Parte 2: EL BEBÉ QUE SEBASTIÁN NUNCA QUISO PERDER

—¿Sebastián preguntó por mi embarazo?

La doctora asintió.

—No le proporcioné información médica tuya. Pero dejó documentación que considera importante para evaluar riesgos hereditarios si él resulta ser el padre.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué documentación?

La doctora abrió un archivo.

—La familia Ferrer tiene antecedentes de una alteración genética hereditaria. No significa que tu bebé esté enfermo. Solo necesitamos hacer estudios adicionales.

Respiré lentamente.

—Hágalos.

—Elena…

—Quiero saber que mi hijo está bien. Lo demás no importa.

Cuando salí del consultorio, Sebastián seguía allí.

Solo.

Su secretario había desaparecido.

Estaba sentado frente a la puerta, inclinado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas.

Al verme se levantó.

—¿Qué dijo?

—Eso es privado.

Intenté pasar.

—Elena, por favor.

Me detuve.

Sebastián Ferrer nunca decía por favor.

—¿Cómo supiste de mi embarazo?

Su mandíbula se tensó.

—No lo sabía hasta verte.

—Entonces, ¿por qué la doctora dice que viniste esta mañana preguntando por este embarazo?

Silencio.

Aquello fue suficiente para encender todas mis alarmas.

—Sebastián.

Él sacó una hoja doblada del bolsillo.

—Porque hace tres semanas recibí esto.

Era una copia de un análisis prenatal.

Mi nombre estaba arriba.

Debajo aparecía una fecha.

Y en la esquina había un sello de la clínica privada donde me atendieron inicialmente.

Se me helaron las manos.

—¿Quién te dio esto?

—No lo sé. Llegó anónimamente a mi oficina.

—Eso es imposible.

—También lo pensé.

Lo miré.

—¿Mandaste investigar mi embarazo?

—Mandé investigar quién había entrado a tus archivos médicos.

Eso me hizo callar.

Sebastián continuó:

—Alguien sabía que estabas embarazada antes que yo.

Ese fue el primer giro.

Y de repente mi divorcio dejó de parecer tan sencillo.

—¿Quién?

—Todavía no lo sé.

Guardó silencio unos segundos.

—Pero sospecho por qué.

—¿Por qué?

Sebastián miró mi vientre.

—Porque si ese bebé es mío, cambia la sucesión de la familia Ferrer.

Solté una risa incrédula.

—¿Sucesión? Sebastián, estamos hablando de un bebé.

—Para ti y para mí, sí.

Su expresión se endureció.

—Para mi familia, estamos hablando del primer heredero directo de mi generación.

Sentí náuseas.

—Precisamente por eso nunca pensaba decírtelo.

Intenté marcharme.

Él no me tocó.

Solo dijo:

—Elena, yo tampoco quería divorciarme.

Me giré lentamente.

—¿Qué acabas de decir?

—No quería divorciarme.

—Fuiste tú quien lo pidió.

—Sí.

—Me miraste a la cara y dijiste que termináramos.

—Sí.

—Entonces no intentes reescribir nuestra historia ahora porque descubriste que estoy embarazada.

Sebastián cerró los ojos.

—Mi madre me mostró fotografías tuyas entrando a un hotel con Daniel Ortega.

Me quedé inmóvil.

Daniel.

Mi primo.

Había venido de Argentina para ayudarme con unos documentos de la herencia de mi padre.

—¿Y?

—Me dijo que llevabas meses viéndolo.

Lo miré sin comprender.

—¿Nunca se te ocurrió preguntarme?

—Debí hacerlo.

—¿Y preferiste divorciarte?

No respondió.

Aquello dolió más de lo esperado.

—Entonces hiciste bien —dije—. Porque un matrimonio donde confías más en una fotografía que en tu esposa ya estaba muerto.

Me fui.

Pero antes de llegar al ascensor escuché:

—Había algo más.

Me detuve.

—¿Qué?

—Mi madre dijo que estabas embarazada de él.

Todo quedó en silencio.

Me giré.

—¿Tu madre sabía que estaba embarazada?

Sebastián palideció.

Los dos comprendimos la contradicción al mismo tiempo.

Yo había descubierto mi embarazo apenas una semana antes del divorcio.

No se lo había contado a nadie excepto a mi médica.

Ni siquiera a mi madre.

Entonces, ¿cómo podía saberlo Victoria Ferrer?

Sebastián sacó su teléfono.

—Tenemos que ir a mi casa.

—No existe “tenemos”.

—Entonces iré yo.

Su voz se volvió helada.

—Y esta vez voy a preguntarle delante de las cámaras de seguridad.

Dos horas después recibí una llamada.

Era Sebastián.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Tenías razón en irte.”

Debajo había un archivo de audio.

Lo abrí.

La voz de Victoria Ferrer llenó mi apartamento.

—Solo necesitaba que firmara antes de que el embarazo fuera evidente.

Después escuché a Sebastián.

—¿Cómo sabías que estaba embarazada?

Silencio.

—Madre.

—Porque la clínica pertenece parcialmente al grupo Ferrer.

Se me cayó el teléfono sobre el sofá.

La grabación continuó.

Victoria había utilizado un contacto administrativo para descubrir mi embarazo.

Después manipuló fotografías de Daniel y yo.

Pero aquello todavía no explicaba por qué quería expulsarme.

La respuesta llegó segundos después.

—Un hijo de Elena tendría derechos sobre el fideicomiso de tu abuelo —dijo Victoria—. Y tú sabes perfectamente lo que eso significa.

—Explícamelo.

—Significa que yo perdería el control.

Segundo giro.

No había intentado destruir nuestro matrimonio porque me odiara.

Lo había hecho por dinero.

El abuelo de Sebastián había establecido que, cuando naciera el primer bisnieto legítimo, una parte enorme de las acciones familiares pasaría a un fideicomiso administrado por sus padres.

Mientras Sebastián no tuviera hijos, Victoria conservaba poder de voto sobre ese paquete.

Mi bebé podía quitárselo.

Y ella lo sabía antes que nosotros.

Al día siguiente, Sebastián apareció frente a mi edificio.

No lo dejé entrar.

Hablamos en el vestíbulo.

Tenía el aspecto de no haber dormido.

—Victoria fue apartada del consejo esta mañana —dijo—. También denuncié el acceso ilegal a tus datos médicos.

—Bien.

Me entregó una carpeta.

—Esto es para ti.

No la tomé.

—¿Qué contiene?

—Una renuncia.

—¿A qué?

—A cualquier posibilidad de utilizar mi apellido, mi familia o el fideicomiso para quitarte la custodia.

Lo miré sorprendida.

—Sebastián…

—Si el bebé es mío, quiero conocerlo.

Tragó saliva.

—Pero no voy a convertirlo en una batalla legal.

Por primera vez desde nuestro divorcio, no vi al heredero Ferrer.

Vi simplemente a un hombre asustado.

Tomé la carpeta.

—Todavía no significa que volvamos.

—Lo sé.

—Ni siquiera significa que puedas acompañarme a las consultas.

—Lo sé.

—Y necesito tiempo.

Asintió.

—Eso también lo sé.

Durante las siguientes semanas Sebastián hizo algo que jamás había hecho durante nuestro matrimonio.

Esperó.

No mandó flores.

No utilizó dinero.

No apareció sin avisar.

Simplemente preguntaba por mensaje:

“¿Están bien?”

Yo respondía:

“Sí.”

Hasta que llegaron los resultados genéticos.

La doctora me llamó.

—Elena, todo se ve bien. Pero necesitamos confirmar una última cuestión relacionada con el padre.

Sebastián aceptó hacerse las pruebas.

Tres días después estábamos nuevamente en el mismo consultorio.

La doctora dejó el informe frente a nosotros.

—La compatibilidad genética confirma que Sebastián es el padre.

Él cerró los ojos.

Su mano tembló sobre la rodilla.

Pero la doctora todavía no había terminado.

—Y tengo otra noticia.

La miré alarmada.

Ella sonrió.

—En la primera ecografía era demasiado pronto para verlo claramente.

Giró el monitor.

—Aquí está el bebé.

Movió ligeramente el transductor.

—Y aquí está el segundo.

Me quedé sin respirar.

Sebastián se levantó de golpe.

—¿Segundo?

La doctora rio.

—Gemelos.

Tercer giro.

Me tapé la boca.

Sebastián miraba la pantalla como si el mundo entero acabara de cambiar de forma.

Dos pequeños movimientos.

Dos corazones.

Tum-tum.

Tum-tum.

Entonces vi lágrimas en sus ojos.

El hombre que durante tres años había parecido incapaz de mostrar emoción estaba llorando silenciosamente.

No intentó abrazarme.

No me tocó.

Solo preguntó:

—¿Puedo… escucharlos otra vez?

La doctora aumentó el volumen.

Sebastián bajó la cabeza.

Y yo comprendí algo.

Todavía lo amaba.

Pero amar no bastaba.

Por eso no regresé inmediatamente.

Sebastián tuvo que aprender a hablar.

Yo tuve que aprender a confiar nuevamente.

Fuimos a terapia.

Descubrí que el nombre que había pronunciado aquella noche no pertenecía a una amante.

Era Lucía.

Su hermana menor, fallecida cuando él tenía diecisiete años.

Sebastián nunca había hablado de ella.

Ni de la culpa que cargaba desde entonces.

Había convertido el silencio en una forma de sobrevivir.

Y después había intentado construir un matrimonio dentro de ese mismo silencio.

—Te hice sentir sola estando a veinte centímetros de ti —me dijo una tarde.

—Sí.

No lo consolé.

Necesitaba escucharlo.

—Y cuando tuve miedo, en vez de preguntarte, huí primero.

—Sí.

—No puedo cambiarlo.

Me miró.

—Pero puedo dejar de ser ese hombre.

Seis meses después nacieron Mateo y Alma.

Sebastián estuvo conmigo.

Cuando la enfermera puso a nuestra hija sobre su pecho, él lloró otra vez.

—Hola, Alma —susurró—. Soy papá.

Después miró a Mateo.

—Y prometo hacer muchas cosas mal.

Lo miré sorprendida.

Sonrió entre lágrimas.

—Pero nunca voy a desaparecer cuando tenga miedo.

Victoria no conoció a los niños hasta mucho después y únicamente bajo nuestras condiciones. Perdió su posición dentro del grupo y tuvo que responder por el acceso indebido a mis datos.

Sebastián tampoco recuperó automáticamente su lugar en mi vida.

Lo ganó poco a poco.

Un desayuno.

Una consulta.

Una noche sin dormir con dos bebés llorando.

Una conversación honesta cada vez que el silencio parecía más fácil.

Catorce meses después del divorcio, me llevó al mismo hospital donde nos habíamos reencontrado.

Se detuvo frente al consultorio de obstetricia.

—Aquí pregunté de quién era tu bebé.

—Tus bebés.

Sonrió.

—Mi peor pregunta.

—Definitivamente.

Sacó algo del bolsillo.

No era un anillo.

Era nuestro antiguo certificado de divorcio.

Lo rompió por la mitad.

—No quiero pedirte que borremos lo que pasó.

Me miró.

—Quiero preguntarte si podemos construir algo mejor después de ello.

Esta vez fui yo quien tomó su mano.

—Podemos intentarlo.

Nos casamos nuevamente seis meses después.

Sin mansión.

Sin consejo empresarial.

Sin Victoria organizando invitados.

Solo nosotros, nuestras familias más cercanas y dos pequeños de blanco intentando comerse las flores.

Antes de caminar hacia Sebastián, miré a Mateo y Alma.

Durante meses había pensado que aquella firma de divorcio había terminado mi familia.

En realidad, había obligado a Sebastián y a mí a destruir todo aquello que nunca debió formar parte de nuestro matrimonio: el orgullo, el silencio y el miedo.

Él me esperaba al final del pasillo.

Cuando llegué, susurró:

—Elena.

—¿Qué?

Sonrió.

—Esta vez, si tengo una pregunta, te la haré antes de perderte.

Y esa fue la única promesa que necesité.

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