—¿Qué cosa no sabe?
Al otro lado de la llamada, Sofía dejó de respirar durante unos segundos.
Después intentó reír.
—Nada. Solo… no quiero que Andrés piense que estoy creando problemas entre ustedes.
Casi admiré su rapidez.
Tres años interpretando a la mujer indefensa la habían convertido en una excelente actriz.
—Mañana, diez de la mañana —dije—. Mi abogado estará presente cuando retires tus pertenencias.
—Valeria, espera…
Colgué.
Una hora después, los faros del coche de Andrés iluminaron mi garaje.
Aparcó atravesado frente a la salida y bajó furioso.
—¿Hasta dónde piensas empujarla, Valeria?
Cerré tranquilamente la puerta de mi coche.
—¿Sofía te llamó?
—¡Está llorando! No puede entrar a su casa.
—Mi apartamento.
—¡Sabes perfectamente a qué me refiero!
—Sí. Ese ha sido precisamente el problema durante tres años. Todos llaman suyo a lo que pago yo.
Andrés se pasó una mano por el cabello.
—Solo necesita tiempo.
—Tuvo tres años.
—¡Está sola en esta ciudad! ¡Solo es una chica!
Abrí mi bolso.
Saqué la tarjeta bancaria donde la empresa depositaba el sueldo mensual de Andrés y se la puse contra el pecho.
—Si tanto te duele verla sufrir, entonces págale tú.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Apartamento, comida, taxis, cosméticos, restaurantes, tratamientos, ropa. Todo.
Señalé la tarjeta.
—A partir de ahora, tu compasión sale de tu bolsillo.
Su rostro cambió.
—Somos marido y mujer. Nuestro dinero es compartido.
—Curioso. Nunca dijiste eso cuando Sofía gastaba el mío.
Entré a casa y cerré la puerta.
A la mañana siguiente llegué a Las Acacias a las nueve y media.
Mi abogado ya estaba allí.
También había solicitado que el administrador del edificio estuviera presente y que todo el proceso quedara registrado por las cámaras de seguridad.
Sofía apareció diez minutos tarde.
Andrés venía con ella.
—Dije que podía venir ella —señalé.
—No voy a dejarla sola contigo —respondió Andrés.
Mi abogado intervino.
—El señor puede quedarse como acompañante mientras no interfiera.
Abrimos el apartamento.
Sofía entró primero.
Y entonces comprendí que algo estaba mal.
No miró sus maletas.
No fue hacia el dormitorio.
Corrió directamente hacia un pequeño escritorio junto a la ventana.
Abrió el primer cajón.
Vacío.
El segundo.
Vacío.
Su rostro perdió el color.

—¿Dónde está?
Andrés frunció el ceño.
—¿Dónde está qué?
Sofía se giró hacia mí.
—Mis documentos.
—Todo lo que encontramos está inventariado.
Mi abogado levantó una carpeta.
—Puede revisar la lista.
Ella comenzó a pasar las páginas desesperadamente.
—No… no está.
—¿Qué falta? —pregunté.
Sus dedos se detuvieron.
Entonces volvió a cometer el mismo error.
Miró a Andrés antes de responder.
—Nada importante.
Andrés ya no parecía enfadado.
Parecía desconcertado.
—Sofía, ¿qué estás buscando?
—Te dije que nada.
—Hace cinco minutos estabas llorando por entrar aquí y ahora ni siquiera estás empacando tu ropa.
Ella apretó la carpeta contra el pecho.
—Estoy nerviosa.
Yo caminé hacia el escritorio.
—Ayer encontré algo curioso.
Sofía palideció.
Saqué mi teléfono.
—Cuando pedí al administrador cancelar tu acceso, también solicité un registro de las personas que habían entrado al apartamento durante el último año.
Andrés me miró.
—¿Y?
Deslicé la pantalla.
—Sofía entró ciento ochenta y siete veces.
—Vivía aquí —respondió él.
—Tú entraste cuarenta y tres.
El silencio cayó de golpe.
Sofía cerró los ojos.
Andrés me miró fijamente.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
Le mostré la pantalla.
—Estoy leyendo un registro.
Había entradas de Andrés a las once de la noche.
A medianoche.
Incluso dos fines de semana en los que me había dicho que viajaba por trabajo.
—Eso puede explicarse —dijo rápidamente.
—Seguro.
No levanté la voz.
—Pero todavía no hemos llegado a la parte interesante.
Abrí otra imagen.
Era una fotografía tomada la noche anterior.
Cuando cambiaron las cerraduras, el cerrajero encontró una pequeña caja metálica detrás del cajón inferior del escritorio.
No la abrí.
La entregué directamente a mi abogado.
Sofía vio la fotografía.
Y retrocedió como si acabara de recibir una bofetada.
—Esa caja es mía.
—Entonces podrás reclamarla.
—Dámela.
—No.
—¡Valeria, dámela!
Andrés la miró sorprendido.
Jamás la había escuchado hablarme así.
La dulce Sofía había desaparecido.
—¿Qué hay dentro? —preguntó él.
—Cosas privadas.
—¿Qué cosas?
—¡No importa!
Mi abogado levantó una mano.
—La caja permanecerá bajo custodia hasta determinar a quién pertenece su contenido.
Sofía comenzó a respirar rápidamente.
Después se acercó a Andrés.
—Vámonos.
Él no se movió.
—Quiero saber qué hay ahí.
—Andrés…
—¿Qué estás escondiendo?
Por primera vez, la voz de mi esposo no salió en mi contra.
Sofía lo entendió también.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Ahora confías más en ella que en mí?
Ahí estaba otra vez.
La víctima.
Pero aquella mañana ya no funcionó.
Andrés extendió la mano.
—Abogado. Quiero ver esa caja.
—No tiene derecho a exigirlo.
—Entonces Sofía puede autorizarlo.
Todos la miramos.
Ella negó lentamente.
—No.
Andrés se quedó helado.
—¿Por qué?
—Porque son cosas de antes de que regresara a la ciudad.
Mentira.
Lo supe inmediatamente.
Y mi abogado también.
Sacó una pequeña bolsa transparente.
Dentro había un recibo.
—Encontramos esto debajo de la caja.
Leyó la fecha.
Era de hacía ocho meses.
Andrés dejó de mirar al abogado.
Miró a Sofía.
—Dijiste que era antiguo.
Ella no respondió.
Entonces ocurrió algo todavía peor.
Mi abogado recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos y me miró.
—Valeria, necesitamos hablar en privado.
—Puede decirlo aquí.
Dudó.
—Pedimos al banco revisar los pagos realizados desde su cuenta familiar porque usted sospechaba uso no autorizado.
Andrés frunció el ceño.
—¿Y qué encontraron?
Mi abogado abrió su tableta.
—Muchos de los gastos de la señorita Ríos no eran simples compras personales.
Colocó la pantalla frente a nosotros.
Transferencias mensuales.
Siempre cantidades distintas.
Siempre hacia la misma empresa.
—¿Qué empresa es esa? —preguntó Andrés.
Yo reconocí inmediatamente el nombre.
Me quedé inmóvil.
Era una sociedad que había intentado comprar una de mis boutiques seis meses antes.
Una negociación que fracasó porque alguien había conseguido información confidencial sobre nuestras cuentas, proveedores y márgenes.
Miré a Sofía.
Ella comenzó a retroceder.
—No sé nada de eso.
—Todavía no he dicho qué significa —respondí.
Su rostro se congeló.
Acababa de delatarse.
Mi abogado pasó a la siguiente página.
—Durante treinta meses, dinero procedente de la cuenta de la señora Valeria fue transferido indirectamente a esa sociedad.
Andrés se volvió hacia Sofía.
—¿Treinta meses?
Ella agarró su bolso.
—Necesito irme.
Intentó caminar hacia la puerta.
Pero Andrés se interpuso.
—No hasta que me digas qué está pasando.
—¡Quítate!
—¿Usaste nuestro dinero?
—¡Era dinero de ella!
El silencio fue absoluto.
Sofía comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
Andrés la miró como si estuviera viendo a una desconocida.
Mi abogado recibió entonces un mensaje.
Lo leyó.
Su expresión cambió.
—Acaban de identificar al propietario real de la sociedad que recibió las transferencias.
Sofía dejó caer el bolso.
Andrés preguntó:
—¿Quién?
Mi abogado levantó lentamente la mirada.
—No es Sofía.
Hizo una pausa.
—La empresa está registrada a nombre de alguien de su propia familia, señor Andrés.