No respondí a Sebastián.
Apagué el teléfono, terminé de darle el desayuno a los niños y salí con ellos a caminar por la playa.
Durante las siguientes semanas, mi vida fue sorprendentemente tranquila.
Compré una casa pequeña frente al mar.
Abrí dos cuentas a nombre de mis hijos.
Contraté a una asesora financiera para invertir parte del dinero.
Y por primera vez desde que había conocido a Sebastián Zhou, nadie me decía a qué hora debía cenar, qué vestido debía usar ni cuándo tenía que estar disponible para darle otro heredero a la familia Zhou.
Sebastián, en cambio, comenzó a llamar.
Primero una vez por semana.
Después cada tres días.
Luego todas las noches.
Nunca preguntaba por mí.
—Ponme con Hao.
Nuestro hijo hablaba con él durante cinco minutos.
—Papá, hoy hice un castillo.
—Bien.
—Mamá me llevó al acuario.
Silencio.
—¿Con quién?
Yo levantaba una ceja.
Hao respondía inocentemente:
—Con mamá.
—Eso ya lo sé. ¿Quién más?
La primera vez pensé que era casualidad.
La cuarta comprendí que no.
Sebastián estaba intentando averiguar cómo era mi vida sin preguntármelo directamente.
Pasaron cuatro meses.
Una mañana recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Señorita Jiang Wan?
Reconocí la voz inmediatamente.
Era el abogado que había llevado el acuerdo.
—¿Qué ocurre?
Hubo un silencio incómodo.
—Necesito reunirme con usted.
—Si es por los niños, hable con mi abogado.
—No es por los niños.
Su siguiente frase me hizo dejar la taza sobre la mesa.
—Es por los 10.000 millones.
Sentí un pequeño escalofrío.
—¿Sebastián quiere recuperarlos?
—No.
El hombre suspiró.
—Precisamente ese es el problema.
Acepté verlo esa misma tarde.
Llegó acompañado de dos asistentes y cargando la misma carpeta negra que había llevado a la mansión.
Cuando se sentó frente a mí, parecía diez años mayor.
—Señorita Jiang, ¿recuerda que aquel día intenté explicarle las condiciones?
—Y yo no quise escucharlas.
—Exactamente.
Sacó un documento.
—Usted creyó que aquello era una indemnización por ruptura.
—¿No lo era?
Me miró fijamente.
—No.
Por primera vez desde que había salido de aquella casa, sentí que algo bajo mis pies se movía.
—Entonces, ¿qué era?
El abogado deslizó el documento hacia mí.
En la primera página aparecía mi nombre.
Debajo estaba el de Sebastián.
Y más abajo había cuatro caracteres que conocía perfectamente.
Acuerdo patrimonial matrimonial.
Lo miré.
—¿Matrimonial?
—El señor Zhou nunca ordenó que le pagáramos para desaparecer.
Mi garganta se secó.
—Pero usted dijo que debía abandonar la residencia.
—Porque esa residencia iba a pasar por una reestructuración patrimonial. Yo debía explicarle que el señor Zhou había transferido diez mil millones a una cuenta conjunta como primer paso para…
Se detuvo.
—¿Para qué?
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.
Firmes.
El abogado palideció.
Yo me levanté.
—¿Esperaba a alguien?
Negó rápidamente.
Abrí.
Sebastián estaba allí.
Cuatro meses sin verlo.
Seguía llevando trajes oscuros.
Seguía teniendo aquella expresión fría capaz de hacer callar una sala entera.
Pero había algo distinto.
Parecía agotado.
Sus ojos pasaron de mi rostro al abogado.
—Fuera.
El hombre recogió los papeles inmediatamente.
—Señor Zhou…
—He dicho fuera.
Cuando quedamos solos, crucé los brazos.
—¿Cómo encontraste mi dirección?
—Eres la madre de mis hijos.
—Eso no responde mi pregunta.
Sebastián entró sin esperar invitación.
Observó los juguetes sobre la alfombra, los dibujos pegados en la nevera y dos pequeñas zapatillas junto a la puerta.
Su mandíbula se tensó.
—¿Aquí viven?
—Sí.
—¿Mis hijos viven aquí?
Solté una risa seca.
—Tus hijos viven conmigo. Como acordamos.
Entonces levanté el documento.
—Explícame esto.
Sebastián lo miró.
Su expresión cambió.
—¿Quién te lo dio?
—Tu abogado.
—Lo despediré.
—Primero dime por qué aparecen las palabras “patrimonio matrimonial”.
Durante varios segundos no habló.
Luego se quitó lentamente el abrigo.
—Porque mi abuela estaba muriendo.
Aquella respuesta no tenía sentido.
—¿Qué tiene que ver tu abuela?
—Todo.
Se acercó a la ventana.
—Antes de morir modificó el fideicomiso familiar. Ninguno de sus bisnietos podía convertirse en heredero principal si su madre no tenía reconocimiento legal dentro de la familia Zhou.
Sentí frío.
—Continúa.
—Mi padre quería registrar a Hao y a Yue bajo una rama secundaria.
—¿Qué significa eso?
Sebastián se volvió.
—Que habrían tenido dinero.
Hizo una pausa.
—Pero jamás poder.
Entonces comprendí una parte.
No toda.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me opuse.
—¿Por qué?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Porque son mis hijos.
—Durante tres años apenas parecían importarte.
Su rostro se endureció.
—Eso es lo que tú creías.
—No fuiste al hospital cuando nació Yue.
—Estaba negociando con el consejo para impedir que mi padre te quitara a los niños.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—La noche anterior al parto intentó convencerme de que, una vez naciera la niña, ya no eras necesaria.
Sentí que el aire desaparecía.
Sebastián continuó:
—Por eso transferí los 10.000 millones.
—¿Para protegerme?
—Para que nadie pudiera decir que dependías económicamente de los Zhou.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
—Entonces ¿por qué me echaste?
Su mirada se oscureció.
—Nunca te eché.
Me reí, incrédula.
—Tu mensaje decía “entonces vete”.
—Porque cuando pregunté al abogado si había explicado el acuerdo completo, me dijo que habías firmado, tomado el dinero y exigido marcharte inmediatamente.
—Me dijiste que me fuera.
—Porque pensé que eso era lo que querías.
Nos quedamos mirándonos.
Tres años de silencios parecían haberse acumulado entre nosotros.
Finalmente pregunté:
—¿Qué debía explicarme exactamente el abogado?
Sebastián no respondió.
Tomé la carpeta.
—¿Qué había después de la transferencia?
Extendió una mano.
—Wan.
Retrocedí.
—No.
Pasé páginas.
Cláusulas.
Propiedades.
Acciones.
Fideicomisos.
Hasta encontrar una hoja que jamás había visto.
Mi respiración se detuvo.
Había una casilla marcada.
Una fecha.
Y debajo, la firma de Sebastián Zhou.
—¿Qué demonios es esto?
Él cerró los ojos un instante.
—Lo que intenté hacer antes de que te marcharas.
Leí lentamente.
Solicitud de registro matrimonial.
Sentí que las manos me temblaban.
—Tú…
—Sí.
—¿Querías casarte conmigo?
Sebastián dio un paso hacia mí.
—No exactamente.
Aquello dolió más de lo que debería.
Pero entonces añadió:
—Quería reconocer que, legalmente, ya lo estábamos.
Lo miré sin comprender.
Sebastián señaló la última página.
—Lee la cláusula diecisiete.
Busqué el número.
Y cuando encontré las palabras, el mundo pareció inclinarse.
El acuerdo establecía que los 10.000 millones no eran una compensación.
Eran la primera transferencia irrevocable de patrimonio del esposo a la esposa antes de hacer pública su unión.
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Sebastián abrió la boca.
Pero antes de responder, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero miedo en sus ojos.
Contestó.
—Habla.
Escuchó apenas diez segundos.
Su rostro perdió el color.
—¿Cuándo?
Silencio.
—No dejen entrar a nadie.
Colgó.
—¿Qué pasó?
Sebastián me miró.
Después miró hacia la habitación donde nuestros hijos dormían la siesta.
Y cerró con llave la puerta principal.
—Wan, recoge sus cosas.
—¿Por qué?
—Porque mi padre acaba de descubrir dónde viven.
—¿Y qué?
Sebastián se acercó y bajó la voz.
—Porque la cláusula diecisiete no solo te convirtió en beneficiaria de mi patrimonio.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—Entonces, ¿qué más hizo?
Sebastián sostuvo mi mirada.
—Te convirtió en la única persona que puede quitarle a mi padre el control de todo el Grupo Zhou.
Y justo entonces, desde la calle, varios coches negros se detuvieron frente a mi casa.