PARTE 2: CUANDO ADRIÁN DESCUBRIÓ QUE YO HABÍA CANCELADO NUESTRA BODA, CORRIÓ A RECUPERARME… PERO YA ERA DEMASIADO TARDE PARA BORRAR TODO LO QUE HABÍA HECHO POR CLARA.

Adrián permaneció mirando mi teléfono durante varios segundos.

Como si aquellas palabras pudieran cambiar si esperaba lo suficiente.

SOLICITUD DE CANCELACIÓN DEFINITIVA DE CEREMONIA.

Finalmente levantó la cabeza.

—¿Estás hablando en serio?

Guardé el móvil.

—Sí.

Clara fue la primera en reaccionar.

—Giulia, entiendo que estés enfadada, pero cancelar una boda por una noche…

La miré.

—No fue por una noche.

Su sonrisa desapareció.

Adrián frunció el ceño.

—No metas otras cosas aquí.

Casi me hizo gracia.

—¿Qué otras cosas?

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—No, Adrián. Dímelo.

Él guardó silencio.

Así que lo hice yo.

—¿Te refieres a cuando me culpaste porque un cliente me acosó?

Clara bajó ligeramente la mirada.

—¿O cuando olvidaste mi cumpleaños porque estabas acompañándola al hospital por una gripe?

La mandíbula de Adrián se tensó.

—Eso ocurrió hace dos años.

—¿O cuando cancelaste nuestras vacaciones porque Clara terminó con su novio y dijiste que no podías dejarla sola?

—Giulia.

—¿O cuando tu madre organizó una cena familiar y tú le pediste que sentara a Clara a tu lado mientras yo acabé junto al personal de relaciones públicas porque nadie sabía que era tu prometida?

Su rostro cambió.

Por primera vez, no parecía enfadado. Parecía acorralado.

Clara dio un paso hacia mí.

—Nunca quise interferir entre vosotros.

La miré con calma.

—No hacía falta que quisieras.

Después miré a Adrián.

—Él siempre te abría la puerta.

Adrián respiró hondo.

—Subamos y hablamos.

—No tenemos nada que hablar.

Intentó tomarme de la muñeca.

Retrocedí.

Ese gesto lo dejó inmóvil.

Durante cinco años había sido yo quien lo seguía.

Yo quien intentaba arreglar las discusiones.

Yo quien preguntaba si estaba molesto.

Yo quien esperaba.

Era la primera vez que él extendía la mano y yo decidía no alcanzarla.

—Giulia —dijo con voz baja—. Cancelar la boda no es una decisión que puedas tomar tú sola.

—La ceremonia sí.

—Entonces volveré a reservarla.

—No asistiré.

Sus ojos se endurecieron.

—Estás actuando por impulso.

—Mis padres viajaron cientos de kilómetros.

Mi voz seguía tranquila.

—Mi madre compró un vestido porque estaba nerviosa por conocerte.

—Mi padre preparó preguntas para no parecer maleducado.

—Esperaron tres horas mirando una silla vacía.

Adrián apartó la mirada.

—Ya te expliqué lo que ocurrió.

—Exactamente.

Asentí.

—Y lo entendí.

Eso pareció molestarlo más.

—Deja de repetir eso.

—¿Por qué?

—Porque estás diciendo “entiendo” como si no te importara.

Lo miré.

—Eso es precisamente lo que está pasando.

Clara se quedó completamente quieta.

Adrián tardó unos segundos en comprender.

—¿Ya no te importa?

No respondí.

Pasé junto a ellos.

Esta vez no me detuvo.


Cuando llegué al apartamento, saqué una maleta del armario.

No llevaba semanas planeando irme.

Pero una vez que empecé, resultó sorprendentemente sencillo.

Ropa.

Documentos.

Ordenador.

Algunas fotografías de mis padres.

Nada más.

La mitad de las cosas de aquella casa habían sido compradas por Adrián.

Durante años pensé que significaban una vida compartida.

Ahora solo parecían objetos.

Encontré una caja en el fondo de un cajón.

Dentro estaban las muestras de las invitaciones de boda.

Nuestros nombres impresos en letras doradas.

GIULIA JIANG & ADRIÁN LIANG.

Las miré durante unos segundos.

Después cerré la caja y la dejé sobre la mesa.

No necesitaba llevármela.

A las seis de la tarde escuché la puerta.

Adrián entró.

Me vio junto a la maleta.

Se quedó paralizado.

—¿Qué estás haciendo?

—Me voy.

—¿Adónde?

—A un hotel por ahora.

Dejó las llaves.

—No.

Aquella palabra habría bastado antes para hacerme detener.

Esta vez continué cerrando la cremallera.

Adrián caminó hacia mí.

—Giulia, basta.

—La boda ya está cancelada. No necesitas seguir actuando.

—¿Quién está actuando?

Me volví.

—Tú.

Su rostro se endureció.

—He estado contigo cinco años.

—Y durante esos cinco años, cada vez que Clara necesitaba algo, yo dejaba de existir.

—Eso no es verdad.

—Entonces dime una vez que me elegiste a mí cuando las dos te necesitábamos.

Adrián abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Ese silencio fue casi perfecto.

Sonreí débilmente.

—Exacto.

Tomé la maleta.

Él bloqueó la puerta.

—No te vas.

—Apártate.

—Primero vamos a resolver esto.

—No hay nada que resolver.

—Hay una boda dentro de dos meses.

—Ya no.

—Nuestros padres ya lo saben.

—Los míos también saben que está cancelada.

Aquello lo sorprendió.

—¿Se lo dijiste?

—Esta mañana.

—¿Y qué dijeron?

Recordé los brazos de mi madre alrededor de mí.

Los ojos húmedos de mi padre.

—Nada.

Hice una pausa.

—Solo parecieron aliviados.

El rostro de Adrián perdió color.

Por primera vez entendió que el problema ya no estaba únicamente entre nosotros.

Mis padres no estaban esperando una disculpa suya. Estaban esperando que yo regresara a mí misma.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Clara.

Lo observé.

Adrián rechazó la llamada.

Un segundo después volvió a sonar.

La rechazó de nuevo.

—¿Ves? —dijo—. No voy a contestar.

Me quedé mirándolo.

—¿Esperas que te felicite?

Su expresión se quebró ligeramente.

—Estoy intentando demostrarte que te estás equivocando.

—No.

Negué con la cabeza.

—Estás intentando demostrarlo ahora porque sabes que me voy.

Tomé el asa de la maleta.

—Cuando estabas seguro de que me quedaría, nunca tuviste que demostrar nada.

Esta vez se apartó.


Al día siguiente pedí una semana libre.

También envié una solicitud de traslado a otra filial.

No quería seguir trabajando bajo el mismo edificio que Adrián.

Pero antes del mediodía, Recursos Humanos me llamó.

—Señorita Jiang, el director Liang rechazó su solicitud.

Me quedé mirando el teléfono.

—¿Con qué motivo?

—Necesidades operativas.

Solté una risa seca.

—Entiendo.

Diez minutos después entré en su despacho.

Adrián estaba esperando.

—¿Por qué rechazaste mi traslado?

—Porque estás huyendo.

—Es una decisión profesional.

—No lo es.

Dejé mi tarjeta de empleado sobre su mesa.

—Entonces renuncio.

Su expresión cambió de inmediato.

—No seas absurda.

—¿También vas a rechazar eso?

—Giulia.

—No puedes obligarme a casarme contigo y tampoco puedes obligarme a trabajar aquí.

Adrián se levantó.

—¿Qué quieres que haga?

Aquella pregunta me sorprendió.

Nunca se la había escuchado.

—¿Quieres que vaya a ver a tus padres? Voy.

—¿Quieres otra boda? La organizamos.

—¿Quieres que anuncie nuestro compromiso públicamente? Lo hago hoy.

Lo miré.

Cinco años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar aquellas palabras.

Ahora solo sentía cansancio.

—Quiero que aceptes que terminó.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Eso no.

Antes de que pudiera contestar, alguien golpeó la puerta.

Clara entró.

Tenía los ojos rojos.

—Adrián, necesito hablar contigo.

Él cerró los ojos un segundo.

—Ahora no.

Clara me miró.

—Tiene que ser ahora.

Sacó una carpeta de su bolso.

—Changheng Industries ha enviado una queja formal.

Adrián extendió la mano.

—Déjala.

Pero Clara no se movió.

—Dicen que si cancelamos el contrato por lo ocurrido conmigo, revelarán información sobre un proyecto de hace tres años.

Algo en la expresión de Adrián cambió.

Yo estaba a punto de marcharme cuando escuché mi nombre.

—También mencionan a Giulia.

Me detuve.

—¿A mí?

Clara palideció.

Adrián tomó la carpeta.

—No tienes que leer esto.

Esa frase hizo que todo mi cuerpo se tensara.

—¿Por qué?

Él no respondió.

Me acerqué.

—Adrián.

—Giulia, vete.

Fue entonces cuando comprendí que no estaba intentando protegerme de Clara.

Estaba intentando impedir que yo descubriera algo.

Le quité la carpeta antes de que pudiera apartarla.

En la primera página estaba el nombre de la empresa.

En la segunda, una investigación interna.

Y en la tercera apareció una fecha que reconocí inmediatamente.

Era la noche en que aquel cliente me había acosado.

Seguí leyendo.

Había una declaración.

Una denuncia.

Y debajo, una firma.

Mi respiración se detuvo.

Porque durante tres años Adrián me había repetido que la empresa nunca había recibido pruebas suficientes para actuar.

Pero frente a mí estaba el documento que demostraba lo contrario.

La empresa sí había investigado al hombre.

Había testigos.

Había cámaras.

Y alguien había solicitado cerrar el caso para proteger el contrato.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Quién hizo esto?

Adrián no respondió.

Mis ojos bajaron hasta el final de la página.

Allí estaba la autorización.

Una firma limpia.

Familiar.

ADRIÁN LIANG.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Tú…

Clara dio un paso atrás.

Adrián rodeó el escritorio.

—Giulia, déjame explicarte.

Apreté la carpeta contra mis manos.

—¿Tú cerraste mi denuncia?

—No fue así.

—¿Tú sabías que había pruebas?

—Escúchame.

—¡¿LO SABÍAS?!

Por primera vez, mi voz atravesó todo el despacho.

Adrián se quedó inmóvil.

Y su silencio confirmó lo único que todavía me negaba a creer.

El hombre que aquella noche me había dicho que quizá todo ocurrió porque yo trabajaba demasiado tarde no solo sabía que yo decía la verdad.

Había sido él quien se aseguró de que nadie hiciera nada.

Entonces Clara habló desde detrás de nosotros.

Muy bajo.

—Giulia…

La miré.

Tenía el rostro completamente blanco.

—Hay algo más.

Adrián se volvió bruscamente.

—Clara, cállate.

Ella comenzó a llorar.

—No puedo.

—He dicho que te calles.

Clara me miró directamente.

—Ese proyecto no era de Adrián.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Qué quieres decir?

Adrián dio un paso hacia ella.

Pero Clara terminó la frase antes de que pudiera detenerla.

—La persona que le pidió que enterrara tu denuncia fui yo.

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