PARTE 2: LA PERSONA QUE QUERÍA VERME MUERTA.

Guardé el teléfono antes de que Adrian o Sophia pudieran ver la fotografía.

Mi corazón latía con tanta fuerza que temí que ambos pudieran escucharlo.

—¿Ocurre algo? —preguntó Adrian.

Lo miré fingiendo desconcierto.

—No. Solo recibí un mensaje, pero no reconozco el número.

Adrian extendió la mano.

—Déjame verlo.

Sonreí con inocencia.

—¿También revisabas mi teléfono antes del accidente?

Su mano quedó suspendida.

Sophia apartó la mirada.

Aquella pequeña reacción me dio la respuesta.

—Estás cansada —dijo Adrian finalmente—. Deberías descansar.

—Buena idea.

Subí las escaleras sin apresurarme.

Sentía sus miradas clavadas en mi espalda.

Solo cuando cerré la puerta de mi antigua habitación pude volver a respirar.

Abrí nuevamente la fotografía.

El hombre junto a mi automóvil llevaba gorra y chaqueta oscura. Su rostro no podía distinguirse.

Pero había algo reconocible.

En su muñeca brillaba un reloj con una correa roja.

Amplié la imagen.

Había visto ese reloj antes.

No recordaba dónde.

Todavía.

Respondí al número desconocido.

«¿Quién eres?».

La contestación llegó casi inmediatamente.

«Alguien que cometió el error de guardar silencio».

Después apareció otro mensaje.

«No confíes en nadie hasta que encuentres la cámara del garaje».

Fruncí el ceño.

Nuestra mansión tenía cámaras exteriores, pero Adrian insistía en que las grabaciones se eliminaban automáticamente cada siete días.

Mi accidente había ocurrido hacía casi dos semanas.

Si alguien me estaba enviando aquello, significaba que existía una copia.

Entonces escuché pasos en el pasillo.

Guardé el teléfono debajo de la almohada.

La puerta se abrió.

Sophia entró sin llamar.

Todavía llevaba mi bata.

—Necesitamos hablar.

—¿Sobre qué?

Cerró la puerta.

—Sobre Adrian.

Tuve que contener una carcajada.

—¿Mi esposo?

—Tu exesposo, prácticamente.

Se acercó.

—Firmaste los documentos.

—Eso parece.

Sophia me estudió durante unos segundos.

—No pareces triste.

—No recuerdo haberlo amado.

Aquella respuesta la incomodó.

—Claro.

Se sentó frente a mí.

—Antes del accidente, tú y Adrian eran profundamente infelices.

—¿Y tú lo consolabas?

Su rostro se tensó.

—Nos enamoramos.

—Qué conveniente.

—No puedes juzgarnos por algo que ni siquiera recuerdas.

Casi admiré su descaro.

Entonces vi algo sobre la mesa.

Las llaves de Sophia.

Y colgando de ellas había un pequeño adorno metálico rojo.

Por un segundo pensé en el reloj de la fotografía.

Pero no.

Aquello no demostraba nada.

Necesitaba dejar de reaccionar emocionalmente.

Quien hubiera manipulado mi automóvil podía estar observándome.

Así que sonreí.

—No estoy enfadada, Sophia.

Ella parpadeó.

—¿No?

—Adrian me dio suficiente dinero para comenzar otra vida. Si ustedes se aman, pueden quedarse juntos.

La tensión desapareció de sus hombros.

Perfecto.

La gente habla demasiado cuando cree que ha ganado.

—Sabía que lo entenderías.

—Solo quiero recoger mis cosas y marcharme.

—Cuanto antes, mejor.

Aquello salió demasiado rápido.

Sophia lo comprendió inmediatamente.

—Quiero decir… será mejor para todos.

Asentí.

—Claro.

Cuando salió, esperé diez minutos.

Después bajé hacia el garaje.

La puerta estaba cerrada con código.

Introduje los cuatro números que había usado durante años.

Acceso denegado.

Adrian había cambiado la contraseña.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¿Buscas algo?

Me giré.

Era Daniel, nuestro jardinero.

Llevaba trabajando allí desde antes de mi matrimonio.

—Quería ver mi coche.

—La policía se lo llevó.

—No lo recuerdo.

Él me observó detenidamente.

Durante unos segundos ninguno habló.

Entonces dijo algo inesperado.

—Claro que sí.

Sentí un escalofrío.

—¿Perdón?

Daniel se acercó y bajó la voz.

—Señora Walker, usted siempre hace exactamente lo mismo cuando está mintiendo.

—¿Qué cosa?

—Aprieta el pulgar contra el anillo.

Miré mi mano.

Lo estaba haciendo.

Daniel sonrió apenas.

—Lo hacía cuando organizaba fiestas sorpresa para el señor Walker.

Mi cuerpo se tensó.

—Daniel…

—No se preocupe. No voy a decir nada.

Miró hacia las cámaras.

—Pero tampoco debería estar aquí.

—¿Fuiste tú quien me envió la fotografía?

Negó.

—No.

—¿Sabes quién fue?

Antes de responder, una puerta se cerró en el piso superior.

Daniel retrocedió.

—Busque a Marcus Hale.

—¿Quién?

—El antiguo jefe de seguridad.

Recordé el nombre inmediatamente.

Marcus había desaparecido de la mansión tres días antes de mi accidente.

Adrian me dijo que había renunciado.

—¿Dónde está?

Daniel deslizó discretamente un papel dentro de mi mano.

—Pregúntele por la copia de seguridad del garaje.

Después se alejó.

Guardé el papel justo cuando Adrian apareció.

—¿Qué haces aquí?

—Quería ver mi automóvil.

Su expresión cambió durante una fracción de segundo.

—Ya no está.

—¿Qué ocurrió exactamente durante mi accidente?

—Perdiste el control.

—¿Por qué?

—La carretera estaba mojada.

Mentía.

La noche de mi accidente no había llovido.

Lo recordaba perfectamente.

Pero sonreí.

—Supongo que tendrás razón.

Pasé junto a él.

Entonces vi su muñeca.

Reloj negro.

Sin correa roja.

No era Adrian quien aparecía en la fotografía.

Al menos no directamente.

Esa misma tarde salí de la mansión diciendo que necesitaba comprar ropa.

Tomé un taxi hasta la dirección escrita por Daniel.

Era un pequeño edificio de apartamentos a cuarenta minutos.

Marcus Hale abrió la puerta.

En cuanto me vio, palideció.

—Dios mío.

—Necesito saber qué ocurrió con mi automóvil.

Miró hacia el pasillo.

—Entre.

Su apartamento estaba lleno de cajas.

Parecía preparado para marcharse.

—Adrian me despidió porque encontré algo que no debía —dijo.

Sacó una computadora portátil.

—Dos semanas antes de su accidente, el señor Walker ordenó desconectar varias cámaras.

—¿Incluida la del garaje?

—Sí.

—Entonces no existe grabación.

Marcus negó.

—Adrian pensaba que no.

Abrió una carpeta.

—Las cámaras también almacenaban copias temporales en un servidor secundario.

Sentí que se me secaba la boca.

Marcus reprodujo el video.

La imagen mostraba mi automóvil estacionado.

La fecha era la mañana del accidente.

A las 6:14 apareció alguien.

Gorra.

Chaqueta.

Reloj de correa roja.

La misma persona de la fotografía.

Se agachó junto al vehículo durante varios minutos.

Después se levantó.

Y esta vez la cámara captó perfectamente su rostro.

Sentí que el mundo se detenía.

—No…

Marcus me miró.

—¿Lo conoce?

Claro que lo conocía.

Pero no era Adrian.

Era Thomas Bennett.

El hermano mayor de Sophia.

El hombre que llevaba años trabajando como director financiero de la empresa de Adrian.

—¿Por qué intentaría matarme?

Marcus cerró lentamente la computadora.

—Porque usted descubrió algo antes del accidente.

—¿Qué descubrí?

Sacó una memoria USB.

—Esto.

La conectó.

Aparecieron decenas de transferencias bancarias.

Millones de dólares movidos entre empresas que no reconocía.

—¿Qué significa?

—Que alguien estaba vaciando las cuentas corporativas.

Miré los nombres.

Thomas.

Sophia.

Varias sociedades fantasma.

Y entonces apareció otro nombre.

Claire Walker.

El mío.

—No entiendo.

—Estaban preparando todo para que pareciera que usted había robado el dinero.

Sentí náuseas.

Divorcio.

Accidente.

Amnesia.

Todo estaba conectado.

—¿Adrian sabía esto?

Marcus no respondió.

Antes de que pudiera insistir, escuchamos un ruido afuera.

Pasos.

Marcus apagó inmediatamente la pantalla.

—¿Le dijo a alguien que venía aquí?

—No.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

Entonces alguien golpeó tres veces.

Marcus miró por la mirilla.

Su rostro perdió el color.

—¿Quién es?

No respondió.

Solo retrocedió.

El teléfono vibró dentro de mi bolso.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

«Te advertí que no confiaras en nadie».

Llegó una fotografía.

Había sido tomada segundos antes.

Mostraba la entrada del edificio.

Y a mí entrando junto a Marcus.

Debajo apareció otra frase.

«Ahora saben que recuerdas».

En ese preciso instante, la cerradura de la puerta comenzó a girar desde afuera.

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