A las nueve de la mañana siguiente, tres abogados estaban sentados en el despacho de Adrián.
Clara llegó vestida de gris, con el cabello recogido y la misma expresión dócil que había mostrado desde que salió del sótano.
Victoria ya estaba allí.
—Siéntate —ordenó Adrián—. Terminaremos rápido.
Sobre la mesa había varios documentos.
Renuncia a la administración doméstica.
Renuncia a cualquier cargo dentro de la fundación Robles.
Una declaración afirmando que Clara había permanecido apartada de la familia por “problemas emocionales y conducta peligrosa”.
Y, entre todos ellos, encontró lo que necesitaba.
Un informe sobre Leo.
Clara sintió que se le helaban las manos.
En la parte superior aparecía el nombre:
CENTRO EDUCATIVO SAN JERÓNIMO.
Debajo figuraba la firma de Adrián autorizando el ingreso del niño.
Motivo:
“Conducta agresiva, delirios relacionados con su madre y rechazo persistente de la autoridad familiar.”
Clara levantó lentamente la mirada.
—¿Debo firmar también esto?
—Es solo para completar el expediente —respondió Adrián.
—Entiendo.
Uno de los abogados empujó los documentos hacia ella.
Clara tomó la pluma.
Pero antes preguntó:
—¿Puedo conservar una copia?
Victoria soltó una pequeña risa.
—¿Para qué?
—Para recordar que ya no tengo obligaciones con vosotros.
Aquello pareció tranquilizarla.
Adrián hizo una señal al abogado.
—Dásela.
Ese fue su primer error.
Clara firmó.
Página tras página.
Sin protestar.
Sin siquiera leerlas por segunda vez.
Cuando terminó, Victoria parecía incapaz de ocultar su satisfacción.
—Ahora sí podemos empezar de nuevo.
Clara cerró la carpeta.
—Sí.
Miró a Adrián.
—Todos empezaremos de nuevo.
A las once y veinte, Clara salió de la mansión Robles por primera vez en tres años.
Nadie la detuvo.
Llevaba una maleta pequeña y la carpeta.
Adrián ni siquiera la acompañó hasta la puerta.
Estaba convencido de que había ganado.
Un automóvil negro esperaba dos calles más abajo.
Cuando Clara abrió la puerta trasera, una mujer se abalanzó sobre ella.
—Dios mío…
Era Julia.
Clara apenas tuvo tiempo de reconocerla antes de sentir sus brazos.
Durante tres años había imaginado cómo reaccionaría cuando alguien volviera a abrazarla con cariño.
Pensó que lloraría.
No pudo.
Parecía haber olvidado cómo hacerlo.
—Leo —dijo solamente.
Julia asintió.
—Vamos por él.
Una segunda mujer, sentada delante, se presentó como Elena Márquez.
Abogada.
Sobre sus rodillas había una carpeta mucho más gruesa que la que Clara llevaba.
—Durante casi dos años hemos reunido testimonios —explicó—. Julia nos encontró después de sacar tu mensaje.
—¿Por qué tardasteis tanto?
Elena la miró.
—Porque los Robles consiguieron registrar tu encierro como una crisis psiquiátrica tratada dentro del domicilio.
Clara sintió náuseas.
—Nunca tuve tratamiento.
—Lo sabemos.
Elena abrió la carpeta.
Había pagos.
Declaraciones falsas.
Registros del personal.
Fotografías del sótano tomadas por Julia.
Órdenes firmadas.
Y decenas de autorizaciones con la firma de Adrián.
“Reducir alimentación.”
“Prohibir visitas.”
“Evitar contacto con el menor.”
Adrián sí sabía.
Quizá nunca había bajado al sótano.
Pero sabía.
Y había firmado.
Clara cerró los ojos.
—¿Leo?
Elena tardó demasiado en responder.
—El centro tampoco es exactamente una escuela.

San Jerónimo estaba situado a casi dos horas de la ciudad.
Muros altos.
Ventanas estrechas.
Una puerta metálica.
Clara dejó de respirar cuando la vio.
Otra prisión.
—Mi hijo lleva aquí…
—Once meses —respondió Elena.
Clara tuvo que apoyarse en el coche.
Once meses.
Leo había pasado casi un año esperando a una madre encerrada que no podía acudir.
Entraron acompañadas por dos funcionarios.
El director intentó impedirlo.
—Necesitamos autorización del padre.
Elena colocó los documentos sobre el mostrador.
—Tenemos una orden de protección provisional.
El hombre palideció.
Veinte minutos después abrieron una puerta al final del pasillo.
Clara vio primero unos zapatos pequeños.
Después unas piernas demasiado delgadas.
Y finalmente el rostro.
Leo.
Había crecido.
Pero no como ella había imaginado.
Su cabello estaba cortado casi al ras. Tenía los hombros encogidos y miraba constantemente hacia las puertas.
Clara no pudo moverse.
—Leo…
El niño levantó la cabeza.
La observó.
No corrió hacia ella.
Eso fue peor.
—Mamá murió —susurró.
Clara sintió que algo dentro de ella se rompía.
—No.
Se arrodilló lentamente.
—Leo, soy yo.
El niño retrocedió.
—Me dijeron que estabas muerta.
Clara empezó a llorar.
—Te mintieron.
Leo la miró durante varios segundos.
Entonces sus ojos descendieron hasta las muñecas de su madre.
Reconoció las cicatrices.
Y recordó.
—¿El sótano?
Clara asintió.
El niño dio un paso.
Después otro.
Y finalmente corrió.
—¡Mamá!
Clara lo abrazó.
Esta vez sí lloró.
Lloró por los tres cumpleaños perdidos.
Por cada noche.
Por cada puerta cerrada.
Leo enterró el rostro contra su cuello.
—Yo sabía que estabas debajo de la casa.
Clara se quedó rígida.
—¿Cómo?
—Te escuché.
Aquellas dos palabras la destruyeron.
Pero Leo añadió algo más.
—Victoria decía que estaba inventándolo.
Elena se agachó junto a ellos.
—Leo, necesitamos preguntarte algo importante. ¿Sabes por qué te enviaron aquí?
El niño miró hacia la puerta.
Parecía aterrorizado.
—Porque vi algo.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Qué viste?
Leo se aferró a ella.
—Al tío Gabriel.
Clara dejó de respirar.
Gabriel.
El hermano mayor de Adrián.
El marido muerto de Victoria.
—Leo —susurró—, el tío Gabriel murió antes de que me encerraran.
El niño negó con fuerza.
—No.
Todos quedaron en silencio.
—Lo vi después.
Aquella misma tarde, Adrián recibió una llamada.
—Señor Robles, alguien retiró al niño de San Jerónimo.
Se puso de pie violentamente.
—¿Quién?
Ya conocía la respuesta.
Clara.
Corrió hacia el dormitorio vacío.
Después llamó a Victoria.
—¿Qué demonios está pasando?
Ella palideció.
—No lo sé.
—Clara tiene documentos del centro.
Por primera vez, Victoria perdió completamente la calma.
—¿Qué documentos?
—Mi autorización.
La copa que sostenía cayó al suelo.
Adrián la miró.
—¿Por qué estás tan asustada?
—No lo estoy.
—Sí lo estás.
Entonces entró Mercedes.
Tenía un sobre en la mano.
—Acaban de entregarlo.
Adrián lo abrió.
Era una citación.
Luego otra.
Y otra.
Privación ilegal de libertad.
Maltrato.
Falsificación documental.
Abuso contra un menor.
Adrián se dejó caer en una silla.
Victoria retrocedió hacia la puerta.
Mercedes murmuró:
—Clara dijo que no quería convertirnos en enemigos.
Adrián soltó una risa amarga.
—Nos engañó.
—No —respondió la anciana—. Nosotros confundimos que dejara de gritar con que hubiera dejado de luchar.
Esa noche, Clara estaba junto a la cama de Leo en una clínica privada.
Los médicos habían prometido que se recuperaría.
Lentamente.
Pero se recuperaría.
Leo abrió los ojos.
—Mamá.
—Estoy aquí.
—Tengo algo.
Sacó de debajo de su almohada un pequeño papel doblado.
—Lo escondí cuando me llevaron.
Clara lo abrió.
Era un dibujo infantil.
Mostraba el jardín de la mansión Robles.
Una figura estaba junto al antiguo invernadero.
Sobre ella Leo había escrito:
TÍO GABRIEL.
En una esquina aparecía una fecha.
Clara la leyó dos veces.
El dibujo había sido realizado siete meses después de la supuesta muerte de Gabriel.
—¿Estás seguro de que era él?
Leo asintió.
—Victoria estaba con él.
Clara sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
—¿Qué hacían?
El niño tragó saliva.
—Discutían.
—¿Escuchaste algo?
Leo miró hacia Elena, después hacia su madre.
—Victoria dijo que papá nunca podía descubrir que él seguía vivo.
Clara quedó inmóvil.
Entonces el niño pronunció la frase que cambió por completo el caso:
—Y el tío Gabriel dijo que, cuando consiguieran quedarse con todo el dinero de la familia, volverían a estar juntos.
Elena se puso de pie.
—Clara…
Pero Leo todavía no había terminado.
—Mamá, hay otra cosa.
—¿Qué?
El niño comenzó a temblar.
—Victoria me vio.
Clara sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Qué hizo?
Leo apretó su mano.
—Me dijo que si alguna vez contaba que el tío Gabriel estaba vivo, te dejarían encerrada debajo de la casa para siempre.
Clara miró el dibujo.
Durante tres años había creído que Victoria quería un hijo de Adrián para preservar la rama mayor de los Robles.
Ahora comprendía que quizá jamás había querido tenerlo.
Quizá todo había sido una excusa.
El supuesto accidente.
La viudez.
Los tratamientos.
Su propio encierro.
El destierro de Leo.
Todo podía formar parte de algo mucho más grande.
El teléfono de Elena sonó.
Contestó.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Cuándo?
Escuchó durante unos segundos.
Después miró a Clara.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
—La policía acaba de llegar a la mansión.
—Eso es bueno.
—No.
Elena apagó el teléfono.
—Victoria ha desaparecido.
Clara se puso de pie.
—¿Y Adrián?
—Sigue allí.
—Entonces que la encuentren.
Elena negó lentamente.
—No entiendes.
Le mostró una fotografía que acababan de enviarle.
Una cámara de tráfico había registrado un automóvil abandonando la propiedad de los Robles cuarenta minutos antes.
Victoria iba en el asiento del acompañante.
Pero no conducía.
Clara acercó la imagen.
El rostro del conductor apenas se distinguía.
Sin embargo, Leo lo reconoció inmediatamente.
El niño empezó a temblar.
—Mamá…
Clara sintió que su sangre se congelaba.
Porque al volante estaba un hombre que oficialmente llevaba tres años muerto.
Gabriel Robles acababa de regresar.