PARTE 2: LA PUERTA QUE NADIE SE ATREVÍA A ABRIR.

Elena duró más que las anteriores.

Una semana.

Luego dos.

Después un mes.

No hacía preguntas innecesarias, no revisaba cajones y nunca tocaba el escritorio de Rodrigo.

Pero había algo extraño en aquella mansión.

Cada noche, cuando limpiaba el segundo piso, Elena pasaba frente a la puerta cerrada.

Y siempre percibía el mismo olor.

Lavanda.

Un aroma demasiado suave para una habitación abandonada durante tres años.

Una tarde encontró a la señora Herrera colocando flores frescas frente a aquella puerta.

—Pensé que nadie entraba.

Herrera se quedó inmóvil.

—Nadie entra.

—Entonces ¿para quién son las flores?

La mujer la miró con una tristeza que Elena no había visto antes.

—Para los muertos.

Y se marchó.

Aquella noche Elena comprendió que la casa no estaba protegiendo un secreto.

Estaba protegiendo un duelo.

Rodrigo, mientras tanto, comenzó a observarla.

No porque confiara en ella.

Precisamente por lo contrario.

Once empleadas habían renunciado.

Dos habían intentado vender información sobre su vida privada. Otra había fotografiado documentos. Una incluso había tratado de abrir aquella habitación.

Rodrigo estaba convencido de que Elena terminaría haciendo lo mismo.

Así que decidió ponerla a prueba.

Un viernes regresó temprano y dejó deliberadamente sobre la mesa de la sala un reloj de edición limitada, un sobre con varios miles de pesos y su cartera.

Después se recostó en el sofá.

Cerró los ojos.

Y fingió dormir.

Escuchó los pasos de Elena acercándose.

Ella se detuvo.

Rodrigo esperó.

Elena vio el dinero.

Después el reloj.

Después al hombre aparentemente dormido.

Rodrigo escuchó el roce de sus manos.

Ya está, pensó.

Pero Elena no tomó nada.

Recogió el sobre que estaba peligrosamente cerca del borde y lo colocó junto a la cartera.

Luego tomó una manta del sillón.

Se acercó a Rodrigo.

Y lo cubrió.

Él sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.

Hacía años que nadie hacía un gesto así sin esperar algo a cambio.

Pero entonces Elena hizo algo todavía más extraño.

Se arrodilló junto al sofá.

Rodrigo sintió sus dedos sobre su muñeca.

Abrió los ojos de golpe.

—¿Qué estás haciendo?

Elena retrocedió sobresaltada.

—¡Señor Cárdenas!

Rodrigo se incorporó.

—Te pregunté qué estabas haciendo.

Ella señaló su mano.

—Tomándole el pulso.

Rodrigo la miró desconcertado.

—¿Mi pulso?

—Su respiración parecía irregular.

—Estaba durmiendo.

Elena frunció ligeramente el ceño.

—No.

Rodrigo quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Estaba fingiendo.

Por primera vez en mucho tiempo, alguien había conseguido dejarlo sin palabras.

—¿Cómo lo sabes?

—Estudié enfermería. Cuando alguien duerme profundamente, la respiración cambia.

Elena tomó la bandeja.

—Además, lleva diez minutos apretando la mandíbula.

Rodrigo casi sonrió.

Casi.

Pero entonces Elena observó algo sobre la mesa.

Una fotografía parcialmente escondida debajo de una revista.

En ella aparecía Rodrigo varios años más joven.

A su lado había una mujer.

Y entre ambos, una niña pequeña.

Elena palideció.

La bandeja tembló entre sus manos.

Rodrigo lo vio.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Miraste la fotografía.

—Lo siento.

Elena intentó marcharse.

—Detente.

La voz de Rodrigo volvió a ser fría.

Ella se quedó quieta.

—¿Conoces a esas personas?

Elena tardó demasiado en responder.

—No.

Era mentira.

Rodrigo lo supo.

Aquella noche llamó a su jefe de seguridad.

—Quiero todo sobre Elena Salgado.

—Ya revisamos sus antecedentes antes de contratarla.

—Revísalos otra vez.

—¿Qué estamos buscando?

Rodrigo contempló la fotografía.

—No lo sé todavía.


Dos días después, Elena estaba limpiando el segundo piso cuando escuchó un ruido.

Venía de la habitación prohibida.

Se quedó quieta.

Otro golpe.

Luego silencio.

Elena se acercó.

La puerta estaba entreabierta.

Solo unos centímetros.

Nunca la había visto así.

—¿Señora Herrera?

Nadie respondió.

Empujó ligeramente.

Y entonces vio el interior.

Una cama infantil.

Animales de peluche.

Una pequeña bicicleta rosa.

Dibujos pegados a la pared.

Todo permanecía exactamente como si una niña fuera a regresar aquella misma tarde.

Elena sintió que le faltaba el aire.

Sobre una cómoda había varias fotografías.

Rodrigo.

La mujer de la fotografía.

La niña.

Elena se acercó lentamente.

Tomó una de las imágenes.

La niña tendría unos cuatro años.

Cabello oscuro.

Una sonrisa enorme.

Y alrededor del cuello llevaba un pequeño colgante plateado con forma de estrella.

Elena dejó escapar un susurro.

—No puede ser…

—¿Qué haces aquí?

La voz de Rodrigo explotó detrás de ella.

Elena se giró.

Nunca lo había visto así.

Su rostro estaba completamente pálido.

—La puerta estaba abierta.

—¡Te dijeron que jamás entraras!

—Escuché un ruido.

Rodrigo le arrancó la fotografía de las manos.

—Fuera.

—Señor Cárdenas…

—¡FUERA!

Elena salió.

Pero antes de cruzar la puerta miró nuevamente el colgante.

Porque lo había visto antes.

Muchas veces.

En una caja metálica que su abuela Carmen guardaba debajo de su cama.

Esa noche Elena regresó corriendo a Independencia.

—Abuela.

Carmen estaba tomando sus medicamentos.

—¿Qué ocurre?

—Necesito preguntarte algo.

Elena sacó el teléfono y mostró la fotografía que había alcanzado a tomar.

Cuando Carmen vio a la niña, la pastilla cayó de sus dedos.

—¿Dónde conseguiste eso?

—En la casa donde trabajo.

El rostro de Carmen perdió todo el color.

—Renuncia.

—¿Qué?

—Mañana mismo.

—Abuela, ¿quién es esa niña?

Carmen negó con la cabeza.

—No preguntes.

—Tienes su colgante.

Silencio.

Elena sintió que el corazón comenzaba a golpearle las costillas.

—¿Por qué tienes su colgante?

Carmen cerró los ojos.

—Porque cometí un error hace tres años.

—¿Qué error?

Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.

Lentos.

Carmen abrió los ojos.

Parecía aterrorizada.

Elena se acercó.

—¿Quién es?

No hubo respuesta.

Miró por la mirilla.

Y se quedó helada.

Rodrigo Cárdenas estaba al otro lado.

Elena abrió lentamente.

Rodrigo no la miró a ella.

Miró directamente a Carmen.

Y en su mano sostenía un expediente.

—Carmen Salgado.

La anciana comenzó a temblar.

—Señor Cárdenas…

Rodrigo entró.

Dejó el expediente sobre la mesa.

—Mi equipo encontró algo que debería ser imposible.

Elena miró los documentos.

Había registros hospitalarios.

Una fecha.

Y el nombre de su abuela.

Rodrigo sacó la fotografía de su hija.

—Hace tres años, mi esposa y mi hija sufrieron un accidente.

Su voz se quebró por primera vez.

—Me dijeron que ninguna sobrevivió.

Carmen empezó a llorar.

Rodrigo señaló uno de los documentos.

—Pero este registro demuestra que usted estuvo en ese hospital aquella noche.

Elena miró a su abuela.

—Dime la verdad.

Carmen respiró con dificultad.

Después se levantó lentamente y caminó hacia su habitación.

Regresó llevando la pequeña caja metálica.

La abrió.

Dentro estaba el colgante de estrella.

Rodrigo dejó de respirar.

Lo tomó con manos temblorosas.

—Esto era de mi hija.

Carmen comenzó a llorar.

—Lo sé.

Rodrigo levantó los ojos.

—¿Cómo llegó a usted?

La anciana miró primero a Elena.

Después a Rodrigo.

Y pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Porque su hija no murió aquella noche.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Rodrigo quedó completamente inmóvil.

—¿Dónde está?

Carmen apretó los labios.

—Hay algo que debe saber primero.

—¿Dónde está mi hija?

—Señor Cárdenas…

La anciana miró a Elena otra vez.

Y entonces dijo:

—Antes de preguntarme dónde está su hija, debería preguntarme por qué Elena tiene exactamente la misma cicatriz que aquella niña.

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