PARTE 2: CUANDO FUI A BUSCAR A LA ESPOSA QUE CREÍ QUE VOLVERÍA ROGANDO, DESCUBRÍ QUE HASTA EL DINERO CON EL QUE MANTUVE A MI AMANTE SIEMPRE HABÍA SIDO SUYO.

Durante varios segundos no pude hablar.

Miré las bolsas de Cartier en la entrada.

Después miré la sentencia de divorcio.

Y finalmente escuché otra vez la voz de Vivian al teléfono.

—¿Me estás escuchando? El propietario dijo que tenemos hasta las ocho para sacar nuestras cosas.

—Voy para allá.

Colgué.

Mi madre soltó una carcajada seca.

—Claro. Tu amante pierde el apartamento y corres. Tu madre pierde sus medicinas y te quedas haciendo cuentas.

—Voy a resolverlo todo.

—No. Vas a descubrir quién pagaba realmente por ti.

Aquella frase me persiguió durante todo el trayecto.

Cuando llegué al apartamento donde había vivido cuatro meses con Vivian, encontré dos maletas abiertas en el salón.

Vivian estaba furiosa.

—¿Qué clase de broma es esta?

Le enseñé el contrato.

Su expresión cambió al ver el nombre.

CLAIRE BENNETT.

—¿Por qué tu esposa alquiló nuestro apartamento?

—No lo sé.

Entonces recordé algo.

Dos años antes, Claire me había dicho que había comprado varias propiedades pequeñas como inversión.

Yo ni siquiera pregunté dónde estaban.

Me había parecido aburrido.

Vivian cruzó los brazos.

—Llámala.

Marqué el número de Claire.

Una voz automática respondió:

«El número al que llama no está disponible.»

WeChat.

Bloqueado.

Correo.

Sin respuesta.

Intenté su antiguo número de oficina.

—La señora Bennett ya no trabaja aquí —respondieron.

—Soy su marido.

Hubo un breve silencio.

—Según nuestros registros, la señora Bennett está divorciada.

Sentí que Vivian me observaba.

Colgué.

—¿Y?

—Nada.

Entonces llamaron a la puerta.

Dos empleados de una empresa de mudanzas entraron acompañados por el administrador.

—Venimos a realizar el inventario final.

Vivian señaló los muebles.

—Estos son nuestros.

El administrador consultó una carpeta.

—No. Sofá, televisión, mesa, cama, electrodomésticos y decoración pertenecen a la propietaria.

Vivian palideció.

Hasta la cama donde había engañado a Claire había sido comprada por Claire.

Yo quería desaparecer.

Pero aquello apenas comenzaba.

El administrador sacó otro documento.

—También debemos cobrar dos meses pendientes de servicios y una penalización por ocupación no autorizada.

—¿Cuánto?

Me mostró la cifra.

26.800 yuanes.

Mi saldo era de 18.460.

Vivian me miró.

—Págalo.

—No tengo suficiente ahora.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Cómo que no?

—He tenido muchos gastos.

Sus ojos descendieron hacia las bolsas de Cartier que todavía llevaba conmigo.

—Entonces devuelves los relojes.

La miré.

—Eran tu regalo.

—Precisamente. No pienso quedarme sin casa por un regalo.

Por primera vez vi con claridad algo que durante cuatro meses había preferido ignorar.

Vivian nunca había conocido mi vida real.

Conocía restaurantes caros.

Hoteles.

Regalos.

Un apartamento elegante.

El hombre despreocupado que siempre podía pagar.

No conocía al hombre cuyo estilo de vida dependía de una esposa a la que despreciaba.

Vendí los relojes aquella misma tarde.

Perdí casi un tercio de su valor.

Pagué la deuda.

Cuando regresé a casa de mi madre, había una ambulancia frente al edificio.

Corrí escaleras arriba.

La encontré siendo trasladada en una camilla.

—¿Qué pasó?

Una enfermera me miró con seriedad.

—No ha recibido correctamente parte de su tratamiento.

—Llévenla al hospital privado de siempre.

La enfermera revisó unos papeles.

—La cuenta de depósito vinculada a ese hospital fue cancelada.

—Entonces la abro otra vez.

En recepción me dijeron cuánto necesitaba.

Cincuenta mil yuanes de depósito inicial.

Me quedé mirando la cifra.

No los tenía.

Llamé a tres amigos.

Después a cinco compañeros.

Luego solicité crédito desde el teléfono.

Nada.

Finalmente llamé a Vivian.

Contestó al cuarto tono.

—Necesito dinero.

Silencio.

—¿Cuánto?

—Cincuenta mil. Mi madre está en el hospital.

—¿Y cuándo me los devuelves?

Me quedé helado.

Cuatro meses antes, cuando Vivian quiso un bolso de treinta mil, yo ni siquiera había preguntado por qué lo necesitaba.

—En cuanto cobre.

—Lo siento. Ahora mismo también tengo gastos.

Colgó.

Me senté frente a urgencias.

Y por primera vez pensé en Claire.

No como esposa.

No como la mujer que cocinaba.

No como la persona que organizaba medicamentos.

Pensé en ella como alguien que durante años había pagado cifras que yo ni siquiera sabía que existían.

Busqué entre los documentos de mi madre.

Encontré recibos.

Fisioterapia: 8.600.

Cuidadora: 12.000.

Medicamentos: 30.000.

Nutrición y revisiones: 6.400.

Alquiler: 18.000.

Más de setenta mil yuanes algunos meses.

Mi sueldo apenas cubría una parte.

—¿De dónde sacaba Claire tanto dinero? —pregunté cuando mi madre despertó.

Ella volvió la cara.

—Nunca te interesó.

—Mamá.

—Claire te explicó su trabajo muchas veces. Tú siempre estabas mirando el teléfono.

Recordé vagamente palabras como inversiones, consultoría, participaciones.

Nunca escuchaba.

Creía que Claire trabajaba desde casa porque ganaba poco.

Mi madre cerró los ojos.

—Hace dos años pagó mi operación.

Me quedé inmóvil.

—Me dijiste que la cubrió el seguro.

—Mentí porque ella me pidió que no te lo dijera.

—¿Cuánto pagó?

Mi madre abrió los ojos.

—Seiscientos ochenta mil yuanes.

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Por qué?

—Porque eras su marido.

Entonces añadió:

—Y porque ella pensaba que algún día aprenderías a valorar una familia.

Salí del hospital y comencé a buscarla.

Fui a casa de sus padres.

Vacía.

Fui a su antigua empresa.

Nada.

Finalmente encontré a una antigua compañera suya.

Cuando dije que necesitaba hablar con Claire, me miró con auténtico desprecio.

—Ahora quieres encontrarla.

—Necesito explicarle.

—Ella dejó de necesitar explicaciones hace meses.

—Solo dime dónde está.

La mujer soltó una risa.

—¿Sabes siquiera qué hacía tu esposa?

No respondí.

Sacó el teléfono y buscó una noticia empresarial.

Me mostró la pantalla.

Había una fotografía de Claire.

Traje blanco.

Cabello recogido.

Una expresión serena que casi no reconocí.

El titular anunciaba la adquisición de una empresa tecnológica por un fondo privado.

Debajo aparecía su nombre.

CLAIRE BENNETT, SOCIA DIRECTORA.

Leí la valoración de la operación dos veces.

—¿Esto es Claire?

—Tu exesposa.

La mujer guardó el teléfono.

—Su familia creó el fondo hace años. Claire administraba parte del patrimonio mientras estaba casada contigo.

Mi garganta se secó.

—¿Entonces era rica?

—No.

Sonrió sin humor.

—Era mucho más rica de lo que tú imaginabas.

Aquella noche recibí finalmente un mensaje de Claire.

Solo decía:

«Mañana. Diez de la mañana. Hotel Meridian. Sala 17.»

Llegué cuarenta minutos antes.

Llevaba la sentencia.

Los recibos médicos de mi madre.

Y una disculpa ensayada durante toda la noche.

A las diez exactamente se abrió la puerta.

Claire entró.

No estaba sola.

Un hombre con traje oscuro caminaba a su lado.

Me puse de pie.

—Claire.

Ella me miró como se mira a un conocido lejano.

—Tienes diez minutos.

—Mamá está enferma.

—Lo sé.

—Necesita sus medicamentos.

—También lo sé.

Apreté los documentos.

—Claire, sé que cometí errores. Pero ella no tiene culpa.

Por primera vez algo cambió en su expresión.

—Tienes razón.

Sentí esperanza.

Entonces Claire abrió una carpeta.

—Por eso pagué su tratamiento durante cinco años.

Empujó varios documentos hacia mí.

—Pero nunca fue mi obligación.

—Puedo devolvértelo.

—¿Con qué?

No pude responder.

Claire miró mi silencio.

—Durante cinco años pagué tu casa, las deudas que tenías antes de casarnos, el tratamiento de tu madre y hasta los cursos que te permitieron conseguir tu actual puesto.

Cada frase me golpeó.

—Y durante cuatro meses —continuó— me dijiste que estabas trabajando lejos mientras vivías con Vivian en una propiedad mía.

—Claire…

—Lo sabía desde la segunda semana.

Levanté la cabeza bruscamente.

—¿Qué?

—Sabía dónde estabas.

—Entonces ¿por qué no dijiste nada?

Claire me sostuvo la mirada.

—Porque quería saber cuánto tardarías en regresar por voluntad propia.

No pude respirar.

—Cuatro meses —susurró—. Y no regresaste.

El hombre a su lado dejó otra carpeta sobre la mesa.

Claire se levantó.

—Nuestros asuntos terminaron.

Me desesperé.

—¡Espera!

Ella se detuvo.

—¿Qué quieres que haga con mamá?

Claire permaneció en silencio unos segundos.

—Lo mismo que hiciste tú cuando pensabas que yo estaba cuidándola.

Me miró directamente.

—Hazte responsable.

Se marchó.

Pensé que aquella era la última humillación.

Pero cuando abrí la segunda carpeta, comprendí que Claire todavía no había terminado conmigo.

Había transferencias bancarias.

Facturas.

Fotografías.

Y un documento firmado por Vivian.

Mi respiración se cortó.

Vivian había recibido dinero de alguien durante los cuatro meses que vivimos juntos.

Veinte mil.

Treinta mil.

Cincuenta mil.

Siempre después de que yo discutía con Claire por teléfono.

En la última página aparecía el nombre del remitente.

No era Claire.

Era alguien que conocía perfectamente.

Mi madre.

Y debajo había una nota escrita a mano:

«Si quieres saber por qué tu madre pagó a Vivian para mantenerte lejos de Claire, pregúntale qué intentó conseguir antes del divorcio.»

Me quedé mirando aquellas palabras.

Entonces sonó mi teléfono.

Era el hospital.

—Señor, su madre acaba de pedir el alta voluntaria.

Me levanté de golpe.

—¿Qué?

—Y hay otra cosa. Una mujer llamada Vivian Hall vino a recogerla.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Adónde fueron?

La enfermera dudó.

—Su madre dijo que tenía que llegar antes que usted a casa de la señora Bennett.

Y en ese instante comprendí algo aterrador:

quizá mi aventura con Vivian nunca había empezado por casualidad.

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