PARTE 2: CUANDO ADRIÁN DESCUBRIÓ QUE ESTA VEZ YO NO VOLVERÍA A SUPLICARLE, ABANDONÓ A LA MUJER QUE HABÍA PRESUMIDO Y CRUZÓ MEDIO PAÍS PARA BUSCARME… PERO YA ERA DEMASIADO TARDE.

El cumpleaños de Adrián llegó dos días después.

Durante tres años, yo siempre había sido la primera en felicitarlo.

A medianoche exacta.

Ese año, las doce llegaron.

Y yo estaba dormida.

A las ocho de la mañana, mientras intentaba montar una mesa barata que había comprado por internet, alguien llamó a mi puerta.

Era Mateo.

—La estás armando al revés.

Miré la mesa.

—No puede ser.

—Puede. Y lo hiciste.

Por primera vez desde que había visto aquella fotografía, me reí.

Mateo entró, corrigió las patas y se marchó diez minutos después.

No pidió mi número.

No intentó averiguar si tenía novio.

Solo dejó un destornillador sobre la mesa.

—Devuélvemelo cuando quieras.

Aquella normalidad me pareció extrañamente cómoda.

Lo que yo ignoraba era que, a cientos de kilómetros, Adrián llevaba horas mirando su teléfono.

A las 00:01 había esperado mi mensaje.

A las 00:30 todavía pensaba:

“Está intentando castigarme.”

A las dos se convenció de que aparecería por la mañana.

A las diez empezó a irritarse.

A mediodía llamó a mi antiguo número.

“El número marcado no está disponible.”

Volvió a llamar.

Mismo resultado.

Entonces abrió WeChat.

Mi contacto había desaparecido.

Buscó mis otras redes.

Nada.

Por primera vez, sintió algo que yo había sentido demasiadas veces.

Pánico.

Llamó a mi oficina.

—¿Paula está?

—Paula renunció.

—¿Qué?

—Hace dos días.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿A dónde fue?

—No lo sabemos.

—Pásame su nueva dirección.

—No la tenemos.

Colgó.

Sofía estaba sentada frente a él, junto a una tarta de cumpleaños.

—¿Otra vez Paula?

Adrián levantó la cabeza.

—Se fue.

Sofía sonrió.

—Volverá.

Aquellas palabras deberían haberlo tranquilizado.

No lo hicieron.

—Cambió de número.

La sonrisa de Sofía vaciló.

—Bueno… está haciendo drama.

Adrián abrió la publicación que había subido aquella madrugada.

La fotografía seguía allí.

Y debajo estaba su propia respuesta:

“¿Cuándo no vuelve ella sola a rogarme?”

Por primera vez, aquellas palabras dejaron de parecerle graciosas.

Parecían la sentencia arrogante de un hombre que todavía no sabía lo que acababa de perder.

—Borra la foto —dijo.

Sofía parpadeó.

—¿Qué?

—Bórrala.

—Pero tú aceptaste publicarla.

—He dicho que la borres.

—Adrián, ¿ahora vas a sentirte culpable porque Paula decidió exagerar?

Él la miró.

—¿Qué pasó realmente aquella noche en la reunión?

Sofía se quedó callada.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando todos empezaron con lo del beso. ¿Por qué no te apartaste?

—¿Y tú por qué no me apartaste?

La pregunta lo golpeó.

Porque tenía razón.

Yo me había marchado esperando que él viniera detrás.

No lo hizo.

Durante un mes entero.

Y después había decidido castigar mi silencio mostrando públicamente a otra mujer.

No había sido un accidente.

Había querido hacerme daño porque estaba seguro de que el dolor me haría regresar.

Solo que esta vez había calculado mal.


Yo no supe nada de aquello.

Encontré trabajo tres semanas después.

No era mejor que el anterior.

Tampoco peor.

Era nuevo.

Y eso bastaba.

Mateo terminó convirtiéndose en la primera persona que conocí en aquella ciudad.

Algunas mañanas coincidíamos bajando las escaleras.

A veces compartíamos comida.

Nunca preguntó demasiado.

Hasta una noche en que encontró una caja frente a mi puerta.

—Te llegó esto.

Reconocí inmediatamente la letra.

Adrián.

Mi cuerpo se tensó.

Mateo me entregó el paquete.

—¿Malas noticias?

—Una vida anterior.

Entré en casa.

Dentro había un reloj que Adrián me había regalado en nuestro primer aniversario.

También había una nota.

“Encontré tus cosas. Llámame. Tenemos que hablar.”

No había disculpa.

Ni una pregunta sobre cómo estaba.

Solo una orden.

Llámame.

Sonreí amargamente.

Guardé el reloj.

Y tiré la nota.


Pasaron otros dos meses.

Adrián consiguió localizar a mi madre.

Después a una antigua compañera.

Después al propietario del apartamento que habíamos compartido.

Nadie le dio mi dirección.

Entonces empezó a comprender la dimensión real de mi desaparición.

No había sido una amenaza.

Yo había desmontado meticulosamente cada puente que conducía hacia él.

Una noche, Marcos le preguntó:

—¿De verdad la estás buscando?

Adrián no respondió.

—Pensé que dijiste que siempre volvía.

—Cállate.

—Tú también te reíste aquella noche.

Adrián apretó el vaso.

—Lo sé.

—¿Y Sofía?

—No estamos juntos.

—Pero publicasteis…

—Fue para que Paula lo viera.

Marcos lo miró con incredulidad.

—Entonces querías ponerla celosa.

Adrián no respondió.

—Hermano… querías comprobar que todavía podías hacerla volver.

Aquella frase fue peor que un insulto.

Porque era verdad.


Cinco meses después de mi llegada, conseguí un ascenso.

Esa noche Mateo apareció con dos refrescos y una pequeña tarta.

—Me enteré.

—¿Cómo?

—Tus gritos de felicidad atravesaron la pared.

Me reí.

Nos sentamos junto a la ventana.

—¿Nunca echas de menos tu antigua ciudad? —preguntó.

Pensé en Adrián.

—Echo de menos algunas cosas.

—¿Y a algunas personas?

Tardé un poco más.

—A la persona que yo creía que era alguien.

Mateo no preguntó nada más.

Y agradecí ese silencio.

Porque ya había aprendido que existen silencios que castigan…

y silencios que respetan.


Dos semanas después, al regresar del trabajo, vi un coche negro frente al edificio.

Me detuve.

Adrián estaba apoyado contra la puerta.

Durante unos segundos no reconocí al hombre que había sido el centro de mi mundo.

Parecía agotado.

Al verme, avanzó.

—Paula.

Mi corazón dio un golpe.

Pero no corrí hacia él.

—¿Cómo me encontraste?

—Me llevó cinco meses.

—No era la pregunta.

Bajó la mirada.

—Contraté a alguien.

Sentí una punzada de molestia.

—Entonces desperdiciaste tu dinero.

Intenté pasar.

Adrián me sujetó del brazo y enseguida me soltó.

—Espera.

—¿Qué quieres?

—Hablar.

—Habla.

Miró el edificio.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—¿En serio dejaste todo por aquella foto?

Solté una pequeña risa.

Cinco meses.

Y todavía no entendía.

—No me fui por una foto.

—Entonces dime por qué.

Lo miré directamente.

—Porque cuando la publicaste comprendí que nuestra relación llevaba mucho tiempo terminada. Solo faltaba que yo lo aceptara.

—Paula, Sofía y yo nunca…

—No importa.

—¡Claro que importa!

—Para ti.

Adrián se quedó inmóvil.

—Yo sabía que la verías —admitió finalmente.

Asentí.

—Lo imaginaba.

—Estaba enfadado.

—También lo imaginaba.

—Pensé que me llamarías.

—Eso también lo sé.

Su voz se quebró ligeramente.

—Siempre lo hacías.

Y allí estaba.

La verdad.

—Exacto.

Me acerqué un poco.

—Nunca tuviste miedo de perderme porque yo te enseñé que podías hacerme cualquier cosa y aun así sería yo quien regresaría.

Adrián negó con la cabeza.

—No cualquier cosa.

—Veintisiete llamadas, Adrián.

Se quedó callado.

—Cuarenta y tres mensajes.

Silencio.

—Y tú respondiste “ajá”.

Su rostro cambió.

—Paula…

—No estoy reclamándote. Solo estoy explicándote por qué ya no queda nada que arreglar.

Entonces escuchamos pasos.

Mateo bajaba las escaleras.

—Paula, olvidaste…

Se detuvo al vernos.

Llevaba mi paraguas en la mano.

Adrián miró el paraguas.

Después a Mateo.

Y luego a mí.

Su rostro perdió el color.

—¿Quién es?

Antes, habría corrido a tranquilizarlo.

Le habría explicado todo.

Esta vez tomé el paraguas.

—Gracias, Mateo.

Él entendió inmediatamente.

—Nos vemos arriba.

Cuando desapareció, Adrián preguntó:

—¿Estás con él?

Lo miré.

—Eso ya no es asunto tuyo.

Fue entonces cuando comprendió de verdad.

No cuando cambié de número.

No cuando renuncié.

Ni siquiera cuando desaparecí.

Adrián comprendió que me había perdido cuando descubrió que ya no tenía derecho a preguntarme quién ocupaba un lugar en mi vida.

Sacó algo del bolsillo.

Era una pequeña caja.

Reconocí el terciopelo azul.

Se me helaron las manos.

—Compré esto antes de nuestra pelea —dijo.

Abrió la caja.

Había un anillo.

—Pensaba pedírtelo en mi cumpleaños.

Lo miré sin tocarlo.

—Entonces ¿por qué publicaste aquella fotografía dos días antes?

Adrián cerró los ojos.

No tenía una respuesta capaz de salvarlo.

—Porque estaba seguro de que volverías.

Asentí lentamente.

—Y ese fue tu error.

Cerró la caja.

—¿No queda ninguna posibilidad?

Pensé en los tres años.

En las madrugadas suplicando.

En aquel “ajá”.

En la fotografía.

Y después pensé en aquella primera noche sobre una esterilla, sin muebles, pero sintiéndome extrañamente libre.

—No.

Adrián permaneció abajo mucho tiempo después de que yo subiera.

Pero no regresé.

Un año después, seguía viviendo en el 601.

Había comprado una cama.

Había plantas junto a la ventana.

Había conseguido otro ascenso.

Mateo seguía en el 602.

Con el tiempo nos hicimos cercanos, aunque aprendí a no convertir a nadie en el centro de mi existencia.

De Adrián supe poco.

Marcos me escribió una sola vez.

“Cambió mucho después de que te fuiste.”

No respondí.

No necesitaba saber cuánto se había arrepentido.

Porque mi final feliz nunca consistió en verlo sufrir.

Consistió en descubrir que podía irme.

Aquella madrugada pensé que estaba perdiendo tres años de mi vida.

Ahora sé que estaba recuperando todos los años que venían después.

Adrián pasó un mes convencido de que mi silencio terminaría con otra súplica.

Lo que nunca imaginó fue que aquella vez mi silencio no era una estrategia para recuperarlo.

Era mi manera de despedirme para siempre.

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