PARTE 2: CUANDO QUISO ELEGIRME, YO YA HABÍA ELEGIDO IRME.

Durante los tres días siguientes no le dije nada a Lucas sobre Harvard.

Tampoco terminé nuestra relación inmediatamente.

No porque todavía dudara.

Sino porque, por primera vez, quería observar nuestra relación sin inventar excusas por él.

Y lo que vi fue suficiente.

Después del entrenamiento, Lucas acompañó a Clara a la enfermería.

Ni siquiera me preguntó si mi cintura estaba bien.

Esa noche me escribió:

“Clara está muy afectada por lo que pasó. Mañana deberías hablar con ella.”

Miré el mensaje durante varios segundos.

Después respondí:

“Está bien.”

Lucas envió un corazón.

Como si el problema estuviera solucionado.

Como si yo hubiera vuelto a ocupar obedientemente el lugar que él había elegido para mí.

Al día siguiente, Clara apareció con una rodillera.

Caminaba perfectamente hasta que Lucas se acercaba.

Entonces comenzaba a cojear.

—Lucas, ¿puedes ayudarme?

Él inmediatamente tomó su mochila.

Cuando pasó junto a mí, dijo:

—Emma, no pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

Sonreí.

—Tranquilo. Ya no me molesta.

Lucas se quedó mirándome.

Por alguna razón, mi tranquilidad pareció inquietarlo más que cualquier discusión.

Durante aquella semana preparé mi salida.

Pasaporte.

Documentos.

Alojamiento.

Asignaturas.

El programa comenzaría antes de lo que esperaba.

En dieciocho días estaría fuera del país.

Mi madre fue la única persona a quien se lo conté.

—¿Y Lucas?

—Todavía no lo sabe.

Ella guardó silencio.

—¿Piensas decírselo?

Miré la confirmación de Harvard.

—Cuando sea necesario.

Tres días después ocurrió algo que terminó de romper lo poco que quedaba.

Era el cumpleaños de Lucas.

Habíamos quedado en cenar juntos.

Compré el reloj que llevaba meses queriendo y esperé cuarenta minutos frente al restaurante.

Entonces recibí una fotografía.

Clara la había publicado en sus redes.

Ella estaba sentada detrás de Lucas en una motocicleta, abrazándolo por la cintura.

Debajo escribió:

“Mi niño siempre viene cuando lo necesito.”

Un minuto después llegó su mensaje.

“Emma, Clara tuvo un mal día. Cenamos mañana, ¿sí?”

No lloré.

Simplemente cancelé la reserva.

Dejé el regalo en recepción para devolverlo.

Y bloqueé la pantalla.

Aquella fue la noche en que dejé de ser la novia de Lucas, aunque él todavía no lo sabía.

A la mañana siguiente me encontró saliendo de clase.

—¿Por qué no contestaste?

—Estaba ocupada.

—¿Sigues enfadada?

—No.

Otra vez aquella respuesta.

Lucas me agarró suavemente de la muñeca.

—Emma, últimamente estás rara.

Retiré la mano.

—Lucas, terminemos.

Se quedó completamente quieto.

—¿Qué?

—Nuestra relación.

Primero pareció sorprendido.

Después se rio.

—¿Por lo de Clara otra vez?

—No.

—Entonces, ¿por qué?

Lo miré.

Tres años.

Había imaginado tantas veces que, si alguna vez terminábamos, lloraría hasta no poder hablar.

Pero cuando llegó el momento solo sentí cansancio.

—Porque ya no quiero estar contigo.

Su sonrisa desapareció.

—No digas tonterías.

—No son tonterías.

—Emma, llevamos tres años juntos.

—Lo sé.

—¿Y vas a tirar tres años por una discusión?

Negué lentamente.

—No estoy tirando tres años. Estoy evitando tirar otros tres.

Lucas palideció.

Entonces apareció Clara.

—¿Qué ocurre?

Lucas no respondió.

Ella me miró y comprendió enseguida.

—Emma, si esto es por mí, puedo alejarme un poco. No quiero destruir vuestra relación.

Era perfecto.

Incluso en aquel momento conseguía convertirse en la víctima generosa.

Pero ya no tenía fuerzas para participar en aquel juego.

—No hace falta, Clara.

La miré directamente.

—Ahora puedes quedártelo todo.

Me marché.

Lucas me siguió.

—¡Emma!

No me detuve.

—¡Emma Hayes!

Era la primera vez que escuchaba desesperación en su voz.

Pero seguí caminando.

Durante los siguientes días llamó decenas de veces.

Después aparecieron flores frente a mi dormitorio.

Mensajes.

Cartas.

Promesas.

“Podemos arreglarlo.”

“Hablaré con Clara.”

“Te elegiré a ti.”

Aquella última frase me hizo reír.

¿Ahora iba a elegirme?

Después de obligarme durante meses a competir por un lugar que nunca debería haber estado en disputa.

No respondí.

Entonces Clara dejó de fingir.

Me interceptó frente a la biblioteca.

—¿De verdad terminaste con él?

—Sí.

—¿Por qué?

—Eso ya no es asunto tuyo.

Sonrió.

—Siempre supe que no duraríais.

Seguí caminando.

Pero ella añadió:

—Lucas y yo nos conocemos desde niños. Hay vínculos que una novia nunca puede reemplazar.

Me detuve.

La antigua Emma habría sentido dolor.

La nueva solo sintió lástima.

—Entonces felicidades.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué?

—Ganaste.

Me acerqué ligeramente.

—Solo recuerda algo: si necesitas humillar a otra mujer para sentir que un hombre te elige, probablemente nunca estuviste tan segura de tenerlo.

Su sonrisa desapareció.

Dieciocho días después, arrastré mi maleta por el aeropuerto.

Mi vuelo salía aquella tarde.

Había conseguido mantener mi partida en secreto.

O eso creía.

Cuando estaba a pocos metros del control de seguridad, escuché:

—¡Emma!

Me giré.

Lucas corría hacia mí.

Estaba sin aliento.

—¿Qué haces aquí?

Sus ojos bajaron hacia mi maleta.

Después hacia el pasaporte que llevaba en la mano.

—¿Adónde vas?

No respondí.

Entonces vio el documento sobre mi equipaje.

Harvard University.

Se quedó blanco.

—¿Harvard?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el día del entrenamiento.

Lucas retrocedió un paso.

Finalmente lo entendió.

Mientras él sostenía a Clara y me preguntaba si ya estaba satisfecha, yo había presionado el botón que cambiaría mi vida.

—¿Te vas por mi culpa?

—No.

Negué.

—Me voy por mí.

—¿Cuánto tiempo?

—Lo suficiente.

—Emma…

Su voz se quebró.

—No puedes simplemente desaparecer.

Lo miré con calma.

—Tú me enseñaste que podía.

Lucas extendió la mano.

No la tomé.

—Te amo —dijo.

Durante tres años habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras acompañadas de aquella desesperación.

Ahora llegaban demasiado tarde.

—Cuida a Clara.

—¡No quiero a Clara!

Varias personas se giraron.

Lucas respiraba con dificultad.

—Nunca la quise como te quiero a ti.

—Entonces fue todavía peor.

Sus ojos se llenaron de confusión.

—¿Por qué?

—Porque me hiciste sentir menos importante por una mujer a la que dices que ni siquiera amas.

No pudo responder.

Mi vuelo fue anunciado.

Tomé la maleta.

—Adiós, Lucas.

—Emma, espera.

Esta vez no lo hice.

Crucé el control sin volver la cabeza.


Seis meses después, Harvard dejó de parecer un lugar extranjero.

Tenía amigos nuevos.

Un proyecto de investigación.

Una vida donde nadie me pedía disculparme por defender mis límites.

Lucas siguió escribiendo durante meses.

Nunca respondí.

Clara finalmente consiguió lo que decía querer: tenerlo siempre cerca.

Pero, según amigos comunes, ya no era igual.

Lucas empezó a alejarse de ella después de descubrir que había exagerado deliberadamente su lesión aquel día.

También supo que varias personas habían grabado lo ocurrido durante el entrenamiento.

El video mostraba claramente a Clara tirando de mi cinturón mientras se reía.

Lucas lo vio completo.

Por primera vez tuvo que enfrentarse a la escena sin poder esconderse detrás de “solo estaba jugando”.

Meses después recibí un último mensaje suyo.

“No espero que vuelvas. Solo quería decirte que ahora entiendo por qué te fuiste. Debí protegerte cuando todavía tenía derecho a estar a tu lado.”

Lo leí.

Después lo borré.

No sentí triunfo.

Tampoco tristeza.

Solo paz.

Porque finalmente comprendí algo:

Lucas no me perdió el día que subí a aquel avión.

Me perdió mucho antes.

Me perdió cuando permitió que alguien cruzara mis límites y me pidió a mí que pidiera perdón.

Me perdió cada vez que llamó “drama” a mi dolor.

Y me perdió definitivamente cuando creyó que tres años de amor significaban que yo soportaría cualquier cosa con tal de conservarlo.

Apagué el teléfono y salí del edificio.

Afuera comenzaba a nevar.

Mis compañeros me esperaban al otro lado del patio.

Corrí hacia ellos sonriendo.

Por primera vez, no había nadie a quien convencer para que me eligiera.

Porque finalmente había aprendido a elegirme yo.

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