PARTE 2: LA FAMILIA SECRETA QUE YA NO PODÍA OCULTAR.

La respiración de Zhou Kaiming empezó a acelerarse.

Pasó una fotografía.

Luego otra.

Y otra.

Cuanto más avanzaba, más pálido se volvía.

En una imagen sostenía al niño sobre los hombros mientras Bai Yue caminaba a su lado.

En otra, los tres soplaban las velas de un pastel.

La última fotografía había sido tomada apenas cuatro días antes.

Zhou Kaiming abrazaba a Bai Yue por la cintura mientras el pequeño los miraba sonriendo.

—Su Qing…

Su voz tembló.

—Puedo explicarlo.

—Entonces explica.

Me acomodé tranquilamente en el sofá.

—Estoy escuchando.

Abrió la boca.

Pero no salió ninguna palabra.

Sonreí.

—¿Ves? Ni siquiera tú puedes inventar una mentira suficientemente buena.

Zhou Kaiming arrojó las fotografías sobre la mesa.

—Bai Yue y yo nos conocíamos desde antes de nuestro matrimonio.

—Eso ya lo sé.

Se quedó paralizado.

—¿Lo sabes?

—Sigue leyendo.

Miró la carpeta como si debajo de aquellas páginas hubiera una bomba.

Finalmente pasó a la siguiente sección.

Allí estaban las transferencias bancarias.

Durante tres años había enviado dinero regularmente a Bai Yue.

El alquiler de su apartamento.

Las cuotas de un automóvil.

Una tarjeta de crédito adicional.

Los gastos de una guardería privada.

Incluso las facturas médicas del niño.

Más de dos millones en total.

—Ese dinero era mío —dijo rápidamente—. Nunca utilicé tus cuentas.

Solté una pequeña risa.

—Gracias.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque acabas de reconocer que las transferencias son tuyas.

Su rostro se endureció.

Por fin comprendió.

Desde que había entrado en aquella casa, yo no estaba discutiendo con él.

Estaba consiguiendo que admitiera cada cosa por sí mismo.

Se levantó de golpe.

—¿Me estás grabando?

No respondí.

Sus ojos recorrieron inmediatamente la habitación.

—¡Su Qing!

—Siéntate.

—¿Dónde está la grabadora?

—He dicho que te sientes.

Mi tranquilidad pareció asustarlo más que cualquier grito.

Durante cinco años había conocido a una esposa paciente.

Una mujer que preparaba la cena cuando él llegaba tarde.

Una mujer que nunca preguntaba demasiado por sus viajes.

Una mujer que sonreía frente a sus padres aunque él apenas le prestara atención.

Aquella mujer ya no existía.

Zhou Kaiming se sentó lentamente.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Miré el té.

—Desde hace tres días.

Parpadeó sorprendido.

—¿Tres días?

—Cuando Bai Yue respondió tu teléfono.

Pareció confundido.

—Entonces, ¿cómo conseguiste todo esto tan rápido?

Levanté los ojos.

—Porque después de aquella llamada hice algo que debí hacer hace mucho tiempo.

—¿Qué?

—Investigué a mi propio marido.

Su mandíbula se tensó.

—¿Contrataste a alguien para seguirme?

—No hizo falta demasiado esfuerzo. Fuiste bastante descuidado.

Empujé nuevamente la carpeta hacia él.

—Pero las fotografías tampoco son la parte importante.

Zhou Kaiming dejó de respirar por un instante.

Sus dedos avanzaron hasta la siguiente página.

Era una copia de un certificado.

Sus ojos se clavaron inmediatamente en la fecha.

Después en el nombre.

Después en otra línea.

Certificado de nacimiento.

El niño se llamaba Zhou Chen.

Tres años y cuatro meses.

Madre: Bai Yue.

Padre…

Zhou Kaiming cerró los ojos.

Su propio nombre aparecía claramente impreso.

—No es lo que piensas.

Esta vez realmente me reí.

—¿Qué parte exactamente?

Señalé el documento.

—¿El niño?

—¿Tu nombre?

—¿O el hecho de que nació durante nuestro matrimonio?

Golpeó la mesa con la palma.

—¡Fue un accidente!

Lo miré en silencio.

Quizá esperaba verme llorar.

En cambio, únicamente sentí una extraña sensación de alivio.

Durante años había pensado que nuestro matrimonio era frío porque yo no había hecho suficiente.

Había intentado ser más comprensiva.

Más paciente.

Menos exigente.

Ahora finalmente entendía la verdad.

Yo nunca había competido contra su trabajo. Había estado compartiendo marido con otra familia.

—Una aventura puede ser un accidente —dije—. Mantener una segunda familia durante tres años requiere planificación.

Zhou Kaiming bajó la voz.

—Nunca quise dejarte.

Aquella frase consiguió sorprenderme.

—¿Eso debería hacerme sentir mejor?

—Bai Yue no significa lo que crees.

—Tiene un hijo contigo.

—Yo tenía responsabilidades.

—También las tenías conmigo.

Se quedó callado.

Por primera vez, parecía no encontrar ninguna salida.

Entonces tomó el acuerdo de divorcio.

—No voy a firmarlo.

—No necesito que quieras hacerlo.

—Podemos arreglar esto.

—No.

—Su Qing, llevamos cinco años casados.

—Precisamente.

Me levanté.

—Te di cinco años.

Recogí mi taza.

—No pienso darte cinco minutos más.

Cuando pasé junto a él, Zhou Kaiming me sujetó de la muñeca.

Me detuve.

Miré primero su mano.

Después su rostro.

Me soltó inmediatamente.

—¿Qué quieres?

Su voz era apenas audible.

—¿Dinero?

No pude evitar sonreír.

Hasta el final seguía creyendo que todo tenía un precio.

—Quiero exactamente lo que dice el acuerdo.

—La casa, las inversiones conjuntas y una compensación.

—Eso no es todo.

Lo sabía.

Había llegado a la última cláusula.

Su expresión cambió.

—Quieres mis acciones.

—Quiero recuperar las acciones que pertenecían originalmente a mi familia.

Zhou Kaiming se levantó bruscamente.

—¡Esas acciones son mías!

—No.

Lo miré fijamente.

—Mi padre te permitió administrarlas después de nuestra boda.

—Me las transfirió.

—Con condiciones.

El silencio cayó sobre la habitación.

Por fin apareció verdadero miedo en sus ojos.

No miedo a perderme.

Miedo a perder aquello que había conseguido gracias a casarse conmigo.

—¿Qué condiciones? —preguntó.

Saqué un segundo sobre del cajón.

Lo coloqué frente a él.

—La cláusula que nunca te molestaste en leer.

Zhou Kaiming rompió el sobre.

Dentro había una copia del acuerdo firmado cinco años atrás entre él y mi padre.

Buscó desesperadamente entre las páginas.

Hasta encontrarla.

Su rostro quedó blanco.

La cláusula establecía que, en caso de que el matrimonio terminara por una relación extramatrimonial demostrable de Zhou Kaiming, las participaciones transferidas regresarían al fideicomiso de la familia Su.

El paquete representaba el treinta y dos por ciento de la compañía que él dirigía.

Suficiente para cambiar quién controlaba el consejo.

—Esto no puede ejecutarse —murmuró.

—Mis abogados opinan diferente.

Levantó la cabeza de golpe.

—¿Tus abogados?

Sonreí.

—¿Creías que preparé todo esto sola en tres días?

Su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Era su asistente.

Contestó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

No pude escuchar las palabras del otro lado.

Pero vi cómo cambiaba su rostro.

—¿Qué reunión?

Silencio.

—¡Soy el presidente! ¡Nadie puede convocar al consejo sin avisarme!

La voz del asistente continuó.

Zhou Kaiming me miró.

Esta vez no había arrogancia en sus ojos.

Solo incredulidad.

—¿Qué hiciste?

Tomé tranquilamente mi taza.

—Te dije que había preparado un regalo.

Su teléfono vibró nuevamente.

Luego otra vez.

Mensajes.

Llamadas.

Notificaciones.

El mundo que había construido utilizando el respaldo de mi familia comenzaba a moverse bajo sus pies.

Entonces sonó el timbre.

Zhou Kaiming miró hacia la puerta.

—¿Esperas a alguien?

—Sí.

Caminé hasta el recibidor.

Cuando abrí, Bai Yue estaba allí.

Pero no venía sola.

Sujetaba al pequeño Zhou Chen de una mano y, con la otra, sostenía una carpeta idéntica a la que yo había colocado sobre la mesa.

Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.

Al verme, tragó saliva.

—Señora Su…

Zhou Kaiming apareció detrás de mí.

—¡Bai Yue! ¿Qué haces aquí?

Ella lo miró.

Y en lugar de correr hacia él, retrocedió.

Después me entregó la carpeta.

—Perdóneme.

Sus manos temblaban.

—Pero usted necesita saber esto antes de divorciarse.

Zhou Kaiming palideció.

—Bai Yue, cállate.

Ella abrió la carpeta.

Sacó una prueba de ADN.

Y dijo algo que consiguió borrar de mi rostro hasta la última sonrisa.

—Zhou Kaiming no es el padre de mi hijo. Pero lleva tres años pagándome para que todos crean que sí.

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