Parte 2: EL HIJO QUE ADRIÁN NUNCA SUPO QUE TENÍA

Adrián encontró la prueba de embarazo tres días después de despertar.

No porque alguien se la entregara.

Porque preguntó por Clara.

—¿Dónde está?

Victoria, su madre, evitó mirarlo.

—Ya firmó el divorcio.

Adrián permaneció inmóvil.

Había pedido separarse convencido de que Clara discutiría, exigiría explicaciones, quizá esperaría hasta que estuviera recuperado.

No había esperado aquello.

—¿Vino al hospital?

—No.

—¿Llamó?

—Tampoco.

La respuesta le produjo una sensación extraña.

—Quiero volver a casa.

Cuando finalmente regresó a la villa, encontró su dormitorio intacto.

Excepto por el lado de Clara.

Vacío.

Abrió el armario.

Sus vestidos habían desaparecido.

Sobre el escritorio estaba su anillo.

Debajo, una hoja doblada.

Adrián la abrió.

PRUEBA DE EMBARAZO POSITIVA. SEIS SEMANAS.

Durante varios segundos no comprendió lo que estaba leyendo.

Luego vio la fecha.

Era anterior al accidente.

—Mamá.

Victoria apareció en la puerta.

Adrián levantó el documento.

—¿Qué significa esto?

El rostro de Victoria perdió el color.

—Adrián…

—¿Clara estaba embarazada?

Silencio.

—¿Lo sabías?

—Encontramos ese documento después de que se marchara.

Adrián apretó el papel.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

Victoria endureció la expresión.

—Acababas de sobrevivir a una cirugía. Vivian había regresado. Tú pediste el divorcio. Clara tomó su decisión.

—¿Y mi hijo?

Aquellas palabras hicieron temblar algo dentro de él.

Victoria respondió con frialdad:

—Ni siquiera sabemos si continuó con el embarazo.

Adrián llamó a Clara esa misma noche.

Número inexistente.

Buscó a sus antiguos amigos.

Nada.

Contrató investigadores.

Clara Evans había abandonado Estados Unidos y, después de eso, parecía haberse evaporado.

Vivian apareció varias veces durante su recuperación.

Adrián nunca volvió con ella.

La mujer que durante tantos años había confundido con su gran amor comenzó a parecerle extrañamente lejana.

En cambio, empezó a recordar cosas insignificantes sobre Clara.

La taza de café que aparecía junto a su ordenador antes de las reuniones.

Las medicinas ordenadas cuando enfermaba.

La luz del vestíbulo encendida cuando regresaba tarde.

Detalles que había interpretado como rutina.

Solo después de perderlos comprendió que habían sido amor.

Pasaron tres años.

Clara no volvió.

Hasta una tarde de octubre.

Adrián estaba en su despacho cuando su asistente entró con el teléfono.

—Señor Foster, tiene que ver esto.

Era una transmisión en vivo de un popular canal familiar.

Una mujer hablaba sobre cómo criar a un niño mientras trabajaba.

Adrián reconoció su voz antes de que la cámara mostrara completamente su rostro.

Clara.

Se levantó tan rápido que la silla golpeó la pared.

Había cambiado.

El cabello más corto.

La mirada más tranquila.

Y una seguridad que jamás había tenido viviendo a su lado.

Entonces apareció un niño.

Tendría unos tres años.

Cabello oscuro.

Rostro serio.

El pequeño intentó alcanzar un juguete fuera de cámara mientras Clara se reía.

—Leo, espera.

El niño miró directamente al objetivo.

Adrián dejó de respirar.

Aquellos ojos eran los suyos.

No parecidos.

No vagamente familiares.

Los mismos ojos oscuros de la familia Foster.

En los comentarios alguien escribió que Leo parecía un pequeño director ejecutivo.

Otro usuario preguntó dónde estaba su padre.

Entonces ocurrió.

Un hombre del equipo pasó detrás de la cámara.

Leo lo señaló.

—¡Papá!

El chat explotó.

Clara abrió mucho los ojos.

—Leo, él no es…

El niño empezó a reír.

—Me equivoqué.

Pero Adrián ya no escuchaba.

—Prepara el coche.

Su asistente lo miró.

—Señor…

—Ahora.

Cuarenta minutos después, Adrián entró en el estudio.

Clara estaba recogiendo sus cosas cuando lo vio.

Su sonrisa desapareció.

Durante tres años Adrián había imaginado aquel encuentro.

Nunca imaginó que ella lo miraría como a un desconocido.

—Clara.

Ella puso inmediatamente a Leo detrás de sí.

Ese movimiento le dolió más de lo esperado.

—No tienes derecho a venir así.

Adrián miró al niño.

Leo asomó la cabeza.

Lo estudió con enorme curiosidad.

Después tomó la mano de su madre.

—Mamá, este señor se parece muchísimo al papá que confundí el otro día.

Adrián sintió que algo se rompía dentro de él.

Se arrodilló lentamente.

—¿Te llamas Leo?

El niño asintió.

—Leo Evans.

Evans.

No Foster.

Adrián levantó la mirada hacia Clara.

—¿Es mío?

—No aquí.

—Clara…

—He dicho que no aquí.

Había empleados observando.

Cámaras apagándose.

Teléfonos discretamente levantados.

Adrián se puso de pie.

—Llevo tres años buscándote.

Clara soltó una risa breve, sin alegría.

—Yo pasé diez esperando que me vieras y no tuviste que buscarme. Dormía a tu lado.

Él quedó en silencio.

—Encontré el informe.

Por primera vez, Clara pareció sorprendida.

—¿Cuándo?

—Tres días después.

Su rostro cambió.

—¿Tres días?

—Sí.

Clara retrocedió.

—Entonces tu madre mintió.

Adrián frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

Antes de que pudiera responder, el productor se acercó apresuradamente.

—Clara, tenemos un problema.

Le mostró una tableta.

Alguien había capturado el momento en que Adrián entraba al estudio.

La noticia ya se estaba difundiendo.

“EL HEREDERO FOSTER APARECE EN DIRECTO JUNTO AL HIJO SECRETO DE SU EXESPOSA.”

Adrián ignoró la pantalla.

—¿Qué quiso decir con que mi madre mintió?

Clara abrazó a Leo.

—La mañana después de marcharme, Victoria me llamó.

—¿Para qué?

—Para decirme que habías visto la prueba.

Adrián sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Me dijo que tú mismo habías pedido que te transmitiera un mensaje.

—¿Qué mensaje?

Clara lo miró directamente.

Y durante un instante volvió a ser aquella mujer que había dejado un anillo sobre una mesa tres años atrás.

—Que el divorcio incluía también al bebé.

Adrián palideció.

—Yo jamás dije eso.

—Lo sé ahora.

Leo observaba a ambos sin comprender.

Adrián sacó el teléfono.

—Voy a llamar a mi madre.

Clara le sujetó la muñeca.

—Espera.

—¿Por qué?

Ella respiró profundamente.

—Porque eso no fue todo lo que hizo.

Adrián bajó lentamente el móvil.

Clara abrió su bolso y sacó un sobre envejecido.

—Dos semanas después de llegar a Londres recibí esto.

Se lo entregó.

Adrián reconoció inmediatamente el membrete del despacho jurídico que llevaba décadas trabajando para su familia.

Abrió la carta.

Leyó una línea.

Luego otra.

Su rostro se endureció.

El documento afirmaba que Clara aceptaba una compensación económica a cambio de renunciar para siempre a cualquier reclamación relacionada con la familia Foster.

Pero debajo aparecía algo imposible.

Su firma.

—Yo nunca firmé esto.

—Ya lo sé.

Adrián levantó los ojos.

—¿Quién te lo envió?

Clara estaba a punto de responder cuando el teléfono de Adrián comenzó a sonar.

Victoria Foster.

Los dos miraron la pantalla.

La llamada terminó.

Inmediatamente llegó un mensaje.

Adrián lo abrió.

Solo contenía una fotografía.

Era Leo saliendo aquella mañana del apartamento de Clara.

Tomada desde el otro lado de la calle.

Debajo había seis palabras:

NO HAGAS UNA PRUEBA DE ADN.

Adrián sintió que se le helaba la sangre.

Porque de pronto aquello ya no parecía una madre intentando separar un matrimonio.

Parecía alguien aterrorizado ante la posibilidad de que una prueba revelara algo mucho más grande.

Y cuando Clara vio la fotografía, abrazó a Leo con fuerza.

—Adrián…

—¿Qué?

Ella señaló una esquina de la imagen.

—Ese coche lleva siguiéndonos tres semanas.

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