PARTE 2: LA HIJA QUE QUISIERON BORRAR.

Desbloqueé el teléfono de Rosa y lo dejé sobre la mesa.

—Aquí está la respuesta.

El rostro de Esteban Salazar cambió.

—Dame ese teléfono.

Extendió la mano.

Lo retiré antes de que pudiera tocarlo.

—Curioso. Hace dos minutos ni siquiera sabías qué había dentro.

Nicolás sonrió apenas.

Teresa, en cambio, parecía haber dejado de respirar.

Camila fue la primera en reaccionar.

—Seguro que esa mujer inventó todo para sacar dinero.

La miré.

—Esa mujer era tu madre.

El color desapareció de su rostro.

—¡Mi madre es Teresa!

—No biológicamente.

Teresa golpeó la mesa.

—¡Basta!

Elena Ferrer levantó lentamente la mirada.

—En mi casa, Teresa, la única persona que decide cuándo termina una conversación soy yo.

El silencio fue inmediato.

Deslicé el dedo por la pantalla.

Había cientos de mensajes entre Rosa y un número guardado únicamente con una letra.

“M”.

Mateo.

Abrí uno.

No necesité leerlo completo.

Las primeras líneas bastaban.

Rosa exigía más dinero a cambio de seguir ocultando que la hija criada por los Salazar no era la verdadera heredera.

Esteban se puso de pie.

—Eso puede falsificarse.

—También hay audios.

Ahora sí vi miedo.

Camila miró a su padre.

—¿Tú sabías?

Esteban no respondió.

—Papá.

—Cállate, Camila.

Aquella respuesta fue suficiente.

Nicolás tomó asiento frente a mí.

—¿Desde cuándo sabía Mateo la verdad?

—Al menos cinco años.

—Siete —corrigió Elena.

Todos la miramos.

La anciana apoyó ambas manos sobre su bastón.

—Hace siete años contraté una investigación privada.

Teresa se levantó de golpe.

—¿Nos investigaste?

—Investigamos a cualquier familia que pretenda unirse a los Ferrer.

Sus ojos se clavaron en Esteban.

—Descubrimos pagos sospechosos. No sabíamos para qué eran.

Nicolás señaló la fotografía.

—Hasta ahora.

Camila comenzó a llorar.

—Yo no sabía nada.

La observé.

Por primera vez, su miedo parecía auténtico.

Pero no sentí lástima.

Ella había disfrutado de una vida robada sin conocer el crimen.

Eso no la convertía en culpable.

Lo que hiciera después de conocer la verdad sí lo haría.

Esteban rodeó la mesa.

—Valeria, ven conmigo.

—No.

—Tenemos asuntos familiares que resolver.

Nicolás apoyó el bastón delante de él.

El gesto fue tranquilo.

La amenaza no.

—Ella no quiere acompañarlo.

Esteban lo miró con furia.

—Esto no te incumbe.

—Pretenden casarla conmigo dentro de unas semanas. Diría que me incumbe bastante.

—Ese compromiso puede cancelarse.

Nicolás sonrió.

—Por supuesto.

Miró hacia Camila.

—Entonces recuperemos el acuerdo original y que Camila se case conmigo.

Camila palideció.

Teresa reaccionó inmediatamente.

—¡No!

La palabra salió demasiado rápido.

Demasiado desesperada.

Nicolás ladeó la cabeza.

—Interesante.

Elena golpeó una vez el suelo con su bastón.

—Yo también quisiera escuchar la explicación.

Teresa abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Entonces comprendí algo.

Aquella familia no me había recuperado porque lamentara haber perdido a su hija.

Me había recuperado porque necesitaba un cuerpo con el apellido correcto para cumplir un acuerdo que no querían imponerle a Camila.

—¿Qué obtienen con este matrimonio? —pregunté.

Nadie contestó.

Miré a Nicolás.

—¿Tú lo sabes?

—Parte.

—Dímela.

Esteban intervino.

—No tienes derecho a exigir nada.

Solté una pequeña risa.

—Me robaron veinte años, ocultaron mi identidad y ahora quieren venderme. Creo que puedo hacer algunas preguntas.

Nicolás sacó una carpeta.

La dejó frente a mí.

—Hace veintidós años, los Salazar pidieron un préstamo enorme a mi familia.

Esteban cerró los puños.

—Nicolás.

Él continuó.

—Como garantía ofrecieron acciones de Salazar Biotech.

Abrí la carpeta.

Había contratos, firmas y porcentajes.

—El préstamo nunca fue pagado completamente.

—¿Y el matrimonio?

Nicolás señaló una cláusula.

—El acuerdo establecía que una hija biológica de Esteban Salazar podía casarse con el heredero principal de los Ferrer y convertir parte de aquella deuda en una alianza familiar.

Miré a Camila.

Ella retrocedió.

Ya entendía.

—Pero Camila no es hija biológica de Esteban.

—Exactamente.

Levanté los ojos hacia mi padre.

—Por eso me trajiste.

Esteban no negó nada.

Teresa comenzó a llorar.

—Queríamos proteger a Camila.

Aquellas palabras me hicieron reír.

—¿Protegerla de qué?

Señalé a Nicolás.

—¿De él?

Nicolás no pareció ofendido.

—Esa sería la versión conveniente.

—¿Cuál es la verdadera?

Sus ojos se endurecieron.

—Que alguien lleva años intentando convencer a todos de que estoy incapacitado para dirigir mi familia.

Miré su bastón.

La cicatriz.

Los rumores.

—El accidente.

—No fue un accidente.

Elena cerró los ojos.

Teresa se quedó inmóvil.

Nicolás continuó.

—Mi vehículo fue manipulado.

El ambiente cambió.

—¿Y sospechas de los Salazar?

—No sospecho.

Sacó otra fotografía.

La deslizó hacia mí.

Mostraba a Mateo hablando con un hombre frente a un taller mecánico.

Reconocí a Mateo inmediatamente.

—¿Quién es el otro?

—El mecánico que revisó mi automóvil la noche anterior al accidente.

Esteban tomó la fotografía y la rompió.

—¡Esto es una locura!

Nicolás ni siquiera parpadeó.

—Tengo copias.

Elena miró a Esteban con una frialdad aterradora.

—Creo que esta cena ha terminado.

Los Salazar se levantaron.

Teresa agarró a Camila.

Antes de salir, Esteban se volvió hacia mí.

—Vienes con nosotros.

—No.

—Eres mi hija.

—Eso no te dio importancia durante veinte años.

Su rostro se endureció.

—Si no regresas esta noche, no vuelvas jamás.

Me encogí de hombros.

—Perfecto.

Camila me miró como si no pudiera comprender cómo rechazaba una mansión, dinero y apellido.

Ella todavía no entendía algo.

Quien ha sobrevivido sin nada no puede ser controlado amenazándolo con quitarle lujos.

Los Salazar se marcharon.

Cuando la puerta se cerró, Elena ordenó a los empleados abandonar el comedor.

Quedamos solo Nicolás, ella y yo.

—Ahora —dije— quiero saber por qué me reconociste cuando entraste.

Nicolás dejó de sonreír.

Había esperado esa pregunta.

—Porque ya te había visto.

—Nunca nos conocimos.

—Tú no me viste a mí.

Metió una mano dentro de su chaqueta y sacó una fotografía vieja.

La colocó frente a mí.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Yo aparecía saliendo del matadero.

La fotografía tenía cuatro años.

—¿Me vigilabas?

—No.

—Entonces explícate.

Nicolás respiró lentamente.

—Estaba buscando a la persona que aparecía contigo.

Miré nuevamente la imagen.

Detrás de mí, parcialmente oculto por un camión, había un hombre.

No recordaba haberlo visto.

—¿Quién es?

Elena respondió.

—El investigador que descubrió quién eras realmente.

Levanté la cabeza.

—¿Qué le pasó?

Nicolás permaneció en silencio unos segundos.

—Desapareció tres días después de tomar esa fotografía.

Sentí un escalofrío.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo contenía una fotografía.

Era mi antiguo apartamento.

La puerta estaba abierta.

La urna de Rosa había desaparecido.

Debajo había una frase.

“TU MADRE NO SE LLEVÓ EL SECRETO MÁS IMPORTANTE A LA TUMBA.”

Llegó un segundo mensaje.

Esta vez era un video.

La imagen mostraba una habitación oscura y una silla.

Sobre ella estaba la urna.

Y junto a la urna, alguien había colocado una carpeta con mi nombre de nacimiento.

VALERIA SALAZAR.

Nicolás se levantó.

—No abras el siguiente archivo.

Lo miré.

—¿Por qué?

Su expresión había cambiado por completo.

Ya no parecía el hombre frío que todos temían.

Parecía alguien que sabía exactamente lo que estaba a punto de aparecer.

El teléfono vibró por tercera vez.

Llegó una grabación de Rosa fechada dos días antes de su muerte.

Presioné reproducir.

La voz de la mujer que me había criado llenó el comedor.

—Valeria, si estás escuchando esto, significa que descubriste el intercambio. Pero hay algo que Mateo nunca supo.

La grabación quedó en silencio durante tres segundos.

Después Rosa pronunció una frase que hizo que Nicolás cerrara los ojos.

—Los Salazar no te robaron solamente porque querían a Camila en tu lugar. Te hicieron desaparecer porque, si algún día recuperabas tu verdadero nombre, toda la fortuna Salazar pasaría legalmente a tus manos.

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