricia ya no parecía preocupada por el anillo.

Miraba a mi padre como si estuviera viendo desaparecer el futuro de toda su familia.

—Señor Reyes —dijo—, creo que deberíamos hablar en privado.

—No.

—Por favor.

—Humillaron a Elena en público. Podemos hablar aquí.

Patricia bajó la voz.

—La reunión de mañana…

Mi padre sonrió sin alegría.

—¿La reunión en la que iban a pedirme dieciocho millones para evitar que su empresa entre en insolvencia?

Un murmullo recorrió el salón.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Dieciocho millones?

Miró a su madre.

—Me dijiste que eran seis.

Patricia cerró los ojos.

Otro secreto acababa de salir a la luz.

Mi padre guardó la tableta.

—La reunión está cancelada.

—¡No puede hacer eso! —exclamó Patricia.

—Acabo de hacerlo.

—Hay cientos de empleados que dependen de nosotros.

—Precisamente por eso nunca debieron depender de ustedes.

Patricia dio un paso hacia él.

—Si retira la inversión, destruirá nuestra familia.

Mi padre miró el vestido roto que todavía intentaba mantener cerrado sobre mi cuerpo.

—No fui yo quien decidió destruir una familia esta noche.

Daniel se acercó.

—Señor Reyes, por favor.

Mi padre lo miró por primera vez directamente.

—Tú no me llames así.

Daniel se detuvo.

—Arturo…

—Tampoco.

La vergüenza cruzó el rostro de mi esposo.

—Sé que debí defenderla.

—No.

Mi padre negó lentamente.

—No debiste defenderla porque fuera mi hija.

Señaló mi vientre.

—Debiste defenderla porque es tu esposa y está a punto de dar a luz a tus hijos.

Daniel bajó la mirada.

No tuvo respuesta.

Entonces escuchamos una voz desde el fondo.

—Señor Reyes.

El gerente del salón regresaba acompañado por el hombre de traje.

Traían la tableta.

Vanessa retrocedió.

—No.

El hombre se acercó a mi padre y le mostró la pantalla.

Yo no podía verla.

Pero sí pude observar la expresión de mi padre.

Primero sorpresa.

Después incredulidad.

Finalmente algo mucho más oscuro.

—Reprodúcelo otra vez.

Vanessa comenzó a negar con la cabeza.

—Papá —susurré—, ¿qué ocurre?

Él no respondió.

Patricia agarró a su hija del brazo.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Vanessa.

—¡No hice nada!

El hombre giró la tableta.

La grabación mostraba a Vanessa minutos antes de anunciar la desaparición del anillo.

Estaba junto a la mesa de regalos.

Miraba alrededor.

Después se quitaba discretamente el anillo.

Pero no lo guardaba por accidente.

Lo introducía deliberadamente en su manga.

El salón estalló en murmullos.

—¡No! —gritó Vanessa—. ¡Eso está fuera de contexto!

Mi padre detuvo el video.

—¿Fuera de contexto?

Vanessa comenzó a llorar.

Patricia la miraba horrorizada.

—¿Planeaste todo esto?

Vanessa no respondió.

Y entonces Daniel habló.

—Yo sé por qué lo hizo.

Todos lo miramos.

Mi esposo estaba pálido.

—Daniel —advirtió Vanessa.

—Cállate.

Era la primera vez que lo escuchaba hablarle así.

Se volvió hacia mí.

—Elena, hay algo que no sabes.

Otra contracción llegó.

Más fuerte.

Sentí una presión diferente.

Profunda.

Alarmante.

Mi padre me sostuvo.

—Necesitamos llevarte al hospital.

Pero yo seguía mirando a Daniel.

—Habla.

Daniel respiró con dificultad.

—Mi madre y Vanessa descubrieron quién era tu padre hace tres semanas.

Patricia abrió mucho los ojos.

—¡Daniel!

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Qué?

Daniel continuó.

—Sabían que Arturo Reyes era tu padre.

Miré a Patricia.

Después a Vanessa.

Entonces comprendí que aquella noche quizá nunca había tenido nada que ver con un anillo.

—¿Por qué fingieron no reconocerlo? —pregunté.

Daniel cerró los ojos.

—Porque necesitaban que pareciera que tú habías cometido un delito antes de que tu padre decidiera sobre la inversión.

Mi padre se quedó inmóvil.

—¿Para qué?

Daniel abrió la boca.

Pero antes de responder, un dolor brutal atravesó mi vientre.

Me doblé.

Y entonces sentí líquido correr por mis piernas.

Alguien gritó.

—¡Rompió fuente!

Mi padre me sostuvo mientras los invitados se apartaban.

Pero antes de que pudieran sacarme del salón, Daniel agarró mi mano.

Estaba temblando.

—Elena, escucha.

—Ahora no.

—Tienes que saberlo antes de irte.

Miré su rostro.

Y lo que vi allí me dio más miedo que el parto.

—El anillo no era el verdadero plan —susurró—. Querían que te arrestaran esta noche porque mañana pensaban presentar ante tu padre unos documentos con tu firma.

Mi padre se volvió lentamente.

—¿Qué documentos?

Daniel miró a su madre.

Patricia ya estaba corriendo hacia la salida.

—Los que dicen que Elena autorizó personalmente la transferencia de los dieciocho millones.

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