Parte 2: LA PROMETIDA QUE NADIE ESPERABA

—¿Tu prometida? —repetí.

Adrian no apartó la mirada de los hombres que llenaban el pasillo.

—Eso dije.

—Pero ni siquiera sabes mi segundo nombre.

—Rose.

Lo miré, desconcertada.

—¿Cómo…?

—Revisé la lista del personal cuando te encontré dormida en mi cama.

La anciana del bastón soltó una carcajada.

—Definitivamente es ella.

—Abuela —advirtió Adrian.

La mujer extendió una mano hacia mí.

—Isabella Moretti. Y antes de que preguntes, no, mi nieto no suele anunciar compromisos antes del desayuno.

Me levanté demasiado rápido.

—Señora Moretti, esto es un malentendido. Entré aquí buscando ropa de cama. Estaba agotada, me senté y me quedé dormida. Adrian llegó después. No ocurrió nada.

Isabella dejó de sonreír.

—Lo sé.

Aquella respuesta me confundió más que cualquier otra cosa.

Adrian se puso una camiseta y habló con uno de sus guardias.

—Cierra la finca. Nadie sale hasta descubrir quién filtró el nombre de Elena.

—¿Filtró mi nombre a quién?

El hombre pálido de la puerta respondió:

—A la junta directiva. Y a la prensa.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿La prensa?

Mi teléfono comenzó a vibrar sobre una mesa.

Diecisiete llamadas perdidas.

Treinta y nueve mensajes.

Abrí el primero.

Mi gerente.

“¿QUÉ DEMONIOS HICISTE?”

El siguiente era de una compañera.

“Hay fotógrafos frente a la entrada.”

Luego apareció una alerta de noticias.

ADRIAN MORETTI ROMPE AÑOS DE SILENCIO: UNA DESCONOCIDA ORGANIZADORA DE EVENTOS SERÍA SU PROMETIDA.

—Estoy despedida —murmuré.

Adrian tomó mi teléfono.

—No.

—Mi jefe acaba de llamarme catorce veces.

—Entonces probablemente está a punto de despedirte.

—Eso significa exactamente que estoy despedida.

—No si compro su compañía antes del almuerzo.

Lo miré horrorizada.

—¡No puedes solucionar todo comprándolo!

Isabella levantó una ceja.

—Por fin alguien se lo dice.

Adrian ignoró a su abuela.

—Elena, necesito que escuches. Hace seis meses alguien comenzó a adquirir acciones de empresas vinculadas a Moretti Holdings utilizando sociedades fantasma. La junta cree que pretenden forzarme a abandonar el cargo.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—Mi abuelo dejó una cláusula absurda en el fideicomiso familiar. Si anuncio formalmente un compromiso, determinadas acciones con derecho a voto quedan bloqueadas durante noventa días para impedir cambios de control mientras se reorganiza la sucesión.

Parpadeé.

—Así que acabas de usarme para congelar una guerra empresarial.

Su silencio fue suficiente.

Me quité su camisa y agarré mi chaqueta.

—Fantástico.

—Elena.

—No.

Me volví hacia él.

—Anoche mi mayor problema era un gerente que me hacía trabajar hasta que me sangraban los pies. Esta mañana tengo periodistas afuera y desconocidos investigando mi vida porque tú pronunciaste cuatro palabras.

Adrian endureció la mandíbula.

—Lo hice porque alguien ya sabía que estabas aquí.

—Entonces debiste preguntarme.

Pasé junto a él.

Nadie intentó detenerme.

Llegué hasta la escalera principal antes de escuchar una voz conocida.

—¡Elena!

Mi gerente, Martin Keller, apareció desde el salón.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Intentando salvar esta empresa después del desastre que provocaste.

Entonces vi al hombre que estaba detrás de él.

Traje azul oscuro.

Cabello plateado.

Una insignia de Moretti Holdings.

Adrian llegó a mi lado y se quedó inmóvil.

—Tío Vincent.

Vincent Moretti sonrió.

—Buenos días, sobrino.

Algo en el rostro de Adrian me hizo comprender inmediatamente que aquel hombre no debía estar allí.

—La finca está cerrada —dijo Adrian.

—Martin me dejó entrar.

Todos miramos a mi gerente.

Martin palideció.

Y entonces comprendí.

—Tú sabías dónde estaba anoche.

Martin tragó saliva.

—Elena…

—Tú me mandaste al ala oeste.

El recuerdo regresó de golpe.

Martin gritándome.

Ordenándome personalmente buscar las sábanas.

Indicándome aquella habitación.

No había terminado allí por accidente.

Adrian dio un paso hacia él.

—Habla.

Martin retrocedió.

—Me pagaron.

—¿Quién?

Vincent comenzó a aplaudir lentamente.

—Al menos la chica es más inteligente de lo que parece.

Isabella apareció detrás de nosotros.

—Vincent.

Su voz contenía hielo.

Él sonrió.

—Madre.

El primer giro me golpeó de lleno.

Vincent había pagado a Martin para colocarme deliberadamente en el dormitorio de Adrian.

—¿Por qué? —pregunté.

Vincent me observó como si fuera una pieza sobre un tablero.

—Porque necesitábamos un escándalo.

Adrian se tensó.

—Querías que pareciera que había llevado a una empleada a mi habitación.

—Un CEO multimillonario abusando de su posición sobre una trabajadora agotada. Titulares terribles. Una investigación interna. La junta habría exigido tu suspensión.

Martin bajó la cabeza.

—Solo tenía que asegurarme de que Elena entrara y después avisar a los fotógrafos.

Sentí náuseas.

—¿Y si Adrian me hubiera echado?

Vincent sonrió.

—Entonces habríamos inventado otra cosa.

Adrian llamó a seguridad.

—Retírenlos.

Pero Vincent no parecía preocupado.

—Hazlo y esta conversación llegará a todos los medios antes del mediodía.

—Adelante.

Vincent vaciló.

Adrian se acercó.

—Tu problema es que esperabas encontrarme avergonzado. En cambio, anuncié un compromiso. Las acciones quedaron congeladas en cuanto la junta recibió la notificación.

La sonrisa de Vincent desapareció.

Por primera vez entendí por qué todos temían a Adrian Moretti.

No levantó la voz.

No necesitaba hacerlo.

—Perdiste —dijo.

Vincent soltó una risa seca.

—¿Eso crees?

Sacó su teléfono.

—Pregúntale a tu prometida quién era su padre.

Me quedé inmóvil.

—Mi padre murió cuando yo tenía nueve años.

—Daniel Brooks —continuó Vincent—. Contador corporativo.

Adrian me miró.

—¿Trabajó para Moretti Holdings?

—No lo sé.

Vincent sonrió.

—Sí.

Isabella perdió el color.

—Cállate, Vincent.

—Daniel descubrió irregularidades financieras hace diecinueve años. Millones desviados mediante compañías fantasma. Preparó documentos para denunciarlas.

Sentí que apenas podía respirar.

—Mi madre dijo que murió en un accidente después de perder su empleo.

—Eso te dijeron.

—Vincent —repitió Isabella.

Esta vez fue Adrian quien miró a su abuela.

—¿Qué sabes?

La anciana cerró los ojos.

—Daniel Brooks trabajaba para nosotros.

El silencio fue brutal.

—Encontró pruebas de fraude —continuó—. Pero desaparecieron después de su muerte.

Miré a Adrian.

Todo había cambiado.

Yo no era simplemente una desconocida atrapada accidentalmente en una guerra empresarial.

Mi familia ya había estado conectada con los Moretti mucho antes de que yo entrara en aquella habitación.

Vincent aprovechó el impacto.

—Qué coincidencia que la hija de Daniel aparezca ahora en la cama del CEO.

—No fue coincidencia —dije.

Todos me miraron.

Mi mente regresó a la noche anterior.

Martin no solo me había enviado al dormitorio.

Había insistido en que llevara una caja de suministros desde el almacén.

Una caja que todavía estaba junto a la puerta.

Corrí escaleras arriba.

—¡Elena! —gritó Adrian.

Entré en la habitación y abrí la caja.

Manteles.

Fundas.

Sábanas.

Y debajo…

Una carpeta negra.

Adrian llegó detrás de mí.

—No la toques.

Pero ya habíamos visto la etiqueta.

MORETTI HOLDINGS — AUDITORÍA INTERNA.

Vincent apareció en el pasillo y su rostro cambió.

Ese fue su error.

Adrian lo vio.

—Llama a la policía —ordenó.

Vincent giró para marcharse.

Los guardias bloquearon el pasillo.

Dentro de la carpeta había documentos, transferencias y firmas.

Algunas eran recientes.

Otras tenían casi veinte años.

Y una aparecía repetidamente.

Vincent Moretti.

Martin comenzó a temblar.

—Yo no sabía qué contenía.

—¿Qué debía hacer con ella? —pregunté.

—Dejarla en el dormitorio. Después alguien llamaría anónimamente diciendo que Adrian guardaba documentos financieros robados.

Adrian abrió otra página.

Su expresión se endureció.

—No intentaban solamente sacarme de la empresa.

Isabella leyó por encima de su hombro.

—Dios mío.

Los documentos demostraban que Vincent llevaba décadas utilizando empresas fantasma.

El fraude que intentaba atribuirle a Adrian era la continuación del mismo esquema que mi padre había descubierto.

Horas después, Belladonna estaba llena de abogados, investigadores y agentes.

Martin confesó a cambio de cooperación.

Vincent fue escoltado fuera mientras cámaras esperaban tras las puertas.

Antes de subir al vehículo, me miró.

—Tu padre también creyó que podía enfrentarse a nosotros.

Adrian avanzó, pero yo lo detuve.

—No.

Miré directamente a Vincent.

—Mi padre estaba solo.

Señalé a los investigadores que cargaban cajas de documentos.

—Yo no.

Vincent dejó de sonreír.

Aquella tarde, Adrian y yo nos encontramos nuevamente en el dormitorio donde todo había empezado.

—La junta retirará cualquier acusación contra ti —dijo.

—¿Y mi trabajo?

—Martin fue despedido. Tu compañía abrirá una investigación independiente.

Suspiré.

—Entonces queda un problema.

—El compromiso.

—Exactamente.

Adrian sacó su teléfono.

—Puedo desmentirlo ahora mismo.

Lo estudié.

—¿Y las acciones?

—Encontramos suficiente evidencia contra Vincent. Ya no necesito la protección.

Aquello me sorprendió.

—¿Renunciarías a esa ventaja?

—Nunca debí convertirte en una estrategia sin tu permiso.

Por primera vez, el hombre que todos describían como despiadado parecía simplemente cansado.

—Lo siento, Elena.

Sonreí ligeramente.

—Esa probablemente sea la frase más cara que has pronunciado en tu vida.

Él casi sonrió.

Entonces apareció Isabella.

—Antes de cancelar nada, hay algo que deberían ver.

Nos entregó una carta amarillenta.

Era de mi padre.

Daniel Brooks había escrito a Isabella días antes de morir. Decía que confiaba en ella para proteger a su familia si algo salía mal.

Al final había una línea:

“Algún día Elena deberá saber que decir la verdad siempre cuesta algo, pero vivir bajo una mentira cuesta mucho más.”

Las lágrimas me nublaron los ojos.

Isabella tomó mi mano.

—Fallé a tu padre porque tuve miedo de destruir a mi propia familia. Lo siento.

—Entonces ayúdeme a terminar lo que él empezó.

Y lo hizo.

Tres meses después, Vincent enfrentaba cargos por fraude, conspiración y obstrucción. Martin declaró contra él. Las empresas fantasma fueron cerradas y las pruebas recuperadas limpiaron oficialmente el nombre de mi padre.

Yo no regresé a mi antiguo empleo.

Con la indemnización y varios clientes que me buscaron después del escándalo, fundé Brooks Events.

Mi primer gran contrato llegó de un cliente particularmente complicado.

Adrian Moretti.

Entró en mi oficina una mañana y dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—Necesito organizar un evento.

—¿Presupuesto?

—No importa.

—Respuesta incorrecta.

Suspiró.

—Sabía que dirías eso.

Abrí la carpeta.

No había contratos.

Solo una fotografía de Belladonna.

—¿Qué evento es este?

—Uno que esta vez quiero preguntarte antes de anunciar.

Levanté la mirada.

Adrian no hizo ningún gran discurso.

Simplemente dejó sobre la mesa el viejo comunicado que meses atrás había cambiado mi vida.

“ELENA BROOKS, PROMETIDA DE ADRIAN MORETTI.”

Debajo había escrito a mano:

“¿Tal vez algún día, pero solo si tú eliges?”

Me reí.

—Primero tendrás que invitarme a cenar.

—¿Eso es un sí?

—Eso es una oportunidad.

Y para un hombre acostumbrado a comprar edificios, controlar juntas directivas y mover millones con una llamada, descubrí que aquella era la única respuesta que realmente valoraba.

Porque esta vez Adrian Moretti no había decidido mi futuro por mí.

Me había dejado elegirlo.

Entré accidentalmente en su dormitorio siendo una empleada agotada cuyo nombre nadie conocía. Salí de aquella historia con mi propia empresa, la verdad sobre mi padre y una vida que finalmente me pertenecía.

Y el compromiso que comenzó como la mentira más peligrosa de Boston dejó de importar.

Porque lo que construimos después ya no necesitaba ninguna mentira.
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