Parte 2: LA ÚLTIMA VOZ DE MATEO

Alejandro no durmió aquella noche.

Dejó el papel sobre su escritorio y permaneció mirándolo hasta que comenzó a amanecer sobre Santa Fe.

“Papá, te quiero. Eres mi héroe. Mateo.”

Dieciséis años.

Durante dieciséis años había creído perdida aquella nota.

Mateo la había escrito cuando tenía siete.

Tres días después, el niño murió.

Alejandro había guardado el papel en una caja con sus recuerdos, pero durante una mudanza desapareció. Había despedido empleados, interrogado al personal y revisado cada caja.

Nunca apareció.

Hasta ahora.

Y una trabajadora de limpieza a la que él había permitido llamar ladrona se lo había devuelto sin siquiera saberlo.

A las 7:05 de la mañana, Alejandro entró al Centro Empresarial Reforma.

Patricia corrió a recibirlo.

—Señor Alcázar, buenos días. Sobre el incidente de ayer, ya estamos preparando el despido de…

—¿Dónde está Marisol Hernández?

Patricia se quedó callada.

—En el piso 12.

Alejandro entró al ascensor.

Cuando las puertas se abrieron, encontró a Marisol vaciando papeleras.

Ella lo vio y bajó inmediatamente la mirada.

—Señor Alcázar.

—Necesito hablar con usted.

Marisol apretó el carrito.

—Si es por el dinero, ya dije todo lo que tenía que decir.

—No faltaba dinero.

Ella levantó la cabeza.

Alejandro sacó la cartera.

—Había ciento cuarenta mil pesos.

El pasillo quedó en silencio.

Varios empleados comenzaron a acercarse.

Patricia acababa de llegar detrás de él.

—Eso no puede ser —dijo—. Ayer usted aseguró…

Alejandro se giró.

—Ayer repetí una cantidad equivocada. Usted fue quien acusó inmediatamente a la señora Hernández.

Patricia palideció.

Marisol no parecía satisfecha.

Parecía cansada.

—Entonces quiero que retiren la amonestación.

Alejandro tardó un segundo en responder.

Había esperado indignación.

Una exigencia de dinero.

Quizá una amenaza.

Ella solo quería limpiar su nombre.

—Por supuesto.

—Y quiero una copia firmada que confirme que nunca faltó dinero.

—La tendrá.

Marisol asintió.

Tomó nuevamente su carrito.

—Entonces tengo que seguir trabajando.

—Espere.

Alejandro sacó el papel.

Cuando Marisol vio la nota, frunció el ceño.

—¿Eso estaba dentro?

—Sí.

—No la vi.

—Lo sé.

Alejandro abrió cuidadosamente el papel.

Su voz cambió.

—Lo escribió mi hijo.

Marisol levantó la mirada.

—Murió hace dieciséis años.

El pasillo entero quedó inmóvil.

Alejandro intentó continuar.

No pudo.

Aquel hombre capaz de despedir a veinte personas sin alterar la voz apretó la nota entre los dedos.

Y lloró.

Delante de todos.

—Creí que la había perdido para siempre.

Marisol no dijo nada durante unos segundos.

Después sacó un pañuelo limpio del bolsillo del uniforme y se lo ofreció.

—Entonces qué bueno que volvió a usted.

Nada más.

Ni preguntó cuánto valía la recompensa.

Ni aprovechó el momento.

Alejandro tomó el pañuelo.

—Gracias.

Patricia observaba la escena con el rostro blanco.

Porque Alejandro todavía no había terminado.

—Señora Ledesma.

—¿Sí?

—Quiero las grabaciones de seguridad de ayer.

Patricia tragó saliva.

—¿Para qué?

—Para saber por qué estaba tan segura de que Marisol había sido la única persona que entró al baño.

—Yo…

—También quiero saber por qué Recursos Humanos tenía preparada una amonestación antes de comprobar cuánto dinero había realmente.

Patricia dejó de hablar.

Dos horas después, Alejandro estaba frente a las cámaras.

La grabación mostró a Marisol entrando al baño a las 8:16.

Pero cuatro minutos antes…

Patricia había salido del mismo lugar.

Alejandro congeló la imagen.

—Amplíen.

Patricia llevaba algo negro bajo una carpeta.

Parecía una cartera.

El jefe de seguridad frunció el ceño.

—Señor, hay algo más.

Cambió de cámara.

A las 8:12, Patricia entraba al baño llevando claramente la cartera de Alejandro.

A las 8:15 salía sin ella.

Alejandro sintió un frío terrible.

—Entonces yo no la perdí allí.

—Parece que no.

—¿Quién tuvo acceso a mi oficina esa mañana?

Revisaron otra grabación.

A las 7:54, Patricia había entrado usando una tarjeta maestra.

Había permanecido dentro once minutos.

Suficiente.

Alejandro ordenó localizarla.

Pero Patricia ya había abandonado el edificio.

Su teléfono estaba apagado.

Y su computadora había sido borrada.

Aquello ya no parecía un intento de incriminar a una trabajadora.

Parecía que alguien había colocado deliberadamente la cartera para que Marisol la encontrara.

Esa tarde Alejandro volvió a buscarla.

La encontró esperando el autobús.

—Señora Hernández.

Marisol suspiró.

—¿Ahora qué pasó?

—Patricia puso mi cartera en aquel baño.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Por qué haría eso?

—No lo sé.

Alejandro dudó.

—Pero necesito preguntarle algo.

Sacó una fotografía antigua.

Mateo aparecía sonriendo junto a una bicicleta roja.

Cuando Marisol vio al niño, el color desapareció de su rostro.

Alejandro lo notó.

—¿Lo conocía?

—No.

Demasiado rápido.

—Míreme.

Marisol retrocedió.

—Tengo que recoger a mis hijos.

—Marisol.

Ella comenzó a caminar.

Alejandro la siguió.

—¿Por qué reaccionó así?

Entonces Marisol se giró.

—Porque he visto esa cara.

El corazón de Alejandro se detuvo.

—¿Dónde?

Marisol cerró los ojos.

—En mi casa.

Aquella noche, Alejandro entró por primera vez al pequeño departamento de Marisol en Iztapalapa.

Sofía coloreaba en la mesa.

Emiliano hacía la tarea.

—Niños —dijo Marisol—, vayan al cuarto.

Cuando estuvieron solos, abrió un cajón.

Sacó una caja vieja.

—Mi esposo trabajaba como paramédico.

Alejandro la miró.

—¿Qué tiene que ver eso con Mateo?

—Antes de morir me pidió que nunca tirara esta caja.

Dentro había fotografías, identificaciones y documentos.

Marisol sacó un sobre.

—Encontré esto hace años, pero nunca entendí qué significaba.

Alejandro reconoció inmediatamente la letra escrita en el frente.

Era la de su difunta esposa.

Le temblaron las manos.

Abrió el sobre.

Había una fotografía.

Mateo aparecía en una camilla.

A su lado estaba el esposo de Marisol, mucho más joven.

Y detrás de ambos…

Patricia Ledesma.

Alejandro sintió que le faltaba aire.

—¿Qué hacía Patricia allí?

—No lo sé.

Marisol sacó otro documento.

Era un registro de traslado hospitalario fechado la noche en que Mateo murió.

Alejandro leyó el nombre de su hijo.

Después leyó la hora.

Frunció el ceño.

—Esto es imposible.

—¿Qué?

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—A mí me dijeron que Mateo murió a las 9:40.

Señaló el documento.

—Pero aquí consta que a las 11:15 fue trasladado todavía con signos vitales.

Marisol palideció.

En ese momento, Emiliano apareció en la puerta.

—Mamá.

—Te dije que fueras al cuarto.

El niño no se movió.

Miraba la fotografía de Mateo.

—Ese niño…

Alejandro se volvió.

—¿Qué pasa?

Emiliano señaló la imagen.

—Papá tenía otra foto de él.

Marisol se quedó rígida.

—¿Qué foto?

—La que escondía detrás del armario.

Los tres fueron al dormitorio.

Movieron el mueble.

Pegado a la pared había un sobre plástico.

Dentro encontraron una fotografía reciente.

Alejandro dejó de respirar.

Era un joven de unos veintitrés años.

Tenía los mismos ojos.

La misma pequeña cicatriz sobre la ceja.

Y alrededor del cuello llevaba una cadena que Alejandro reconocería entre un millón.

La cadena de Mateo.

Detrás de la fotografía había una fecha.

Solo tenía seis meses.

Y una frase:

“Alejandro nunca debe saber que sobrevivió.”

Antes de que ninguno pudiera hablar, el teléfono de Marisol vibró.

Número desconocido.

Llegó un mensaje.

Una sola fotografía.

Era Patricia.

Estaba junto al mismo joven.

Debajo había cuatro palabras:

“¿Quieres volver a verlo?”

Alejandro se dejó caer en una silla.

Durante dieciséis años había llorado a un hijo muerto.

Ahora tenía frente a él una fotografía que decía algo imposible.

Mateo podía estar vivo.

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