PARTE 2: LOS TRES DÍAS EN QUE SEBASTIÁN CAMBIÓ DE ELECCIÓN

Me quedé mirando la trituradora.

Las últimas tiras de papel desaparecieron entre las cuchillas.

—¿Eso es una amenaza?

Sebastián frunció el ceño.

—No.

—Acabas de decirme que tendría que enterrarte antes de volver a casarme.

Por primera vez pareció darse cuenta de cómo había sonado.

Se pasó una mano por el rostro.

—Fue una manera horrible de decirlo.

—En eso estamos de acuerdo.

Me aparté.

—Destruir una copia no impide que vuelva a solicitar el divorcio.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué quieres?

Sebastián permaneció callado.

Aquello me enfureció todavía más.

Dos años de silencios.

Ya había tenido suficiente.

—Encontré la caja.

Su expresión cambió.

—¿Qué caja?

—Valeria Ross. Las fotografías. Las cartas. El boleto a París.

Ahora sí perdió completamente la serenidad.

—Entraste en mi escritorio.

—Buscaba mi certificado universitario.

—¿Leíste las cartas?

—Sí.

Cerró los ojos.

—Entonces esto es por Valeria.

—Esto es por nosotros.

—No existe ningún “nosotros” —continué—. Existe un hombre que perdió a la mujer que amaba porque sintió que debía responsabilizarse de mí.

—No.

—Encontré la carta, Sebastián.

—No sabes qué ocurrió esos tres días.

Me reí.

—¿Fuiste a despedirte de ella?

—Sí.

Aquella palabra me atravesó.

Aunque era exactamente lo que esperaba.

—Perfecto.

Tomé mi bolso.

—Entonces no tenemos nada más que hablar.

Sebastián me sujetó del antebrazo, pero me soltó inmediatamente.

—Fui a verla.

Me giré.

—Pero no para decirle que iba a casarme contigo.

—¿Entonces?

—Para pedirle que se casara conmigo.

No estaba preparada para eso.

Sentí que algo se hundía dentro de mi pecho.

—Gracias por aclararlo.

—Déjame terminar.

—No necesito—

—Valeria dijo que sí.

Me quedé inmóvil.

Sebastián caminó hasta el escritorio.

Abrió el cajón inferior y sacó otra carpeta.

—El primer día después de aquella noche contigo, fui a verla.

Su voz permanecía controlada.

—Le dije que había cometido un error. Que asumiría cualquier consecuencia contigo, económica o personalmente, pero que llevaba nueve años esperando por ella y no iba a abandonar nuestra oportunidad.

Tragué saliva.

—Entonces ¿por qué regresaste con un anillo para mí?

Sebastián abrió la carpeta.

Dentro había otra carta.

Esta sí estaba enviada.

Y devuelta.

—Porque al segundo día descubrí que ya no quería casarme con Valeria.

Lo miré.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí tampoco lo tuvo.

Se sentó.

—Durante nueve años estuve enamorado de un recuerdo.

Valeria había sido su primer amor.

Cuando ella se casó con otro, Sebastián convirtió aquella pérdida en algo perfecto porque nunca tuvo que enfrentarse a la realidad cotidiana de estar con ella.

Cuando finalmente se reencontraron libres, hablaron durante horas.

—Y descubrí que seguía queriéndola —dijo.

Aquello dolió.

Pero entonces añadió:

—Solo que ya no estaba enamorado de ella.

Fruncí el ceño.

—¿En tres días descubriste eso?

—No.

Me miró.

—Lo descubrí cuando ella me besó y yo pensé en ti.

El silencio cayó entre nosotros.

—No digas eso solo porque quiero divorciarme.

—Nunca he necesitado mentirte para conservarte.

—No. Simplemente nunca me dijiste nada.

Eso sí le dolió.

—Tienes razón.

Sebastián señaló la carta.

—Valeria fue quien terminó aquella conversación. Me preguntó si estaba intentando casarme con ella porque todavía la amaba o porque había esperado tanto tiempo que renunciar me parecía una derrota.

No dije nada.

—No supe responder.

—¿Y el tercer día?

Sebastián bajó la mirada.

—Lo pasé solo.

—¿Pensando en tu responsabilidad?

—Pensando en por qué la idea de que despertaras y decidieras no volver a verme me estaba afectando más que perder a Valeria.

Sentí que mi corazón comenzaba a latir demasiado rápido.

—Después regresaste con un anillo.

—Sí.

—Y dijiste “asumiré la responsabilidad”.

Sebastián cerró los ojos.

—Porque soy un imbécil emocionalmente incompetente.

No pude evitar mirarlo sorprendida.

Jamás había escuchado a Sebastián Montiel describirse así.

—Creí que si te decía que quería casarme contigo después de una sola noche pensarías que estaba aprovechándome de tu vulnerabilidad.

—Así que escogiste la frase más romántica del mundo: “asumiré la responsabilidad”.

—Fue una mala elección.

—Desastrosa.

—Sí.

Por primera vez casi sonreí.

Casi.

Entonces recordé los dos años posteriores.

—Eso no explica nuestro matrimonio.

La expresión de Sebastián volvió a endurecerse.

—¿Qué quieres decir?

—Habitaciones separadas. Conversaciones educadas. Dos desconocidos compartiendo apellido.

—Pensé que eso era lo que querías.

Lo miré incrédula.

—¿Cómo podías pensar eso?

—Porque la mañana después de nuestra boda pediste una habitación propia.

—¡Porque tú preparaste dos habitaciones!

Sebastián se quedó callado.

—¿Qué?

—Entré en la casa y había dos dormitorios preparados.

—Porque pensé que necesitarías espacio.

—Yo pensé que no querías tocarme.

Nos quedamos mirándonos.

Era tan absurdo que casi resultaba doloroso.

Dos años.

Dos adultos supuestamente inteligentes.

Y ninguno había preguntado.

—Cuando intentaba acercarme —dijo él—, tú encontrabas alguna excusa para marcharte.

—Porque parecías incómodo.

—Estaba nervioso.

Solté una carcajada incrédula.

—¿Tú?

—Contigo, sí.

Aquello era demasiado.

Levanté una mano.

—Aunque todo eso sea cierto, quiero tiempo.

Sebastián no discutió.

—Bien.

—Y el divorcio sigue siendo una posibilidad.

Su mandíbula se tensó.

Pero asintió.

—Bien.

—No vas a destruir más documentos.

—No.

—Ni volverás a hablar de viudas.

Cerró los ojos un segundo.

—Preferiría que olvidaras esa frase.

—Jamás.


Me mudé de la casa Montiel aquella misma semana.

Sebastián no intentó impedírmelo.

Eso fue lo primero que me hizo creer que realmente había entendido.

Alquilé un departamento pequeño.

Volví a trabajar en la editorial donde había estado antes del matrimonio.

Y concerté una cita con aquella agencia matrimonial.

No porque necesitara esposo.

Por pura terquedad.

Sebastián se enteró.

No sé cómo.

El día de mi primera cita, salí del edificio y lo encontré apoyado contra su automóvil.

—No puedes estar hablando en serio.

—Muchísimo.

—¿Cómo se llama?

—¿Quién?

—El hombre.

Sonreí.

—Gabriel.

Sebastián cerró los ojos como si aquel nombre le produjera dolor físico.

—¿Profesión?

—Arquitecto.

—¿Edad?

—Treinta.

—Demasiado joven.

—Tú tienes treinta y cuatro.

—Exactamente.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Pasé junto a él.

—Buenas noches, Sebastián.

No me siguió.

Y aquello también importó.

La cita con Gabriel fue agradable.

Inteligente.

Educado.

Divertido.

No hubo chispa.

Pero al regresar encontré un mensaje de Sebastián.

“Espero que te haya tratado con respeto.”

Nada más.

No preguntó si me había besado.

No exigió detalles.

No apareció en mi puerta.

Durante los siguientes meses hicimos algo que jamás habíamos hecho durante nuestro matrimonio.

Nos conocimos.

De verdad.

Tomamos café.

Discutimos.

Una vez le grité.

Sebastián se quedó mirándome fascinado.

—¿Qué?

—Nunca me habías gritado.

—Acostúmbrate.

Sonrió.

También conocí finalmente a Valeria.

Fue accidental.

Coincidimos en una exposición.

Ella me reconoció primero.

—Tú eres la esposa de Sebastián.

—Exesposa potencial.

Se rio.

Después se puso seria.

—Supongo que encontraste las cartas.

—Sí.

—Entonces deberías saber algo.

Sentí que mi cuerpo se tensaba.

—¿Qué?

—La noche que vino a verme, pensé que finalmente había conseguido lo que quería.

Valeria bajó la mirada.

—Hasta que pronunció tu nombre siete veces en una hora.

Parpadeé.

—¿Siete?

—Las conté porque me estaba irritando.

No pude evitar reír.

—Le dije: “Sebastián, llevas nueve años esperando por mí y solo llevas una noche intentando olvidar a esa mujer. ¿Por qué parece que ella está ganando?”

—¿Qué respondió?

Valeria sonrió.

—Nada.

—Muy propio de él.

—Exactamente.

Después me dijo algo que terminó de cambiar mi forma de ver aquellos tres días.

—Yo no perdí a Sebastián por ti.

Me miró directamente.

—Lo nuestro ya había terminado mucho antes. Solo necesitábamos encontrarnos otra vez para descubrirlo.


Seis meses después, mi abogado me llamó.

El proceso podía finalizar.

Tenía los documentos delante.

Solo faltaba mi última firma.

Esa noche cité a Sebastián.

Llegó pensando que iba a firmar.

Puse los papeles sobre la mesa.

Su rostro quedó completamente inexpresivo.

—Entiendo.

Tomó el bolígrafo.

Esta vez no los rompió.

No discutió.

No habló de la familia Montiel.

Simplemente firmó donde correspondía.

Después empujó los documentos hacia mí.

—Si esto es lo que necesitas para ser feliz, no voy a impedirlo.

Miré su firma.

—¿Y Valeria?

Frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver ella?

—Nada.

Y por fin entendí que esa era precisamente la respuesta que necesitaba escuchar.

Cerré la carpeta.

Sebastián se levantó.

—Adiós.

—Espera.

Se detuvo.

Saqué otra hoja.

No era un acuerdo matrimonial.

Era una reserva para cenar.

Dos personas.

Viernes.

Ocho de la noche.

Sebastián leyó.

Después me miró.

—¿Qué significa?

—Que nuestro matrimonio empezó mal.

—Muy mal.

—Y continuó peor.

—También.

—Así que no quiero repararlo.

Su rostro se apagó.

Entonces añadí:

—Quiero terminarlo.

Puse la mano sobre los documentos firmados.

—Y si después quieres invitarme a salir como un hombre normal, puedes intentarlo.

Sebastián permaneció inmóvil.

—¿Una cita?

—Una.

—¿Y después?

—Veremos.

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

Era distinta de todas las que le había conocido.

—¿Puedo recogerte?

—No.

Desapareció.

—Nos encontramos allí.

—Entendido.

—Y Sebastián.

—¿Sí?

—Si vuelves a decir “asumiré la responsabilidad”, me marcho.

Se rio.

—Entendido.


Nos divorciamos.

De verdad.

La familia Montiel casi sufrió un colapso colectivo.

Su madre preguntó por qué demonios nos divorciábamos si seguíamos viéndonos.

Sebastián respondió:

—Porque la primera vez me casé con ella antes de aprender a hablarle.

Tardamos once meses en volver a casarnos.

La segunda propuesta no ocurrió después de una noche confusa.

No hubo culpa.

No hubo deber.

No hubo una mujer esperando en París.

Sebastián me llevó a la misma terraza donde me había encontrado llorando años atrás.

Esta vez yo estaba completamente sobria.

Sacó un anillo.

Y, por primera vez, preguntó:

—¿Quieres casarte conmigo?

Lo hice esperar unos segundos.

Por venganza.

—Sí.

Sebastián respiró como si hubiera pasado esos segundos sin oxígeno.

Después sonreí.

—Pero habitaciones separadas no.

—Jamás.

—Y nada de “responsabilidad”.

—Nunca más.

—¿Y si algún día quiero divorciarme?

Me miró con resignación.

—Contrataré un abogado y sufriré civilizadamente.

Me eché a reír.

Aquello era suficiente.

Porque finalmente entendí lo que había ocurrido aquellos tres días después de nuestra primera noche.

Sebastián sí había ido a buscar a la mujer que creyó amar durante nueve años.

Pero no volvió conmigo porque hubiera renunciado a ella por obligación.

Volvió porque, cuando finalmente tuvo delante el futuro que llevaba años idealizando, descubrió que ya estaba pensando en otro.

El problema nunca fue que Sebastián no me hubiera elegido.

Fue que ninguno de los dos supo decirlo.

Por eso nuestro primer matrimonio nació del silencio y terminó en divorcio.

El segundo comenzó con una pregunta.

Y esa pequeña diferencia cambió absolutamente todo.

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