PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE LUCHAR POR ÉL, ADRIAN DESCUBRIÓ QUE ERA ÉL QUIEN NO PODÍA DEJARME IR

A la mañana siguiente, Adrian encontró los documentos del divorcio sobre su escritorio.

Los leyó dos veces.

Después entró en mi habitación sin tocar.

—¿Qué significa esto?

Yo estaba guardando ropa en una maleta.

—Un divorcio.

—Sé leer, Sofía.

—Entonces nos ahorramos la explicación.

Su rostro se endureció.

—¿Esto es otra forma de castigarme por Isabella?

Suspiré.

Aquello empezaba a resultarme absurdo.

—Adrian, no recuerdo haberte amado.

La habitación quedó en silencio.

Su expresión cambió.

Por primera vez desde mi accidente, pareció realmente herido.

—Soy tu esposo.

—Legalmente.

—Tenemos un hijo.

Miré hacia el pasillo, donde Leo jugaba con Isabella.

—Ese niño me golpeó y tú me preguntaste si había aprendido la lección.

Adrian abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Continué:

—Todos aquí parecen esperar que vuelva a convertirme en una mujer desesperada por conseguir vuestro cariño.

Cerré la maleta.

—No quiero ser esa mujer.

Pasé junto a él.

Adrian me sujetó del brazo.

—¿Y ese “antiguo amor” de la universidad?

Lo miré sorprendida.

Así que había escuchado aquello.

—¿Qué pasa con él?

—¿Vas a buscarlo?

—Quizá.

Su mano se tensó.

—Sigues casada conmigo.

—Por eso estoy intentando resolver ese pequeño inconveniente.

Se quedó mirándome como si acabara de abofetearlo.


Ese mismo día me mudé a un apartamento que mi abogada había conseguido temporalmente.

Adrian llamó 17 veces.

No respondí.

A la decimoctava llamada bloqueé su número.

Entonces empezó a escribir desde otro teléfono.

«Tenemos que hablar.»

«Leo pregunta por ti.»

Aquello me sorprendió.

El niño que me llamaba “mujer mala” ahora preguntaba por mí.

Mi amiga me explicó por qué.

Durante años yo había organizado absolutamente todo lo relacionado con Leo.

Escuela.

Médicos.

Cumpleaños.

Ropa.

Comidas.

Noches de fiebre.

Adrian era su padre cuando convenía.

Yo había sido su madre todos los días.

Pero Leo había aprendido que podía despreciarme y aun así yo seguiría allí.

Hasta que dejé de estarlo.

Tres días después, Adrian apareció frente a mi apartamento.

Parecía no haber dormido.

—Leo lleva dos noches llorando.

—Entonces consuélalo.

—Quiere a su madre.

—Cuando estaba delante de mí me llamaba “mujer mala”.

Adrian bajó la mirada.

—Isabella le dijo algunas cosas.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué cosas?

Y entonces apareció la primera grieta.

Después de que me fui, Adrian había revisado la tableta de Leo.

Encontró mensajes de voz enviados por Isabella.

Le decía que yo había intentado hacerle daño.

Que yo odiaba a Leo porque él la quería.

Que debía protegerla de mí.

Pero había algo peor.

Isabella llevaba meses manipulando situaciones para provocar mis reacciones.

Había aprendido exactamente qué decir delante de Adrian, qué callar y cuándo llorar.

—¿Y ahora quieres que vuelva? —pregunté.

—Quiero arreglarlo.

Negué.

—Tú no necesitas arreglar tu matrimonio, Adrian.

—Necesitas preguntarte por qué necesitaste que yo perdiera la memoria para empezar a escucharme.

Aquello lo dejó completamente quieto.


Las semanas siguientes empeoraron para él.

Mi abogado solicitó formalmente el divorcio y una revisión completa del patrimonio matrimonial.

Mi familia biológica apareció entonces.

Mis padres querían hablar.

Mis hermanos querían “explicarme el pasado”.

Me negué.

No recordaba haberlos amado.

Pero sí podía leer documentos.

Y los documentos eran mucho más claros que sus lágrimas.

Descubrí que después de mi caída nadie había investigado seriamente qué me había llevado hasta aquella azotea.

Todos habían aceptado la versión más cómoda:

Sofía era inestable.

Sofía estaba obsesionada.

Sofía odiaba a Isabella.

Hasta que mi amiga recuperó una copia de seguridad antigua de mi teléfono.

Había mensajes.

Grabaciones.

Fotografías.

Y una conversación especialmente importante.

Isabella reconocía que había provocado deliberadamente varios enfrentamientos porque quería que Adrian terminara odiándome.

Cuando Adrian escuchó aquella grabación, se quedó sentado durante casi una hora sin hablar.

Después fue a buscar a Isabella.

No sé qué ocurrió entre ellos.

No pregunté.

Ya no era asunto mío.

Esa noche apareció nuevamente frente a mi puerta.

Esta vez no intentó entrar.

—Sofía.

—¿Qué?

Tenía los ojos rojos.

—Te fallé.

Esperó.

Quizá esperaba que aquellas palabras despertaran algo dentro de mí.

No ocurrió.

—Lo siento —dije.

Adrian palideció.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Antes habrías hecho cualquier cosa para escucharme decir eso.

Lo miré durante varios segundos.

—Esa es precisamente la tragedia, Adrian.

—Llegaste cuando la mujer que necesitaba escucharlo ya no existe.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Pero no abrí la puerta.


El divorcio terminó meses después.

Leo comenzó terapia.

Poco a poco dejó de insultarme.

Una tarde me preguntó:

—¿Ya no eres mi mamá?

Me agaché frente a él.

—Siempre voy a preocuparme por ti. Pero querer a alguien no significa permitir que te trate mal.

Leo empezó a llorar.

Lo abracé.

No porque Adrian estuviera mirando.

No porque Isabella pudiera ganar.

Simplemente porque aquel niño también había quedado atrapado en problemas creados por adultos.

Cuando salimos del tribunal el último día, Adrian me alcanzó.

—¿De verdad vas a buscar al chico de la universidad?

Sonreí.

—Tal vez.

—¿Y si todavía te quiero?

Lo pensé.

Después respondí:

—Entonces tendrás que aprender algo que yo aprendí demasiado tarde.

—¿Qué?

—Que amar a alguien no te da derecho a conservarlo.

Me marché.

No recuperé todos mis recuerdos.

Con el tiempo entendí que quizá tampoco los necesitaba.

Porque perder la memoria me había quitado una parte de mi vida.

Pero también había borrado el miedo que me hacía mendigar amor.

Y cuando finalmente dejé de perseguir a Adrian Valdés, él comprendió la ironía más cruel de todas:

la esposa que siempre creyó que jamás tendría valor para abandonarlo ya no podía recordar ninguna razón para quedarse.

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