PARTE 2: LA NOVIA QUE DESAPARECIÓ

Mi padre tardó unos segundos en responder.

—¿Quieres que vaya por ti?

—No. Solo cancela todo. Y no le digas nada a Lu Jingchen.

Mi padre entendió inmediatamente.

—De acuerdo.

Colgué y regresé a la habitación como si nada hubiera ocurrido.

Durante los siguientes días seguí interpretando a la mujer que ellos creían haber convertido en una ingenua.

Lu Jingchen me llevaba medicamentos.

Yo fingía tomarlos.

Me preguntaba qué recordaba.

Yo inventaba recuerdos absurdos.

—Recuerdo que me compraste un collar de zafiros.

Sus ojos se suavizaban.

—Sí.

Mentira.

Había visto una fotografía de Su Mannin usando aquel collar.

—También recuerdo aquella cena junto al mar.

—Fue preciosa —respondía él.

Otra mentira.

Aquella noche había estado con ella.

Cada vez que confirmaba uno de esos falsos recuerdos, algo dentro de mí terminaba de morir.

Tres días antes de la boda ocurrió algo inesperado.

Su Mannin vino a verme.

Entró en mi habitación con una caja blanca.

—Jingchen me pidió que te trajera esto.

Dentro estaba mi velo.

El mismo que mi madre había encargado en Francia.

Lo acarició lentamente.

—Es precioso.

Después me miró.

—Espero poder usar algo así algún día.

Sonreí.

—Quizá antes de lo que imaginas.

No entendió.

Pero yo sí.

Porque esa misma mañana mi padre había cancelado legalmente el uso del recinto, los proveedores, los vehículos y todos los contratos pagados por nuestra familia.

Solo había dado una instrucción especial:

Que nadie informara a Lu Jingchen hasta el día de la boda.

La víspera de la ceremonia, él llegó a buscarme.

—Mañana será perfecto.

—¿Perfecto para quién?

Se quedó inmóvil.

Yo sonreí inmediatamente.

—Estoy bromeando.

Lu Jingchen relajó los hombros.

Me acarició el cabello.

—Después de casarnos dejaré que descanses. Ya no necesitarás tantos tratamientos.

Aquello confirmó lo último que necesitaba saber.

No pensaba detenerse porque estuviera arrepentido.

Pensaba detenerse porque, una vez casada con él, ya no necesitaba seguir manipulándome.

Esa noche preparé una sola maleta.

A la mañana siguiente, mientras Lu Jingchen se vestía para convertirse en mi esposo, yo ya iba camino al aeropuerto.

A las nueve comenzaron sus llamadas.

No respondí.

A las nueve y media llegó el primer mensaje.

“Wanyi, ¿dónde estás?”

Después:

“Todos están esperando.”

Luego:

“Deja de jugar y contesta.”

Sonreí.

Todavía creía que aquello era un berrinche.

Hasta que llegó al recinto.

Las puertas estaban cerradas.

No había flores.

No había músicos.

No había invitados de mi familia.

Ni siquiera estaba instalada la alfombra por la que pensaba hacer caminar primero a Su Mannin.

Mi padre había recuperado absolutamente todo.

Entonces Lu Jingchen me llamó treinta y siete veces.

En la llamada treinta y ocho contesté.

—Wanyi, ¿qué hiciste?

Su voz temblaba de furia.

—Cancelar mi boda.

Silencio.

—¿Por qué?

Miré por la ventanilla del automóvil.

—Porque recuperé la memoria.

No escuché nada durante varios segundos.

Después:

—¿Qué… recuerdas?

—Todo.

Su respiración cambió.

—El hospital.

Silencio.

—Los sedantes.

—Wanyi, puedo explicarlo.

—La hipnosis.

—Escúchame.

—Las joyas de Mannin que después me entregabas diciendo que las habías comprado para mí.

Su voz desapareció.

—Los viajes que nunca hice.

—Las citas que nunca tuvimos.

—Y también recuerdo que querías regalarle mi boda durante unas horas antes de casarte conmigo.

Entonces escuché algo romperse al otro lado.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde el hospital.

—Entonces aquel día…

—Sí.

Me reí suavemente.

—Nunca creí que hubiera subido contigo a aquella montaña.

Por primera vez, Lu Jingchen comprendió que la persona de la que todos se habían estado burlando era la única que conocía el chiste.

—Wanyi, vuelve.

—No.

—Enviaré a Mannin fuera.

—No hace falta.

—¡Entonces dime qué quieres!

Cerré los ojos.

Durante tantos años había querido exactamente eso.

Que me preguntara qué quería.

Qué necesitaba.

Qué podía hacer para no perderme.

Pero cuando finalmente ocurrió, ya no significaba nada.

—Quiero que seas feliz con ella.

Se quedó completamente callado.

—Le dijiste a tus amigos que le debías demasiado.

—Ahora puedes compensarla.

—Wanyi…

—Puedes darle un título.

—Puedes llevarla de viaje.

—Puedes comprarle todas las joyas que quieras.

Hice una pausa.

—Incluso puedes casarte con ella.

Su voz se quebró.

—¿Y nosotros?

Miré el aeropuerto acercándose.

—Nosotros solo existíamos mientras yo creyera tus mentiras.

Colgué.

Cuando Lu Jingchen llegó a casa de mis padres, yo ya había despegado rumbo a Francia.

Su Mannin fue con él.

Eso fue lo que terminó de destruirlo todo.

Porque delante de mi padre, Mannin afirmó que yo estaba reaccionando exageradamente.

Mi padre no discutió.

Simplemente puso sobre la mesa varios documentos.

Entre ellos estaban los registros médicos que había solicitado tras mi llamada.

Lu Jingchen palideció.

Mi padre había descubierto que aquel supuesto tratamiento nunca había sido autorizado por nuestra familia.

—Mi hija confiaba en usted —dijo—. Y usted convirtió esa confianza en una herramienta para controlarla.

Lu Jingchen intentó explicarse.

Mi padre únicamente señaló la puerta.

—No vuelva a acercarse a ella.

Mannin intentó sujetar a Lu Jingchen del brazo.

Él la apartó.

Y entonces, según me contó mi madre después, ella finalmente perdió la paciencia.

—¿Ahora me culpas?

—¡Tú dijiste que después de casarte con Jiang Wanyi seguiríamos juntos!

La habitación quedó en silencio.

Había dicho demasiado.

Lu Jingchen la miró como si quisiera hacerla desaparecer.

Pero ya era tarde.

Mi padre había escuchado todo.

También mi madre.

Y también el abogado familiar que estaba sentado en la habitación.

En Francia comencé de nuevo.

Sin recuerdos implantados.

Sin medicamentos que no necesitaba.

Sin despertarme preguntándome qué parte de mi propia vida era verdadera.

Meses después recibí una caja procedente de Haicheng.

Dentro estaban todas las joyas.

Encima había una carta de Lu Jingchen.

Solo leí la primera frase.

“Wanyi, ahora entiendo que la persona a la que siempre amé eras tú.”

Cerré la carta.

Por fin podía recordar perfectamente.

Precisamente por eso no necesitaba terminarla.

Entregué la caja para que la devolvieran.

Antes de cerrarla, añadí una nota.

Solo una frase:

“No vuelvas a intentar decirme qué debo recordar.”

Nunca regresé a aquella boda.

Nunca me casé con Lu Jingchen.

Y él finalmente descubrió la única verdad que ninguna hipnosis podía modificar:

Podía inventarme recuerdos de su amor.

Podía hacerme dudar de mi pasado.

Pero desde el momento en que recuperé el control de mi propia mente…

ya no podía obligarme a elegirlo para mi futuro.

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