Parte 2: EL COCHE QUE ALGUIEN BORRÓ

Durante siete años había imaginado muchas versiones de Adrian Cross frente a mi puerta.

Ninguna incluía al CEO de Sterling Capital empapado bajo la lluvia, sosteniendo mi regalo como si fuera algo frágil.

—Emma… ¿por qué no me necesitas ya?

Lo miré sin apartarme de la puerta.

—Tengo fiebre.

Adrian pareció recordar de repente que yo era una persona y no una extensión de su oficina.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—¿Has tomado algo?

Casi me reí.

—¿Has venido hasta aquí para administrar mi medicación?

Su mandíbula se tensó.

—He venido porque renunciaste.

—Eso suele significar una carta de renuncia.

—Una frase no es una explicación.

—Anoche me diste una bastante clara.

Su expresión cambió.

Sabía exactamente a qué me refería.

“La flota no espera a personas que no son importantes.”

Adrian bajó la mirada.

—No hablaba de ti.

—Me preguntaste por qué seguía allí después de que treinta y un coches se marcharan sin mí.

—Creí que habías perdido el tuyo por llegar tarde.

—Yo organicé la flota.

Silencio.

—Nunca llego tarde.

Eso también lo sabía.

Me mostró la caja azul.

—¿Esto era para mí?

—Ya no importa.

—Para mí sí.

—Qué curioso.

Lo miré directamente.

—Anoche parecía que no.

Intenté cerrar la puerta.

Adrian puso una mano contra ella.

No entró.

Solo evitó que se cerrara.

—Había un coche para ti.

—Ya lo sé.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Quién te lo dijo?

—Eso tampoco importa. Recursos Humanos puede investigar.

—Ya lo está haciendo.

Aquello me hizo detenerme.

Adrian sacó el teléfono.

Me mostró la lista original.

Mi nombre aparecía en la posición doce.

Emma Hayes — Bentley Flying Spur azul — vehículo 18.

Debajo había una nota.

Asignación personal del CEO. No modificar.

Sentí una punzada incómoda.

—Entonces alguien la modificó.

—Sí.

—¿Quién?

Adrian guardó el teléfono.

—Eso estoy intentando averiguar.

—Buena suerte.

—Emma.

—Adrian, el coche no cambia lo que dijiste.

Por primera vez en siete años utilicé su nombre sin “señor Cross”.

Él lo notó.

—Tienes razón.

Aquello me sorprendió más que cualquier disculpa.

—Estaba enfadado por Riverstone. Vivian acababa de aparecer sin avisar. Vi que no estabas en el hotel y descargué mi frustración contigo.

—Como siempre.

Su rostro se tensó.

—¿Como siempre?

—¿Quién recibe tus llamadas a las dos de la mañana? ¿Quién recuerda tus medicamentos? ¿Quién arregla tus errores de agenda antes de que descubras que existen?

No respondió.

—Te acostumbraste tanto a que estuviera disponible que dejaste de verme.

Adrian miró la caja.

—Entonces déjame corregirlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que me valores ahora que mi ausencia te resulta incómoda.

Aquello lo dejó callado.

Finalmente retiró la mano de la puerta.

—No firmaré tu renuncia.

—No necesitas hacerlo.

—El contrato exige treinta días.

—Recursos Humanos puede comunicarse con mi abogado.

Cerré.

Esta vez me dejó hacerlo.

Pensé que había terminado.

A las tres de la tarde recibí un correo de Seguridad Corporativa.

Necesitaban mi declaración sobre la lista de vehículos.

Adjuntaron los registros de modificación.

La reserva había sido alterada a las 16:42.

Usuario autorizado:

V. SHAW.

Me incorporé.

Vivian.

Pero Vivian llevaba tres años fuera de Sterling.

¿Cómo tenía acceso?

Llamé a mi amiga.

—¿Vivian trabaja para la empresa?

—No.

—Entonces ¿por qué conserva credenciales?

Silencio.

—Emma, hay algo que no sabes.

—Dímelo.

—Adrian pidió que le prepararan una oficina esta semana.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Para qué?

—Circulaba el rumor de que volvería como asesora estratégica.

Ahora todo tenía sentido.

El coche.

La gala.

Su nombre junto al de Adrian.

Mi exclusión.

Quizá Vivian no solo quería volver a Sterling.

Quería mi lugar.

Dos días después, cuando la fiebre desapareció, fui a la oficina para entregar mi portátil.

Todo el piso ejecutivo quedó en silencio cuando salí del ascensor.

Adrian apareció primero.

Vivian salió detrás de él.

—Emma —dijo ella con una sonrisa—. Me alegra que estés mejor.

—Gracias.

Dejé el ordenador sobre el escritorio.

—Aquí está todo.

Vivian cruzó los brazos.

—Realmente no hacía falta renunciar por un coche.

La miré.

—Tienes razón.

Su sonrisa aumentó.

—Renuncié por cómo permití que me trataran durante siete años.

Adrian bajó la mirada.

Entonces añadí:

—Aunque borrar deliberadamente el coche fue un detalle interesante.

La sonrisa de Vivian desapareció.

—No sé de qué hablas.

Adrian colocó varias hojas sobre la mesa.

—Yo sí.

Vivian palideció.

—Adrian…

—Utilizaste tus nuevas credenciales para modificar la flota.

—Solo pensé que Emma podía tomar un taxi.

—También cambiaste el asiento de la gala.

La miré.

Eso no lo sabía.

Adrian continuó:

—Y modificaste la lista de Riverstone para que Emma figurara como personal administrativo sin autorización de negociación.

Sentí que se me helaba la sangre.

Vivian respondió inmediatamente:

—Estaba ordenando la estructura ejecutiva.

—No trabajas aquí todavía.

Silencio.

Todavía.

Aquella palabra me confirmó que mi amiga tenía razón.

Vivian iba a entrar en Sterling.

Adrian cerró la carpeta.

—Y ahora no lo harás.

Vivian perdió la compostura.

—¿Vas a elegir a tu secretaria antes que a mí?

Adrian levantó los ojos.

—Emma dirige mi oficina ejecutiva.

—Dirigía —corregí.

Ambos me miraron.

Tomé mi bolso.

—Mi decisión sigue siendo la misma.

Adrian dio un paso.

—Emma…

—No quiero recuperar mi puesto.

Aquello pareció afectarlo más que esperaba.

—Entonces ¿qué quieres?

Sonreí.

—Descubrir qué puedo hacer cuando dejo de construir tu vida y empiezo a construir la mía.

Me marché.

Tres semanas después recibí una oferta de Hawthorne Equity.

Directora de Operaciones.

Salario superior.

Participación accionaria.

Y, sobre todo, mi nombre estaría en la puerta.

Acepté.

Dos meses más tarde, Sterling Capital y Hawthorne quedaron como finalistas para adquirir una empresa tecnológica valorada en cuatro mil millones.

Por primera vez, Adrian y yo nos sentamos en lados opuestos de una mesa.

Él me observó durante toda la presentación.

Cuando terminé, el presidente de la empresa sonrió.

—Señorita Hayes, su estrategia es extraordinaria.

—Gracias.

Adrian no dijo nada.

Pero esa noche me envió un mensaje.

Ahora entiendo cuánto de Sterling eras tú.

No respondí.

A la mañana siguiente, Hawthorne ganó la operación.

Creí que aquella sería nuestra última conversación.

Hasta que mi nueva asistente entró corriendo en mi despacho.

—Emma, hay un problema.

—¿Qué ocurre?

Dejó una carpeta frente a mí.

—Durante la auditoría de la adquisición encontramos transferencias relacionadas con Riverstone.

Reconocí inmediatamente los números.

—Eso pertenece a Sterling.

—Sí.

Pasé las páginas.

Había pagos realizados a una empresa desconocida durante meses.

—¿Quién autorizó esto?

Mi asistente señaló la firma digital.

Emma Hayes.

Me quedé inmóvil.

—Yo jamás autoricé estas transferencias.

—Lo sé.

—¿Entonces quién utilizó mi firma?

Antes de que pudiera responder, sonó mi teléfono.

Adrian.

Contesté.

Su voz llegó fría.

—Emma, no digas nada a nadie sobre lo que acabas de encontrar.

—¿Cómo sabes lo que encontré?

Silencio.

—Porque estoy mirando los mismos documentos.

—Adrian, alguien falsificó mi autorización.

—No solo la tuya.

Pasó unos segundos antes de continuar.

—También falsificaron la mía.

Sentí que se me helaba el cuerpo.

—¿Vivian?

—No.

—Entonces ¿quién?

Adrian respiró profundamente.

—Acabo de revisar siete años de registros.

Miré mi antigua firma en la página.

—¿Y?

—Quien hizo esto empezó mucho antes de que Vivian regresara.

—¿Cuánto antes?

Su respuesta hizo que dejara de respirar.

—La primera transferencia se realizó durante tu primera semana trabajando para mí.

Miré la fecha.

Siete años atrás.

Entonces Adrian añadió:

—Emma, creo que alguien no te contrató para trabajar en Sterling.

Su voz bajó.

—Creo que alguien te puso a mi lado.

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