PARTE 2: EL ÚLTIMO TRATO

El hombre me apartó de la ventana y cerró las hojas de golpe.

—¿Quién es usted?

—Sebastián Vale.

Reconocí el apellido.

Vale Holdings.

Una de las empresas que llevaba años enfrentándose a los Blake.

—¿Qué quiere de mí?

Sebastián dejó una carpeta sobre la cama.

—Evitar que muera creyendo una mentira.

Lo miré fijamente.

—El médico dijo que me quedan tres días.

—Ese médico trabaja para la fundación Blake.

Sentí un escalofrío.

Abrí la carpeta.

Había análisis.

Fechas.

Firmas.

Y un informe emitido por otro hospital.

—¿Qué significa esto?

—Que su estado es grave, pero ese diagnóstico de setenta y dos horas no está confirmado.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Entonces no voy a morir?

—No he dicho eso.

Sebastián señaló los documentos.

—Digo que alguien quería convencerla de que no tenía futuro.

Me quedé sin palabras.

—¿Por qué?

Sacó otra hoja.

Era un documento patrimonial firmado años atrás por mi abuelo.

Mi nombre aparecía repetidamente.

—Mientras usted permanecía en coma, su familia administraba temporalmente las acciones que heredó de su abuelo.

—¿Qué tiene que ver eso con la boda?

—Todo.

Sebastián me miró.

—Si usted fallecía sin modificar el fideicomiso, parte del control pasaba a su familia. Y mediante el matrimonio de Olivia con Adrian, los Blake obtenían influencia sobre esas acciones.

Sentí náuseas.

De repente comprendí por qué mi despertar había causado miedo.

Yo no había interrumpido solamente una boda.

Había regresado antes de que pudieran repartirse mi vida.

—¿Cuál es el trato?

—Salga conmigo de este hospital. La llevaré a una clínica independiente. Si los médicos confirman que realmente le quedan tres días, podrá decidir cómo utilizarlos.

Hizo una pausa.

—Pero si alguien manipuló su diagnóstico, tendrá tiempo para averiguar quién.

Miré la puerta custodiada.

—Adrian ordenó que no pudiera salir.

Sebastián casi sonrió.

—Adrian no dirige este hospital.

Diez minutos después, la puerta se abrió.

Entraron dos abogados y el director médico.

Los guardias desaparecieron.

Lucas llegó corriendo.

—¿Qué demonios haces?

Yo ya estaba en una silla de ruedas.

—Salir.

—¡No puedes!

—¿Por qué?

Se quedó callado.

—¿Porque estoy enferma?

Le mostré la carpeta.

—¿O porque todavía no he muerto?

Su rostro perdió el color.

Ahí tuve mi respuesta.

Me marché.

Mientras Adrian y Olivia intercambiaban votos, yo entraba en otro hospital.

Repitieron los análisis.

Revisaron mis imágenes.

Compararon los medicamentos administrados durante el coma.

Esperé durante horas.

Finalmente entró una especialista.

—Emma, hay complicaciones importantes derivadas del accidente y del tiempo que permaneció inconsciente.

Sebastián permaneció junto a la puerta.

—Pero no existe evidencia médica suficiente para afirmar que morirá dentro de tres días.

Comencé a llorar.

No porque estuviera curada.

No lo estaba.

Sino porque, por primera vez desde que desperté, alguien me había devuelto algo que mi familia ya había repartido entre ellos.

Tiempo.

Aquella misma noche firmé tres documentos.

Revoqué todas las autorizaciones financieras otorgadas durante mi incapacidad.

Suspendí a mi padre y a Lucas como administradores temporales.

Y ordené una auditoría completa.

La boda terminó a las nueve.

A las nueve y diecisiete, Adrian llamó.

No contesté.

A las nueve y veinte, Olivia.

Después mamá.

Papá.

Lucas.

A las diez apareció toda mi familia en el hospital.

Olivia todavía llevaba el vestido de novia.

—Emma, ¿qué hiciste?

La miré desde la cama.

—Felicidades por tu matrimonio.

Adrian avanzó.

—Nos dijeron que transferiste tus acciones.

—No.

Sonreí.

—Impedí que ustedes las tocaran.

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Esas empresas son patrimonio familiar!

—Entonces deberían haber recordado que yo también era familia.

Mi madre comenzó a llorar.

—Todo lo hicimos pensando en ti.

—¿También encerrarme?

Silencio.

—¿También ocultarme que Adrian y Olivia estaban juntos antes del accidente?

Olivia palideció.

—Emma…

—¿También decirme que iba a morir?

Nadie respondió.

Entonces Sebastián entró con el auditor.

Traía una caja.

—Encontramos algo más.

Mi padre cerró los ojos.

Sebastián colocó sobre la mesa varios estados de cuenta.

Durante mi coma habían vendido activos.

Transferido fondos.

Firmado contratos utilizando poderes temporales.

Pero había una operación especialmente extraña.

Una transferencia realizada apenas dos semanas después de mi accidente.

Beneficiaria:

Olivia Shaw.

Concepto:

Acuerdo de confidencialidad.

Miré a mi hermana.

—¿Qué estabas cobrando por callar?

—No sabes lo que estás diciendo.

El auditor sacó otro documento.

—El pago procedía de una empresa vinculada a Blake Holdings.

Adrian se volvió hacia Olivia.

—¿Qué significa esto?

Por primera vez, él parecía tan confundido como yo.

Olivia retrocedió.

—Emma iba a descubrirlo.

Mi padre gritó:

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

—¿Descubrir qué? —pregunté.

Olivia empezó a llorar.

—Que Adrian y yo estábamos juntos.

—Eso ya lo sé.

—No.

Negó con la cabeza.

—No era solo eso.

Miró a nuestro padre.

Y entonces entendí que Adrian tampoco conocía toda la verdad.

—El día del accidente —continuó Olivia—, Emma no debía estar en ese automóvil.

La habitación quedó inmóvil.

Un recuerdo atravesó mi mente.

Lluvia.

Un teléfono sonando.

Lucas pidiéndome que cambiara de asiento.

Mi padre insistiendo en que tomáramos aquella carretera.

—¿Qué quieres decir?

Olivia se cubrió la boca.

Mi padre avanzó hacia ella.

Sebastián se interpuso.

—Déjela hablar.

Olivia me miró.

—Papá había descubierto que tú querías revisar las cuentas del fideicomiso.

—Olivia.

—¡Ya basta, papá!

Se volvió hacia mí.

—Habían movido dinero durante años. Pensaban devolverlo antes de que lo notaras.

Mi madre se sentó como si las piernas hubieran dejado de sostenerla.

—El accidente no estaba planeado —dijo Olivia—. Pero después ocurrió…

Miré a mi padre.

—Y aprovecharon mi coma.

No respondió.

Eso fue peor que una confesión.

Adrian se quitó lentamente el anillo que acababa de ponerse.

Miró a Olivia.

—¿Sabías todo esto cuando aceptaste casarte conmigo?

Ella intentó tomarle la mano.

Él retrocedió.

Yo no sentí satisfacción.

Solo cansancio.

—Váyanse.

Mi madre levantó la cabeza.

—Emma, somos tu familia.

—No.

La miré.

—Fueron las personas que estuvieron alrededor de mi cama esperando que no despertara.

Tres días después seguía viva.

Después llegó el cuarto.

El quinto.

El décimo.

Mi recuperación fue lenta y el pronóstico siguió siendo serio, pero aquellas setenta y dos horas nunca fueron una sentencia real.

Adrian anuló rápidamente su relación con Olivia y trató de verme.

Nunca acepté.

No porque quisiera castigarlo.

Sino porque mientras yo dormía había tenido meses para elegir.

Y ya había elegido.

Mi familia enfrentó la investigación financiera y perdió todo control sobre mi patrimonio.

Yo regresé a estudiar meses después.

Más despacio.

Con cicatrices.

Con una vida completamente distinta.

Sebastián nunca volvió a hablarme de aquel “trato” hasta el día que regresé a la universidad.

—Me debes una cosa —dijo.

Lo miré.

—¿Qué?

—Vivir como si el tiempo fuera suyo.

Sonreí.

Porque finalmente lo era.

Había despertado creyendo que me quedaban tres días.

Y terminé descubriendo que el verdadero regalo no era haber sobrevivido al accidente.

Era haber despertado a tiempo para dejar de entregar mi vida a personas que ya habían decidido vivirla por mí.

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