A la mañana siguiente, Camila bajó al comedor sosteniendo el Rolex entre dos dedos.
—¡Diego! ¡Nos robaron!
Lety dejó caer el trapo que tenía en las manos.
Diego permaneció sentado detrás de sus gafas oscuras.
—¿Qué falta?
—Tu reloj de oro. El que te regaló tu padre.
Camila fingió vacilar.
—No quiero acusar a nadie, pero anoche Lety estuvo entrando y saliendo de tu habitación.
—Yo llevé sus medicinas —respondió ella.
—Entonces no tendrás problema con que revisemos tus cosas.
Camila subió directamente al pequeño cuarto de servicio.
Regresó treinta segundos después con el Rolex.
—Mira lo que encontré.
Lety palideció.
—Eso no estaba ahí.
—Claro.
Camila arrojó el reloj sobre la mesa.
—Ladrona.
Mateo corrió hacia Lety.
—¡No!
Santi empezó a llorar.
Camila agarró el teléfono.
—Voy a llamar a seguridad.
—No hace falta —dijo Diego.
Camila sonrió satisfecha.
—Sabía que confiarías en mí.
Diego se puso de pie.
Dejó el bastón contra la mesa.
Y caminó directamente hacia ella.
Sin tantear.
Sin tropezar.
Sin buscar obstáculos.
Camila dejó de respirar.
Diego se quitó lentamente las gafas.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Veo perfectamente.
El rostro de Camila se vació.
—¿Qué?
—También vi cómo metiste ese reloj en el bolsillo de tu vestido hace veinte minutos.
Lety se llevó una mano a la boca.
Camila retrocedió.
—Diego, puedo explicarlo.
—También vi cómo tratabas a mis hijos.
Otro paso.
—Te vi ignorarme cuando pensabas que estaba indefenso.
Otro.
—Y escuché tus planes para deshacerte de Mateo y Santi en cuanto controlaras mi dinero.
Camila empezó a temblar.
—¿Todo este tiempo…?
—Todo este tiempo.
Entonces sonó el timbre.
Era el notario.
Camila recuperó parte de su seguridad.
—Perfecto. Justamente él viene a formalizar el fideicomiso.
Diego sonrió.
—Sí.
El notario entró acompañado de una abogada.
Colocó varios documentos sobre la mesa.
Camila extendió la mano hacia ellos.
Diego los apartó.
—No son para ti.
—¿Entonces para quién?
—Para mis hijos.
La expresión de Camila cambió.
Diego había modificado la estructura patrimonial días antes.
El patrimonio destinado a Mateo y Santi quedaría protegido.
Camila no tendría control sobre él.
Ni ahora.
Ni mediante matrimonio.
—La boda queda cancelada —dijo Diego.
—¡No puedes hacerme esto!
—Acabas de intentar acusar falsamente de robo a una trabajadora inocente dentro de mi propia casa.
Camila perdió completamente la máscara.
—¡¿Vas a escoger a una sirvienta antes que a tu prometida?!
Diego iba a responder.
Pero Lety habló primero.
—No quiero su dinero, señorita.
Camila se volvió hacia ella.
—Entonces ¿qué quieres?
Lety miró a los gemelos.
Y comenzó a llorar.
—Que ellos estén bien.
Diego sintió algo extraño.
Durante seis meses había observado cómo aquella joven cuidaba a Mateo y Santi con una devoción que parecía ir mucho más allá de un empleo.
Nunca había entendido por qué.
Hasta que Lety metió la mano debajo de su uniforme y sacó una cadena.
De ella colgaba un pequeño medallón.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía antigua.
Diego la tomó.
Y se quedó inmóvil.
Reconoció inmediatamente a la mujer de la fotografía.
Lucía.
La madre de sus hijos.
Su esposa fallecida.
Pero junto a ella había una adolescente.
Era Lety.

—¿De dónde sacaste esto?
—Lucía era mi hermana.
El silencio cayó sobre la habitación.
Diego levantó la mirada.
—Eso es imposible.
Lety negó entre lágrimas.
—No teníamos el mismo apellido porque crecimos separadas.
Su madre había muerto cuando Lety era pequeña. Durante años, las hermanas apenas tuvieron contacto.
Cuando finalmente se reencontraron, Lucía ya estaba casada con Diego.
—Ella me ayudó a terminar la escuela —explicó Lety—. Me mandaba dinero sin que nadie supiera.
Diego miró nuevamente la fotografía.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
La voz de Lety se quebró.
—Porque la última vez que hablé con ella discutimos.
Antes de morir, Lucía había intentado convencerla de mudarse a Ciudad de México.
Lety se negó por orgullo.
Después llegó la noticia.
Ya era demasiado tarde.
—Cuando supe que necesitaban empleada y vi los nombres de Mateo y Santiago…
Miró a los pequeños.
—Solo quería conocerlos.
Mateo abrazó su pierna.
Lety rompió a llorar.
—Son lo único que me queda de mi hermana.
Diego tuvo que apartar la mirada.
Durante meses había creído que aquella muchacha cuidaba extraordinariamente bien a sus hijos porque era una buena empleada.
Ahora entendía por qué sabía la canción que calmaba a Santi.
Por qué conocía ciertas recetas que preparaba Lucía.
Por qué había llorado en silencio el primer cumpleaños de los gemelos que pasó en aquella casa.
No estaba cuidando a los hijos de su patrón.
Estaba cuidando a sus sobrinos.
Camila soltó una risa amarga.
—Qué conmovedor. ¿Ahora también resulta que la criada es familia?
Diego giró hacia ella.
—No.
Tomó a Mateo en brazos.
Después miró a Lety.
—Resulta que tú nunca lo fuiste.
Camila intentó acercarse.
—Diego, por favor.
Él llamó a seguridad.
Esta vez de verdad.
—Acompañen a la señorita Camila a recoger sus pertenencias.
—¡Cinco años! —gritó ella—. ¡Te di cinco años!
Diego la miró sin emoción.
—Y treinta días creyendo que yo no podía verte fueron suficientes para descubrir quién eras.
La puerta se cerró detrás de ella.
Meses después, Diego llevó a los gemelos al cementerio.
Lety fue con ellos.
Mateo dejó unas flores frente a la lápida de Lucía.
—Mamá tiene una hermana —dijo orgullosamente.
Santi corrigió:
—Nuestra tía.
Lety se cubrió la boca para contener las lágrimas.
Diego dejó el medallón sobre la lápida por un momento.
Había fingido perder la vista para descubrir quién lo amaba cuando ya no podía ofrecer seguridad ni poder.
Pero terminó descubriendo algo mucho más importante.
Camila había mirado su fortuna y había visto una oportunidad.
Lety había mirado a dos niños asustados y había visto lo único que realmente importaba.
Su familia.
Diego volvió a colocarse las gafas oscuras por última vez.
Mateo soltó una carcajada.
—Papá, ya no necesitas esas.
Diego sonrió.
—Tienes razón.
Se las quitó.
Y mientras caminaban juntos hacia la salida, comprendió la ironía.
Había tenido que fingir quedarse ciego para finalmente ver con claridad.