PARTE 2: LA INVITADA QUE NADIE ESPERABA.

—Señorita Valeria, si se marcha ahora, tendré que cancelar el anuncio principal de esta noche.

Sentí que el aire desaparecía del salón.

Mi mano seguía sobre el botón de mi abrigo.

Sebastián giró lentamente hacia su padre.

—¿Qué acabas de decir?

El dueño del casino, don Alejandro Ferrer, no respondió de inmediato.

Caminó entre las mesas mientras cientos de ojos seguían cada uno de sus pasos.

Cuando llegó frente a nosotros, miró primero el gafete roto que sobresalía de mi bolsillo.

Después observó a su hijo.

—¿Tú hiciste eso?

Sebastián intentó sonreír.

—Papá, estás sacando esto de contexto. Solo estaba recordándole cuál es su lugar.

Alejandro endureció la mirada.

—Precisamente por eso te lo pregunto.

Mi madre intervino.

—Señor Ferrer, no fue nada grave. Valeria siempre ha sido demasiado sensible.

La miré.

Durante años había escuchado aquella frase.

Cuando trabajaba turnos dobles para ayudarla.

Cuando entregaba casi todo mi sueldo en casa.

Cuando me pedía dinero mientras me repetía que nunca llegaría demasiado lejos.

Siempre era yo la que exageraba.

Alejandro se volvió hacia ella.

—¿Y usted es?

Mi madre levantó la barbilla.

—Su madre.

El silencio se volvió todavía más incómodo.

—Entiendo —respondió Alejandro.

Luego hizo una seña al jefe de seguridad.

—Cierre las puertas del salón durante cinco minutos. Nadie entra ni sale.

Sebastián dio un paso hacia él.

—¿Estás loco? Hay inversionistas aquí.

—Lo sé perfectamente.

Alejandro tomó el micrófono del escenario.

—Damas y caballeros, les pido disculpas por esta interrupción. Sin embargo, parece que esta noche debemos resolver una confusión antes de continuar.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Yo sabía qué anuncio estaba previsto.

Lo que no sabía era que Alejandro pensaba hacerlo de aquella manera.

Se volvió hacia mí.

—Valeria, por favor, acompáñeme al escenario.

Sebastián soltó una risa.

—¿Para qué?

Su padre lo ignoró.

Caminé.

Cada paso parecía demasiado ruidoso.

Unos minutos antes, aquellas personas me habían visto cargando charolas.

Ahora me observaban subir las escaleras del escenario principal.

Alejandro esperó hasta que estuve a su lado.

—Durante los últimos dieciocho meses —comenzó—, este casino ha desarrollado en secreto un proyecto de expansión.

Una pantalla enorme se encendió detrás de nosotros.

Aparecieron imágenes de un complejo hotelero, restaurantes y un nuevo centro de convenciones.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Sebastián dejó de sonreír.

—El proyecto necesitaba algo más que dinero —continuó Alejandro—. Necesitábamos descubrir dónde perdíamos recursos, por qué nuestro personal abandonaba sus puestos y qué ocurría realmente cuando los directivos no estaban observando.

Mi madre me miró.

Por primera vez, parecía confundida.

Alejandro continuó.

—Hace un año contraté a una consultora externa para realizar una auditoría interna desde abajo.

Sebastián palideció.

—No…

Alejandro me entregó el micrófono.

No lo tomé inmediatamente.

—Diles —dijo.

Respiré hondo.

—Mi nombre es Valeria Montes.

Miré alrededor.

—Y sí, durante meses doblé servilletas, llevé hielo, limpié mesas y trabajé junto al personal.

Saqué el gafete roto.

—Pero este nunca fue mi verdadero cargo.

La pantalla cambió.

Apareció mi fotografía.

Debajo había una línea que hizo que varias personas se inclinaran hacia delante.

VALERIA MONTES. DIRECTORA DE EVALUACIÓN OPERATIVA DEL PROYECTO AURORA.

La copa de mi madre golpeó la mesa.

Sebastián me miró como si acabara de convertirme en otra persona.

—Eso es mentira.

Alejandro bajó del escenario y se plantó frente a él.

—Yo firmé su contrato.

Sebastián negó con la cabeza.

—¿La pusiste a espiarnos?

—La puse a observar cómo tratamos a las personas cuando creemos que no tienen poder.

Aquella frase recorrió el salón como una descarga.

Yo miré a los empleados.

Algunos sonreían discretamente.

Otros tenían los ojos húmedos.

Ellos sabían.

Habían vivido los insultos.

Los cambios arbitrarios de horario.

Las amenazas.

Las propinas desaparecidas.

Las humillaciones de Sebastián.

Yo lo había documentado todo.

Alejandro volvió al escenario.

—Esta noche debía anunciar que el consejo aprobó la expansión y que Valeria dirigiría la transición operativa.

Sebastián abrió los ojos.

—¿Ella?

—Ella.

—¡Yo soy tu hijo!

Alejandro lo miró con una tristeza que parecía mucho más profunda que la rabia.

—Y precisamente por eso te di demasiadas oportunidades.

Mi madre se acercó a mí.

—Valeria, cariño…

Aquella palabra me revolvió el estómago.

Hacía meses que no me llamaba así.

—No.

Se detuvo.

—Déjame explicarte.

—¿Explicarme qué?

Señalé sus aretes.

—¿De dónde salieron?

Instintivamente, llevó una mano hasta ellos.

Sebastián la miró.

Y entonces comprendí que acababa de tocar algo que ninguno de los dos quería discutir.

—Son míos —respondió ella rápidamente.

—Eso no pregunté.

Sebastián intervino.

—No tienes derecho a interrogarla.

Lo miré.

—Qué extraño que quieras protegerla tanto.

Mi madre palideció.

Alejandro también lo notó.

—¿Qué está ocurriendo?

Nadie respondió.

Entonces una mujer del departamento financiero se levantó entre los invitados.

—Señor Ferrer…

Llevaba una carpeta.

—Creo que yo puedo responder.

Sebastián se quedó completamente rígido.

—Siéntate, Laura.

Ella no obedeció.

—Esta tarde recibimos los resultados finales de la auditoría solicitada por la señorita Montes.

Subió al escenario y me entregó la carpeta.

—Encontramos pagos mensuales desde una cuenta discrecional autorizada por Sebastián.

Abrí la primera página.

Vi el nombre del beneficiario.

Sentí un frío profundo.

Era mi madre.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Laura tragó saliva.

—Diecisiete meses.

Miré a mamá.

—Me dijiste que no tenías dinero.

Ella bajó los ojos.

—Valeria…

—Me pediste que pagara tu alquiler.

Silencio.

—Me dijiste que debías medicinas, electricidad, comida.

Mi voz comenzó a quebrarse.

—Trabajé noches enteras porque pensé que estabas sobreviviendo.

Mi madre empezó a llorar.

Pero ya no sabía si aquellas lágrimas significaban algo.

Sebastián se acercó.

—Esto no tiene nada que ver con la gala.

Laura abrió otra sección del informe.

—Sí tiene.

Lo miró directamente.

—Porque los pagos no procedían de su salario.

Alejandro frunció el ceño.

—Entonces, ¿de dónde salían?

Laura tardó varios segundos en contestar.

—De cuentas vinculadas al fondo de expansión.

El rostro de Alejandro cambió.

Aquello ya no era una humillación familiar.

Era dinero empresarial.

Mucho dinero.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Todavía estamos calculándolo.

Sebastián retrocedió.

Dos guardias comenzaron a acercarse.

Mi madre agarró mi brazo.

—Valeria, escúchame. Yo puedo explicarlo.

Aparté su mano.

—Entonces empieza.

Ella miró a Sebastián.

Fue apenas un segundo.

Pero bastó.

Había miedo entre ellos.

Y no era miedo a que descubriéramos una aventura ni unos cuantos pagos escondidos.

Era algo más.

Laura pasó a la última página.

De pronto se quedó inmóvil.

—Señor Ferrer…

—¿Qué?

—Hay otra transferencia.

—¿A quién?

Laura me miró.

Su expresión hizo que mi estómago se cerrara.

—No es una transferencia hacia su madre.

Giró lentamente la carpeta para que Alejandro pudiera verla.

—Es una transferencia hecha por ella.

Mi madre dejó escapar un suspiro ahogado.

Alejandro leyó la cantidad.

Luego el destinatario.

Y levantó los ojos hacia mí.

—Valeria…

—¿Qué dice?

Nadie respondió.

Le arrebaté la hoja.

Cuando vi el nombre de la cuenta receptora, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Porque aquella cuenta estaba registrada a nombre de una persona que, según mi madre, había muerto cuando yo era niña.

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