Parte 2: EL VUELO QUE NUNCA TOMÉ

Cuando mi teléfono sonó por decimotercera vez, yo estaba sentada frente a la oficina de admisiones de Sterling University.

En la pantalla aparecía:

MAMÁ.

Lo dejé sonar.

Después llamó mi hermano.

Luego mi padre.

Finalmente llegó un mensaje.

¿DÓNDE ESTÁS? TU VUELO SALE EN DOS HORAS.

Guardé el teléfono.

Durante años había respondido inmediatamente cada vez que alguno de ellos me necesitaba.

Aquella tarde tenía algo más importante que hacer.

—¿Clara Dawson?

Me levanté.

—Sí.

La administrativa sonrió.

—Bienvenida a Sterling.

Dos palabras.

Eso fue todo.

Pero tuve que bajar la cabeza para que no viera mis ojos húmedos.

Nadie de mi familia había venido.

Nadie había hecho fotografías.

Nadie había preparado una cena.

Y, aun así, era uno de los días más felices de mi vida.

Mientras firmaba los documentos de matrícula, mi teléfono comenzó a vibrar otra vez.

Esta vez contesté.

—¿Clara? —gritó mi madre—. ¿Dónde demonios estás?

—En Sterling.

Silencio.

—¿Sterling qué?

—Sterling University.

Escuché voces al otro lado.

Mi padre preguntando qué ocurría.

Mi hermano diciendo mi nombre.

Entonces mi madre habló.

—No entiendo.

—Me aceptaron aquí.

—Pero tú vas a estudiar con Anna.

—No.

—Claro que sí. Ya lo organizamos todo.

—Vosotros lo organizasteis.

Aquella diferencia pareció desconcertarla.

Mi hermano tomó el teléfono.

—Clara, ¿solicitaste plaza en Sterling a nuestras espaldas?

—No lo escondí. Simplemente nunca preguntasteis.

—¡Compramos un billete!

—Lo dejé sobre la mesa.

—¿Y el dinero?

—También.

Hubo otro silencio.

Después escuché llorar a Anna.

Mi madre recuperó inmediatamente el teléfono.

—Mira lo que has provocado.

Cerré los ojos.

Ahí estaba.

La frase de siempre.

Anna sufría.

Por tanto, yo debía desaparecer.

—Mamá, estoy colgando.

—¡No te atrevas!

—Tengo que instalarme en la residencia.

—Clara, vuelve a casa ahora mismo.

Miré las puertas de Sterling.

—No.

Fue probablemente la primera vez que se lo dije.

Mi madre dejó de hablar.

—¿Qué has dicho?

—Que no voy a volver.

Colgué.

Las primeras semanas fueron extrañas.

Esperaba sentirme abandonada.

En cambio, descubrí algo inesperado.

Paz.

Podía elegir mi ropa sin pensar si molestaría a Anna.

Podía dejar libros sobre mi escritorio.

Podía hablar durante la cena sin comprobar primero el estado de ánimo de nadie.

Incluso hice amigos.

Mi compañera de habitación, Sophie, tardó cuatro días en darse cuenta de que nunca hablaba de mi familia.

—¿Tus padres viven lejos?

—Ahora sí.

No expliqué más.

Mientras tanto, los mensajes continuaron.

Mi hermano empezó enfadado.

Esto es infantil.

Después:

Mamá está destrozada.

Después:

Anna cree que hiciste esto para castigarla.

Finalmente:

Solo dinos qué necesitas para volver.

No respondí.

Porque por primera vez comprendí algo.

No quería que me ofrecieran algo para volver. Quería descubrir quién era si dejaba de volver siempre.

Pasaron dos meses.

Entonces recibí una llamada del extranjero.

Era mi padre.

Contesté porque había llamado nueve veces.

—Clara.

Parecía agotado.

—¿Qué ocurre?

—Necesitamos hablar contigo.

—Habla.

Hubo una pausa.

—Las cosas aquí no están funcionando como esperábamos.

No dije nada.

—Anna dejó de asistir a clases.

Aquello me sorprendió.

—¿Por qué?

—Dice que no puede adaptarse.

—Lo siento.

—Tu madre prácticamente no sale del apartamento. Tu hermano está intentando resolverlo todo.

Comprendí lo que esperaba.

—¿Quieres que hable con Anna?

—Quizá podrías venir durante unos días.

Solté una pequeña risa.

—No.

—Clara…

—Me enviasteis en otro avión precisamente para mantenerme lejos de ella.

—Fue diferente.

—¿Qué cambió?

Mi padre tardó demasiado en responder.

—Que no estás aquí.

Aquello resumía toda nuestra relación.

Cuando estaba presente, molestaba.

Cuando desaparecía, resultaba útil.

—Tengo exámenes.

—Somos tu familia.

—También lo éramos cuando me dejasteis sola en aquella casa.

Colgué.

Tres semanas después regresaron.

No me avisaron.

Un sábado por la mañana salí de la biblioteca y encontré a mi hermano esperando frente a las escaleras.

Parecía más delgado.

—Hola.

Me detuve.

—Hola.

—Mamá quiere verte.

—¿Por qué?

—Porque eres su hija.

Casi sonreí.

—Eso es nuevo.

Bajó la mirada.

—Sé que hicimos mal algunas cosas.

—¿Algunas?

—Intentábamos proteger a Anna.

—Lo sé.

—Ella estaba enferma.

—También lo sé.

Lo miré.

—Pero nunca entendisteis que protegerla no requería borrarme a mí.

Mi hermano tragó saliva.

—Encontré tu habitación vacía.

—Era una habitación de huéspedes.

Aquello lo hizo callar.

Entonces escuché una voz detrás de él.

—Clara.

Mi madre.

Mi padre estaba a su lado.

Y detrás de ambos, Anna.

Por primera vez desde que la conocía, Anna no llevaba aquella expresión frágil que hacía que todos corrieran inmediatamente a protegerla.

Parecía furiosa.

—¿Estás contenta ahora? —preguntó.

Mi madre intentó detenerla.

—Anna.

—¡No! Todo se arruinó desde que ella decidió quedarse aquí.

La observé.

—Yo no hice nada.

—¡Exactamente!

Anna comenzó a llorar.

—Te fuiste y todos empezaron a hablar de ti. Mamá preguntaba si habías comido. Papá miraba tus notas. Tu hermano quería llamarte constantemente.

Señaló hacia mí.

—Antes de aparecer, éramos felices.

Mi pecho se tensó.

Durante años había temido escuchar aquellas palabras.

Extrañamente, ya no dolían igual.

—Entonces deberías alegrarte de que me marchara.

Anna quedó inmóvil.

Mi madre empezó a llorar.

—Clara, por favor. Podemos arreglarlo.

—¿Qué queréis arreglar?

Nadie respondió.

Y entonces mi padre sacó un sobre del bolsillo.

—Hay algo que debemos contarte.

Mi hermano lo miró sorprendido.

—Papá, aquí no.

—Ya hemos esperado demasiado.

Me entregó el sobre.

Reconocí el membrete de inmediato.

Era del organismo que había gestionado mi desaparición cuando era niña.

Mis manos se enfriaron.

—¿Qué es esto?

Mi padre parecía incapaz de sostenerme la mirada.

—Cuando te encontramos a los diecisiete años, te dijimos que habías desaparecido por un error durante un viaje familiar.

—Sí.

—No fue exactamente así.

Sentí que todo alrededor se volvía silencioso.

Mi madre comenzó a sollozar.

—Éramos jóvenes, Clara.

La miré.

—¿Qué significa eso?

Mi hermano palideció.

—¿De qué estáis hablando?

Abrí el sobre.

Había documentos antiguos.

Una denuncia.

Declaraciones.

Y una fotografía mía a los cuatro años.

Entonces encontré una línea subrayada.

La leí dos veces.

Después levanté lentamente la cabeza.

—Vosotros sabíais dónde estaba.

Mi madre se cubrió la boca.

Mi hermano arrebató otra hoja.

—¿Qué demonios significa esto?

Mi padre cerró los ojos.

—Significa que Clara no estuvo perdida durante trece años.

Sentí que me faltaba el aire.

—Entonces ¿qué estuve?

Mi padre abrió la boca.

Pero fue Anna quien respondió.

Su voz ya no temblaba.

—Abandonada.

Todos nos volvimos hacia ella.

Anna tenía lágrimas en los ojos.

Y entonces añadió algo todavía peor:

—Y yo sé por qué lo hicieron.

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