—¿Jiang Wan?
Aquella voz hizo que todo mi cuerpo se congelara.
Cinco años.
Habían pasado cinco años, pero todavía podía reconocerla entre miles.
Me giré lentamente.
A pocos metros, junto a un Maybach negro, estaba Tham Duc Bach.
Seguía siendo alto, impecable, distante. El tiempo apenas había cambiado sus facciones, pero había endurecido algo en sus ojos.
Nos miramos.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Hasta que Tieu Du tiró de mi mano.
—Mamá, el helado se está derritiendo.
Vi cómo la mirada de Duc Bach descendía hacia el niño.
Y su expresión cambió.
Primero confusión.
Después incredulidad.
Porque Tieu Du tenía prácticamente su misma cara.
La misma nariz.
Los mismos ojos oscuros.
Incluso aquella pequeña arruga entre las cejas cuando algo no le gustaba.
—¿Quién es este niño?
Su pregunta salió demasiado rápido.
Instintivamente puse a Tieu Du detrás de mí.
—Mi hijo.
Los ojos de Duc Bach se clavaron en mí.
—¿Cuántos años tiene?
Sentí frío en las manos.
—Eso no tiene nada que ver contigo.
Intenté marcharme.
Él dio un paso y bloqueó mi camino.
—Jiang Wan.
—Apártate.
—Te pregunté cuántos años tiene.
Tieu Du asomó la cabeza desde detrás de mí.
—Señor, mi mamá dijo que se aparte.
Duc Bach bajó la mirada.
El pequeño levantó la barbilla con expresión seria.
Era como contemplar una versión diminuta de sí mismo.
Vi los dedos de Duc Bach tensarse.
—¿Cómo te llamas?
—Giang Du.
—Tieu Du —intervine—. Vamos.
Lo tomé de la mano.
Esta vez Duc Bach no me detuvo.
Pero sentí su mirada sobre nosotros hasta que entramos al edificio.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, mis piernas perdieron fuerza.
—Mamá.
Tieu Du me observó preocupado.
—¿Conoces a ese tío?
—Lo conocí hace mucho tiempo.
—¿Es malo?
Me quedé callada.
¿Cómo podía explicarle que aquel hombre era su padre?
—No importa. No volveremos a verlo.
Pero me equivocaba.
Porque aquella misma noche, mientras ayudaba a Nhu Nhu a tomar su medicina, llamaron a la puerta.
Nhu Nhu estaba sentada sobre el sofá con su pijama amarillo, pálida y pequeña.
—Mamá, ¿quién es?
—No lo sé.
Abrí.
Y mi corazón cayó al vacío.
Duc Bach estaba allí.
—Tenemos que hablar.
Intenté cerrar.
Su mano detuvo la puerta.
—¿Giang Du es mi hijo?
—No.
Respondí demasiado rápido.
Sus ojos se oscurecieron.
—Mírame y vuelve a decirlo.
—No eres nadie para venir aquí interrogándome.

Entonces apareció Tieu Du.
—Mamá…
Duc Bach lo miró.
Pero un segundo después apareció otra vocecita.
—Hermano, quiero agua.
Nhu Nhu salió lentamente de la sala.
Duc Bach quedó inmóvil.
Su rostro perdió todo color.
Porque si Tieu Du se parecía a él…
Nhu Nhu se parecía a mí.
Dos niños.
De aproximadamente la misma edad.
Duc Bach me miró.
—¿Son gemelos?
No respondí.
Y mi silencio lo confirmó.
Entró un paso.
—Jiang Wan, explícame esto.
Algo que había mantenido enterrado durante cinco años explotó dentro de mí.
—¿Explicarte qué?
Mi voz tembló.
—¿Quieres que te explique que aquella mañana frente al departamento de asuntos civiles no estaba fingiendo? ¿Que vomitaba porque estaba embarazada?
Su expresión se quebró.
—¿Qué?
—Estaba embarazada de seis semanas.
Duc Bach retrocedió como si acabara de recibir un golpe.
—¿Por qué no me dijiste?
Me reí amargamente.
—¿Decirte qué? ¿Después de escuchar “me das asco”? ¿Después de acusarme de utilizar cualquier cosa para retenerte?
—Yo no sabía…
—Exactamente.
Lo miré directamente.
—Nunca quisiste saber.
El silencio se volvió insoportable.
Duc Bach miró nuevamente a los niños.
Tieu Du se había colocado delante de su hermana como protegiéndola.
—Mamá, ¿quién es?
Respiré profundamente.
—Alguien del pasado.
Duc Bach cerró los ojos un instante.
—Soy su padre.
—¡No!
Mi voz resonó por el pasillo.
Los dos niños se sobresaltaron.
Me agaché inmediatamente.
—Tieu Du, lleva a tu hermana dentro.
El pequeño dudó.
—Pero…
—Hazme caso.
Tomó cuidadosamente la mano de Nhu Nhu.
Cuando desaparecieron, cerré parcialmente la puerta detrás de mí.
Duc Bach estaba pálido.
—Cinco años —murmuró—. Tengo dos hijos desde hace cinco años y nunca lo supe.
—Ellos no necesitan nada de ti.
—Eso no puedes decidirlo sola.
Lo miré incrédula.
—¿Ahora quieres hablarme de derechos?
—Soy su padre.
—Biológicamente.
Aquella palabra lo hirió.
Lo vi claramente.
—Jiang Wan, quiero hacerles una prueba de ADN.
Sonreí con frialdad.
—Haz lo que quieras. El resultado no cambiará los últimos cinco años.
Su teléfono comenzó a sonar.
No respondió.
—Quiero conocerlos.
—No.
—Puedo compensarlos.
Aquello terminó de romper mi paciencia.
—¿Compensarlos?
Abrí más la puerta y señalé el interior.
—Cuando Tieu Du nació prematuramente y pasó semanas en observación, ¿dónde estabas?
Duc Bach palideció.
—Cuando yo trabajaba de madrugada porque no podía pagar una niñera, ¿dónde estabas?
—Jiang Wan…
—Cuando Nhu Nhu empezó a enfermar, ¿dónde estabas?
Se quedó inmóvil.
Sus ojos fueron inmediatamente hacia la sala.
—¿Enfermar?
Me arrepentí en cuanto lo dije.
—No es asunto tuyo.
Pero Duc Bach ya había captado algo.
—¿Qué tiene Nhu Nhu?
—Vete.
—Jiang Wan.
—¡He dicho que te vayas!
Por primera vez, vi verdadero miedo en los ojos de aquel hombre.
No miedo a perder dinero.
Ni reputación.
Miedo por una hija que acababa de descubrir que existía.
—¿Está grave?
No respondí.
Y esa fue mi segunda equivocación.
Porque Duc Bach interpretó mi silencio.
—Necesita tratamiento.
—Puedo pagarlo.
—¡No necesito tu dinero!
—No estoy hablando de ti.
Su voz cambió.
—Estoy hablando de mi hija.
Nos quedamos mirándonos.
Finalmente, cerré la puerta.
Pero antes de que desapareciera completamente de mi vista, Duc Bach habló.
—Mañana volveré.
—No abras esa puerta otra vez.
—Entonces esperaré afuera.
Cerré.
Apoyé la espalda contra la madera.
Creí que aquello sería lo peor.
No lo fue.
A la mañana siguiente recibí una llamada del hospital.
—Señorita Jiang, tenemos los resultados de compatibilidad que solicitó para Nhu Nhu.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Llevábamos meses buscando un posible donante compatible.
—¿Encontraron a alguien?
Hubo una pausa.
—Tenemos una coincidencia potencial muy alta.
Cerré los ojos.
—¿Quién?
La respuesta hizo que el teléfono temblara entre mis dedos.
—El señor Tham Duc Bach.
Me quedé sin respirar.
—¿Cómo obtuvieron su muestra?
—El señor Tham acudió esta mañana después de solicitar una evaluación urgente como familiar biológico.
Sentí que el suelo desaparecía.
Entonces sonó el timbre.
Caminé lentamente hasta la puerta.
Abrí.
Duc Bach estaba allí.
Pero no estaba solo.
Detrás de él había un médico.
Y en las manos de Duc Bach había una carpeta con el nombre de mi hija.
Me miró con los ojos enrojecidos.
—Ya sé qué enfermedad tiene Nhu Nhu.
Apreté la puerta.
—No tenías derecho.
—Quizá no.
Su voz se quebró por primera vez desde que lo conocía.
—Pero también sé por qué durante cinco años nunca regresaste a buscarme. Y sé algo más que tú todavía no sabes.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Duc Bach abrió lentamente la carpeta.
El médico bajó la mirada.
Y entonces él pronunció unas palabras que hicieron que mi corazón se detuviera:
—Jiang Wan… los resultados dicen que yo puedo ayudar a Nhu Nhu. Pero también revelaron que hay algo extraño en la información genética de nuestros dos hijos.
Lo miré sin comprender.
Duc Bach sacó una segunda hoja.
Sus dedos temblaban.
—Y el médico cree que alguien cambió parte de tus expedientes médicos cinco años atrás.