Durante las siguientes dos semanas, hice exactamente lo que Adrián esperaba de mí.
Fui dócil.
Cuando los médicos dijeron que probablemente no volvería a caminar, lloré.
Cuando Adrián me prometió que jamás me abandonaría, apoyé la cabeza contra su pecho.
Cuando explicó que nuestra boda debía posponerse indefinidamente, susurré:
—Lo entiendo.
Y cuando me llevó a la finca Shen en una silla de ruedas, permití que todos vieran a una mujer derrotada.
Por dentro, contaba cada mentira.
La primera sorpresa me esperaba en mi antigua habitación.
Habían retirado varios muebles y colocado una cama médica.
Adrián empujó mi silla hasta la ventana.
—Aquí estarás cómoda.
Miré hacia el jardín.
—¿Y tú?
Vaciló apenas.
—Dormiré en la habitación contigua. No quiero hacerte daño mientras te recuperas.
Perfecto.
Eso significaba noches sola.
Y libertad para investigar.
La segunda sorpresa llegó durante la cena.
Escuché una risa infantil en el pasillo.
Una niña apareció corriendo con un vestido amarillo.
Tenía tres años.
Detrás de ella caminaba Elena Jiang.
Se me helaron las manos.
Elena fingió sorpresa.
—Victoria… No sabía que ya habías regresado.
Mentira.
Adrián apareció inmediatamente.
—Elena está pasando unos días aquí.
—¿Por qué?
Él ya tenía preparada la respuesta.
—Está atravesando problemas familiares. Pensé que podíamos ayudarla.
Entonces la niña me observó.
Ojos grandes.
Cabello oscuro.
Y una pequeña marca junto a la ceja izquierda.
La misma que tenía Adrián.
Luna se acercó.
—¿Tú eres tía Victoria?
Elena palideció.
Adrián se agachó rápidamente.
—Luna, recuerda lo que hablamos.
La niña frunció el ceño.
—Pero mamá dijo que después…
—Luna.
El tono de Elena la hizo callar.
Yo sonreí.
—Después, ¿qué?
Nadie respondió.
Así que extendí la mano.
—Ven.
Luna se acercó lentamente.
No sentía odio hacia ella.
¿Cómo iba a sentirlo?
Aquella niña era tan víctima de sus decisiones como yo.
—Qué bonita eres —le dije.
Adrián me observó con evidente alivio.
Exactamente lo que quería.
Una mujer dependiente.
Una niña necesitada de madre.
Una amante instalada discretamente bajo el mismo techo.
Y él controlándolo todo.
Aquella noche comenzó mi verdadera investigación.
Antes del accidente había escondido un teléfono antiguo dentro de una caja de documentos que nadie consideró importante.
Lo encendí.
Contacté a la única persona en quien confiaba.
Mi primo Gabriel.
Le escribí solamente:
No estoy segura aquí. No llames. Necesito que investigues el accidente.
Su respuesta llegó dos minutos después.
Creíamos que no podías usar el teléfono.
Miré hacia la puerta cerrada.
Eso es exactamente lo que ellos deben seguir creyendo.
Durante días recopilé información.
Grabé conversaciones.
Fotografié documentos cuando Adrián dejaba su maletín cerca.
Descubrí transferencias hacia una empresa fantasma.
Dos millones.
La misma cantidad mencionada en el hospital.
Gabriel siguió el dinero.
Llegaba hasta la familia del conductor.
Ya teníamos el primer vínculo.
Pero necesitaba demostrar algo todavía peor.
La intervención médica.
Una tarde pedí mi historial completo.
Adrián estaba presente.
El médico bajó la mirada.
—Se perdió parte del registro durante una actualización del sistema.
Casi sonreí.
—Qué mala suerte.
Adrián acarició mi cabello.
—No pienses en eso ahora.
Lo miré con absoluta confianza.
—Mientras estés conmigo, no tengo miedo.
Sus ojos se suavizaron.
Y por primera vez comprendí algo aterrador: Adrián realmente creía que aquello era amor.
Creía que podía destruir mi cuerpo y después dedicar su vida a cuidarlo.
Aquella noche escuché voces en el despacho.
Me acerqué lentamente con la silla.
Elena estaba furiosa.
—¿Cuánto tiempo tendremos que vivir así?
—Hasta que Victoria acepte a Luna.
—¡Luna ya tiene madre!
—Necesita el apellido Shen.
—Entonces divórciate de Victoria.
Hubo un silencio.
Después Adrián respondió:
—No puedo.
—¿Por qué?
Su respuesta me sorprendió.
—Porque si Victoria muere o desaparece de mi vida, la familia Gu recuperará las acciones que transfirió con nuestro compromiso.
Me quedé helada.
Finalmente comprendí.
No era únicamente Luna.
No era únicamente Elena.
Yo era una garantía financiera.
Mi padre había transferido una participación estratégica a los Shen antes de morir, condicionada a nuestra unión.
Si Adrián rompía voluntariamente conmigo, podía perderla.
Por eso no me había dejado.
Me había convertido en prisionera.
Entonces Elena dijo:
—¿Y si descubre lo del accidente?
—No lo hará.
—¿Y el médico?
—Está controlado.
—¿Y Gabriel Gu?
Mi respiración se detuvo.
Adrián tardó demasiado en responder.

—¿Qué pasa con Gabriel?
—Está haciendo preguntas.
Sentí un golpe en el pecho.
—Entonces haz que deje de hacerlas.
Retrocedí inmediatamente.
Volví a mi habitación.
Cogí el teléfono oculto.
Gabriel, sal de donde estés. Ahora.
No respondió.
Cinco minutos.
Diez.
Veinte.
Nada.
A medianoche llegó finalmente un mensaje.
Pero no era suyo.
Era una fotografía.
Gabriel estaba sentado dentro de un coche.
Parecía consciente, pero dos hombres estaban a ambos lados.
Debajo había una frase:
DEJA DE INVESTIGAR.
Se me heló la sangre.
Entonces escuché la puerta.
Apagué el teléfono y lo escondí bajo la manta.
Adrián entró.
—¿Todavía despierta?
Sonreí.
—No podía dormir.
Se acercó y me besó la frente.
—Mañana tengo una sorpresa para ti.
—¿Qué sorpresa?
Se sentó junto a mi cama.
—He hablado con Luna.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Tomó mi mano.
—Creo que sería bueno que empezara a llamarte mamá.
Tuve que utilizar toda mi fuerza para mantener la sonrisa.
—¿Tan pronto?
—Necesita acostumbrarse.
Entonces comprendí que tenía que acelerar el plan.
Pero a la mañana siguiente ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.
Luna entró sola en mi habitación.
Cerró la puerta.
Traía algo escondido bajo el vestido.
—Tía Victoria.
—¿Qué pasa?
Miró hacia el pasillo.
Después sacó una pequeña grabadora digital.
La reconocí.
Era de Adrián.
—¿Dónde encontraste eso?
—En el despacho de papá.
Papá.
Ya ni siquiera intentaban ocultárselo a ella.
Luna se acercó y susurró:
—Mamá dijo que nadie puede escucharla.
—¿Escuchar qué?
La niña presionó accidentalmente un botón.
Una grabación comenzó a reproducirse.
Primero escuché la voz de Elena.
Después la de Adrián.
Y entonces apareció una tercera voz.
La voz del médico.
—El accidente salió exactamente como acordamos.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
Adrián respondió:
—No exactamente. El conductor debía lesionarle las piernas, no arriesgar su vida.
Miré la grabadora.
Ahí estaba.
La confesión que necesitaba.
Pero el audio continuó.
El médico preguntó:
—¿Y qué hacemos si Victoria recupera sensibilidad?
Silencio.
Después Adrián dijo:
—Entonces tendremos que asegurarnos de que la rehabilitación fracase.
Me cubrí la boca.
Luna me observaba sin entender.
Y en ese mismo instante sentí algo.
Un cosquilleo.
En el pie derecho.
Miré hacia abajo.
Intenté mover los dedos.
Se movieron.
Muy poco.
Pero se movieron.
Mis piernas estaban despertando.
Y Adrián no podía saberlo.
Entonces alguien golpeó la puerta.
—Victoria.
Era él.
Luna escondió rápidamente la grabadora detrás de mí.
La puerta comenzó a abrirse.
Adrián entró sonriendo, acompañado por el mismo médico del hospital.
—Buenos días, cariño.
El médico llevaba un maletín.
Adrián cerró la puerta con llave.
—El doctor quiere comprobar personalmente tu recuperación.
Miré el maletín.
Después mis piernas.
Y comprendí el peligro.
Si descubrían que estaba recuperando movilidad, aquella vez no se limitarían a esperar que la rehabilitación fracasara.
Adrián se acercó.
—Vamos, Victoria.
Sonrió mientras el médico sacaba una jeringa.
—Solo necesitamos comprobar una cosa.