PARTE 2: LA ENTREGA QUE LO DEJÓ SIN PALABRAS.

—Mamá…

Mi voz se quebró.

Ella me tomó la mano y sonrió con una tranquilidad que me resultaba incomprensible.

—Niem Niem, no llores. Algunas cuentas tardan muchos años en cerrarse, pero eso no significa que hayan sido olvidadas.

No entendí qué quería decir.

Mi padre, sentado delante, soltó una risa.

—Siempre hablando como si escondieras una gran fortuna.

Mamá no respondió.

Llegamos al Departamento de Asuntos Civiles.

Papá caminó delante de nosotras con pasos rápidos. Parecía un hombre veinte años más joven.

Cuando finalmente salieron con los certificados de divorcio, levantó el suyo y respiró profundamente.

—¡Libre!

Después miró a mamá.

—Espero que puedas mantenerte con tu pensión.

Sentí que la sangre me hervía.

Pero mamá volvió a detenerme.

—Déjalo.

Papá sonrió.

—Al menos sabes cuándo perder con dignidad.

Entonces mamá pronunció aquella extraña frase.

—En siete días, recuerda recibir la entrega.

Papá frunció el ceño.

—¿Qué entrega?

—Lo sabrás cuando llegue.

Él se rio.

—Después de cuarenta y cinco años todavía intentas hacerte la misteriosa.

Subió a su Mercedes y se marchó.

Yo acompañé a mamá hasta su pequeño apartamento.

Durante los siguientes días ocurrió algo todavía más extraño.

Mamá no estaba triste.

No lloraba.

No hablaba del divorcio.

Al contrario.

Fue a la peluquería.

Compró ropa nueva por primera vez en años.

Sacó de un armario una vieja caja llena de documentos y pasó una tarde entera organizándolos.

—¿Qué hay ahí? —pregunté.

—Recibos.

—¿De qué?

Mamá sonrió.

—De cuarenta y cinco años de vida.

No quiso explicar nada más.

Mientras tanto, papá parecía disfrutar de su nueva libertad.

Publicó fotografías jugando al golf.

Compró un reloj carísimo.

Organizó una cena de jubilación en un hotel de cinco estrellas.

Incluso llamó a varios familiares para contarles que el divorcio había sido “amistoso”.

Según él, mamá había entendido finalmente que cada uno debía quedarse con lo que había ganado.

Papá estaba convencido de que había protegido hasta el último yuan.

El séptimo día llegó un viernes.

A las nueve de la mañana recibí una llamada suya.

—Niem Niem, ¿tu madre envió algo?

—No lo sé.

—Hay un camión delante de mi casa.

Me incorporé inmediatamente.

—¿Un camión?

—Sí. Y hay varias personas descargando cajas.

Escuché voces al otro lado de la llamada.

Entonces papá gritó:

—¡Oigan! ¡Cuidado con eso!

Colgó.

Llamé a mamá.

—Mamá, llegó la entrega.

Ella estaba preparando té.

—Ya veo.

—¿Qué enviaste?

—Ven conmigo.

Llegamos media hora después.

Había un camión estacionado frente a la casa.

Sobre la acera se acumulaban cajas etiquetadas cuidadosamente.

Papá estaba furioso.

—¡Por fin llegas! ¿Qué significa esto?

Mamá observó las cajas.

—Son tus cosas.

—¡Esta es mi casa!

—Exactamente.

Señaló las cajas.

—Por eso estoy devolviendo todo lo que pagaste durante nuestro matrimonio.

Papá se quedó confundido.

Entonces mamá abrió la primera caja.

Dentro había carpetas.

Miles de recibos.

Facturas.

Transferencias.

Comprobantes bancarios.

Registros fechados desde hacía décadas.

—¿Qué basura es esta?

—Tu sistema de reparto.

Mamá sacó una libreta vieja.

—Durante cuarenta y cinco años dijiste que todo debía dividirse exactamente por la mitad.

Pasó una página.

—Así que hice exactamente lo que pediste.

Papá comenzó a reír.

—¿Pretendes cobrarme facturas antiguas?

—No.

Mamá negó con la cabeza.

—Pretendo demostrar quién pagó realmente esta vida.

Su sonrisa desapareció.

Por primera vez vi algo diferente en sus ojos.

No rabia.

No resentimiento.

Determinación.

Sacó una carpeta roja.

—Cuando compramos esta casa dijiste que yo no había puesto dinero porque la escritura quedó únicamente a tu nombre.

—Es verdad.

—No.

Abrió la carpeta.

—El pago inicial salió de una cuenta de mi padre.

Papá dejó de sonreír.

—Eso fue un regalo.

—Para mí.

Silencio.

—Tengo el documento firmado.

Papá tomó el papel.

Su rostro cambió mientras leía.

Mamá continuó.

—También pagué las reformas, los electrodomésticos y parte de las cuotas durante los primeros años.

Sacó otra carpeta.

—Todo está registrado.

—¿Y qué? —respondió papá—. Eso no significa que la casa sea tuya.

—Nunca dije que fuera mía.

Mamá volvió a sonreír.

—Dije que todavía faltaba la entrega.

En ese momento apareció un automóvil negro.

De él bajaron dos hombres y una mujer.

Todos llevaban portafolios.

Papá los reconoció inmediatamente.

—Director Chen…

El hombre mayor hizo una pequeña inclinación.

—Señor Zhou.

Papá me miró.

—Es el abogado de mi antigua empresa.

La mujer abrió su portafolio.

—Estamos aquí por instrucciones del consejo.

Mi padre cambió de expresión.

—Estoy jubilado. Si necesitan alguna firma, pueden enviármela.

—No necesitamos su firma.

Sacó un documento.

—Necesitamos su declaración.

El ambiente cambió por completo.

Papá cruzó los brazos.

—¿Declaración sobre qué?

El abogado Chen miró a mamá.

Después volvió hacia mi padre.

—Sobre determinados activos adquiridos durante sus cuarenta y cinco años de matrimonio.

Papá soltó una carcajada.

—Mis activos son legales.

—Eso tendremos que comprobarlo.

—¿Qué significa eso?

Mamá permanecía completamente tranquila.

El abogado abrió otra carpeta.

—Durante una revisión rutinaria relacionada con su jubilación aparecieron discrepancias entre sus ingresos declarados, ciertas participaciones empresariales y varios movimientos realizados a nombre de terceros.

Papá palideció ligeramente.

—No sé de qué habla.

—Por eso estamos aquí.

Entonces miró nuevamente a mamá.

—La señora proporcionó documentación que permitió reconstruir parte de esos movimientos.

Papá giró hacia ella.

—¿Tú?

—Cuarenta y cinco años —respondió mamá—. Viví contigo cuarenta y cinco años.

Se acercó un paso.

—¿De verdad pensabas que nunca veía nada?

Mi padre abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Pero todavía faltaba lo peor.

Mamá sacó de su bolso un sobre blanco.

Se lo entregó.

—Esta es la última parte de tu entrega.

Papá lo abrió violentamente.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Esto… esto no puede ser.

Me acerqué.

—¿Qué dice?

Él escondió los papeles contra el pecho.

—Nada.

—Déjala leer —dijo mamá.

Le arrebaté suavemente la primera hoja.

Había una lista de propiedades, inversiones y participaciones societarias que jamás había visto.

Al final aparecía una cifra enorme.

Levanté la mirada.

—Papá… ¿qué es todo esto?

No respondió.

El abogado Chen sí.

—Bienes cuya existencia aparentemente nunca fue comunicada durante el proceso de divorcio.

Papá miró desesperadamente a mamá.

—¡Tú firmaste! ¡Ya estamos divorciados!

—Sí.

—¡Entonces no puedes tocar mi dinero!

Mamá respiró profundamente.

—Ese fue siempre tu problema.

—¿Qué?

—Creíste que esto era por tu dinero.

Dio media vuelta y caminó hacia el automóvil.

Yo corrí detrás de ella.

—Mamá, espera. ¿Qué significa todo esto?

Antes de subir, me tomó de la mano.

—Significa que tu padre pasó cuarenta y cinco años contando cada yuan que gastaba conmigo.

Miró hacia él.

—Pero jamás se preguntó quién llevaba cuarenta y cinco años contando los suyos.

Entonces sonó el teléfono de papá.

Lo vi responder.

—¿Hola?

Su rostro se quedó completamente blanco.

—¿Cómo que congeladas?

Silencio.

—¡No pueden congelar esas cuentas!

El abogado Chen levantó lentamente la mirada.

Papá retrocedió un paso.

—¿Quién dio esa orden?

Escuchó la respuesta.

Y el teléfono casi se le cayó de la mano.

Mamá abrió la puerta del automóvil.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Ella sonrió.

—Llegó la segunda notificación.

Miré a papá.

—¿Qué notificación?

Mamá se detuvo antes de subir.

—La que le explicará por qué durante cuarenta y cinco años nunca necesité ni un centavo de sus cinco millones anuales.

Y por primera vez desde el divorcio, mi padre dejó de parecer un hombre libre y empezó a parecer un hombre que acababa de descubrir que no conocía en absoluto a la mujer con la que había compartido toda su vida.

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