Ethan permaneció frente a la puerta de la sala de ecografía sin moverse.
El latido seguía atravesando la pared.
Tum.
Tum.
Tum.
Cada sonido parecía golpear directamente contra algo que había mantenido enterrado durante años.
Ryan se acercó con cautela.
—Señor Shaw, tenemos que irnos.
Ethan no respondió.
—La señorita Collins está esperando los resultados en el otro edificio.
Esta vez Ethan giró lentamente la cabeza.
—Cancélalo.
Ryan parpadeó.
—¿Señor?
—Todo.
Su voz fue seca.
—No me importa qué tengas que cancelar.
Ryan observó la puerta y comprendió.
—¿Cree que el bebé es suyo?
Ethan cerró los ojos un instante.
—No lo creo.
Volvió a escuchar aquel corazón diminuto.
—Sé que es mío.
Dentro de la sala, yo ignoraba aquella conversación.
La doctora limpió el gel de mi vientre y revisó unas imágenes.
—Todo parece normal, Grace. Casi dieciséis semanas. El desarrollo es adecuado.
Casi dieciséis semanas.
Aquella cifra era suficiente.
Ethan podía hacer las cuentas.
Yo también.
El bebé había sido concebido antes del divorcio.
Me incorporé y me puse el abrigo.
—¿Puedo irme?
—Sí. Pero recuerde evitar situaciones de mucho estrés.
Casi me reí.
Demasiado tarde.
Cuando abrí la puerta, Ethan seguía allí.
Nuestras miradas se encontraron.
Intenté pasar a su lado.
Él no me tocó.
Solo preguntó:
—¿Dieciséis semanas?
Me detuve.
La doctora había hablado suficientemente alto.
—No es asunto tuyo.
—Dieciséis semanas significa que ocurrió antes de que firmáramos.
—Sabes contar.
Su mandíbula se tensó.
—Entonces es mío.
Continué caminando.
Ethan me siguió.
—Grace.
—Déjame tranquila.
—¿Cuándo lo supiste?
No respondí.
—Grace, ¿cuándo supiste que estabas embarazada?
Llegué al ascensor y presioné el botón.
—Antes del divorcio.
Ethan se quedó completamente inmóvil.
—¿Antes?
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré.
Pero antes de cerrarse, Ethan puso una mano entre ellas.
—Lo sabías cuando firmaste.
—Sí.
—¿Y no pensabas decírmelo?
Lo miré fijamente.
—Pensé hacerlo.
Su expresión cambió.
—¿Entonces por qué no lo hiciste?
Sentí una punzada en el pecho.
—Porque aquella mañana llevé una prueba positiva en mi bolso.
Ethan dejó de respirar.
—Estuve sentada frente a ti esperando reunir el valor para enseñártela.
Mis ojos ardieron.
—Y tú colocaste los documentos de divorcio sobre la mesa y dijiste que finalmente podías regresar con la mujer que realmente amabas.
El ascensor quedó abierto entre nosotros.
—¿Qué querías que hiciera, Ethan? ¿Suplicarte que te quedaras porque estaba embarazada?
Él abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
—No necesitaba un esposo obligado.
Presioné nuevamente el botón.
—Y mi hijo tampoco necesita un padre obligado.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Esta vez Ethan no las detuvo.
La última imagen que vi fue su rostro pálido.
Creí que aquello terminaba allí.
Me equivocaba.
Apenas había llegado al vestíbulo cuando escuché pasos detrás de mí.

—Grace.
Seguí caminando.
—¡Grace!
Ethan apareció frente a mí.
—Necesitamos hablar.
—Nosotros dejamos de necesitar hablar hace dos meses.
—Esto cambia las cosas.
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.
—¿Qué cambia?
Señalé mi vientre.
—¿Esto?
Él guardó silencio.
—Cuando era solamente yo, podías abandonarme sin mirar atrás. Ahora que sabes que llevo un hijo tuyo, ¿de repente importo?
—No dije eso.
—Exactamente.
Pasé a su lado.
Entonces escuché una voz femenina.
—Ethan.
Me detuve.
Una mujer caminaba hacia nosotros.
Alta.
Elegante.
Hermosa.
Vestía un abrigo color crema y llevaba una carpeta médica contra el pecho.
La reconocí inmediatamente.
Vanessa Collins.
El nombre que Ethan había pronunciado aquellas noches en nuestra cama.
La mujer por quien yo había creído que terminó nuestro matrimonio.
Vanessa miró primero a Ethan.
Después a mí.
Finalmente, a mi vientre.
Su sonrisa desapareció.
—¿Grace está embarazada?
Ethan no respondió.
Vanessa palideció.
—Ethan, dime que ese bebé no es tuyo.
Sentí una extraña calma.
No quería presenciar aquello.
—Pueden resolver sus asuntos sin mí.
Di un paso.
Vanessa habló.
—Espera.
Me giré.
Sus ojos estaban llenos de una emoción que no esperaba.
No eran celos.
Era culpa.
—Grace, creo que estás entendiendo mal algo.
—No me interesa.
—Debería interesarte.
Ethan endureció la voz.
—Vanessa.
Ella lo ignoró.
—Yo no regresé para estar con Ethan.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Vanessa apretó la carpeta contra su pecho.
—Estoy casada.
Levantó la mano.
Solo entonces vi el anillo.
—Desde hace dos años.
Miré a Ethan.
Él apartó la vista.
Algo no encajaba.
—Entonces, ¿por qué estaba tu expediente con él?
Vanessa respiró profundamente.
—Porque el paciente no soy yo.
Abrió la carpeta.
Dentro había informes médicos.
—Es mi hermano.
Ethan dio un paso hacia ella.
—Basta.
—No.
Vanessa lo miró con rabia.
—Llevas demasiado tiempo dejando que ella crea una mentira.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué mentira?
Vanessa me miró directamente.
—Ethan no pidió el divorcio porque quisiera volver conmigo.
El vestíbulo pareció desaparecer.
—Entonces ¿por qué?
Vanessa abrió los labios.
Pero Ethan la interrumpió.
—No tienes derecho a contárselo.
—¿Y tú sí tenías derecho a destruirla sin explicaciones?
Por primera vez vi verdadero miedo en los ojos de Ethan.
No miedo de perder dinero.
Ni reputación.
Miedo de que yo descubriera algo.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Vanessa me entregó la carpeta.
Ethan intentó detenerla.
—Vanessa.
Ella retrocedió.
—Lee la segunda página.
Abrí el expediente.
Había términos médicos que no comprendía.
Resultados.
Fechas.
Pruebas genéticas.
Y una anotación marcada.
Miré a Vanessa.
—Esto pertenece a tu hermano.
—Sí.
—Entonces no entiendo.
Vanessa señaló una línea.
—Mira el apellido del donante compatible.
Mis ojos descendieron.
Y allí estaba.
SHAW.
Levanté lentamente la mirada.
Ethan parecía derrotado.
—¿Qué significa esto?
Vanessa respiró hondo.
—Mi hermano necesitaba un donante. Ethan resultó compatible porque nuestras familias comparten un vínculo biológico que él descubrió hace pocos meses.
—¿Qué vínculo?
Ella tardó demasiado en responder.
Ethan cerró los ojos.
—Vanessa, no.
Pero ella continuó.
—Ethan descubrió algo sobre su familia que hizo que creyera que nunca debía tener hijos.
Instintivamente protegí mi vientre.
—¿Qué estás diciendo?
Vanessa miró al bebé.
Su rostro perdió todo color.
—Grace, ¿te hicieron ya las pruebas genéticas prenatales?
Sentí un escalofrío.
—Todavía no.
Ethan abrió los ojos de golpe.
—¿No te las hicieron?
Negué.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.
Ethan Shaw, el hombre que nunca mostraba miedo, palideció como si acabaran de darle una sentencia.
Sacó su teléfono.
—Ryan, prepara el coche.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
Ethan me miró.
Toda aquella frialdad había desaparecido.
—Vamos a otro hospital.
—No voy contigo a ninguna parte.
—Grace, escúchame.
Se acercó, pero esta vez mantuvo distancia.
—Puedes odiarme. Puedes impedirme volver a verte. Puedes conseguir una orden para mantenerme lejos si quieres.
Su voz se quebró.
—Pero primero tenemos que saber una cosa.
Apreté la carpeta.
—¿Qué cosa?
Ethan miró mi vientre.
Después levantó los ojos hacia mí.
—Si nuestro bebé heredó la razón por la que me divorcié de ti.