Creí que al abandonar Haicheng había escapado de la historia.
Durante los primeros meses en Londres, casi lo conseguí.
Cambié de universidad, alquilé un pequeño apartamento cerca del campus y empecé a pintar otra vez.
Mis padres llamaban cada noche.
Chloe me enviaba chismes de Haicheng que yo casi nunca terminaba de leer.
Y Sebastian…
No pregunté por él.
Hasta que, cuatro meses después, Chloe me llamó a las tres de la madrugada.
—Sophia, ¿estás sentada?
—¿Qué ocurrió?
Hubo un silencio extraño.
—Sebastian y Mia terminaron.
Me incorporé.
—¿Qué?
—Y Sebastian está… diferente.
Según Chloe, después de cancelar nuestro compromiso, Sebastian había empezado oficialmente una relación con Mia.
Durante unas semanas todo pareció perfecto.
Exactamente como en mi sueño.
Sebastian la llevaba a eventos.
La familia Bennett pagó el tratamiento de la madre de Mia.
Incluso comenzaron a circular rumores sobre un futuro matrimonio.
Pero entonces algo cambió.
Sebastian empezó a preguntar por mí.
Primero casualmente.
—¿Sophia sigue en Londres?
Después:
—¿Cuándo regresa?
Y finalmente:
—¿Por qué nadie me dijo dónde vive?
Chloe se rio nerviosamente.
—Tu madre le dijo que no era asunto suyo.
No respondí.
—Sophia, hay otra cosa.
—¿Qué?
—Sebastian conserva vuestro compromiso oficialmente cancelado dentro de la caja fuerte de su despacho.
Sentí un escalofrío.
—Eso no significa nada.
Quise creerlo.
Hasta que comenzaron a llegar las flores.
El primer ramo apareció en mi universidad.
Sin nombre.
El segundo llegó a mi apartamento.
Después otro.
Y otro.
Todos eran las mismas peonías blancas que Sebastian me regalaba cuando éramos niños.
Finalmente apareció una tarjeta.
“¿Por qué no me dijiste que te ibas para siempre?”
La rompí.
Dos días después llegó otra.
“Sophia, vuelve. Tenemos que hablar.”
No contesté.
Entonces llegó una fotografía.
Era el viejo columpio del jardín de los Bennett donde jugábamos de niños.
Detrás había una sola frase:
“Todo sigue esperándote.”
Aquello me dio miedo.
Porque Sebastian todavía no entendía.
Yo no quería que nada me esperara.
Quería que me dejaran ir.
Seis meses después de mi partida, mi padre sufrió una indisposición y regresé temporalmente a Haicheng.
No se lo dije a nadie fuera de la familia.
Aun así, cuando el coche cruzó las puertas de la mansión Lancaster, Sebastian estaba allí.
De pie bajo un árbol.
Esperándome.
Mi corazón se detuvo.
Durante un segundo volví a ver el puerto.
La jaula.
El agua negra.
Tuve que recordarme:
Eso no había sucedido.
No todavía.
Sebastian avanzó hacia mí.
—Sophia.
Retrocedí.
Él se detuvo inmediatamente.
Ese pequeño gesto pareció herirlo.
—¿Me tienes miedo?
No respondí.
Sus ojos estaban hundidos.
Parecía no haber dormido bien durante semanas.

—¿Por qué te fuiste sin despedirte?
Lo miré incrédula.
—Tú pediste cancelar nuestro compromiso.
—No pregunté eso.
—¿Qué diferencia hay?
Su mandíbula se tensó.
—Pensé que estarías enfadada. Pensé que discutiríamos. Que después…
Se quedó callado.
Entendí antes de que terminara.
—Pensaste que seguiría ahí.
Sebastian no negó nada.
Y casi me reí.
Era absurdo.
Había querido liberarse de mí, pero jamás imaginó que yo utilizaría esa libertad para desaparecer.
—¿Dónde está Mia?
Su rostro se endureció.
—Terminamos.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—Tienes razón.
Intenté pasar junto a él.
Sebastian habló detrás de mí.
—Nunca la amé como pensé.
Me detuve.
—Eso tampoco es asunto mío.
—Sophia.
—Sebastian, tú te arrodillaste bajo la lluvia para pedir libertad. Te la di.
Me giré.
—¿Por qué ahora actúas como si hubiera sido yo quien te abandonó?
Sus labios se separaron, pero no salió ninguna palabra.
Entré en la casa.
Aquella noche descubrí que mi sueño también estaba cambiando.
Mi padre dejó unos documentos sobre la mesa.
—Los Bennett quieren asociarse nuevamente con nosotros.
—Recházalos.
—Ya lo hice.
Respiré aliviada.
Pero entonces añadió:
—Hay algo extraño relacionado con Mia Carter.
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—¿Qué?
Mi padre deslizó una carpeta hacia mí.
La familia Lancaster había investigado ciertas operaciones después de detectar filtraciones de información comercial.
Y varias conducían hasta una cuenta vinculada a un familiar de Mia.
—Eso no demuestra que ella estuviera involucrada —dije.
—No.
Mi padre abrió otra página.
—Pero esto sí resulta interesante.
Era una transferencia.
Fecha: dos semanas antes de que Mia ingresara en nuestra escuela.
Origen: una empresa vinculada a un rival comercial de los Lancaster.
Destino: el tutor legal de Mia.
Sentí frío.
En mi sueño, Mia era la heroína pobre e inocente.
¿Entonces qué significaba aquello?
Mi padre continuó:
—Creemos que alguien la colocó deliberadamente cerca de los Bennett y de nosotros.
Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.
Por primera vez comprendí que quizá aquella “novela” que había visto no contaba toda la verdad.
Tal vez yo no había sido simplemente una villana.
Tal vez alguien necesitaba convertirme en una.
Tres días después, Sebastian apareció nuevamente.
Esta vez llevaba algo en la mano.
Mi antigua pintura del concurso.
La obra que había retirado antes de viajar.
—¿Dónde conseguiste eso?
—La profesora la guardó.
Me la extendió.
—Encontraron cortes en la parte posterior del lienzo.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Alguien intentó dañarla antes de que la retiraras.
Sentí que el aire desaparecía.
En mi sueño…
Yo destruía la pintura de Mia.
No al revés.
Sebastian me observó.
—También revisamos las cámaras.
—¿Y?
Su expresión se volvió terrible.
—La persona que entró aquella noche llevaba el uniforme de Mia.
Mi corazón comenzó a golpearme.
—Eso no significa que fuera ella.
—Lo sé.
Sebastian dio un paso más cerca.
—Por eso investigué.
Sacó su teléfono.
Había fotografías, transferencias, mensajes.
Y una grabación.
La voz de Mia salió del altavoz:
“Mientras Sophia siga comprometida con Sebastian, nunca podremos acercarnos realmente a los Bennett. Hay que hacer que parezca celosa. Ella hará el resto sola.”
Sentí que las piernas me fallaban.
Sebastian apagó el audio.
—Sophia…
—No.
Retrocedí.
Todo aquello era demasiado.
Mi sueño.
La novela.
Mi muerte.
¿Y si el destino que había visto no era inevitable?
¿Y si alguien había manipulado cada acontecimiento hasta llevarme exactamente hacia aquel final?
Sebastian parecía devastado.
—Cuando empezaste a apartarte, Mia intentó provocarte varias veces. Tú nunca reaccionaste.
Cerró los ojos.
—Y entonces comprendí que muchas de las cosas que yo creía saber sobre ti…
—No continúes.
—Necesito hacerlo.
—Yo no.
Lo miré fijamente.
—Descubrir que Mia mintió no borra lo que tú elegiste.
Aquello lo golpeó.
—Lo sé.
—Te arrodillaste por ella.
—Lo sé.
—Me miraste como si yo fuera un obstáculo.
Su voz se quebró.
—Lo sé.
Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.
Pero ya no era la niña que habría dado cualquier cosa por ellas.
—Entonces vive con eso.
Me marché.
Dos semanas después regresé a Londres.
Sebastian no intentó detenerme.
Creí que finalmente había comprendido.
Hasta que, una mañana de invierno, salí de mi edificio y encontré un coche negro estacionado enfrente.
Sebastian estaba junto a él.
Había cruzado medio mundo.
—¿Qué haces aquí?
Me miró durante varios segundos.
—No vine a pedirte que vuelvas conmigo.
—Entonces ¿para qué viniste?
Sacó una carpeta.
—Encontramos quién pagó para acercar a Mia a nuestras familias.
No la tomé.
—Entrégasela a mi padre.
—Sophia, tienes que verla.
Algo en su expresión me inquietó.
Abrí la carpeta.
La primera página mostraba el nombre de una empresa.
La segunda, varias fotografías.
Y la tercera hizo que mis manos empezaran a temblar.
Era una fotografía del viejo puerto.
El mismo puerto de mi sueño.
La misma estructura oxidada.
La misma plataforma.
La misma jaula de hierro.
Pero la imagen había sido tomada hacía apenas tres semanas.
Levanté lentamente la mirada.
—Sebastian…
Su rostro estaba completamente pálido.
—Nunca tuve animales allí, Sophia.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Qué?
—Ese puerto tampoco me pertenecía.
Miré nuevamente la fotografía.
Entonces él pronunció las palabras que destruyeron la última certeza que conservaba sobre aquella pesadilla.
—Alguien quería que tú creyeras que fui yo quien ordenó tu muerte.
Pasó otra página.
Había una fotografía reciente de Mia entrando en el puerto acompañada por un hombre.
Reconocí aquel rostro.
Lo había visto cientos de veces durante mi infancia.
Mi respiración se detuvo.
Porque aquel hombre no pertenecía a los Bennett.
Pertenecía a mi propia familia.
Y debajo de la fotografía había una fecha.
La fecha exacta en la que, según mi sueño, yo debía morir.
Sebastian me sujetó antes de que la carpeta cayera de mis manos.
Esta vez no retrocedí.
No pude.
—Sophia —susurró—, creo que lo que viste no fue una novela.
Levanté los ojos hacia él.
—Entonces, ¿qué fue?
Sebastian miró nuevamente la fotografía del puerto.
Y su siguiente frase convirtió todo mi miedo en algo mucho peor.
—Creo que alguien te mostró un futuro manipulado para conseguir que huyeras antes de descubrir quién estaba intentando destruir realmente a los Lancaster.