PARTE 2: EL SECRETO QUE ETHAN HABÍA OCULTADO DURANTE TRES AÑOS.

—Llamen al médico.

La orden de Ethan atravesó el ático.

Uno de sus ejecutivos reaccionó enseguida.

—Señor Carter, la reunión con Singapur comienza en—

Ethan levantó la mirada.

—He dicho que llamen al médico.

Nadie volvió a discutir.

Yo seguía apoyada contra él, demasiado sorprendida para reaccionar. Ethan deslizó un brazo bajo mis rodillas y otro alrededor de mi espalda.

—Puedo caminar.

—No.

—Ethan, es solo un corte.

Sus ojos grises se clavaron en los míos.

—Para mí no es “solo” nada cuando se trata de ti.

El silencio detrás de nosotros fue absoluto.

Incluso Ethan pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.

Me llevó hasta el sofá y se arrodilló frente a mí.

El hombre que hacía esperar a ministros, inversores y directores ejecutivos estaba arrodillado sobre una alfombra blanca, presionando una toalla contra mi talón ensangrentado.

Sus dedos temblaban.

Muy poco.

Pero yo lo vi.

—¿Por qué estás tan asustado?

Su mano se detuvo.

—No lo estoy.

—Te conozco lo suficiente para saber cuándo mientes.

Una sombra cruzó su rostro.

Antes de que pudiera responder, apareció el médico privado.

Necesité varios puntos.

Ethan permaneció allí durante todo el procedimiento.

Después canceló sus reuniones.

Todas.

A las tres de la madrugada, cuando los últimos ejecutivos abandonaron el apartamento, escuché dos voces cerca del ascensor.

—Nunca había visto al señor Carter así.

—Ni yo.

—¿Quién demonios es realmente esa mujer?

Me quedé inmóvil.

Ethan apareció detrás de mí.

—Deberías estar descansando.

Me giré.

—Quiero una respuesta.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros.

Su expresión volvió a cerrarse.

—No es el momento.

Me reí amargamente.

—Han pasado tres años, Ethan. ¿Cuándo será el momento?

Él guardó silencio.

—Me compraste para pagar las deudas de mi padre. Apenas me hablaste. Nunca me tocaste. Y esta noche casi pierdes el control porque me hice un corte.

Di un paso hacia él.

—¿Por qué?

Durante unos segundos pensé que finalmente hablaría.

Pero Ethan simplemente dijo:

—Ve a dormir, Amelia.

Y se marchó.

Aquello habría terminado ahí si no hubiera escuchado la llamada.

A la mañana siguiente bajaba hacia su despacho cuando oí su voz detrás de una puerta entreabierta.

—Quiero saber quién filtró su identidad.

Me detuve.

Otra voz respondió:

—Todavía no sabemos si alguien sabe que es ella.

—Averígüelo.

—¿Y si la junta descubre la verdad?

Hubo una pausa.

Entonces Ethan respondió:

—Si descubren quién es Amelia realmente, el control de Carter Technologies será el menor de nuestros problemas.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

¿Quién era yo realmente?

Retrocedí antes de que pudieran verme.

Durante los siguientes días fingí no haber escuchado nada.

Pero empecé a observar.

Ethan había colocado seguridad adicional en el edificio.

Un coche me seguía cuando salía.

Y por primera vez reparé en algo extraño.

Nunca aparecía en fotografías oficiales junto a él.

No existían imágenes públicas de nuestra boda.

Mi nombre jamás figuraba en sus perfiles corporativos.

Durante tres años había pensado que Ethan se avergonzaba de mí.

Ahora empezaba a comprender que quizá me había estado escondiendo.

La respuesta llegó una semana después.

Ethan viajó a Washington por negocios.

Yo buscaba mi pasaporte cuando encontré una pequeña llave detrás de uno de los cajones de su escritorio.

Abría un compartimento oculto.

Dentro había una carpeta negra.

En la portada aparecía mi nombre.

AMELIA REED.

Mis manos comenzaron a temblar.

Había fotografías mías tomadas mucho antes de nuestro matrimonio.

Saliendo de la universidad.

Trabajando en una cafetería.

Acompañando a mi hermana al colegio.

Incluso había una fotografía de cuando tenía diecisiete años.

Debajo encontré informes financieros sobre mi padre.

Sus deudas.

Sus acreedores.

Fechas.

Transferencias.

Y entonces vi algo que me dejó sin respiración.

Ethan había comprado las deudas de mi padre seis meses antes de proponer el matrimonio.

No nos había salvado de los acreedores.

Él se había convertido en el acreedor.

Seguí buscando.

Encontré una fotografía vieja.

Dos hombres jóvenes aparecían frente a un pequeño edificio tecnológico.

Reconocí inmediatamente a uno.

El padre de Ethan.

El otro…

Sentí que las piernas me fallaban.

Era mi padre.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Carter-Reed Systems. 1998.”

Mi padre siempre había asegurado que jamás había conocido a los Carter.

Era mentira.

Abrí otro documento.

Era un acuerdo societario firmado veinticinco años atrás.

Los nombres estaban claramente escritos.

Thomas Carter.

Daniel Reed.

Cada uno poseía el cincuenta por ciento.

Seguí leyendo.

Carter-Reed Systems había desarrollado una tecnología que posteriormente se convirtió en la base de Carter Technologies.

La empresa que ahora valía miles de millones.

Pero después de un supuesto accidente financiero, Daniel Reed había desaparecido de todos los registros.

Mi padre.

La fortuna de Ethan había nacido de una empresa que pertenecía también a mi familia.

Escuché el ascensor.

Mi sangre se congeló.

Ethan debía regresar al día siguiente.

Cerré la carpeta.

Demasiado tarde.

La puerta del despacho se abrió.

Ethan estaba allí.

No llevaba chaqueta y su expresión era completamente diferente a la del hombre que conocía.

Sus ojos bajaron hacia los documentos.

Luego hacia mí.

—Amelia.

—¿Compraste las deudas de mi padre?

Silencio.

—Respóndeme.

Ethan cerró la puerta detrás de él.

—Sí.

Aquella única palabra destruyó tres años de certezas.

—Entonces todo fue planeado.

—No como piensas.

Le mostré el antiguo acuerdo.

—¿Mi padre era dueño de la mitad de la empresa original?

Ethan apretó la mandíbula.

—Sí.

—¿Y Carter Technologies se construyó utilizando su tecnología?

Otra pausa.

—Sí.

Sentí náuseas.

—Entonces ¿te casaste conmigo para impedir que reclamara mi parte?

—No.

—¡Deja de mentirme!

Por primera vez le grité.

Ethan no respondió.

Me quité el anillo.

—¿Qué soy para ti? ¿Una esposa? ¿Una deuda? ¿Una heredera que necesitabas mantener controlada?

Cuando intenté pasar junto a él, Ethan me agarró suavemente de la muñeca.

—Te casaste conmigo porque no tenías elección.

—Exactamente.

Sus ojos se llenaron de algo parecido al dolor.

—Pero yo sí tenía elección.

Me quedé quieta.

—¿Qué significa eso?

Ethan soltó lentamente mi muñeca.

Después caminó hacia la caja fuerte y sacó otro expediente.

—Tu padre no perdió su participación.

Lo miré confundida.

—¿Qué?

—Nunca pudo venderla legalmente.

Ethan puso el documento delante de mí.

—Cuando murió mi padre, descubrí que el cincuenta por ciento original seguía perteneciendo a Daniel Reed y a sus herederos.

Mis manos comenzaron a enfriarse.

—Entonces…

—Legalmente, una parte enorme de todo lo que construí podría pertenecerte.

Lo miré horrorizada.

—¿Por eso me vigilabas?

—No.

—¿Por eso te casaste conmigo?

Ethan cerró los ojos.

—Me casé contigo para protegerte.

Solté una carcajada amarga.

—¿De quién?

Entonces su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Toda la sangre desapareció de su rostro.

Era la misma expresión que había visto cuando me corté.

Miedo.

Ethan caminó hacia las ventanas y cerró las cortinas.

—¿Qué pasa?

No respondió.

—Ethan.

Finalmente me miró.

—La junta acaba de solicitar una auditoría de los documentos fundacionales de Carter Technologies.

—¿Y eso qué significa?

—Que alguien encontró el acuerdo de tu padre.

Mi corazón se detuvo.

Ethan tomó mi abrigo y me lo entregó.

—Tenemos que irnos.

—No voy a ninguna parte hasta que me expliques quién quiere hacerme daño.

Entonces dijo algo que convirtió todo mi matrimonio en una mentira todavía mayor.

—Tu padre no empezó a apostar porque fuera un adicto, Amelia.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Ethan abrió la puerta.

Dos hombres de seguridad ya esperaban afuera.

—Las deudas fueron creadas para obligarlo a entregar unos documentos.

—¿Por quién?

Ethan me miró directamente.

—Por la misma persona que provocó la muerte de mi padre.

Sentí que apenas podía respirar.

—¿Quién?

Antes de que Ethan pudiera responder, las luces del ático se apagaron.

Un segundo después sonó la alarma de seguridad.

Uno de los guardaespaldas miró su teléfono.

—Señor Carter, tenemos una intrusión.

—¿Dónde?

El hombre levantó la mirada.

—Dentro del edificio.

Ethan me colocó inmediatamente detrás de él.

Y entonces, desde el pasillo oscuro, una voz que conocía desde mi infancia pronunció mi nombre.

—Amelia.

Todo mi cuerpo se paralizó.

Porque reconocí aquella voz.

Era mi padre.

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