Patricia se quedó junto a la puerta, respirando con dificultad.
—¡No tiene derecho a tocarla!
El licenciado Arriaga ni siquiera se levantó.
—La máquina pertenece al señor Mateo Villaseñor por disposición expresa de doña Elena.
Patricia soltó una carcajada seca.
—¿Villaseñor? Él no es un Villaseñor. Es un muerto de hambre que se casó con mi tía esperando cobrar.
Mateo retiró lentamente la mano de la madera.
Durante cuatro años había soportado esas palabras en mercados, consultas médicas y reuniones familiares. Nunca le habían dolido tanto como ahora.
Arriaga empujó la máquina hacia él.
—Ábrala.
—¡No! —gritó Patricia.
Esta vez hubo miedo verdadero en su voz.
Mateo la miró.
—¿Qué hay dentro?
Patricia apretó los labios.
Arriaga señaló una pequeña placa de latón junto al carrete. Mateo la presionó.
Clic.
Una parte de la base se levantó apenas unos milímetros.
Debajo había un compartimento oculto.
Mateo metió los dedos y sacó una bolsita de tela amarillenta.
Dentro encontró una fotografía.
Era antigua.
Una mujer joven sostenía a un bebé frente a la misma casa de Coyoacán donde Mateo había vivido con Elena.
La mujer no era Elena.
En el reverso había una fecha escrita con tinta azul:
“Octubre de 1996. Lucía y su niño.”
Mateo sintió que el aire desaparecía de la oficina.
—Mi madre se llamaba Lucía.
Patricia cerró los ojos.
Arriaga no pareció sorprendido.
—Lo sé.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Cómo que lo sabe?
El abogado señaló la carta.
—Por eso doña Elena me pidió que usted viera primero la fotografía.
Mateo abrió el sobre con dedos torpes.
Reconoció inmediatamente la letra de Elena.
“Mateo:
Si estás leyendo esto, ya no puedo explicártelo sentada frente a ti.
Perdóname.
Yo sabía quién eras desde el día en que cargaste aquellas canastas.”
Mateo dejó de leer.
La lluvia golpeaba las ventanas del despacho.
Por un instante volvió a aquella tarde en Portales.
Elena preguntándole si tenía hambre.
Mirándolo demasiado tiempo.
Invitándolo nuevamente el jueves siguiente.
—No fue casualidad —murmuró.
Arriaga negó despacio.
—No.
Patricia avanzó.
—¡Mi tía estaba enferma! ¡Ese papel no demuestra nada!
Mateo continuó leyendo.
“Tu madre, Lucía Herrera, trabajó conmigo durante nueve años. No era mi empleada. Era la hija de la mujer que me enseñó a coser cuando yo no tenía nada.
Cuando Lucía quedó embarazada, vino a pedirme ayuda.
El padre del niño pertenecía a mi propia familia.
Y ahí comenzó todo.”
Mateo sintió un escalofrío.
La siguiente página faltaba.
Miró dentro del sobre.
Vacío.
—¿Dónde está?
Arriaga observó la máquina.
—Doña Elena dividió la carta.
Patricia palideció.
Mateo volvió al compartimento y encontró una llave diminuta.
Debajo había además un recibo bancario fechado diecisiete años atrás y un nombre escrito a mano:
“Fideicomiso M.H.V.”
—¿Qué significa esto?
—Todavía no puedo decírselo —respondió Arriaga.
—¿Por qué?
El abogado miró a Patricia.
—Porque doña Elena dejó instrucciones muy específicas sobre quién debía estar presente para abrir el segundo sobre.
Patricia tomó su bolso.
—Yo no pienso participar en esta locura.
—Curioso —dijo Arriaga—. Porque usted aparece mencionada en las instrucciones.
Patricia se detuvo.
Entonces Mateo comprendió algo.

Ella no había irrumpido allí para proteger una máquina. Había venido porque sabía exactamente lo que contenía.
—Tú conocías a mi madre.
Patricia no respondió.
—Mírame.
Ella giró lentamente.
—Conocías a Lucía.
—Todo esto ocurrió hace treinta años.
—Eso no responde mi pregunta.
Patricia tragó saliva.
—Sí.
Una sola palabra.
Pero derrumbó algo dentro de Mateo.
Él había crecido pasando de una casa prestada a otra después de que su madre muriera cuando tenía nueve años. Conservaba recuerdos fragmentados: el olor de su champú, canciones mientras cocinaba, una caja de botones de colores.
Nunca había sabido nada sobre su padre.
—¿Quién era él?
Patricia miró al abogado.
—Pregúntale a tu querida esposa muerta.
Mateo golpeó el escritorio con la palma.
—¡Ella está muerta precisamente por eso estoy preguntándote a ti!
Patricia retrocedió.
Arriaga intervino.
—Mateo.
Sacó una carpeta gris del cajón.
—Doña Elena anticipó esta reacción. Y también anticipó que la señora Patricia probablemente intentaría impedir la lectura.
Patricia perdió el color.
—No puede mostrarle eso.
—Sí puedo.
Abrió la carpeta.
Había copias de transferencias bancarias, escrituras antiguas y varias fotografías.
En una aparecía Lucía embarazada.
A su lado estaba Elena.
Y detrás de ambas, un hombre cuyo rostro había sido arrancado deliberadamente de la fotografía.
Mateo pasó el pulgar sobre el borde roto.
—¿Quién hizo esto?
Patricia permaneció inmóvil.
Arriaga respondió:
—Doña Elena encontró esa fotografía así después de que alguien entró en su casa hace veintidós años.
—¿Quién?
—Eso forma parte de lo que debe descubrir.
Mateo sintió rabia.
—Estoy cansado de acertijos.
—Entonces escuche esto.
Arriaga sacó un pequeño casete.
En la etiqueta se leía:
“PARA MATEO. SOLO DESPUÉS DE MI MUERTE.”
El abogado colocó una vieja grabadora sobre el escritorio.
Patricia corrió hacia él.
—¡No!
Mateo se interpuso.
—Siéntate.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Precisamente. Llevo veintinueve años sin saberlo.
Arriaga introdujo la cinta.
Un siseo llenó la oficina.
Después apareció la voz de Elena.
Débil.
Cansada.
Pero inconfundible.
“Mateo, si estás escuchando esto, Patricia probablemente ya intentó detenerte.”
Patricia comenzó a llorar.
Mateo nunca la había visto llorar.
“Hay algo que necesito que entiendas antes de saber quién fue tu padre.
Yo no me casé contigo para salvarte de la calle.
Te pedí matrimonio porque necesitaba darte legalmente mi apellido antes de morir.”
Mateo se quedó petrificado.
“Durante años permití que todos pensaran que eras un oportunista porque la verdad te habría puesto en peligro.”
La grabación crujió.
“Tu madre descubrió que alguien de nuestra familia había estado desviando dinero de una empresa que legalmente debía pertenecer a…”
La cinta se detuvo.
Mateo miró la grabadora.
—¿Qué pasó?
Arriaga abrió el aparato.
La cinta estaba cortada.
Patricia dejó escapar un sollozo.
—Te lo advertí.
Pero Arriaga permaneció extrañamente tranquilo.
—Doña Elena sabía que podían destruirla.
Sacó entonces un segundo sobre.
—Por eso dejó otra copia.
Patricia se lanzó hacia la puerta.
Dos hombres esperaban afuera.
No policías.
Uno era notario.
El otro, un anciano de traje oscuro que Mateo jamás había visto.
Al verlo, Patricia se quedó paralizada.
El hombre miró a Mateo como si hubiera esperado ese momento durante décadas.
Después sacó de su bolsillo una fotografía intacta.
Era la misma imagen.
Lucía embarazada.
Elena a su lado.
Y esta vez, el rostro del hombre detrás de ellas seguía allí.
Mateo observó la fotografía.
Luego miró al anciano.
Eran los mismos ojos.
La misma mandíbula.
Incluso la pequeña hendidura en la barbilla que Mateo veía cada mañana frente al espejo.
—¿Quién es usted? —susurró.
El anciano no respondió.
Patricia sí.
—No debería haberte encontrado Elena.
Mateo se volvió hacia ella.
Patricia tenía lágrimas bajándole por las mejillas.
—Porque ahora van a descubrir que el hombre al que llamaron cazafortunas durante cuatro años no vino a quedarse con la fortuna de Elena.
Miró la fotografía.
Luego a Mateo.
—La fortuna siempre fue tuya.
Arriaga puso el segundo sobre frente a él.
En el exterior, Elena había escrito únicamente cinco palabras:
“QUIÉN MATÓ A TU MADRE.”
Y cuando Mateo extendió la mano para abrirlo, el anciano dijo:
—Antes de leer eso, muchacho, debes saber una cosa.
Mateo levantó la vista.
El hombre respiró profundamente.
—Lucía no murió como te dijeron.