Parte 2: EL SECRETO DE DEREK

La puerta trasera se cerró detrás de Clara.

Leo la condujo hacia un sedán negro estacionado en el callejón.

—Sube.

—No hasta que me expliques qué tiene que ver Derek con esto.

Un estruendo seco llegó desde Clark Street.

Después otro.

Leo la empujó detrás de un muro justo cuando el vidrio delantero del restaurante estalló.

Clara ahogó un grito.

Los hombres de Leo reaccionaron inmediatamente, cubriendo la salida mientras él abría la puerta del automóvil.

—Esa era tu explicación.

Clara subió.

Durante los siguientes quince minutos nadie habló.

Finalmente llegaron a una casa enorme al norte de la ciudad. Había cámaras, guardias y una verja de hierro.

Clara permaneció dentro del vehículo.

—¿Qué quieres de mí?

Leo se sentó frente a ella.

—Nada.

—Los hombres como tú siempre quieren algo.

Algo parecido a una sonrisa amarga apareció en su rostro.

—Eso mismo decía mi hermana.

Clara frunció el ceño.

Leo sacó una fotografía.

En ella aparecía una mujer joven junto a Derek.

—Se llamaba Sofia Moretti.

—¿Tu hermana?

Leo asintió.

—Derek trabajaba para mí. Contabilidad, empresas, movimientos de dinero. Era bueno con los números y todavía mejor haciendo que la gente confiara en él.

Clara miró la fotografía.

—¿Qué pasó con Sofia?

—Descubrió que Derek robaba dinero de varias organizaciones, incluida la mía y la de Viktor Petrov.

—¿Y dónde está ella?

Leo guardó silencio.

Clara comprendió.

—Dios mío.

—Antes de desaparecer, Sofia me envió un archivo. Derek había robado casi ocho millones de dólares.

Clara negó con la cabeza.

—Yo no sé nada de ningún dinero.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué Petrov quiere matarme?

Leo sostuvo su mirada.

—Porque Derek les hizo creer que tú tienes la clave para encontrarlo.

Clara sintió que el bebé se movía.

—Eso es imposible.

—¿Te dejó algo antes de desaparecer?

—Deudas.

—Piensa.

—Ya te dije que…

Entonces recordó.

Tres días antes de desaparecer, Derek había insistido en comprar una pequeña caja musical para el bebé.

Una pieza de madera barata con una luna tallada.

Había dicho que pertenecía a su madre.

Clara levantó lentamente la mirada.

Leo lo notó.

—¿Qué?

—Una caja.

Dos horas después, uno de los hombres de Leo regresó del departamento de Clara con ella.

Leo no la tocó.

—Ábrela tú.

Clara levantó la tapa.

Sonó una melodía infantil.

Nada más.

—¿Ves?

Leo examinó la base.

—Dámela.

Presionó la luna tallada.

Un compartimento diminuto se abrió.

Dentro había una memoria USB.

Clara dejó de respirar.

Leo la conectó a una computadora sin acceso a internet.

Aparecieron cientos de archivos.

Cuentas.

Transferencias.

Nombres.

Y una carpeta titulada CLARA.

Ella retrocedió.

—No.

Leo abrió el primer documento.

Derek había contratado una póliza de seguro de vida a nombre de Clara cuatro meses antes de abandonarla.

Beneficiario: Derek Walsh.

Clara se llevó una mano a la boca.

—Él planeaba…

Leo cerró el archivo.

—Parece que sí.

Pero había algo peor.

Otro documento contenía una copia de su identificación, su firma falsificada y papeles que la vinculaban a dos empresas utilizadas para mover dinero.

—Me convirtió en cómplice.

—En una pantalla —corrigió Leo—. Si desaparecía, las autoridades encontrarían tu nombre.

Clara comenzó a llorar.

Durante meses había pensado que Derek simplemente la había abandonado.

Ahora comprendía que la había preparado para cargar con sus delitos.

Leo cerró la computadora.

—A partir de ahora nadie te toca.

Clara lo miró.

—¿Por qué te importa tanto?

Leo tardó demasiado en responder.

—Porque no pude proteger a Sofia.

Aquello cambió algo.

Por primera vez Clara no vio al jefe criminal del que hablaba Chicago.

Vio a un hermano que había llegado demasiado tarde una vez y se negaba a repetirlo.

Tres días después llegó el segundo giro.

Derek estaba vivo.

Y quería negociar.

Llamó directamente al teléfono de Clara.

—Cariño.

Ella casi lo dejó caer.

Leo estaba frente a ella.

Activó el altavoz.

—Derek.

—Sé que estás con Moretti.

—Intentaron matarme por tu culpa.

—Puedo explicarlo.

—Entonces empieza.

—Leo te está utilizando. Tiene la memoria, ¿verdad?

Clara miró a Leo.

—¿Qué memoria?

Silencio.

Derek comprendió su error.

—Escúchame. Puedo arreglarlo todo. Solo necesito que vengas sola.

—¿Dónde?

Leo negó lentamente con la cabeza.

Clara sostuvo su mirada.

—Dime dónde.

Derek escogió un estacionamiento subterráneo en el centro.

Clara no fue sola.

Tampoco llevó la memoria verdadera.

Cuando Derek apareció, estaba irreconocible.

Barba.

Gorra.

Ojeras profundas.

Al verla embarazada, sonrió.

—Mira cómo has crecido.

Clara sintió náuseas.

—No hables de mi bebé.

Su sonrisa desapareció.

—Dame la memoria.

—Primero dime por qué pusiste mi nombre en esas empresas.

Derek palideció.

—Moretti te enseñó los archivos.

—También vi la póliza.

Por primera vez, Derek no tuvo respuesta.

—¿Pensabas matarme?

—No seas absurda.

—Entonces ¿por qué existe?

Derek dio un paso.

—Clara, entrégame la memoria y podremos desaparecer. Tú, yo y nuestro hijo.

Ella retrocedió.

—Nuestro hijo no tiene padre.

Derek la agarró del brazo.

No llegó más lejos.

Leo apareció desde detrás de una columna.

—Suéltala.

Derek se congeló.

—Moretti.

—Te lo diré una vez.

Derek soltó inmediatamente a Clara.

Entonces comenzó a reír.

—¿De verdad crees que eres el héroe aquí, Leo?

Leo no reaccionó.

Derek miró a Clara.

—Pregúntale qué pasó realmente con Sofia.

Leo se tensó.

Clara lo vio.

—¿Qué quiere decir?

—Sofia no murió porque descubriera mis cuentas —dijo Derek—. Murió porque quería entregar pruebas contra toda la organización Moretti.

Clara giró hacia Leo.

—¿Es verdad?

El silencio fue respuesta suficiente.

—¿Quién la mató?

Leo bajó la mirada.

—No lo sé.

—Pero ¿tu familia estaba involucrada?

—Mi padre dirigía la organización entonces.

Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El hombre que la estaba protegiendo pertenecía al mismo mundo que había destruido a su propia hermana.

—Me mentiste.

—Sí.

Derek sonrió.

—Ahora dame la memoria.

Clara lo miró.

Y entendió algo.

Ambos hombres querían aquellos archivos.

Derek para salvarse.

Leo para destruir a quienes habían traicionado a Sofia.

Pero la memoria no pertenecía a ninguno.

—No.

Derek frunció el ceño.

—¿Qué?

—La memoria ya no está aquí.

Su expresión cambió.

Leo también la miró sorprendido.

Clara sacó su teléfono.

—Esta mañana hice una copia.

—¿Dónde está? —preguntó Derek.

—Con un abogado.

Era verdad.

Había seguido el único consejo de Leo que realmente le había parecido sensato: nunca dejar que una sola persona controlara todas las pruebas.

—Si me ocurre algo —continuó—, los archivos se entregarán a las autoridades.

Derek perdió el control.

Se lanzó hacia ella.

Leo lo interceptó.

Hubo un forcejeo breve antes de que aparecieran hombres desde ambos extremos del estacionamiento.

Pero no eran los hombres de Leo.

Eran agentes federales.

Derek se quedó inmóvil.

Clara miró a Leo.

Él levantó ambas manos.

—Los llamé yo.

—¿Tú?

—Sofia quería sacar todo esto a la luz. Debí ayudarla entonces.

Miró a Derek.

—No volveré a cometer el mismo error.

Aquella fue la decisión que terminó con el imperio Moretti tal como Chicago lo conocía.

Leo entregó registros financieros, nombres y años de información a cambio de un acuerdo de cooperación cuya negociación duró meses.

Derek fue detenido.

Los archivos demostraron que había utilizado identidades ajenas, desviado millones y construido deliberadamente pruebas falsas contra Clara.

También salió a la luz la verdad sobre Sofia.

No había sido Leo.

Ni siquiera había sido Derek directamente.

Había sido una orden dada años atrás por uno de los antiguos socios de su padre para impedir que entregara documentos.

Leo ayudó a llevarlo ante la justicia.

El precio fue enorme.

Perdió negocios.

Aliados.

La casa.

Gran parte de su fortuna.

Pero cuando todo terminó, seguía libre bajo estrictas condiciones y había roto definitivamente con la organización que heredó.

Clara también tuvo que reconstruir su vida.

No aceptó los diez mil dólares del restaurante.

Ni una casa.

Ni protección permanente.

Aceptó solamente una cosa.

La verdad.

Cuatro meses después dio a luz a una niña sana.

La llamó Sofia.

No por Leo.

Por la mujer desconocida cuya decisión de guardar pruebas había terminado salvándoles la vida.

Una tarde, mientras Clara acomodaba a la bebé en su pequeño departamento nuevo, llamaron a la puerta.

Era Leo.

Sin guardaespaldas.

Sin traje italiano.

Llevaba una caja.

—¿Qué es?

—Algo que te pertenece.

Dentro estaba la vieja caja musical.

Había sido devuelta después de la investigación.

Clara giró la pequeña llave.

La melodía comenzó.

Leo miró a la bebé.

—Es preciosa.

—Lo sé.

—¿Necesitas algo?

Clara sonrió.

—Siempre preguntas eso.

—Es una costumbre difícil de perder.

Ella negó con la cabeza.

—Estamos bien.

Leo asintió y caminó hacia la puerta.

—Leo.

Se detuvo.

—Gracias por aquella noche.

—Tú fuiste quien decidió salir por esa puerta.

—Porque me dijiste la verdad.

Leo sonrió con tristeza.

—Solo una parte.

—Después terminaste contando el resto.

Eso parecía importar más.

Leo se marchó.

Clara cerró la puerta y miró a su hija.

Meses atrás, todo el Silver Spoon había creído que el hombre más temido de Chicago había entrado para reclamar a una mesera embarazada como si ella le perteneciera.

Todos habían entendido mal aquellas seis palabras.

“Tú te vienes a casa conmigo” nunca significó que Clara fuera propiedad de Leo Moretti.

Significaba que alguien finalmente sabía que estaba en peligro.

Y cuando llegó el momento decisivo, Clara tampoco necesitó que un jefe de la mafia la salvara.

Leo la sacó del restaurante.

Pero Clara fue quien salvó su propia vida y la de su hija cuando decidió que ningún hombre volvería a controlar su destino.

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